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¿Por qué ya casi todo parece escrito por una IA?
Si en ocasiones no sabemos detectar si un autor es humano o no, no es porque la IA sea muy buena, sino porque gran parte de lo que se publica es muy malo
Revelan las estadísticas y las fotos de Instagram, que en verano se lee más y por placer. Parece que la disposición de tiempo libre anima a abrir los libros que nos compramos o regalaron con tan buena intención durante todo el año. Lo mínimo que podemos esperar en esas circunstancias es que el libro, ya sea novela o cómic, ensayo o crónica, poesía o teatro, biografía, diario o libro de viajes, manual práctico, catálogo de arte, bestiario, libro técnico, epístolas ad efesios o narrativa experimental, nos haga disfrutar.
Sin embargo, a juzgar por lo que se edita y autoedita, ya sea en el mercado o la academia, desde la irrupción de ChatGPT, parece que cada vez es más difícil dar con una rara avis de tomo y lomo que nos vuele la cabeza. En palabras de Kafka, “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Desde hace un año, Amazon, que empezó como librería online antes de ser el primer palacio de cristal de la era global del todo vendible, ha limitado la autopublicación, sistema que tenía en marcha desde 2009, en formato Kindle o imprimible a petición. El límite está ahora —agárrense—, en tres libros por autor y día. Eso nos da una idea de lo grave que es la situación, puesto que, con la excepción de obras libres de derechos de autor que se relanzan, da muestra de lo malos que tienen que ser la mayoría de textos, necesariamente generados por IA. El libro se convierte en unidad de contenido optimizado para un nicho determinado, que a través del testeo y colapso del algoritmo, termina en manos del lector poco precavido.
Pero si bien es cierto que a todos nos pueden colar como genuinos un texto o una imagen producidos con IA, también es cierto que esa alerta de que llegará un momento en que no podremos detectar qué es artesanal y qué generado por una IA, es falsa. De la misma manera que si has visto muchas imágenes producidas con Dall-e 3, Dreamlike o Midjourney produces la habilidad de reconocerlas con mayor facilidad, lo mismo pasa con el texto generado. Las narraciones automáticas mantienen las estructuras que se enseñan para la construcción de relatos de ficción en secundaria, así que no hay excusa para no reconocer los consabidos clichés. Lo único que hay que hacer es ser más perspicaz y ponernos a prueba al ritmo de sus mejoras, como exigencia de nuestro tiempo. En este sentido es muy recomendable el libro recién publicado, Pron contra Prompt, de Julio Gonzalo, Ramón del Castillo, María Teresa Mateo Girona y Guillermo Marco, en la editorial Delirio, que supone pensar qué es la escritura a partir de un experimento comparativo de relatos, entre ChatGPT y el escritor Patricio Pron, valorado por críticos profesionales. No se trata de ver si este modelo de lenguaje supera el talento promedio de escritura, sino si supera a un escritor profesional, poniendo el duelo a nivel de Deep Blue Vs Kasparov o AlphaGo Vs Lee Sidol, y es capaz de engañar a un crítico formado. La respuesta es rotunda: No. El libro nos anima a todos a subir el nivel de nuestro propio criterio, porque nos da las claves para esta detección, que es mucho más fácil de lo que parece si uno está dispuesto a leer buena literatura.
Sin embargo, otro caso reciente, desvela otro problema. No solo los libros de narrativa están expuestos a la chatgeteperización. El caso del exitoso ensayo Hipnocracia. Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad, cuyo supuesto autor, el filósofo hongkonés Jianwei Xun, un nombre suficientemente oriental y resultón como para recordarnos al desabrido al Byung-Chul Han, con el que seguro se alimenta ChatGPT para desgracia de todos, es falso. El texto fue elaborado por Andrea Colamedici, editor y charlista TED, de currículum ignoto, que afirma haber utilizado una escritura colaborativa en forma de “diálogo filosófico mayéutico”, con los modelos Claude Sonnett 3.5 y ChatGPT 4.0, sin que en la primera edición constara, a pesar de que la normativa europea así lo exige. También hay que decir que se puede encontrar fácilmente pirata, por obra y gracia de sistemas algorítmicos, en una suerte de justicia poética.
