Por qué prefiero hacer largos viajes con desconocidos que con amigos
Con personas a las que no conocía de nada se ha llegado a producir un momento de intimidad que no ha sido tan habitual incluso con mis mejores amigos. Y la tolerancia ha sido mayor
Viajar con un grupo de desconocidos a veces puede ser menos estresante que con tus mejores amigos. (Creative Commons)
Viajar con otras personas no es fácil. La publicidad de viajes siempre nos muestra imágenes de personas sonriendo, casi con carcajadas, en una playa paradisiaca, una montaña espectacular o ante uno de esos monumentos que ya han perdido toda su gracia tras estar millones de veces expuestos en Instagram. Pero sabemos que muchas veces la realidad es otra: en lugar de risas lo que hay son enfados, broncas, maneras distintas de entender el mundo y desear que ese (maravilloso) viaje acabe lo antes posible. Y sí, son tus amigos, es tu pareja, es tu mejor amiga, pero hasta aquí. Quién no ha vivido un viaje como una ruptura (o inicio de). Y sí, son dolorosas.
Un viaje te expone a muchas cosas… íntimas. En un viaje se convive 24 horas non stop. En un viaje se tienen que tomar muchas decisiones que, aunque parezcan simples como qué prefieres, tomarte una caña o ir a dar una vuelta a ver no sé qué, son determinantes. A qué hora nos levantamos. Lo que tardas en ducharte. Estoy cansado y no me apetece ir a tal sitio. Lees con la luz encendida antes de dormir. Ya no quiero ver más museos… Y de qué hablamos. Y de qué no hablamos. Y un larguísimo etc. No son pocas las parejas o mejores amigos que se han conocido de verdad en un viaje. Y, o los ha unido para siempre, o aquello ha acabado por arruinarlo todo.
A estas alturas una ya ha tenido todo tipo de experiencias viajeras y hace no mucho pude vivir lo que es lanzarse a la aventura con absolutos desconocidos. Personas de fuera de mis círculos de las que no sabía nada. Lo único que, a priori, podíamos tener en común es que queríamos hacer ese viaje y que, más o menos, nos gusta viajar y salir varias semanas fuera del abrazo de nuestros amigos o incluso nuestra pareja (quien, quizá, o no quiere o no puede hacer ese viaje). Parece que son pocas similitudes, pero pronto te das cuenta de que son bastantes. Viajar con alguien que vaya en el mismo barco mental es tener ya mucho ganado.
Estar rodeada de desconocidos 24 horas durante semanas opera cambios en una misma. O ayuda a resaltar aspectos que una casi desconocía
Poco a poco también me empecé a dar cuenta de que estar rodeada de desconocidos 24 horas durante semanas opera cambios en una misma. O ayuda a resaltar aspectos que una casi desconocía. Por supuesto, no es todo una maravilla. Las convivencias son difíciles y nunca se encaja con todo el mundo. Primer apunte: apertura mental con aquellas personas con las que sabes que ahí poco se va a fraguar. Ya es más que lo que harías con un amigo del que descubres un gesto o algo que no te gusta. Con alguien íntimo se te puede ir desgastando el viaje; con el desconocido se es más tolerante.
El ser humano tiende a formar grupos. Eso lo supieron enseguida los creadores de los famosos realities, con la diferencia de que estos lo hacen con maledicencia buscando perfiles que vayan a chocar o perfiles emocionalmente torpes que gestionan mal las relaciones sociales. La tangana es show, es audiencia y es dinero. La convivencia, el buen rollo y la búsqueda de diálogo es planicie y no hace caja. Pero esto último es fantástico cuando le sucede a una misma y no a los ejecutivos de un programa de televisión.
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En un viaje con desconocidos puede producirse también una flexibilidad en cuanto a los marcos ideológicos. Vivimos en un tiempo de redes sociales y burbujas y tendemos a rodearnos de quienes piensan como nosotros. Entre mis amigos ocurre así. Es muy raro y difícil que haya alguien que piense u opine en el otro extremo (o entre los extremos) y nos va bien así. Que las conversaciones de bar con un vino no acaben en brusca discusión porque no apetece y menos con alguien a quien quieres. Que la bronca se quede en la red social (y en estos momentos ya es mucho mejor no estar ahí).
Caminar con desconocidos y evitar broncas. (Creative Commons)
Cuando estás cara a cara con alguien que no conoces es mucho más complicado que se dé el enfrentamiento y, obviamente, que se lancen gruesos o despectivos insultos (y eso parece que en las conversaciones virtuales lo estamos olvidando). Las líneas rojas existen, pero si se da un cierto debate con opiniones opuestas hay mucha más paciencia y respeto entre desconocidos que se están mirando que lo que sucede en redes sociales o con dispositivos tecnológicos de por medio. Mediatizar la conversación lo cambia todo. Y de eso también se dieron cuenta los tecnócratas y empresarios creadores de las plataformas para monetizar los enfados (y el odio). Que unos cuantos son filósofos y pasaron por la universidad. En un viaje, con un vino, un momento de descanso… parece que todo puede ser posible (aunque pensemos que el otro no tiene ni idea de lo que está diciendo, pero callamos, sonreímos y a otra cosa).
