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Joyas con historia III: La Peregrina, la perla de las reinas españolas (y de Elizabeth Taylor)
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Joyas con historia III: La Peregrina, la perla de las reinas españolas (y de Elizabeth Taylor)

Encontrada por un esclavo en aguas de un archipiélago Panamá, fue adquirida por Felipe II y saqueada después por José Bonaparte. Desde 2011 no se sabe nada de ella

En diciembre de 2011, en el Rockefeller Plaza de Nueva York, tuvo lugar una venta muy, muy especial. La sala Christie’s sacó a subasta la imponente colección de joyas de Elizabeth Taylor, fallecida nueve meses antes en Los Angeles. La actriz, gran amante de las alhajas, había reunido en sus 79 años de vida un auténtico tesoro en joyas y piedras preciosas, que se vendió en total por la astronómica cifra de 137.2 millones de dólares.

Pero de entre todas las joyas que Christie’s remató a golpe de martillo había una particularmente bella y especial. Una perla excepcionalmente fina que había pertenecido a varias reinas, que pintores como Velázquez, Goya y Rubens habían plasmado en algunos de sus cuadros y que, montada por Cartier en un collar de platino, se estimaba que aquella tarde podía llegar a venderse por entre 2 y 3 millones de dólares. Finalmente se adjudicó por 11,84 millones, todo un récord. Hablamos de la Peregrina.

Se trata de una de las perlas más perfectas del mundo. Pesa 234 gramos, tiene forma de lágrima y un brillo excepcional. Fue descubierta en aguas del Archipiélago de las Perlas, un conjunto de alrededor de 39 islas y 100 islotes de Panamá así llamado por la gran cantidad de gemas de ese tipo que albergaba, en algún momento del siglo XVI. Cuentan que era tan absolutamente espectacular que el esclavo que la sacó del agua fue recompensado con la libertad y su dueño, con el cargo de alguacil mayor de Panamá. Jamás ha sido perforada y aparece descrita por primera vez en 1609, ya con el nombre de Peregrina, en la Crónica Real del Inca Garcilaso de la Vega, quien aseguraba que en 1579 la perla en cuestión se hallaba en Sevilla, en manos del marchante Pedro de Témez, quien tenía el firme propósito de ofrecérsela al rey de España para que se la comprara.

La mayoría de los expertos dan por sentado que la Peregrina llegó a la corte española entre 1579 y 1580. La primera reina en poseer esa perla tan exquisita habría sido Ana de Austria, la cuarta (y última) esposa de Felipe II. “Una perla pinjante en forma de pera de buen color y buen agua, con un pernito de oro por remate, esmaltado de blanco, que pesa 71 quilates y medio. Compróse por el Consejo Real de las Indias de don Diego Tebes en 9.000 ducados. Tasóse por Francisco Reynalte y Pedro Cerdeño, plateros de oro y lapidarios del Rey nuestro señor, en 8.748 ducados. Tiénela la Reyna, nuestra señora”, consta en el inventario real de aquella época.

Sin embargo, Ana de Austria fue dueña de la Peregrina por muy poco tiempo. La soberana falleció en 1580, con sólo 31 años y embarazada de su sexto hijo. La perla fue pasando a partir de ahí de rey en rey, de generación en generación. Y cuando el último soberano de la dinastía de los Austrias, Carlos II 'el Hechizado’, murió en 1700 sin descendencia y dio comienzo el reinado en España de los Borbones, las nuevas reinas de esa dinastía también quedaron fascinadas por aquella perla tan perfecta. Numerosos retratos de corte muestran a varias reinas llevando la Peregrina, aunque el más famoso sin duda es La familia de Carlos IV, pintado por Goya en 1800 y en el que la reina María Luisa de Parma luce la Peregrina en el pecho.

Pero en esas, Napoleón invadió en 1808 España y logró sentar en el trono del país a su hermano, José Bonaparte. Las tropas francesas habían recibido órdenes de arramblar con todas las obras de arte que fueran de interés para el Museo Napoleón, sólo en Madrid se calcula que expoliaron unos 2.000 cuadros. José Bonaparte no llevaba ni una semana en el trono cuando ordenó que todas las joyas de la corona española fueran entregadas a su ministro de finanzas, el conde de Cabarrús. “Y así fue, con una sencilla orden de un rey extranjero, como España perdió para siempre sus joyas de la corona”, relata Ana Trigo, autora del muy recomendable libro Joyas Malditas (La Esfera de los Libros) “Pero José Bonaparte no jugó limpio. Aunque en sus cartas aseguró a su hermano y al mariscal Alexandre Berthier que había entregado todo el tesoro español, sabemos que hizo una ‘pequeña’ excepción: se quedó para sí, al menos, con una de las joyas: la Peregrina”.

