La vida moderna es la búsqueda de un equilibrio imposible entre tener dinero y tener tiempo. A medida que envejecemos, más tenemos de lo primero pero menos de lo segundo
¿Y yo qué prefiero, tiempo o dinero? (EFE/Enric Fontcuberta)
Quien haya leído mis columnas desde que empecé a publicarlas allá por la primavera de 2017 recordará que por aquella época hablaba mucho más de dinero que hoy. De la trampa del mileurismo, de precariedad alargada hasta los 30 y pico años, o de la supervivencia en la España de la austeridad, que por entonces parecía aún una fase provisional del capitalismo tardío y no un rasgo estructural.
Con el paso del tiempo, y gracias —irónicamente— a factores como la buena aceptación de aquellos artículos, he conseguido ganar bastante más, por lo que cada vez sentía menos necesidad de escribir sobre mis vicisitudes económicas. Mis problemas hoy son otros. Es una paradoja habitual: escribir sobre tus malas condiciones económicas puede llevarte a solucionar tus problemas materiales y que, por lo tanto, tengas que buscarte otros o fingir una eterna e impostada precariedad, que todo sea dicho, también hay quien lo hace.
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A medida que hablaba menos de dinero he ido haciéndolo más sobre la escasez de tiempo, dos magnitudes íntimamente en esa vida de gris middle man que llevo como, a la sazón, jefe de la sección de Reportajes de este periódico. Porque cuanto más gano, menos tiempo tengo. Ya no hablo de disfrutar de mi tiempo libre, sino de pensar, leer, reflexionar o descansar, o vivir todo aquello que servía de materia prima para estas columnas. Cuanto mejor se te da algo, más probable es que aparezcan otros factores que te resten tiempo para hacerlo bien.
Un círculo vicioso en el que, a medida que pasa el tiempo y a cambio de ese dinero, acumulas más exigencias, tareas y responsabilidades hasta que dejas de hacer ninguna bien. Ni las nuevas ni las antiguas, que supuestamente eran lo que mejor se te daba. Hasta que de repente alguien dice en voz alta que ya no eres lo que eras y hay que buscar sangre nueva porque has perdido el mojo. Generalmente, esa sangre nueva es alguien que se encontraba en tu misma situación años atrás, y que él sí dispone de tiempo, rabia y una cuenta corriente lo suficientemente vacía como para hacer aquello que tú hacías. La rueda debe seguir girando.
Hay momentos excepcionales de equilibrio entre el dinero y el tiempo, pero son pocos
La vida moderna es la búsqueda de un equilibrio imposible entre tener dinero (el necesario o el aspirado, que cada cual decida) y tener tiempo. Hay momentos excepcionales en la vida adulta en los que uno alcanza ese equilibrio, pero duran poco. Tarde o temprano, ese no tener dinero termina evolucionando a no tener tiempo, que es el mismo paso inexorable de la mantenida adolescencia a la responsable edad adulta. De no tener un duro a no tener un segundo. Canjear ese océano de horas casi infinitas con el que nacemos por la posibilidad de construir una vida que se parece sospechosamente a la de todos los demás: la vida que se espera que llevemos.
El ejemplo más claro, para mí, es la lectura. Hoy me resulta inconcebible aquel verano de 2003, entre el instituto y la universidad, cuando era capaz de leer un libro cada dos días. Retrato del artista adolescente deJames Joyce. Mi Antonia de Willa Cather. Crónicas de motel de Sam Shepard. Un volumen de relatos de Philip K. Dick. En la carretera se me hizo un poco bola y tardé bastante más. Fue el último verano que pude dedicar de verdad a la lectura, pero no solo a ello. Hacía deporte, salía y escuchaba mucha música. Me parece inconcebible que tuviese tanto tiempo para tantas cosas, y sospecho que no es solo una cuestión de tiempo objetivo (tener todo el verano para ti) sino también subjetivo (no tener que preocuparte de nada más).
Porque el tiempo no es solo tiempo, sino también espacio mental. Los minutos no pasan igual en la cabeza del adolescente cuyas preocupaciones son mundanas, a corto plazo e inmediatas, cuando cada semana es un año de vida, que en la del adulto que salta de un estímulo a otro sin parar hasta que ha tachado todos los to do de la lista. Por eso para el gris adulto el tiempo libre nunca lo termina de ser del todo, porque en el horizonte siempre está la amenaza de tener que hacer algo.
