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Del "Madrid se va" al Madrid contra España
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Fernando Caballero Mendizabal

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Del "Madrid se va" al Madrid contra España

Independientemente de la opinión que nos merezca la política fiscal madrileña o catalana, la descentralización permite a los ciudadanos asentarse allí donde piensan que las condiciones de prosperar le son más favorables

Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EP/Eduardo Parra)
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EP/Eduardo Parra)
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Siempre se dijo que la prueba del algodón de los hipócritas es ser capaz de mantener tus creencias cuando no te benefician. Este agosto el algodón sale muy manchado. Otra vez más se pone de manifiesto la inconsistencia intelectual de quienes dicen defender el estado plurinacional, el federalismo o en general un modelo descentralizado de país mientras señalan por enésima vez a Madrid como causa de sus problemas. Un mal diagnóstico hace que el problema se agrave, pero eso no importa si les beneficia a corto plazo. Algunos hablan del efecto de capitalidad, otros de dumping fiscal. En el fondo se trata de cortinas de humo para que no se hable de lo importante: la negociación discreta sobre una hacienda catalana que, a diferencia de las cuatro forales de País Vasco y Navarra, adquiere un carácter nacional al comprender todas las provincias catalanas bajo una sola agencia tributaria. 

Lo que esconden quienes defienden los sistemas forales y la fiscalidad propia de Cataluña y al mismo tiempo buscan intervenir la autonomía madrileña es formalizar el proyecto estratégico que desde hace más de un siglo llevan defendiendo las élites catalanas y vascas. Aquello que Pascual Maragall denominó “federalismo asimétrico”. Y con la pujanza de Madrid creen haber encontrado la forma de que ese modelo sea tragable por el resto del país.

Ni dumping fiscal ni efecto capitalidad

Gracias a una negociación entre José María Aznar y Jordi Pujol, Madrid (como Cataluña) tiene todo el derecho a crear impuestos propios, o no, y a hacer con sus tramos fiscales lo que decidan sus ciudadanos. En el caso catalán la ciudadanía se escora desde hace décadas hacia la socialdemocracia, en la Comunidad de Madrid hacia el liberalismo. Madrid puede llevar a cabo esas medidas fiscales porque dentro de su libertad competencial adapta su sistema a su particular realidad territorial y demográfica: la de 7 millones de habitantes que viven en una sola provincia de tamaño pequeño. Con tanta densidad y población tan joven, desplegar buenos servicios públicos es mucho más eficiente que en otras regiones y se pueden mantener estándares de esperanza de vida y calidad educativa superiores a los de Cataluña o País Vasco, tal y como han certificado, entre otros, el citadísimo informe PISA.

Las particularidades de Madrid también pasan por ser nuestra mejor herramienta para atraer inversiones y talento al mismo tiempo que retiene el existente en España, para que no se marche fuera del país. Por ejemplo, a otras grandes ciudades europeas o a países como Holanda, Luxemburgo o Irlanda, que compiten contra Madrid con una fiscalidad muchísimo más atractiva. Prueba de ello son empresas holandesas como Ferrovial

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Hace pocos días un artículo de Ramón González Ferriz en este periódico explicaba la raíz del problema: no es el efecto de capitalidad el que está impulsando el crecimiento económico en Madrid.  Es el efecto de aglomeración que provocan las grandes ciudades globales, al alcanzar una determinada masa crítica, el que explica este fenómeno. En Madrid es fácil encontrar entornos favorables y sinergias que conduzcan a ganar más dinero con mayor rapidez. Las dinámicas de concentración, la corriente y las oportunidades en aquellos sectores con ecosistemas débiles fuera de la gran ciudad juegan en clara desventaja. Si la dispersión y la distancia no funcionan en un sector determinado, hay que estar en el lugar donde suceden las cosas. Donde es más fácil crecer y encontrar a otros como tú. Así pues, la economía de la aglomeración en las grandes ciudades alimenta la falacia de que tu hijo se marcha de Ciudad Real a Madrid porque la capital le absorbe la energía a las ciudades medianas. Lo importante es entender que sin un Madrid potente, tu hijo se habría ido igualmente, solo que a Barcelona, Londres, París o Ámsterdam.