Cuando José Bonaparte abandonó España en 1813, después de la derrota de las tropas napoleónicas en la Batalla de Vitoria, lo hizo acompañado de 2.000 carros cargados de obras de arte, objetos de oro y plata y, por supuesto, joyas. La caravana sin embargo fue asaltada y saqueada por soldados británicos. Pero José Bonaparte logró evitar que se llevaran la Peregrina y la conservó siempre. La prueba es que dejó estipulado en su testamento que, a su muerte, la joya pasara a manos de su sobrino Carlos Luis Napoléon Bonaparte, que entonces tenía 36 años y ambicionaba el trono de Francia. Para poder sufragar la campaña que en 1852 acabaría convirtiéndole en emperador de Francia, decidió vender la perla.

La Peregrina fue adquirida por James Hamilton, duque de Abercorn, un prestigioso político y noble británico, para regalársela a su esposa, Louisa Abercorn. Durante cien años, la perla fue propiedad de los Abercorn, pero en torno a 1914, fue vendida a la joyería inglesa R.G, Hennel & Sons.

“Documentos que han visto la luz recientemente han demostrado que los joyeros se la ofrecieron al rey Alfonso XIII de España ese mismo año, pensando que podría estar interesado en recuperarla para las joyas de la corona española. Sin embargo, no hubo acuerdo en el precio y la transacción nunca llegó a realizarse”, subraya Ana Trigo, señalando asimismo que aunque durante varias décadas la reina Victoria Eugenia de Battenberg (esposa de Alfonso XIII) estuvo convencida de poseer la Peregrina, no era así.

“La confusión parece haber ocurrido porque, con ocasión de su boda, en 1906, Alfonso XIII le regaló un broche de diamantes, conocido como el Broche Ansorena, del que pendía una gran perla en forma de lágrima, y ella siempre pensó erróneamente que se trataba de la histórica joya”, relata Ana Trigo en su libro Joyas Malditas.

La verdadera Peregrina la compró un particular, el acaudalado Judge Geary, quien a su vez en 1917 la vendió al millonario Henry Huntingdon. Durante varios años no se tuvieron noticias de la joya, hasta que en 1969 la casa de subastas neoyorquina Parke-Bernet anunció su salida a la venta, para estupor de Victoria Eugenia de Battenberg, quien estaba convencida de que poseía la auténtica Peregrina. Por si acaso, mandó a su sobrino Alfonso de Borbón a pujar por la joya.

La Peregrina salió a subasta con el número de lote 129 y por un precio inicial de 4.000 dólares. Se vendió por 39.000 dólares y quien se la adjudicó no fue Alfonso de Borbón, sino el abogado Aaron Frosch, que había comprado la joya por encargo de un misterioso cliente. Pronto trascendió que el misterioso cliente no era otro que el actor Richard Burton, que había adquirido la perla para regalársela a su esposa, la actriz Elizabeth Taylor. Y aunque Victoria Eugenia rabió y pidió a Luis Martínez de Irujo, marido de la duquesa de Alba, que convocara una rueda de prensa en la que aseguró que la verdadera Peregrina estaba en poder de la ex reina, numerosos especialistas concluyeron que la adquirida por Richard Burton era la original.

Elizabeth Taylor encargó a Cartier que engarzara la Peregrina en un collar. La firma francesa montó la perla en un magnífico collar de platino compuesto por una doble hilera de 57 perlas naturales, cuatro perlas cultivadas, diez rubíes y un puñado de diamantes.

Nueve meses después de la muerte de la actriz, ocurrida en marzo de 2011, ese collar y otras joyas de la protagonista de La gata sobre el tejado de zinc fueron subastadas. El lote número 12, correspondiente a la Peregrina, se vendió por 11,84 millones de dólares. Pero no trascendió la identidad de la persona que la había comprado, que a día de hoy permanece en el más absoluto anonimato. Nadie sabe si la perla sigue montada en el collar de Cartier o si ha sido engastada en otra joya. Nadie ha vuelto a ver en público a la Peregrina ni se sabe desde entonces nada de ella.

En diciembre de 2011, en el Rockefeller Plaza de Nueva York, tuvo lugar una venta muy, muy especial. La sala Christie’s sacó a subasta la imponente colección de joyas de Elizabeth Taylor, fallecida nueve meses antes en Los Angeles. La actriz, gran amante de las alhajas, había reunido en sus 79 años de vida un auténtico tesoro en joyas y piedras preciosas, que se vendió en total por la astronómica cifra de 137.2 millones de dólares.

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