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Raphael, un icono pop también para los jóvenes: lo suyo no es nostalgia, sino permanencia
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Raphael, un icono pop también para los jóvenes: lo suyo no es nostalgia, sino permanencia

Regresó a los escenarios el 15 de junio tras un linfoma cerebral y hoy se está rodando una serie sobre su vida. Incombustible e intergeneracional, lo de Raphael es para estudiarlo

Foto: Raphael, en un concierto el pasado 5 de julio. (Gtres)
Raphael, en un concierto el pasado 5 de julio. (Gtres)
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Cuenta la leyenda que a Raphael no le piden el carnet de identidad en los aeropuertos porque solo le basta con enseñar su cara. Al aterrizar, el artista es recibido con honores por sus seguidores, los “raphaelistas”, en Buenos Aires, Lima o Moscú. Gritan su nombre. Levantan pancartas con mensajes de amor hacia él. El ídolo sonríe y saluda. A sus 82 años porta percha de “famoso” de otra época (por lo extenso y exitoso de su carrera) que es bien mirado con la prensa, los curiosos y la afición. Hoy se diría que Raphael “tiene aura”.

Raphael tiene la sonrisa entrenada tanto o más que las poses. Conoce los ángulos, los puntos de luz que resaltan su lado mejor. Raphael, más que un artista, ¿es un espectáculo? “No. Raphael es un artista muy personal, muy intuitivo. No soy un artista del espejo; jamás me he mirado para ver qué cara pongo. Que se hace, ¿eh? Para eso existen las academias, con sus espejos... Ahí te enseñan cómo poner las manos y todas estas cosas, pero yo nunca he tenido que ir a esos sitios”, defendía Raphael en Zenda.

Cantar con Raphael no te hace Raphael

Raphael ha crecido junto a su público y su público con él. “Soy un artista de cinco generaciones. Eso es lo más bonito que me ha pasado en la vida”, dijo en Televisión Española, emocionado al ver a una abuela, su hija y su nieta cantar al unísono en la misma noche. En un país que envejece, su fenómeno se convierte en radiografía sentimental: un artista que ha sabido tender puentes entre edades y estilos. “Nunca me ha dado miedo cantar con los jóvenes; yo sigo siendo yo. Y ellos lo saben”.

Manuel Martos recuerda que su padre nunca ha sido un artista proclive a invitar a otros cantantes a sus conciertos de forma habitual. Prefiere que su espectáculo sea suyo y solo suyo. Sin embargo, en momentos puntuales —como sus aniversarios—, las colaboraciones han aparecido de manera natural y siempre con sentido. “Ha compartido escenario con nombres tan dispares como Tom Jones, Charles Aznavour, Alejandro Sanz, Bunbury, Pablo López, Manuel Carrasco, David Bisbal, Rozalén o Natalia Lafourcade. Mi padre disfruta mucho de esos encuentros, aunque no los convierta en rutina”, cuenta el músico y productor para El Confidencial.

placeholder Concierto de Raphael en 2017. (EFE/Luca Piergiovanni)
Concierto de Raphael en 2017. (EFE/Luca Piergiovanni)

Uno de esos puentes generacionales lo cruzó con Iván Ferreiro, que compuso Carrusel para él y terminó cantándola a dúo. El gallego recuerda que, al preguntarle qué quería que le escribiera, Raphael le indicó que no quería una canción de amor, ni de desamor, ni nada encasillable. Ferreiro lo consideró “muy inteligente”, porque a veces “es más interesante que te digan lo que no quieren”. Entonces Iván decidió escribir sobre el propio Raphael, de alguien que lo había hecho todo, que había cantado con los mejores, actuado en las plazas y teatros más importantes, conociendo a todo el mundo... Inspirado en las fórmulas de Manuel Alejandro o José Luis Perales, tiró de instinto. “Cuando hice la canción, para mí la maqueta hablaba mucho de Raphael y luego cuando él la grabó la canción hablaba de mí”, explica el que fuera cantante de Piratas a este medio.

Olor a calidad

A Iván Ferreiro, las canciones de Raphael siempre le huelen “a calidad”. Esa calidad, explica, viene de una época en la que se trabajaba con autores “alucinantes”, con bandas y orquestas reales, arreglistas y productores que buscaban un sonido cuidado. “Sobre todo las cosas de los 60 y 70, cómo se grababan…”, evoca, subrayando que esa forma de hacer música ya casi no existe. Para él, esa herencia sigue impregnando todo lo que Raphael canta, incluso cuando se adentra en territorios más contemporáneos como el indie.

