Cartas Memorables IV | Gandhi a Hitler en 1939: "Usted es el único que puede evitar la guerra"
El líder pacifista intentó parar la II Guerra Mundial; la escritora de textos eróticos Anaïs Nin recalcaba que sin sentimiento el sexo tenía poco que hacer; y Katherine Hepburn escribía a su gran amor, Spencer Tracy (18 años después de muerto)
Continuamos con esta serie de verano de algunas de las epístolas más inolvidables de la historia a partir de las incluidas en el libro Nuevas cartas memorables recopiladas por Shaun Usher (Salamandra) y traducidas por María José Díez, Enrique de Hériz y Jofre Homedes. En este capítulo publicamos la que Gandhi envió a Hitler en julio de 1939 instándole a no comenzar una guerra (la tensión ya era muy grande), pero jamás llegó a su destinatario; también la que Anaïs Nin mandó a un desconocido al que le gustaban los relatos eróticos para recalcarle que sin sentimientos y emoción el sexo no vale gran cosa; y, finalmente, la que en 1985 escribió Katherine Hepburn a su gran amor, Spencer Tracy. Hacía 18 años que él había muerto.
La carta de Gandhi a Hitler en julio de 1939
Querido amigo,
Amigos me han estado insistiendo en dirigirme a usted por el bien de la humanidad. Pero me he resistido a su petición, debido a la sensación de que cualquier carta mía podría ser una impertinencia. Algo me dice que no debo ser tan calculador y que debo hacer mi petición porque en cualquier caso merecerá la pena.
Está claro que usted es hoy la única persona en el mundo que puede evitar una guerra que podría reducir a la humanidad al estado salvaje. ¿Estará dispuesto a pagar ese precio por un propósito cualquiera por muy digno que le parezca? ¿Escuchará la llamada de quien ha evitado deliberadamente el método de la guerra no sin considerable éxito? De cualquier manera espero su perdón, si he cometido un error al dirigirme a usted.
A su disposición.
Su sincero amigo.
La carta de Gandhi a Hitler en julio de 1939.
El 23 de julio de 1939, mientras aumentaba la tensión en Europa a raíz de la ocupación de Checoslovaquia por parte de Alemania, Mohandas Gandhi, el célebre líder del movimiento no violento en defensa de la independencia de la India, escribió una carta al hombre que ya orquestaba lo que terminaría por ser la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler, líder de la Alemania nazi. Resulta que la carta de Gandhi —un llamamiento claro y conciso a Hitler para que evitara la guerra "por el bien de la humanidad"— nunca llegó a su pretendido destinatario por culpa de una interferencia del gobierno británico. Al cabo de poco más de un mes el mundo contempló con horror cómo Alemania invadía Polonia, dando inicio así al mayor y más letal conflicto de la historia.
La carta de Anaïs Nin a un desconocido (sobre amor)
Apreciado coleccionista:
Le odiamos. El sexo pierde todo su poder y su magia cuando se vuelve explícito, mecánico, exagerado, cuando se convierte en una obsesión mecanicista. Se vuelve aburrido. Nadie ha contribuido tanto como usted a que aprendiéramos que es un error no mezclarlo con emoción, hambre, deseo, lujuria, capricho, lazos personales, relaciones más profundas que cambian de color, de sabor, de ritmo, de intensidad.
No sabe lo que se pierde con su observación microscópica de la actividad sexual al excluir otras que aportan el combustible necesario para hacerla arder. Actividades que corresponden a lo intelectual, imaginario, romántico o emocional. Eso es lo que da al sexo sus texturas sorprendentes, sus transformaciones sutiles, sus elementos afrodisíacos. Si nutriera su vida sexual con todos los alicientes y las aventuras que el amor inyecta a la sensualidad, sería el hombre más potente del mundo. La fuente de la potencia sexual es la curiosidad, la pasión. Usted ve apagarse la llamita por pura asfixia. El sexo no prospera con la monotonía. Sin sentimientos, invención, ánimo, no hay sorpresas en la cama. El sexo ha de mezclarse con lágrimas, risas, palabras, promesas, escenas, celos, envidia, todas las especias del miedo, el viaje al extranjero, las caras nuevas, novelas, cuentos, sueños, fantasías, música, baile, opio, vino.