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Según el autor, quería hacer un libro que no solo explicara cómo se manipulan hoy los estados de conciencia, sino que lo demostrara en acto, a través del propio libro. Sin embargo, el texto es absolutamente difuso, compuesto de frases yuxtapuestas en forma de paradoja, párrafos cortos de contenido insulso, escrito en palabrería de cliché con términos como “inestabilidad controlada”, “fragmentación de la atención”, “prácticas de resistencia invisible”, que carecen de concreción alguna, que abarcan mucho y dicen poco. Frases como “La construcción de realidades alternativas en serie se produce mediante la técnica de la estratificación progresiva”, son un remedo de teoría cultural que deviene, como podría calificar Theodor Adorno, de forma despectiva, en jerga de la autenticidad. Las afirmaciones son anodinas, manidas, con una falta absoluta de precisión como la siguiente: “No se trata de seguir recetas, sino de cultivar una sensibilidad ante las grietas del sistema, sus puntos ciegos, sus zonas de sombra, donde aún puede surgir algo diferente”.
No hay ejemplos de la vida cotidiana, datos reales ni comparaciones con material literario o cinematográfico que nos pueda ayudar a comprender si lo que ahí se dice tiene algún valor antropológico, cultural, político o estético. Cuando en algún momento parece que se arranca a darnos alguna clave sobre el presente, afirma cosas como que “Trump y Musk son los profetas de este régimen. No son simples figuras de poder: son dispositivos narrativos. Sus narrativas no buscan la verdad, sino el asombro”. Tan solo alguna comparativa parece en algún momento ampliar la retórica hueca, hasta que emborrona más el discurso: “Al igual que el hipnotizador guía al sujeto paso a paso hacia una realidad imaginaria, el sistema construye universos paralelos detalle a detalle”. Parece que haya ido a buscar las perlas más delirantes, pero resulta que todo es así. Sin embargo, lo más inquietante es que el último capítulo en la edición traducida, en el que el autor desvela su experimento sociológico, al modo del escándalo Sokal en versión lamentable y contraproducente, el autor espeta chatgepetadas de igual calibre, en lo que parece ya el nuevo estilema de homogeneización: “La decisión de incluir este epílogo en la edición internacional transforma, como se ha dicho, la naturaleza misma de la obra. Ya no se trata de estudiar cómo se construyen y propagan las narrativas, sino de explorar qué ocurre cuando una narrativa revela conscientemente su naturaleza construida al tiempo que reivindica su eficacia analítica”.
Una se da cuenta de que esto no va solo del problema de la autoría, del delirio editorial o de los costes sociales, ecológicos y materiales de la IA, temas que no son menores. Tampoco de ponernos a prueba sobre cuán buenos detectores de textos automáticos somos, como un juego de acierto y error. Se trata de medir nuestras tragaderas. Si el uso de ChatGPT nos puede llevar a pensar que todo el mundo puede ser escritor (podríamos añadir programador, traductor, analista, contable…), ese nivel será siempre la mediocridad, niveles aptos para Wattpad y talleres de escritura amateur, que yo siempre defenderé. Pero si en ocasiones no sabemos detectar si un autor es humano o no, no es porque la IA sea muy buena, sino porque gran parte de lo que se publica es muy malo.
Revelan las estadísticas y las fotos de Instagram, que en verano se lee más y por placer. Parece que la disposición de tiempo libre anima a abrir los libros que nos compramos o regalaron con tan buena intención durante todo el año. Lo mínimo que podemos esperar en esas circunstancias es que el libro, ya sea novela o cómic, ensayo o crónica, poesía o teatro, biografía, diario o libro de viajes, manual práctico, catálogo de arte, bestiario, libro técnico, epístolas ad efesios o narrativa experimental, nos haga disfrutar.