Madrid no practica ningún dumping fiscal. Ejerce sus competencias con la autonomía que ha deseado el legislador, como hacen todas las demás Comunidades Autónomas, adaptándose a su realidad y respondiendo a lo votado por la mayoría de sus ciudadanos. Y lo hace con mucha lealtad al resto de España, porque gracias a su acción la riqueza total del país aumenta y lo que se genera en Madrid se disfruta en toda España vía impuestos. 

Es muy importante que los españoles tengan claro que los ecosistemas culturales y empresariales de la ciudad llevan mucho tiempo desligándose del hecho de ser capital del Estado. En Madrid se ha creado una sociedad civil viva, rica y culta, que crece año a año, y que ya no depende ni del BOE, ni del alto funcionariado. Unos ecosistemas que, en muchos casos, no se trasladarían a otras ciudades. Desaparecerían. Dejando el camino libre a sus equivalentes en el extranjero.

Hoy parece que en España son muchos los que querrían que Madrid fuese una ciudad limitada. Justo lo mismo que les interesa a los holandeses, los parisinos y los londinenses. Un lugar que no les haga competencia. Que sea fácil de descapitalizar. Y lo más triste de todo es que con sus críticas, sus señalamientos y su madrileñofobia están colocando el marco discursivo en una posición ridícula pero peligrosa: si defiendes Madrid eres de derechas, si estás contra Madrid eres de izquierdas. 

El falso federalismo y la lucha entre territorios

De haber federalistas en España, defenderían la autonomía de cualquier región a la hora de hacer uso legítimo de sus competencias en materia de fiscalidad según les convenga. Pero esto no va de principios, va de una lucha por el control del poder.

Tras más de cuarenta años de sistema autonómico, se han ido estableciendo hegemonías políticas y culturales en cada región. Fuesen, el PSOE o el PP, CiU o PNV, desde los años 90 uno de estos partidos ocupó la centralidad política y cultural de su región y se convirtió en el partido sistémico. Cuando el otro partido llegaba al poder (Carmena en Madrid, Monago en Extremadura, Cospedal en Castilla-La Mancha, etc..) difícilmente resistía una o dos legislaturas hasta que las aguas volvían a su cauce natural.

Sin embargo, eso está mutando en muchas regiones y el ejemplo de Andalucía es el más evidente. Hay un cambio de partido, pero no un cambio cultural, lo que significa que la mayoría de la población sencillamente ya no se identifica con el PSOE y la hegemonía la ha ocupado un PP que mantiene ese discurso de defensa de la igualdad entre españoles que ya nadie se cree en la boca de la ministra Montero. Ese discurso también fue el vector de centralidad de los maltrechos socialismos aragonés, extremeño y manchego. Como explicaba Jesús Fernández - Villaverde, el PSOE tiene un serio problema desde 1993 y es que, descontando País Vasco, Navarra y Cataluña, no ha ganado ningunas elecciones generales en el resto de España (salvo por la mínima en 2004…). Esto lleva a los dirigentes del partido a entender que para ganar las elecciones necesitan contentar a quienes no ganan nada con la cooperación y la colaboración entre territorios. 

Por eso, los incentivos para utilizar Madrid como cabeza de turco y culpable de su declive económico se vuelven muy rentables para una izquierda que, al perder paulatinamente votos en el resto del país, necesita compensarlos movilizando todo el voto de estas regiones, incluido el de derechas. Ahí está la génesis del gran conflicto entre territorios al que se precipita nuestro país. Las dos Españas se están territorializando. 