Vega, que se declara fan “desde chiquitita” y que ha compartido con él canciones como Wolverines o Hablemos del amor, coincide en que lo primero que atrapa es su manera de interpretar. “Wolverines la escribí pensando en la forma de interpretar de Raphael, con esa teatralidad que incluso la propia letra tiene”, recuerda. El acercamiento llegó de forma directa: tras dejar las multinacionales, llamó a Manuel Martos y propuso la colaboración. Raphael la invitó a su casa, grabaron juntos y el resultado le gustó tanto que la llevó a su especial de Navidad, donde, entre bambalinas, le lanzó una orden que ella tomó como palabra sagrada: “Vete escribiéndome una canción”. Así nació La última ovación.

placeholder Raphael (d), junto al cantante Juan Alberto (i), de Niños Mutantes, durante el concierto que ofreció en el Festival Sonorama en 2014. (EFE/Paco Santamaría)
Raphael (d), junto al cantante Juan Alberto (i), de Niños Mutantes, durante el concierto que ofreció en el Festival Sonorama en 2014. (EFE/Paco Santamaría)

Esa capacidad de abrirse a otras generaciones sin miedo es, para Martos, una constante en su carrera. “Podía ser un gran triunfo o un riesgo, pero nunca ha temido a nada”, dice, recordando aventuras como el re-sinfónico —mezcla de sinfónica y electrónica—, encargos a autores mucho más jóvenes o su doble papel en Jekyll & Hyde. Entre esas apuestas, una de las más recordadas fue su salto al festival Sonorama, un terreno más propio de bandas indie que de grandes divos.

Un público joven, muchos sin haber visto antes a Raphael en directo, coreando cada palabra como si lo hubieran escuchado toda la vida

Ferreiro lo vivió como un momento mágico: un público joven, muchos de ellos sin haber visto antes a Raphael en directo, coreando cada palabra como si lo hubieran escuchado toda la vida. Vega, que subió con él al escenario, confiesa que no estaba programada y que, de no ser por la llamada personal de Raphael, ni siquiera habría asistido. “Estaba enfadadísima con todo el mundo y la industria, pero no me lo quería perder”, admite. Interpretaron Hablemos del amor, pero con un arreglo distinto y en una tonalidad más grave de lo esperado. “Parece que me había comido un camión”, bromea la cantante y compositora gallega.

“Querida, no pienso bajarme nunca del escenario”

Según Ferreiro, Raphael es “un género en sí mismo”, capaz de apropiarse de cualquier canción y convertirla en algo suyo. “Es un cantante muy completo, definitivo, de esos que lo llenan todo y que han sido mil veces imitados por humoristas y otros cantantes”, afirma. Trabajar con él, añade, fue “una suerte” no solo por la grabación, sino también por la oportunidad de entrevistarlo y saltarse el guion para hacer sus propias preguntas.

Vega sabe bien lo que significa que Raphael te encargue una canción: “Es un halago enorme. Intento buscar esa mimesis, meterme en el pellejo de otro y hacer una canción ad hoc. No hago canciones de catálogo; las escribo ex profeso para quien las pide. Y hacerlo para alguien a quien admiras tanto y que lo tienes mamado desde chiquitita fue como entrar en Eurodisney”.

Vega: "Creo que es el 'leitmotiv' de su carrera: no parar nunca. Es un artista tremendamente activo y siempre está ávido de hacer cosas nuevas"

Para Martos, esa definición de “género en sí mismo” que da Ferreiro es exacta. Lo esencial en la música —y en el arte—, dice, es tener personalidad y ser reconocible al instante, algo que Raphael tuvo desde su primer día en un escenario. Enrique Bunbury coincide y añade que los duetos han sido una forma de acercarse a otros artistas fuera de su órbita habitual, un síntoma de curiosidad y de voluntad por seguir conectando con nuevas audiencias.

Esa inquietud creativa la confirma Vega con una anécdota personal: cuando se imaginó cómo sería el momento de retirarse de Raphael –escribiendo La última ovación–, éste, sin dudar, le contestó: “Querida, no pienso bajarme nunca del escenario”. Siempre le decía que no lo había hecho todo, que aún le quedaban cosas por probar. “Creo que ese es el leitmotiv de su carrera: no parar nunca. Es un artista tremendamente activo y siempre está ávido de hacer cosas nuevas”.