Esa flexibilidad ideológica también se da en asuntos rutinarios. En un grupo nunca se va a hacer todo lo que una desearía. Y eso es, más o menos, la vida. Las cosas no suceden ni cuando una quiere ni como una quiere. Esto es fácil de escribir, pero puede llevar más de cuarenta años asumirlo, que todo hay que decirlo. En un viaje con desconocidos aquí hay poco margen y, seguramente, la mirada o las palabras que le dirigirías a tu amigo o pareja aquí, sencillamente, no te las puedes permitir. También un viaje mide el grado de infantilización de cada cual (y Freud aquí tendría unas cuantas lecciones que dar).
En este tipo de viajes también se aprenden un par de cosas que en nuestro día a día se tienden a olvidar: a hablar y a escuchar
En este tipo de viajes también se aprenden un par de cosas que en nuestro día a día se tienden a olvidar: a hablar y a escuchar. Ninguno de los dos verbos son fáciles. Cuándo y cómo hablarle al otro, cómo expresar los deseos o, incluso, lo que te puede molestar del otro. Sí, es esa cosa de la que tanto se habla ahora llamada ‘asertividad’ y que tan mal se suele aprender. Sobre escuchar ya se han escrito miles de ensayos en los últimos años. Hace unos días la psicoanalista Jamieson Webster me señalaba en una entrevista las dificultades que siempre hemos tenido para la escucha: “Escuchar es difícil y extraño. Escuchar qué. A veces pienso en que fui al colegio durante más de 15 años para aprender cómo escuchar y todavía sigo intentándolo”, aunque también reconocía que ahora nos hablamos a voces y mandamos audios (que son el mejor síntoma de que no se quiere escuchar al otro): “Si tienes razón en que nos estamos dando cuenta de que no escuchamos porque Internet es una Torre de Babel, ¿quizás podamos llegar a algún lugar nuevo? Puede, pero quizá acabemos hablando con la IA y no entre nosotros”.
Los desconocidos me han proporcionado historias que me han ayudado a romper con mi yo y mi egocentrismo. Me han hablado de problemas amorosos, familiares; me han hablado de terribles pérdidas. Me han contado otros viajes. Me han descrito momentos felices. Con personas a las que no conocía de nada se ha llegado a producir un momento de intimidad que no ha sido tan habitual incluso con mis mejores amigos. Sí, existe esa cosa terapéutica de hablar con el otro y abrirte al otro, como bien exploró la psicología a finales del XIX (y que ha dado resultados a posteriori como las terapias para adicciones, entre otras). Hablar calma, y que te escuchen, bastante más.
No la conoces de nada y casi es lo mejor.(Creative Commons)
Durante muchos años idealicé el viajar sola. Había leído los libros de grandes viajeros como Javier Reverte (siempre me pareció un encanto y su libro El sueño de África con todo su periplo por Kenia y Tanzania, viaje que después realicé, se ha quedado para siempre en mi memoria), como Bruce Chatwin (sus cartas en Bajo el sol, su viaje a la Patagonia, todavía pendiente por hacer…), o como José Ovejero con su libro de relatos Mujeres que viajan solas. De hecho, ahora tengo sobre mi mesilla varios libros regalados sobre el tema como A toda máquina. De Irlanda a la India en bicicleta, que Dervla Murphy escribió ¡en 1965! y el cómic Y llegué a Teherán, de Isabel del Real, sobre el viaje que hizo en 2021 y publicado este año.
Viajar sola me proporcionaría independencia y libertad, que creo que son dos aspectos eternamente ansiados por el ser humano. Y lo hice por varios países mochila al hombro. Y fueron bien… pero algo faltaba.
Porque también conoces a gente a la que jamás hubieras conocido y con formas de ver la vida que igual no se te hubieran pasado por la cabeza
La compañía. Al final hasta los grandes viajeros solitarios acaban arrimándose a otras personas para charlar, para compartir experiencias porque de nada sirve hacerse el selfi a una misma delante de una pirámide —aunque pongas esa foto en todas tus redes sociales— si no hay alguien a quien le puedas manifestar tu emoción.. Lección primera extraída del clásico Hacia rutas salvajes, de John Krakauer (también está la versión película Into the Wild).
Pero la compañía también se elige y a mí la fórmula de tirar los dados y a ver qué pasa en los viajes (largos) me resulta enriquecedora. Porque también conoces a gente a la que jamás hubieras conocido y con formas de ver la vida que igual no se te hubieran pasado por la cabeza. Y porque quién ha dicho que después de los 40 no se pueden hacer nuevas amistades.
Y porque sigo queriendo mucho a mis amigos, quiero aceptarles tal y como son y no acabar rompiendo vínculos tan necesarios que cuando desaparecen te dejan un vacío irreparable y descorazonador.
Viajar con otras personas no es fácil. La publicidad de viajes siempre nos muestra imágenes de personas sonriendo, casi con carcajadas, en una playa paradisiaca, una montaña espectacular o ante uno de esos monumentos que ya han perdido toda su gracia tras estar millones de veces expuestos en Instagram. Pero sabemos que muchas veces la realidad es otra: en lugar de risas lo que hay son enfados, broncas, maneras distintas de entender el mundo y desear que ese (maravilloso) viaje acabe lo antes posible. Y sí, son tus amigos, es tu pareja, es tu mejor amiga, pero hasta aquí. Quién no ha vivido un viaje como una ruptura (o inicio de). Y sí, son dolorosas.