Si Superman fuera real, lucharía contra las macroempresas que producen sus películas y cómics
No deja de ser paradójico que se esté intentando vender al Hombre de Acero como un personaje woke cuando sus propietarios son seguidores de Lex Luthor que promueven el corporativismo propio del capitalismo más salvaje y trumpista
Me quedo fascinado con la ingenuidad de mis conocidos españoles que juegan a ser revolucionarios de salón y, sin embargo, en la práctica se comportan como el consumidor prototípico del American Way of Life: esos que tienen en su estante todas las figuritas Marvel o DC y que no se pierden una sola película de superhéroes, llenando las arcas de empresas que están en esto por la pasta y por expandir por todo el orbe el emporio de influencia estadounidense para cimentar un vasallaje moral y económico.
Si Marvel o DC fueran españolas, pediríamos prohibirlas
Dentro del sector comiquero, tengo muchos amigos en España que están trabajando para su enemigo ideológico, el Gran Capital, dibujando superhombres y supermujeres que son propiedad de un entramado empresarial radicalmente vertical y absolutista; pero, en este caso, esa opción laboral no es culpa de ellos, sino de la incapacidad de la sociedad española para generar una industria del cómic que les permita sobrevivir creando sus propios tebeos y sus propias historias. O sea, sembrando nuestra propia cultura…
No tenemos industria, no queremos crearla (como hace 40 años ocurriera en el caso del cine, acabamos de entregarnos a los brazos de la infraestructura ilusoria y sectaria de las subvenciones públicas) y tampoco nos sobran lectores interesados en cómics de autores españoles que no hayan sido producidos y financiados por editoriales estadounidenses o francesas.
*Si no ves correctamente el módulo de suscripción, haz clic aquí
Lo paradójico de la cuestión es que, si Marvel o DC fueran empresas españolas, en nuestro gremio ya habríamos promovido hace años una campaña para su defenestración, por tratarse de compañías que se incautan de los derechos de propiedad intelectual de sus artistas: todas las aventuras y todo el dramatis personae creados por esos artistas pasan a ser posesión de estas megacorporaciones, algo que nos escandalizaría si eso sucediera en territorio patrio. Que un creador de cómic alumbre tramas y personajes originales y un comité de ejecutivos se los arrebate para generar millones de dólares explotándolos por mediación de otros artistas y adaptándolos a la gran pantalla sin pedir permiso ni respetar derechos de autor nos parecería propio de un empresariado ultracapitalista y expoliador.
Que esos mismos autores reciban a cambio un único pago por su material y, cuando se hace la película basada en SUS historias, un cheque de 2000 dólares más una invitación a la première, se consideraría una burla intolerable por parte del sistema a los trabajadores. Pero claro, estamos tan fascinados e impermeabilizados a la vez por el aparato publicitario estadounidense, que con una sonrisa idiota aceptamos en ellos lo que nos provocaría rotundas arcadas y airadas protestas de tratarse de patronos compatriotas.
Estamos tan fascinados a la vez por el aparato publicitario estadounidense, que con una sonrisa idiota aceptamos lo que nos provocaría arcadas
Así que podemos seguir consumiendo productos de esas empresas abusivas y continuar presumiendo de que somos muy progresistas. Nadie nos cuestiona, porque esas empresas son estadounidenses y, por tanto, anteponemos nuestro histórico complejo de inferioridad ante ellas a nuestra presunta sensibilidad moral.
Conductas empresariales abusivas
Lo que voy a relatar a continuación le pasó a un amigo mío al que conozco muy bien y que me contó todos los detalles: lo llamaremos Curro Jiménez.
Curro Jiménez era un guionista y editor de cómics que, harto de las corruptelas del sector cultural español, un día decidió marchar de nuestro país e instalarse en una capital latinoamericana. Allí, recién llegado con una mano delante y otra detrás (no pertenecía a una familia privilegiada como las que abundan en el mentado sector), optó por ganarse las lentejas mediante el trabajo alimenticio de publicar tebeos de superhéroes estadounidenses dentro de una línea de historietas propiedad de un importante grupo mediático local. Por currículum contaba con la suficiente experiencia para ser nuevo director de esa línea y el salario era suculento, así que aceptó la oferta.
Al poco, ya estaba contactando con el jefe de ventas de esa multinacional de los superhéroes, con la que inició su colaboración mediante videollamadas a Estados Unidos. La misión de Curro era comprar títulos atractivos para el público de su país de adopción. Al principio creyó que la cosa iría de maravilla, porque como bienvenida el jefe de ventas le regaló una edición en formato gigante de su tebeo estadounidense favorito (que no es de superhéroes). Pero ese era solo un anzuelo para el voto de esclavitud que le iban a exigir a cambio…
Pronto establecieron un plan de publicación en el país de destino y, aunque Curro se vio forzado a adquirir muchos títulos de relleno —que en realidad no deseaba publicar— como condición obligada para obtener los que sí quería (los de calidad), aceptó la imposición con espíritu deportivo: al fin y al cabo aquella era una contingencia lógica en cualquier transacción con una empresa en situación de poder.