Más allá del talento, el éxito

¿Quién es hoy fan de Raphael? A simple vista: su público de siempre. Mujeres y hombres de más de 60 años que lo siguen. Pero hay más. Están los hijos de esas fans: adultos entre 35 y 55 años, que crecieron escuchando sus discos en el coche o en casa. Y en un tercer plano, pero no menos importante, las generaciones posteriores que hoy lo consideran un icono pop.

placeholder Dos jóvenes conversan bajo el cartel que anuncia el documental del cantante Raphael durante la celebración de la 69 Edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. (EFE/Juan Herrero)
Dos jóvenes conversan bajo el cartel que anuncia el documental del cantante Raphael durante la celebración de la 69 Edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. (EFE/Juan Herrero)

El público de Raphael envejece, pero no más que el país. Según el INE, más del 20,4 % de la población española tiene más de 64 años. Y la proporción de jóvenes entre 15 y 29 años ha caído al 15,9 %, por debajo de la media europea. La radiografía es clara: hay 137 mayores de 64 años por cada 100 menores de 16. En ese contexto, no sorprende que la masa crítica de seguidores de Raphael pertenezca al tramo de edad más numeroso y activo de la población. Mientras el país duda sobre cómo afrontar la jubilación, Raphael sigue girando. Lo suyo no es nostalgia: es permanencia. “Me siento mejor que nunca. He aprendido a cuidar mi voz, mi cuerpo y mi alma. Y mientras eso funcione, yo seguiré en el escenario”.

Luis García Gil, autor del libro Digan lo que digan, lo explica con perspectiva: Raphael ha sabido adaptarse a los tiempos y llegar a públicos distintos, aunque no siempre fue así. Hubo momentos de su carrera en los que parecía más anquilosado, pero ha sabido renacer “cual ave fénix”. Para García Gil, la clave es su profesionalidad y la inteligencia con la que se ha aproximado a artistas más jóvenes, evitando la confusión —frecuente en España— entre lo actual y lo moderno: “El artista moderno es aquel que no le pierde la cara al momento presente y mantiene vivo y vigente su repertorio. En eso de renovarse o morir Raphael siempre ha apostado por renovarse. Dentro de su estilo, evidentemente”, puntualiza el periodista.

"La tercera generación lo consideró un mito. La cuarta, la de los veinteañeros de hoy, sabe quién es y acude a sus conciertos"

Añade Miguel Fernández, autor de Desafiando al olvido: Waldo de los Ríos, que la trayectoria de Raphael sintetiza como pocas la evolución de la sociedad española de los últimos 60 años. Recuerda que fue moderno en tiempos de copla y tonadilla, antes del desarrollismo, y que, como aquella generación que cambió el país en los sesenta, innovó y cruzó fronteras. También vivió el golpe que la Transición y la democracia asestaron a muchos artistas considerados de pronto “antiguos” y “reaccionarios”, aunque logró seguir llenando estadios y provocando a nuevas audiencias. “La tercera generación lo consideró un mito. La cuarta, la de los veinteañeros de hoy, sabe quién es y acude a sus conciertos. Raphael ha ingresado en la leyenda”, sentencia.

Como Jekyll y Hyde

Observa Manuel Martos que España, históricamente dada a las etiquetas y a las contradicciones, está aprendiendo a valorar y respetar a los artistas con una carrera importante, más allá de los gustos personales. Cree que ese reconocimiento por parte de artistas y públicos jóvenes —como Aitana, Amaia o Lola Índigo— es un signo de madurez cultural, algo habitual en países como Francia, Italia, Reino Unido o Estados Unidos, pero que en España solo ha empezado a suceder en los últimos años.

Al hilo de esto, Miguel Fernández insiste en que, más allá del talento, el éxito de Raphael ha radicado en su “no temerle a nada”. Señala que apostar por Manuel Alejandro en los sesenta fue un acto de audacia, como también lo fue presentarse en el Teatro de la Zarzuela o grabar canciones de Cecilia, Luis Eduardo Aute o Mari Trini en plena transformación social. “Hay que tener mucho valor para cantar Qué sabe nadie, Frente al espejo o Escándalo, o para hacer duetos con Alaska o Rita Pavone, o protagonizar musicales como Jekyll y Hyde”, recuerda. Y subraya que, como Mina o Shirley Bassey, Raphael “solo es comparable a Raphael”.

placeholder Al más puro estilo Raphael en Viña del Mar en 2010. (EFE/Claudio Reyes)
Al más puro estilo Raphael en Viña del Mar en 2010. (EFE/Claudio Reyes)

Martos sostiene que esta conexión intergeneracional de Raphael no fue una estrategia de marketing, sino el resultado natural de una devoción absoluta por su oficio. Define a su padre como un artista puro, nacido para el escenario y dispuesto a recorrer cualquier país donde hubiera público esperándolo, desde Colombia hasta Rusia, pasando por Argentina, Estados Unidos, Francia o Italia. “No veo a mi padre excesivamente marquetiniano, yo le veo como un artista puro, absoluto, que lo que ha hecho es desvivirse por su carrera, por la música y por el público”.