La realidad es que Madrid es el gran tiro por la culata del PSOE. Hoy son personas próximas o vinculadas a este partido los que sueltan perlas como que la Comunidad Autónoma no debería existir, o a lo sumo ser un distrito federal como Washington DC, cuando la realidad es que en 1983 fue precisamente este partido quien forzó la creación de su autonomía para contrarrestar el previsible poder conservador de las grandes comunidades agrarias de Castilla y León y Castilla - La Mancha… ya saben el dicho “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”

El resultado ha sido el opuesto. Por su propia naturaleza de gran ciudad, es el lugar más abierto y tolerante de España, porque las lógicas de suma positiva siguen funcionando y el decrecimiento no se entiende en un lugar que se sigue prosperando. Eso lleva a la mayoría a votar a quienes les prometen mantener la receta de la abundancia y a rechazar al cenizo que les señala cada vez de forma más estridente. El que les llama egoístas tabernarios, les amenaza con cerrar los colegios concertados a los que van sus hijos, y ahora, además, les acusa de ladrones. Ahí está el fracaso de la izquierda en Madrid. A la que ya le sale más a cuenta sacrificar la capital. Hubo quien intentó corregir esta estrategia absurda y buscó un PSM útil para los madrileños (Lobato). Fue debidamente defenestrado.

Tu liberalismo dificulta mi socialismo

Por su propia naturaleza, la descentralización tiende a provocar la competencia fiscal entre regiones. Independientemente de la opinión que nos merezca la política fiscal madrileña o catalana, la descentralización permite a los ciudadanos asentarse allí donde piensan que las condiciones de prosperar le son más favorables y ahí radica la génesis del problema. 

Lo que perciben quienes quieren cortocircuitar Madrid es que un sistema descentralizado genera alternativas económicas y políticas, y en Cataluña el poder sabe que su modelo ya no es el más atractivo ni el que mejor está funcionando. Las particularidades de Madrid (sobre todo en cuanto a densidad demográfica se refiere) hacen que su éxito sea difícilmente imitable. Eso lastra las posibilidades de desarrollar un proyecto más intervencionista y con mayor gasto público en Cataluña, que además es un territorio mucho más grande y complejo. Pero eso al votante o al recién licenciado le da igual. Madrid es una alternativa demasiado atractiva y en Cataluña eso es intolerable tanto para la derecha como para la izquierda.

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Para la derecha, que nunca fue muy ducha a la hora de tratar a los competidores externos, la descentralización solo tiene sentido si la practican los dirigentes de unas pocas regiones. Siempre buscaron un blindaje absoluto de sus competencias y al mismo tiempo controlar e intervenir en los asuntos de los demás. 

Al mismo tiempo, la emergencia de una gran ciudad global es la que está poniendo de manifiesto las contradicciones en el discurso antinatura de la izquierda: para ellos, sus propuestas federalistas o en favor de una “confederación plurinacional” solo funcionarían si se aplicasen sus políticas en todas partes. Como eso no ocurre, para mantener cierta hegemonía allí donde gobiernan, deben bajar sus expectativas de éxito en el resto del país. En estos otros lugares compensan con la estrategia, esta sí centralista, de embridar Madrid y enmudecer las críticas de las demás regiones aplicando altas dosis de relato. 

Dicho de forma sencilla: seré federalista cuando gobierne en todas partes y el federalismo carezca de sentido. 

Coser el país

Volviendo a los malos diagnósticos, confundir el efecto de capitalidad con el de aglomeración es fácil, porque a menudo el Gobierno toma medidas estructurales que tienden a la concentración. Desde luego, no depende de la Comunidad de Madrid que unas cuantas direcciones generales o alguna importante institución del Estado pueda localizarse en otra parte del país. Si tras siete años y medio en el gobierno solamente se testeó una agencia estatal de nueva creación en La Coruña será porque no sirve de nada, o porque ese efecto capitalino tiene bastante de filfa e hipocresía. Casi treinta años ha tenido el PSOE para federalizarnos y deslocalizar instituciones. Tendrán sus motivos para no haberlo hecho.