Cuando uno entra en el mundo laboral, firma ese pacto fáustico de ir cediendo poco a poco su tiempo y su espacio mental a cambio de una remuneración creciente. Como cantabaMorrissey, buscaba trabajo, encontré trabajo y que miserable soy ahora. Encuentro en mi Whatsapp unos mensajes que una amiga me envió en enero: “Es horrible, porque te pasas media vida llorando por la precariedad y si consigues salir de ella directamente pasas a jugar la liga de la esclavitud”, se quejaba. “Y lo personal es una mierda cuando eres precario, pero cuando vives esclavo directamente se esfuma”.
Una de las consecuencias peculiares de dejar de tener tiempo en nuestro día a día es que cuando lo recuperamos, aunque sea por un rato como ocurre en las vacaciones de verano, no sabemos muy bien qué hacer con él. Hemos construido nuestra vida alrededor de la escasez de tiempo y, por lo tanto, de su optimización, y no podemos dejar de hacerlo solo porque dispongamos de unos cuantos días libres. Así que compramos nuestro billete de tren o avión para optimizar nuestro tiempo en otro sitio.
Compramos tiempo no para ralentizar nuestra vida, sino para acelerarla
Así que casi nunca destinamos este tiempo a aquello con lo que soñamos (es decir, a todos esos proyectos que se salen de la dictadura de lo cotidiano), sino que volvemos a cargarnos con nuevos compromisos. Por eso, cuando gastamos nuestro dinero en comprar tiempo pidiendo un cubata en Amazon, por ejemplo, nunca lo hacemos para ralentizar nuestra vida, sino para acelerarla. Tráeme este paquete en 10 minutos, dame la cena cuanto antes, quiero llegar a casa ya.
No puedes volver atrás
Si de repente nos acordamos de todo esto en verano es porque es uno de los pocos momentos en los que volvemos a experimentar la aparente sensación de tener algo de tiempo libre y soñamos con lo bonito que sería poder ajustar cada mes, como en una balanza, si queremos ganar un poco menos y tener algo más de tiempo o, al contrario, si necesitamos algo más de dinero y, por lo tanto, podemos echar más horas.
Pero se trata de una mera ilusión, porque no existe la posibilidad de tomar tal decisión. Salvo que decidas romper con todo y recuperar todo tu tiempo para ti mismo marchándote a la Cochinchina (algo para lo que, por cierto, suele hacer falta haber ganado mucho dinero), es imposible dar marcha atrás. No podemos volver a ese estado de inocencia temporal de la adolescencia con la que tanto soñamos y en el que aún no habíamos abierto la lógica del cálculo económico que viene de mano del primer trabajo, una puerta que una vez se abre nunca puede volver a cerrarse.
Claramente, un hombre con mucho dinero pero poco tiempo. (Reuters/Kylie Cooper)
La tragedia del gris hombre moderno es saber perfectamente que sería mucho más feliz si tuviese un poco más de tiempo y necesitase menos, pero es una decisión que no está en su mano. Como contaba aquel experimento de Hal E. Hershfield y Cassie Mogilner Homes, de la Escuela de Negocios de UCLA, la gente que elige el tiempo por encima del dinero es más feliz, porque invierte en lo que desea y no en lo que necesita. Vaya novedad. Pero esperamos de los demás siempre más crecimiento: trabajar más, cobrar más, gastar más. Y, por lo tanto, tener cada vez menos tiempo.
¿Cómo vas a decir que no a un ascenso, qué clase de conformista mediocre eres? Es una manera de afirmar que uno quiere ser un niño para siempre. Así que uno lo acepta, y lo acepta todo, hasta que deja de hacerlo bien, de disfrutarlo, de encontrar sentido a todas esas necesidades tan bien cubiertas por un dinero que nunca había aspirado a tener. Menos en el verano, el período en el que recordamos por unos instantes que el deseo, y no la necesidad, es lo que nos completa como seres humanos. Nos tumbamos al sol, reevaluamos nuestra vida, pensamos en todas las decisiones que no habríamos tomado de haberlo sabido y nos encogemos de hombros, porque no podemos hacer otra cosa. El lunes, al tajo.
Quien haya leído mis columnas desde que empecé a publicarlas allá por la primavera de 2017 recordará que por aquella época hablaba mucho más de dinero que hoy. De la trampa del mileurismo, de precariedad alargada hasta los 30 y pico años, o de la supervivencia en la España de la austeridad, que por entonces parecía aún una fase provisional del capitalismo tardío y no un rasgo estructural.