Rock en Viña

Raphael en el Festival Internacional de la Canción Viña del Mar (Chile) de 1987. Mientras le están presentando, termina de prepararse en el camerino. Chupa de cuero con flecos, muñequeras con tachuelas y bandana negra alrededor de la cabeza, además de unas gafas de sol. Raphael se mira al espejo, se atusa el pelo, y sale camino del entarimado para dejar pasmado al personal con lo que tiene preparado. La orquesta corta en seco. Manda ahora Raphael, que mordiéndose los carrillos y agitándose entero se arranca con una versión del Bienvenidos de Miguel Ríos.

Que Raphael cantara Bienvenidos es una historia que Miguel Ríos acabaría comprendiendo unos años después, en 1994, durante una grabación del programa Fiebre Sur (Canal Sur). “Un día que quedamos para invitarlo a que apareciera en Fiebre de Sur, […] .me pidió que hiciéramos Bienvenidos a dúo para cerrar el programa”, rememora Miguel Ríos para El Confidencial. “Todo aquello que me gusta, yo lo canto”, sentenciaba Raphael en el documental Cruce de caminos. Un documental sobre Miguel Ríos. “Algunas las grabo y otras no, pero yo he cantado todas las canciones que a mí me han gustado. Y en esa época me gustó Bienvenidos y la puse abriendo el espectáculo mío de ese año en todo el mundo, que estrené precisamente en Chile, en el Viña”.

"Yo he cantado todas las canciones que a mí me han gustado. Y en esa época me gustó Bienvenidos y la puse abriendo el espectáculo"

Volviendo al 94, Miguel retoma la historia donde la dejó: “A mí me extrañó que hubiera pensado en ese tema, pero me dijo que ya lo había cantado en Viña del Mar para epatar a unos rockeros argentinos (por la fecha pudiera que fuera Soda Estero), pero, no sé por qué, no lo creí”. Tiempo después, tal y como recuerda Ríos, alguien le mandó un link de YouTube y que Raphael no estaba de coña: “Su versión me pareció muy arraphaelada (como no podía ser de otra forma), pero al ser tan rápido el tempo, no le da tiempo a meter sus melismas. ¡Este hombre puede con todo!”, exclama. “Miguel es nuestro rockero […] Pero yo no soy rockero, yo soy un artista que no le tiene miedo a las cosas”, apostillaba Raphael.

En aquella edición de Fiebre de Sur, Miguel Ríos y Raphael hicieron juntos Vuelvo a Granada, del primero. “También hicimos juntos una versión del Himno a la alegría en un disco suyo 50 años después”, apunta Miguel. “Los dúos existen desde que existe la música, lo que pasa es él los marca con su impronta”. Raphael, por su parte, se pregunta por qué no ha cantado él el tema El río. A Miguel le hubiera gustado cantar, quizá, La canción del trabajo, la que le hubiera venido bien a su estilo, “en la versión de su creador Oscar Brown, Jr. algo más lenta que la que hizo él”, concluye el entrevistado.

De todo el mundo

Desde el momento en el que Raphael escuchó Maldito duende, de Héroes del Silencio, pensó: “Esa canción la voy a cantar”. Y sin decir nada a nadie, la cantó y publicó en el álbum de 2001 titulado Maldito Raphael. “Tuve la compensación de tener una carta fantástica de Enrique por el hecho de haber grabado su canción maravillosa de Maldito duende”. Enrique Bunbury dice no recordar la carta, pero sí las conversaciones posteriores con Raphael: “Había habido una propuesta por parte de Diego Torán (A&R de EMI) para que le produjera un par de canciones. Finalmente se encargó Carlos Jean. Pero gracias a ese proyecto comenzamos a quedar para cenar y le comencé a escribir canciones. Ese fue el principio de mi relación con Raphael”, comienza hablando Bunbury para El Confidencial.