Lo que sí habría que desgajar del efecto de capitalidad son los efectos de la acción de gobierno que, en los 28 años del PSOE y sus socios en el poder, han creado unos efectos de concentración que ya son estructurales. Las subidas homogéneas del salario mínimo sin atender a la realidad regional, igual en Barcelona que en Zamora, las regulaciones medioambientales que congelan las economías agraria y forestal y convierten el mundo rural en una postal para quienes salen de escapada de fin de semana, así como el plan de construcción de una inmensa red de AVE centralizada en Madrid (PEIT) y aprobada en 2005 por Zapatero. Una red cuyo efecto centralizador ha cebado este gobierno al eliminar las paradas en estaciones como Sanabria o Medina del Campo en las frecuencias de la mañana, que son las estratégicas para incentivar la repoblación. Mientras gobernaba pensando en el mundo urbano, las políticas del PSOE han despoblado muchos lugares de esa España que hoy se quema. 

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Cabe preguntarse si un Madrid más pobre hará que España sea más próspera. Yo creo que todo lo contrario. Si en lugar de hacer diagnósticos interesados sobre la capitalidad y el dumping nos centrásemos en abordar la realidad: los efectos multiplicadores provocados por las economías de escala que genera la aglomeración, estaríamos pensando en cómo utilizar esos efectos en favor de todos.  

No se puede estar a favor del federalismo y criticar que Madrid haga uso legítimo de sus competencias. No se puede estar a favor de la descentralización y de las autoridades metropolitanas (como sucede en la izquierda catalana) y buscar la anulación de la Comunidad de Madrid, que de facto es una autoridad metropolitana. En definitiva, no se puede exigir para uno mismo lo que se le niega a los demás. Ser coherentes tiene un precio, pero también es el valor fundamental para cimentar unas ideas y unos principios sobre los que crear país. 

La solución pasa por hacer crecer la tarta, no por estropear el motor de la locomotora. Después de 150 años practicando el trumpismo, las élites catalanas -empezando por su presidente- parecen incapaces de entender que, en un mundo de aranceles, tensiones geopolíticas y vecinos cada vez más desacomplejados (ya veremos cómo serán Francia, Alemania e Italia dentro de 15 años), para ser fuertes y tener un futuro próspero deben tejer alianzas con sus vecinos. Sobre todo, con el más poderoso de todos: Madrid

Pasqual Maragall (el urdidor de aquel famoso “Madrid se va”) es también quien dio nombre a este falso federalismo que hoy galopa por la izquierda: “federalismo asimétrico”. Ese es el objetivo. Convertir la desigualdad territorial en ley. Con la máscara identitaria, el pacto tácito entre las izquierdas y las derechas de País Vasco, Navarra y Cataluña, consiste en que para mantener su modelo socioeconómico es necesario revertir el “Café para todos” que tanto detestan en Barcelona. Porque la gran paradoja es que servir aquel café permitió al resto de España independizarse del mercado cautivo creado para centralizar las ganancias de forma exponencial en Cataluña y País Vasco. Y eso es lo que parece que una parte de sus élites buscan recuperar: “de lo mío no te doy nada, de lo tuyo me quedaré todo lo que pueda”. Ese es el precio que ponen por seguir formando parte de España y hoy la izquierda, que ya no gobierna las regiones donde viven los más débiles, está más que dispuesto a pagarlo.

Siempre se dijo que la prueba del algodón de los hipócritas es ser capaz de mantener tus creencias cuando no te benefician. Este agosto el algodón sale muy manchado. Otra vez más se pone de manifiesto la inconsistencia intelectual de quienes dicen defender el estado plurinacional, el federalismo o en general un modelo descentralizado de país mientras señalan por enésima vez a Madrid como causa de sus problemas. Un mal diagnóstico hace que el problema se agrave, pero eso no importa si les beneficia a corto plazo. Algunos hablan del efecto de capitalidad, otros de dumping fiscal. En el fondo se trata de cortinas de humo para que no se hable de lo importante: la negociación discreta sobre una hacienda catalana que, a diferencia de las cuatro forales de País Vasco y Navarra, adquiere un carácter nacional al comprender todas las provincias catalanas bajo una sola agencia tributaria. 

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