Sin embargo, ya para el lanzamiento efectivo de la primera temporada de superhéroes bajo su coordinación, surgieron los primeros conflictos: como parte de la promoción de esa renovada línea, y dado que la intención era albergar cómics de diversas editoriales, Curro contactó con un dibujante de superhéroes español y le encargó (gracias a la generosidad del cotizado dibujante, que rebajó su tarifa para la ocasión) una ilustración a todo color de un supergrupo inventado sobrevolando una plaza típica de su país de acogida: con ese espectacular dibujo “localista” imprimió un póster que el día del estreno de la colección en quioscos se incluyó gratuito dentro de uno de los diarios del grupo mediático.
Pues bien, cuando dichas acciones promocionales llegaron a oídos del jefe de ventas estadounidense, este entró en cólera: durante una nueva teleconferencia, gritó y amenazó al español con cerrarle todos los acuerdos por haber regalado un póster con superhéroes ajenos, aunque se hubiera hecho a través de un diario y no de uno de sus cómics y, por tanto, no se identificaran con el universo ficticio de su propiedad sino con la marca contenedora, que no era suya y que podía comercializar obras de cualquier otra editorial. Tras chillar y lanzar exabruptos con maneras de tirano prepotente, aseguró que solo se calmaría y respetaría el trato si el dibujante del póster y el director de la línea firmaban un documento cediendo la propiedad de esa ilustración ¡y la imagen de esos personajes! a su empresa de superhéroes. En una clara demostración de matonismo, acorraló al coordinador español hasta que este accedió a que se firmara la cesión de derechos. El dibujante, con su cortesía habitual, también accedió.
Ese no fue el único desencuentro: entre los proyectos del nuevo coordinador estaba el de traducir los cómics de superhéroes recién adquiridos a una versión de español característica de ese país, con sus propios modismos y jerga. No era justo que los lectores de esa nación hispanoparlante se vieran obligados a tragarse la variante española, con sus “vosotros”, sus “eh, tíos” y sus “supercoches”. Así que su intención era comprar únicamente los archivos de los cómics en inglés y contratar a un traductor autóctono que lo vertiera al español coloquial del país de publicación. Un proceso muy común, en verdad.
El jefe de ventas yanqui se plantó de nuevo, con peores modales si cabe: no, no le iba a vender los archivos para que los tradujera al español idóneo en ese contexto, como sí hubiera hecho cualquier otra editorial razonable. En lugar de ello, le impuso una nueva condición asombrosa y de dudosa legalidad: o le compraba los archivos con los diálogos en su traducción española o rompía todo el acuerdo.
Curro no entendía nada: ¡no podían obligarle a pagar un extra por unas traducciones que no le interesaban! Pero presuntamente el mercachifle gringo había creado una pinza con la editorial española de sus series de superhéroes e imponía a todos los países hispanoparlantes con los que tuviera tratos que, para publicar su material, forzosamente debían desembolsar un precio adicional por esa traducción y rotulación en español de España.
Sí o sí, Curro tenía que publicar los tebeos en un castellano de otro continente para el público latinoamericano o de nuevo corría el peligro de perder todas las series. La imposición parecía digna de un episodio de Los Soprano, proferida además con la chulería típica de un Donald Trump soberbio y exaltado, con gritos, abusos verbales y ningún margen de discusión.
Durante los siguientes meses, Curro publicó las series de superhéroes estadounidenses en su país de adopción bajo esas rígidas condiciones. Su entusiasmo profesional y personal pronto decayó, debido a que por cada título interesante que lograba editar, su interlocutor en la compañía yanqui le obligaba a acompañarlo con la publicación de tres o cuatro series irrelevantes y de pésima calidad.
A ello se sumaba el propio desinterés por el trabajo bien hecho que percibió en el grupo mediático que le contrataba: por primera vez, Curro se vio rodeado de profesionales que únicamente curraban por amor al dinero. Acostumbrado a desarrollar sus proyectos en editoriales o equipos profesionales cuyo principal acicate era la pasión por los cómics, de pronto tuvo que lidiar con un hatajo de ejecutivos que estaban allí solo por la pasta y, por tanto, totalmente desentendidos de la calidad de los productos culturales que ofrecían a sus paisanos.