Ven y camina conmigo, Desmejorado, Ahora, Dos clavos a mis alas... Cuenta Bunbury que ha escrito en diferentes momentos para Raphael, “con mayor o menor fortuna”: “la mayoría de las canciones las hice expresamente pensando en él. Solo Desmejorado estaba previamente grabada. Ahora la compuse para él, aunque la grabara con Nacho Vegas para el disco El tiempo de las cerezas. Ven y camina conmigo también la escribí para él y luego grabé yo mi propia versión”.

placeholder Raphael (c) con los cantantes de 'Operación Triunfo' en el estadio Santiago Bernabéu, en Madrid, en 2018. (EFE/JuanJo Martín)
Raphael (c) con los cantantes de 'Operación Triunfo' en el estadio Santiago Bernabéu, en Madrid, en 2018. (EFE/JuanJo Martín)

Señala sin embargo Bunbury que en esa tanda también le pasó De todo el mundo, la cual Raphael no seleccionó. Enrique ignora por qué. “Para mí era la mejor de las cuatro o cinco que le mandé para ese disco. Posteriormente grabó también La duda desnuda”. Este tema que Bunbury menciona fue grabado por Raphael en el disco Infinitos bailes, publicado en 2016, y su letra fue coescrita con el poeta y músico aragonés Puritani, que explica a este medio que el tema –escrito ex profeso para Raphael– nace de una matriz de un poema titulado Intriga.

Fue Puritani quien acercó el texto a Raphael, o al menos trató de hacerlo después de un concierto en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona. “Como no se lo pude dar en mano, se la entregué a Enrique, que dos años más tarde me dijo: 'Con el texto que me pasaste para Raphael he hecho una canción'. Entonces adaptó ese poema mío metiendo algunos versos y algunas cosas suyas, como la música o las variaciones en algunos versos, aunque manteniendo mucho la esencia”. También es de su autoría el título de La duda desnuda. “Es una canción que me gusta mucho y que algún día a lo mejor grabo también mi versión”, añade Bunbury. “Escribir para Raphael es un atrevimiento al que solo puedes lanzarte sin pensarlo demasiado, porque si lo piensas y te comparas con el cancionero que le compusieron Manuel Alejandro, José Luis Perales y otros, solo puedes sentir vergüenza y retirarte”, reconoce Bunbury. “Solo que me lo ofreciera ya es un tremendo orgullo y un honor, que sé que no merezco y por el que le estaré eternamente agradecido”.

En cuanto a combinar sus voces, tampoco se trataba de una novedad, pues compartieron el villancico Amarga Navidad (José Alfredo Jiménez) e Infinito, de Bunbury. “Hacer un dueto con Raphael es un placer, porque ves y escuchas su dominio de la escena y la voz en las distancias cortas, no solo como espectador, sino como partícipe de algo en lo que él maneja el timón y tú solo te tienes que dejar llevar”.

Amor al prójimo

Decía Alaska en Cine de Barrio que los duetos con Raphael son un dueto en sí mismo. ¿Por qué? “Porque me encantan mis compañeros y compañeras. Nunca me he negado y ninguno se ha negado a participar conmigo. Y es muy bonito. Yo creo que es una cosa que nos acerca a todos y está muy bien”.

Manuel Martos amplía esa idea señalando que no se trata solo de los dúos, sino de todo lo que su padre hace en el escenario. Para él, cualquier proyecto en el que se involucra puede considerarse un género propio, porque Raphael “creó un género en sí mismo”. Lo atribuye a su manera única de interpretar: no se limita a cantar, sino que narra historias, introduce al público en cada tema “como si estuviera viendo una obra de teatro distinta” y se entrega por completo en cada una de las 30 o 35 canciones que forman un concierto.

Cualquier proyecto en el que se involucra puede considerarse un género propio, porque Raphael "creó un género en sí mismo"

Creía Charles Aznavour que había dos tipos de memoria: la de los recuerdos almacenados como imágenes y la que transforma esos recuerdos en algo creativo. También solía decir que siempre incluía “canciones nuevas entre los éxitos que el público espera” y que la búsqueda de “la palabra correcta” era lo que lo mantenía vivo. Raphael comparte esa visión: comprende que la memoria del público es poderosa, y por eso nunca ha dejado de cuidarla, defendiendo el oficio de artista de circo, teatro y variedades hasta el final: “Aznavour no tiene fin porque su música no tiene fin. Y yo no me iré nunca, pero sabré entender el día en que ya no deba estar”. Que no le hablen de telones a Raphael, a menos que sea para levantarlos. Tiene decidido retrasar el final.

Cuenta la leyenda que a Raphael no le piden el carnet de identidad en los aeropuertos porque solo le basta con enseñar su cara. Al aterrizar, el artista es recibido con honores por sus seguidores, los “raphaelistas”, en Buenos Aires, Lima o Moscú. Gritan su nombre. Levantan pancartas con mensajes de amor hacia él. El ídolo sonríe y saluda. A sus 82 años porta percha de “famoso” de otra época (por lo extenso y exitoso de su carrera) que es bien mirado con la prensa, los curiosos y la afición. Hoy se diría que Raphael “tiene aura”.

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