Guillermo del Toro deslumbra en Venecia con un 'Frankenstein' tan apabullante como filosófico
Con su versión de la novela gótica de Mary Shelley protagonizada por con Oscar Isaac y Jacob Elordi, el cineasta mexicano ya suena para llevarse el León de Oro de la 82º edición de la Mostra
Pocas personas en el mundo, muy a pesar de lo que nos quieren hacer creer los gurús de la autoayuda, tienen el privilegio de hacer realidad sus sueños. Para ello se requiere un popurrí de varios factores, que obviamente incluye a don Dinero, siendo este uno de los factores que siempre se interpuso en el camino de Guillermo Del Toro para poder realizar a sus anchas, y con pocos compromisos, su versión (atención al posesivo…) del clásico Frankenstein o El moderno Prometeo.
Casi media vida más tarde, después de saltar barreras de noes (y de sonoros ‘’muchacho-usted- está-craaaaazyyyy"), además de intempestivas retiradas de su proyecto por parte de potentes estudios, el aclamadísimo cineasta mexicano vio la luz y el verdor de los (oficialmente) 120 millones de dólares que Netflix puso sobre la mesa. Un acto, pues, donde se mezclan la fe en Del Toro (su Pinocho animado, lanzado en 2022 y también financiado por la plataforma, no defraudó), la visión de negocio y mucho de locura, muy en la onda de Victor Frankenstein.
Quien no arriesga, no gana, reza el dicho. Y después de ver el Frankenstein de El Gordo, creador de monstruos y de universos cinematográficos que han dejado una huella indeleble, se llega a la conclusión de que ha merecido con creces la apuesta y la falta de cordura.
Oscar Isaac (Victor Frankenstein), Jacob Elordi (la criatura) y Mia Goth (Elizabeth) encabezan el elenco de esta versión de la novela gótica de Mary Shelley, una película que en su derroche de méritos muy bien puede llevarse el próximo sábado el León de Oro de la 82.ª edición de la Mostra de Venecia.
Fue en una noche de ocio con amigos y mal tiempo cuando a la escritora inglesa se le ocurrió la historia de un científico que crea a una criatura desde la muerte. Pero Shelley nunca se hubiera podido imaginar que siglos más tarde, y tras cientos de versiones cinematográficas y televisivas, un cineasta proveniente de la colorida y bullanguera Guadalajara mexicana se presentaría con una osada y muy personal interpretación de su relato.
A decir verdad, quienes entramos a las 8:30 horas de este sábado a la Sala Grande del Palazzo del Cinema tampoco lo esperábamos. El director mexicano divide en tres partes los 149 minutos de duración del filme: Preludio, El relato de Victor y El relato de La Criatura, siendo el punto de vista de ese ser indestructible creado por Frankenstein uno de los mayores aciertos de la película.
Entre la apabullante potencia visual (¡no se esperaba menos!), el magnífico trabajo actoral (grande Oscar Isaac, con la rebeldía de una rock star y la demencial obsesión de acabar con su creación) y las sorprendentes decisiones narrativas, Del Toro ha hecho un filme que no se pierde en la mera épica que puede dar el punto de partida de un clásico literario de tan grandes magnitudes, ni en las muchas posibilidades en la realización que proporcionan millones de dólares.
Decía Guillermo Del Toro en el encuentro con la prensa internacional, donde estuvo acompaño por los intérpretes Oscar Isaac, Jacob Elordi, Christoph Waltz, Mia Goth y Felix Kammerer, así como el compositor Alexander Desplat, que se sentía contento de no haber hecho su Frankenstein hace 20 o 10 años.
El transcurrir del tiempo y los cambios en su vida a lo largo de sus 60 años de existencia, incluyendo eso que llaman ‘madurez’ y la paternidad, así como cada experiencia en el cine, han sido cruciales. “Todo lo que he hecho ha sido un aprendizaje para esta película”, afirmaba risueño el cineasta. “Ahora estoy en depresión posparto”, añadía.
Si bien mantiene la esencia del relato original (los límites de la ciencia, el significado de la humanidad, la violencia en la naturaleza humana), la película de Del Toro ahonda en el peso de la toma de decisiones (con sus cargas filosóficas, religiosas y espirituales) y en las implicaciones de la creación, así como en el nexo paterno-filial, uno de los (tantos) temas recurrentes del director de Hellboy (2004) y El laberinto del fauno (2006).
Eso sí, Guillermo Del Toro, siendo siempre Guillermo Del Toro, no puede resistirse a la posibilidad del perdón verdadero, a la esperanza, ni mucho menos a la ausencia absoluta de la pureza del alma. Su Frankenstein logra pues un imposible: que se nos hinche el corazón cinéfilo y el humano. Y sí, esta película vale cada uno de los millones, años y locura invertidos.
Maestría sudcoreana
Otro cineasta que suele no defraudar es Park Chan-wook. Para muestra, su más reciente película, No Other Choice, que también compite en la Sección Oficial de la Mostra de Venecia.
El director surcoreano parte de la novela publicada a finales de los 90,
Anclada en esa sociedad asiática con sus propios códigos culturales, el filme cuenta la historia de un hombre que es despedido tras 25 años trabajando en una empresa productora de papel.
Entre la vergüenza que le produce estar desempleado, descartar dedicarse a otra cosa y el peligro de perder su estatus social (caserón, cochazos, perretes de raza, clases de tenis y chelo, entre otras amenidades que permiten un sueldo de varios ceros a la derecha), el neo desempleado (interpretado por Lee Byung-hun, conocido por El juego del Calamar, y más recientemente por darle la voz a Gwi-Ma en Las guerreras K-pop), resuelve asesinar uno a uno a sus más fuertes contrincantes para acceder a un nuevo puesto de trabajo en la industria papelera.
El director de Decision to Leave (2022) y Mademoiselle (2006) se lanza a la contienda veneciana con una apoteósica comedia negra hiperbólica, colmada de escenas rocambolescas, las cuales no extrañará que se conviertan en icónicas.
Park Chan-wook no se pierde en todo el ruido, alta violencia y giros inesperados que magistralmente le inyecta a su película, para plasmar claramente la voraz cultura laboral surcoreana, que de vampiresca muta en robotizada. Del terror a las fusiones con empresas transnacionales se pasa al horror de la inteligencia artificial, que así mismo termina por reducir al mínimo el factor humano en una industria que también está destinada a la desaparición.
Sin rubor, se puede afirmar que No Other Choice es una clase magistral de cómo se hace cine en mayúsculas.
Pocas personas en el mundo, muy a pesar de lo que nos quieren hacer creer los gurús de la autoayuda, tienen el privilegio de hacer realidad sus sueños. Para ello se requiere un popurrí de varios factores, que obviamente incluye a don Dinero, siendo este uno de los factores que siempre se interpuso en el camino de Guillermo Del Toro para poder realizar a sus anchas, y con pocos compromisos, su versión (atención al posesivo…) del clásico Frankenstein o El moderno Prometeo.