Por
Basta de autoayuda: necesitamos que nos enseñen a perder
Ahora que se venden miles de libros que nos convencen de que podemos con todo, molaría una industria editorial que nos enseñara a ser conformistas
Izan Almansa. Lo conoceréis todos los fans del baloncesto. Fue la joven promesa española, el nuevo hijo predilecto del aro; el chico predestinado a convertirse en el embajador oficioso del deporte español en el mundillo de los gigantes hipercompetitivos que sueñan con lo mismo: jugar en la NBA, da igual la conferencia o el equipo. Y estuvo cerca de lograrlo.
En la final del mundial sub-17 de 2022, que se celebró en el Martín Carpena de Málaga, su nombre resonó por las gradas como el de un futuro mito, como el del niñato elegido; precisamente la selección de los Estados Unidos arrebató a la nuestra el título del campeonato mundial benjamín, sin embargo, la soltura y facilidad de Almansa con la bola hicieron que su exhibición, pese a la derrota, no quedara en nada.
Como joven promesa, viajó a Estados Unidos y probó las mieles de quien tiene casi todas las puertas abiertas en lo suyo; fichó por la academia Overtime Elite —fue el primer español en conseguirlo—, jugó en la Liga de Desarrollo e incluso estuvo en los equipos filiales de Los Angeles Clippers. “Mi sueño es jugar en la NBA”, repetía siempre que tenía oportunidad de hablar en público y seguro que lo pensó también en el Draft de finales de junio, en aquellas galas celebradas en Nueva York en las que era uno de los grandes favoritos para ser elegido por cualquiera de las hipnóticas marcas que juegan en la liga más codiciada del baloncesto, pero, sorpresa, donde nadie lo seleccionó. El sueño se había truncado, reducido a borrajas, quedado en una fantasía adolescente; la joven promesa, el niño de los dos metros, se quedaba sin jugar con los mayores y hacía las maletas para volver a España, donde podremos verlo en la ACB con la camiseta del Real Madrid. A sus veinte años, deberá abandonar, o quizá solo posponer, su gran sueño.
Me pregunto qué pensará Almansa. No mido dos metros, tampoco soy la gran esperanza del deporte español —¿te imaginas, mamá?—, sin embargo, sí tengo algún que otro sueño truncado; he visto unas cuantas cosas perderse por el barranco casi vertical del retrete cuando estaban a punto de lograrse, cuando ya había puesto el cava a enfriar en el congelador.
*Si no ves correctamente el módulo de suscripción, haz clic aquí
Las derrotas no suelen ser absolutas, todas vienen con premios de consolación o segundos intentos —o terceros o cuartos, depende de la importancia de tus apellidos— que te motivan a volver a disparar, sin embargo, nunca vienen con la certeza de que igual lo mejor es dejarlo; ninguno queremos abandonar el camino al que nos creemos predestinados pese a que el premio de consolación esté guapo: Almansa ha firmado por el Real Madrid, quizá uno de los conjuntos de baloncesto más importantes de Europa, sin embargo, esto le sabrá a ceniza, a mierda o, peor, a nada. Su sueño era otro.
No nos enseñan a perder y eso es un problema; no nos dejan ser conformistas, no nos permiten parar, saborear la miel de lo poco —y suficiente— que tenemos y ser felices y comer pajaritos; nos obligan a seguir peleando por aquello por lo que estamos supuestamente predestinados, de pequeños no nos enseñaron a aceptar la derrota y eso es un problema.
Las derrotas no suelen ser absolutas, todas vienen con premios de consolación
El deportivo más bajo, el SUV más grande; la casa en Madrid, la otra casa en Madrid, el piso en la playa; las vacaciones en Tailandia, la piel más morena, el perro más bravo, los músculos más tersos; las inversiones más rentables, el éxito más preciso, los collares más dorados; el barco más alto, la cuenta más gorda, la comida más cara. No nos podemos conformar, eso sería de mierdecillas; mira lo lejos que llegó Antonio Alcántara gracias a su hambre.
En esta sociedad donde los libros de autoayuda se venden como churros —trabajé en una editorial, sé de lo que hablo— y se ha levantado toda una industria autocomplaciente que nos vende pepitos grillos hartos de repetir que somos los putos amos y podemos conseguir lo que nos propongamos, igual molaría todo lo contrario, un conglomerado mediático-educativo que nos convenciera de nuestras limitaciones y de que no podemos con todo. Y que no pasa nada, que está bien conformarse, que viva la resignación; que no vas a jugar en la NBA en tu puta vida, pero date con un canto en los dientes, tío, te ha fichado el Real Madrid, eso está bien, mola mucho, duerme tranquilo.
Izan Almansa. Lo conoceréis todos los fans del baloncesto. Fue la joven promesa española, el nuevo hijo predilecto del aro; el chico predestinado a convertirse en el embajador oficioso del deporte español en el mundillo de los gigantes hipercompetitivos que sueñan con lo mismo: jugar en la NBA, da igual la conferencia o el equipo. Y estuvo cerca de lograrlo.