"El sexo no prospera con la monotonía. Sin invención, ánimo, no hay sorpresas en la cama"
¿Sabe lo que se pierde al instalar ese periscopio en la punta de su sexo, cuando podría disfrutar de un harén de maravillas distintas y nunca repetidas? No hay dos pelos iguales, pero usted no nos permite malgastar palabras en la descripción de un pelo; tampoco dos olores, pero si abundamos en eso nos grita que "nos dejemos de poesía". No hay dos pieles con la misma textura, ni tienen tampoco la misma luz, temperatura, sombras, nunca el mismo gesto; porque un amante, cuando lo excita el amor verdadero, puede recorrer todo el espectro de la sabiduría amorosa en toda su amplitud, con sus diferentes edades, sus variaciones en madurez e inocencia, su perversidad y su arte, entre animales tan naturales y elegantes.
Hemos pasado horas sentados, preguntándonos qué aspecto tendrá. Si ha negado a sus sentidos la seda, la luz, el color, el olor, la personalidad, el temperamento, a estas alturas estará marchito por completo. Hay muchas sensaciones menores que discurren como afluentes hacia el torrente del sexo y lo alimentan. Sólo al latir al unísono pueden el sexo y el corazón crear el éxtasis.
Anaïs Nin
La carta de Anaïs Nin a un desconocido.
En 1932, meses después de conocerse en París y pese a estar ambos casados, Anaïs Nin, escritora de diarios, y Henry Miller, novelista de enorme prestigio, iniciaron una relación de increíble intensidad que habría de durar mucho tiempo. En los años 40, en un momento en que Nin, Miller y una serie de escritores ganaban un dólar por página escribiendo ficción erótica para el consumo privado de un cliente anónimo a quien se referían sólo como "el ColeccionistaW", Nin escribió una carta enardecida a esa figura misteriosa y le dio a conocer sus frustraciones, provocadas por su reiterada insistencia en que "se dejaran de poesía" y se "centraran en el sexo".
Katherine Hepburn a Spencer Tracy (después de muerto)
A quién se le iba a ocurrir que yo te escribiría una carta. Moriste el 10 de junio de 1967. Caramba, Spence, han pasado dieciocho años. Es mucho tiempo. ¿Eres feliz, por fin? ¿Te estás tomando un descanso bien largo? A ver si compensas todos los líos, las vueltas que diste en la vida. Mira, yo nunca te creía cuando decías que no podías dormir. Pensaba: bueno, venga, seguro que algo duermes. Si no, estarías muerto. Estarías agotado. Pero luego me acuerdo de aquella noche en que... Ay, no sé, estabas muy inquieto. Y te dije: venga, pasa, acuéstate. Yo me tumbaré en el suelo y te hablaré hasta que te duermas. Hablaré sin parar y te aburrirás tanto que al final te entrará el sueño. Bueno, pues entré y cogí una almohada vieja y el perro Lobo. Me tumbé y me quedé mirándote y acariciando al Perro Viejo. Te hablé de ti y de la película que acababas de terminar —Adivina quién viene esta noche— y de mi estudio y de tu abrigo nuevo de lana y del jardín y de todos esos temas agradables que ayudan a dormir, y de cocina, y algunos cotilleos inocentes, pero tú no parabas de dar vueltas: a la derecha, a la izquierda, un empujón a la almohada, un tirón de la colcha, todo el rato sin parar. Al final —pero al final de verdad, no en el primer momento— te calmaste. Esperé un poco y luego salí de puntillas. Me habías dicho la verdad, ¿no? Era cierto que no podías dormir. Y en aquella época yo me preguntaba por qué. Aún lo hago. Te tomabas las píldoras. Eran bastante fuertes. Supongo que dirías que si no nunca hubieras dormido nada. La vida no te resultaba fácil, ¿verdad? ¿Qué te gustaba hacer? Te encantaba navegar, sobre todo si hacía mal tiempo. Te encantaba el polo. Pero entonces se mató Will Rogers en aquel accidente de avión. Y no volviste a jugar al polo: jamás. Tenis, golf, no, la verdad es que no. Bateaste un par de veces. No se te daba mal. Creo que nunca balanceaste un palo de golf. ¿Se dice "balanceaste"? ¿Nadar? Bueno, no te gustaba el agua fría. ¿Y pasear? No, no te interesaba nada. Era una de esas cosas que permitían pensar al mismo tiempo: en esto, en eso, ¿en qué, Spence? ¿Qué era? ¿Era algún detalle específico de la vida, como la sordera de Johnny? ¿O era por ser católico, un mal católico según tu propia consideración? Sin consuelo, sin consuelo. Recuerdo que el padre Ciklic te dijo que te fijabas en todo lo malo que ofrecía tu religión y renunciabas a todo lo bueno. Debía de tratarse de algo muy fundamental y siempre presente. Y el hecho increíble. Ahí estabas: el mejor actor de cine, de verdad. Lo digo porque lo creo y además se lo he oído decir a mucha gente de buena posición en tu oficio. Desde Olivier hasta Lee Strasberg, pasando por David Lean. Cualquier cosa. Tú eras capaz de hacerlo. Y eras capaz de hacerlo de aquella manera tan gloriosamente sencilla y directa: simplemente, eras capaz. No sabías meterte en tu propia vida, pero eras capaz de convertirte en otro. Eras un asesino, un sacerdote, un pescador, un redactor deportivo, un juez, un periodista. Sólo necesitabas un instante.
