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El arte de insultar o política por otros medios
El insulto así deja de ser una transgresión del discurso argumentado, justificado en ocasiones por el arte del ingenio o la crítica social, para convertirse en una categoría a discusión
Una de las consecuencias de vivir tiempos interesantes es que las redes sociales se han convertido en un campo de batalla en donde la argumentación ha cedido paso al improperio. Decía el filósofo Franco Volpi, a raíz de sus estudios sobre Schopenhauer, que el arte de insultar es una extensión del arte de tener razón. Lo que ponía de manifiesto con esta relación de continuidad es que, aunque los argumentos dejen paso a los exabruptos, como una suerte de falacia ad hominem que busca los defectos del adversario para desacreditarlo, seguimos hablando de retórica.
El uso del improperio sigue siendo parte de las técnicas de persuasión y combate discursivo y, sin embargo, ya no importa acercarse a la verdad, cuanto hacer callar al oponente, en una suerte de ordalía a espumarajos. El mismo Schopenhauer recomendaba que, cuando uno se da cuenta de que no puede ganar una discusión porque el adversario es superior, “abandone el fondo del asunto para atacar directamente a la persona”, siendo deliberadamente “insultante, maligno, ofensivo, grosero”. Hay que decir que Schopenhauer no fue en vida la alegría de la huerta ni el orgullo de su madre, que le afeaba su conducta con iguales artimañas retóricas.
Pero el insulto no siempre surge de quedarse sin palabras, como una impotencia colérica. El más audaz habrá demostrado, por otras vías, que la razón le acompaña. El dicterio ingenioso forma parte de un estilo literario, como ya señalara Borges en su texto Arte de injuriar. Así, Aristófanes llamaba “lamedor de traseros de los poderosos” a todo aquel que quisiera medrar, mientras que Juvenal decía de los griegos: “nos lo han enseñado todo... incluso a prostituirnos".
Shakespeare y Cervantes mostraron que la gran literatura puede ser muy soez en lo que a insultos se refiere y Lutero, por su parte, que si Dios existe, todo insulto está permitido. Pero hoy en día tampoco nos quedamos cortos de ingenio. Se leen en redes cosas como: “le falta una patatita pal kilo”, “le sobran cromosomas”, “no es el lápiz más afilado del estuche”, “se le nota el árbol genealógico circular”, “tiene menos luces que una lancha de narco”, “no era de los que levantaba la mano en clase”, “sus padres le hicieron sin ganas” o “por gente así los Power Rangers gritaban sus colores”, que dan muestra de que no vamos faltos de talento.
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No en vano, desde los albores del castellano, como recoge Pancracio Celdrán en El gran libro de los insultos, ya el Arcipreste de Hita mostró su gracejo al ofender a bellacos, y qué decir del manco de Lepanto, mote faltón donde los haya, cuando se refiere a su “malaventurado escudero” como “alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y apedernaladas [...], ladrón, desuellacaras”. Braulio Foz, en su Vida de Pedro Saputo (1844), recoge una retahíla de página entera con exabruptos castizos como “mocajo”, “piel de zorra”, “fuina” o “cagachurre”, mientras que Quevedo y Góngora, casi dúo artístico, hiperbólico y grotesco, mostraban que, en la picaresca, la gente de calle tiene siempre insulto en boca como navaja al cinto. Se cuenta que Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós, cuando ya habían pasado del amor al odio, se cruzaron en una escalera y espetaron mutuamente: —Adiós, viejo chocho, —Adiós, chocho viejo.
A pesar de la circunstancial riqueza lingüística, hay que decir que la burla personal busca la humillación del otro para la consolidación de la posición de dominio. Pero el insulto dice también mucho de aquel que lo profiere, puesto que revela sus prejuicios, sus miedos y debilidades. Insultar es tan antiguo como la lengua y ya en las maldiciones veterotestamentarias, pueden verse formas ritualizadas de agresión verbal, deseo de transformación y voluntad de autoridad, que ganan con la riqueza léxica. Así, Kubrick apostó por R. Lee Ermey para hacer del Sargento Hartman en La chaqueta metálica al demostrar que era capaz de aguantar 15 minutos vomitando ponzoña sin repetir una sola palabra: “¡Eres tan feo que podrías estar en un museo de arte moderno!”, “En Texas solo hay vacas y maricones. Tú no te pareces a una vaca” o “Recluta patoso, voy a hacer de ti un hombre aunque sea más difícil que encogérsela a los negros del Congo”.