Pero aún quedó más desmotivado cuando, en el transcurso de una de las reuniones semanales llevadas a cabo en la sede empresarial, esos mismos yuppies y comerciales petimetres se volvieron contra él porque los números no llegaban a la cima que ellos se habían propuesto… o que les obligaban a cumplir como política de rutina para mantenerlos alertas y ansiosos. Asumiendo una actitud hostil —aunque eran unos aprendices comparados con la magistral política de hostigamiento del jefe de ventas estadounidense—, le comunicaron que, o alcanzaba una venta de 10.000 ejemplares con cada título semanal en quioscos (en la actualidad apenas superaban los 7 000, que, en realidad, dada la saturación del mercado, era una muy buena cifra) o “te cerraremos la colección”.
Le comunicaron que, o alcanzaba una venta de 10.000 ejemplares con cada título semanal en quioscos o "te cerraremos la colección"
En ese momento, Curro dijo mentalmente: “Basta”. Adaptado a la nueva sociedad y expresiones en las que vivía desde hacía tiempo, podía haber pensado, en efecto, que se estaba “enojando harto” o incluso que sus supervisores le tenían “asado”. Pero no: lo que sentía propiamente es que se le habían hinchado las pelotas y que estaba hasta los santos cojones. No estaba acostumbrado a ser vapuleado verbalmente ni coaccionado bajo la amenaza de ser despedido. A Curro le importaba un pimiento el objetivo económico de esa compañía y el miedo a perder el empleo no era un factor que funcionara con él, como al parecer sí funcionaba con la gente normal, o al menos con esos individuos. Así que tomó una decisión: iba a acabar con todos.
Para ello, ideó allí mismo una estrategia muy sutil. Sabedor de que aquellos pazguatos trajeados no tenían ni pajotera idea de cómics, les comunicó con falso reverente secretismo que para alcanzar esos diez mil ejemplares semanales tenían que dejar de editar superhéroes, que ya tenían cansados a los lectores, y apostar por un nuevo tipo de historieta que lo estaba petando en los USA: ¡los cómics underground!
Todavía se pregunta cómo logró convencerlos. Cualquier persona con dos dedos de frente se hubiera dado cuenta de que, si un género se denomina underground, contracultural o independiente, por fuerza lo hace por oposición a la oferta de ocio mainstream, comercial y predominante. Esto es: que con casi absoluta seguridad habrá menos público objetivo interesado en ese género. Pero no: aquellos encorbatados se tragaron la trola con anzuelo incluido. Y decidieron apostar sus últimas balas a la propuesta de Curro: comprar los derechos de una serie indie para batir todos los récords de venta.
Cómics de colección en la Comic-Con de San Diego. (EFE/Allison Dinner)
Por fin pudo Curro hacer su trabajo con total libertad y su pasión de antaño reverdeció. Esta vez, los editores estadounidenses con los que negoció eran personas de talante democrático que amaban su oficio, que no pretendían dominar el mundo con sus planes expansivos y que entendieron perfectamente las necesidades del colega extranjero: por tanto, le permitieron traducir la obra escogida (un magnífico tebeo de corte existencial protagonizado por chicas sin poderes y realizado por un autor muy prestigioso pero poco popular, menos aún fuera de su país) a la variedad de español adecuado al territorio donde sería publicada y promocionarla como mejor juzgara.
Ya a la semana de salida de la primera entrega, Curro recibió una llamada para reunirse de urgencia con el equipo ejecutivo. Allí adoptó una expresión de pasmo incrédulo y pesar cariacontecido cuando le anunciaron que el nuevo cómic “solo” había vendido 3 000 ejemplares, menos de la mitad de lo que vendían con los tebeos de superhéroes. El pasmo de Curro era genuino: él había esperado vender muchos menos ejemplares. ¡Tres mil era una cifra cojonuda! Luego se enteró de que con esa obra había llegado a mucho lectorado femenino que jamás se habría asomado ni harto de vino a ningún título de enmascarados en leotardos.
También recibió compungido la noticia de que, dados los pésimos resultados comerciales, se veían obligados a prescindir de sus servicios. Pero en realidad se sentía exultante como Bruce Willis en una ya imposible secuela de El último boy scout, caminando sonriente hacia la cámara en un entorno regado de gasolina mientras arroja un zippo encendido a sus espaldas para desatar un infierno de llamas que lo devoran todo. Porque por dentro se acordaba del jefe de ventas verbalmente violento y abusivo. Por dentro sabía que, gracias a su acción, había divulgado un cómic extraordinario y, de paso, hundido las maquinaciones de una macroempresa dirigida con malas artes por una caterva de supervillanos.
Por dentro, Curro se sentía Superman.
Me quedo fascinado con la ingenuidad de mis conocidos españoles que juegan a ser revolucionarios de salón y, sin embargo, en la práctica se comportan como el consumidor prototípico del American Way of Life: esos que tienen en su estante todas las figuritas Marvel o DC y que no se pierden una sola película de superhéroes, llenando las arcas de empresas que están en esto por la pasta y por expandir por todo el orbe el emporio de influencia estadounidense para cimentar un vasallaje moral y económico.