"Ahí estabas: el mejor actor de cine, de verdad. Lo digo porque lo creo y además se lo he oído decir a mucha gente de buena posición en tu oficio"
Apenas tenías que estudiar. Te aprendías tus frases en un abrir y cerrar de ojos. ¡Qué alivio! Podías pasar un rato siendo otro. Dejabas de ser tú... Y te sentías a salvo. Te encantaba reír, ¿verdad? Nunca te perdías a esos cómicos universales: Jimmy Durante, Phil Silvers, Fanny Brice, Frank McHugh, Mickey Rooney, Jack Benny, Burns y Allen, Smith y Dale, y tu favorito, Bert Williams. Historias divertidas: tú mismo podías contarlas con brillantez. Sabías reírte de ti mismo. Disfrutabas mucho de la amistad y la admiración de gente como los Kanin, Frank Sinatra, Bogie y Betty, George Cukor, Vic Flemming, Stanley Kramer, los Kennedy, Harry Truman, Lew Douglas. Con ellos eras divertido, te lo pasabas bien, te sentías a salvo. Pero luego había que volver a las tribulaciones de la vida. Ah, diablos, tomarte una copa: no, sí, a lo mejor. Luego dejabas de tomártelas. Eso se te daba muy bien, Spence. Eras capaz de parar. Y yo te respetaba por eso. Muy poco común.
Bueno, tú mismo dijiste algo sobre eso: no estás a salvo hasta que te encuentras a dos metros bajo tierra. Pero ¿por qué la rendija para huir? ¿Por qué la mantenías siempre abierta? ¿Para librarte del tipo tan extraordinario que eras? ¿Qué era, Spence? Te lo quería preguntar. ¿Tú sabías qué era?
El 10 de junio de 1967 Spencer Tracy, una auténtica estrella de Hollywood, nominado nueve veces al Oscar al mejor actor a lo largo de su ilustre carrera, premio que obtuvo en dos ocasiones, falleció tras sufrir un infarto en la casa que compartía con su compañera, la actriz Katharine Hepburn, también ganadora del Oscar en varias ocasiones. Habían mantenido un romance complicado durante veintiséis años, entre otras razones porque Tracy estuvo todo ese tiempo casado con otra mujer; un hecho incómodo que los obligó a mantener su situación en secreto durante buena parte de sus vidas. Más o menos dieciocho años después de morir Tracy, Hepburn le mandó una carta.
Continuamos con esta serie de verano de algunas de las epístolas más inolvidables de la historia a partir de las incluidas en el libro Nuevas cartas memorables recopiladas por Shaun Usher (Salamandra) y traducidas por María José Díez, Enrique de Hériz y Jofre Homedes. En este capítulo publicamos la que Gandhi envió a Hitler en julio de 1939 instándole a no comenzar una guerra (la tensión ya era muy grande), pero jamás llegó a su destinatario; también la que Anaïs Nin mandó a un desconocido al que le gustaban los relatos eróticos para recalcarle que sin sentimientos y emoción el sexo no vale gran cosa; y, finalmente, la que en 1985 escribió Katherine Hepburn a su gran amor, Spencer Tracy. Hacía 18 años que él había muerto.