Sin embargo, suele decirse que no ofende el que quiere, sino el que puede, y así ocurría con el conde de Mirabeau, revolucionario francés, que siguiendo el consejo de Epicteto, hacía caso omiso de los insultos y villanías que se cometían contra él, “sacudiéndose así los gusanos que en otros, en cambio, anidan subterráneamente”, cuenta Nietzsche. Así, Meg Ryan desactivaba la ofensa cuando le llamaban tonta o cursi, con frases como: “A pesar de todo, he seguido siendo siempre una persona adorable y nauseabunda. De hecho, se sabe que he causado diabetes en algunas personas”.
El insulto dice también mucho de aquel que lo profiere, puesto que revela sus prejuicios, sus miedos y debilidades
Pero el insulto puede acabar con una sentencia condenatoria por delitos contra el honor, puesto que con la injuria se desvela algo vergonzoso a pesar de ser verdadero, mientras que con la calumnia se acusa en falso a sabiendas de la mentira, bajo el principio de miente que algo queda. Eso es lo que le pasó Federico Jiménez Losantos por insultar al exdirector del diario ABC, José Antonio Zarzalejos, con apelativos como “inútil”, “fracasado”, “bobo”, “mentiroso”, “zote”, “despojo intelectual” y “detritus”. Losantos seguía una larga tradición de tertulianismo afilado como el de Fernando Arrabal, José María García, apodado butanito, o Paco Umbral, que llamó a Cela “Un Nobel con la bragueta abierta”, mientras que Cela se refirió a Umbral como “ese señor bajito que escribe en los periódicos”. Cuando alguien lo acusó de prepotente, respondió: “La prepotencia, señor mío, es la impotencia de los otros”.
No es extraño que los políticos, queriendo parecer que bajan al barro, tiren de descalificativos barriobajeros como arma arrojadiza frente a sus adversarios, aunque muchos de ellos carezcan de la calidad retórica que los pudiera mostrar con un mínimo de inteligencia porque, como decía Henry Kissinger, “el noventa por ciento de los políticos da mala fama al otro diez por ciento”. Así, Trump se divierte atacando a sus adversarios, llamándolos mentirosos, locos o corruptos, exponiéndose a ser vilipendiado, como cuando Sarah Silverman lo llamó “payaso hecho de prepucio momificado”, con mayor cacumen. En esa línea insulsa, Nicolás Maduro llamó “malparido” a Javier Milei y este le respondió que era un “imbécil”, pero recordemos el “mariposón” que Alfonso Guerra llamó a Mariano Rajoy. A todos estos podemos añadir otras pedradas que se han oído en nuestro hemiciclo como “mentiroso”, “gilipollas”, “botifler”, “patético”, “miserable”, “mendrugo”, “traidor”, “sudaca” o “filonazi”. Pero es que si bien el improperio puede entenderse como un modo de canalizar la violencia y la agresión hacia formas reguladas, expresivas y socialmente toleradas, también tiene sus peligros, puesto que llama tanto a la réplica como al acólito secuaz, en una escalada que, amplificada en las redes sociales o de arrastre, puede degenerar en hordas que se regodeen en el señalamiento, el linchamiento mediático y la exclusión social, como un efecto fácilmente alentado por las ideologías.
Sin embargo, lo más peligroso de los insultos es cuando pasan de ser desprecios personales a ser una etiqueta ideológica. Como sabemos, en tiempos de guerra se llamaba al enemigo “rata” o “cucaracha” para poder pensar en ellos como una raza exterminable. El insulto así deja de ser una transgresión del discurso argumentado, justificado en ocasiones por el arte del ingenio o la crítica social, para convertirse en una categoría a discusión, con consecuencias en la calle que podemos lamentar. Y así, términos como facha, zurdo, moro, progre, woke, equidistante o feminazi, tienen la pretensión de señalar, apartar o criminalizar a colectivos enteros, al margen de la culpa, que es siempre individual. El insulto, así entendido, deja de ser un arte, para convertirse en una amenaza social para todos.
Una de las consecuencias de vivir tiempos interesantes es que las redes sociales se han convertido en un campo de batalla en donde la argumentación ha cedido paso al improperio. Decía el filósofo Franco Volpi, a raíz de sus estudios sobre Schopenhauer, que el arte de insultar es una extensión del arte de tener razón. Lo que ponía de manifiesto con esta relación de continuidad es que, aunque los argumentos dejen paso a los exabruptos, como una suerte de falacia ad hominem que busca los defectos del adversario para desacreditarlo, seguimos hablando de retórica.