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'84 m²': ¿Qué país es Corea del Sur, si puede saberse?
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'84 m²': ¿Qué país es Corea del Sur, si puede saberse?

El exitoso cine surcoreano no acaba de transmitirnos cultura propia alguna

Foto: Un fotograma de la película surcoreana '84 m²'. (Netflix)
Un fotograma de la película surcoreana '84 m²'. (Netflix)

Cuando me quise dar cuenta, había visto tres películas surcoreanas seguidas. Primero Forgotten (2017), de Jang Han-jun; luego 84 m² (2025), de Kim Tae-joon, que hoy comentamos; y, para darle a la reseña más recorrido, acabé con Unlocked (2017), también de Kim Tae-joon. Súmenle El juego del calamar, las películas del director de Parásitos, las películas del director de Old Boy y otras películas más dirigidas por gente que siempre tiene un guion en su nombre. No creo que haya cerebro en España capaz de memorizar estos nombres.

Con todo, rendí honores a los patronímicos surcoreanos buscando en Google el motivo de tanto guion. Así me enteré de que se llaman todos José Luis. José Luis Gómez, en concreto. Lo que hacen es poner primero el apellido y luego los dos nombres de pila (o nombre compuesto), resultando algo como: Gómez José-Luis. Esto que les enseño es muy importante.

Es muy importante porque después de verme tanto cine coreano y tanto Juego del calamar, es todo lo que sé sobre Corea del Sur. Que ponen un guion entre José y Luis.

Cuando una cinematografía se pone de moda (o lo hace un director en concreto de un país con escasa presencia en las salas mundiales), una cosa que sucede es que su país se promociona. De hecho, hay cierta tendencia en festivales y periódicos a ver con buenos ojos las películas que dejan claro, lo primero de todo, de dónde son. Por ello (pasa también con los libros), la refrescante película de un nuevo director polaco será “una metáfora de Polonia”, y la de una lituana, “una metáfora de Lituania”, y la de un tanzano, “una metáfora de Tanzania”. Recuerden que Almodóvar, en su cine primero, sacaba más toros y tortillas de patatas que Franco. Eso gusta.

Sin embargo, viendo cine surcoreano, y comparándolo con el japonés, hoy invisibilizado, uno es incapaz de ver un país detrás. Corea del Sur nos parece aproximadamente Japón, pero sin templos.

Las películas de Corea del Sur no se sabe de dónde son; pueden ser chinas, japonesas, tailandesas o de Kentucky

Cuando estaba de moda lo nipón en los años 90, con Imamura o Kitano o Kiyoshi Kurosawa, siempre había un sabor local, un poso, un aprendizaje en las películas. No hablo ya de películas de samuráis, que sería una baza ganadora, o influidas por el teatro Noh o con muchos kimonos o con largas escenas donde se muestre la ceremonia del te. Hablo del día a día japonés. En Unagi (1997), de Imamura, uno podía apreciar la importancia que ese bicho, la anguila, tenía para la gastronomía japonesa; en Hana-Bi (1997), de Kitano, nos acercábamos al mundo tatuado y ceremonial de la yakuza; en Cure (1997), de Kurosawa, veíamos decenas de ambientes domésticos nipones, así como las pequeñas comisarías del Tokio, parecidas a casas de muñecas. Se notaba, en fin, que una película era japonesa.

Las películas de Corea del Sur no se sabe de dónde son; pueden ser chinas, japonesas, tailandesas o de Kentucky. No he visto nada netamente surcoreano en ninguna película surcoreana, de modo que si visitara Corea del Sur sólo esperaría encontrarme centros comerciales y guiones. ¿No cuentan allí con ninguna tradición singular que mostrarnos? ¿Hay algo que los diferencie de cualquier otro país del mundo? ¿Es Corea del Sur una sección de El Corte Inglés? ¿Es Holanda?

Quizá, en efecto, las películas procedentes de Corea del Sur son esa metáfora que buscamos de su país: la nada.

'84 m²'

Kim Tae-joon ha estrenado hace poco en Netflix su nueva película, de título inmobiliario: 84 m². Trata, cómo no, del problema de la vivienda en España; en Francia; en cualquier sitio. No se puede negar que, por ahí, los surcoreanos pueden hacer películas que interesen a todo el mundo.

Dejando a un lado la neutra personalidad de su cine, 84 m² funciona muy bien, particularmente en la primera hora. Tenemos a un joven laboralmente explotado que necesita meter su vida en algún sitio y compra por 700.000 euros un moderno apartamento en un bloque gigantesco. Su piso está en la planta 14, de 18. Endeudado, se deja seducir por los cantos de sirena de las criptomonedas, pues alguien en su trabajo le ha dado un soplo que le hará rico, Dios mediante, en unos pocos días. Para la aventura cripto, vende su piso en una jugada notarial un poco confusa. Básicamente utilizará el dinero de la señal para invertirlo en criptomonedas, pensando anular después del contrato de compra-venta, de ejecución no inmediata.

La película se sitúa a medio camino entre La comunidad, de Álex de la Iglesia, y Snowpiercer, de Bong Joon-ho. En el edificio hay ruidos, y los vecinos empiezan a conocerse para tener a alguien a quien echarle la culpa, pero nadie admite ser el causante de las molestias. Ahí ya vemos una primera división estamental: están los propietarios, y están los inquilinos. “Nos odias porque estamos de alquiler”, dirá uno de estos. En su propia investigación sobre los ruidos, nuestro protagonista va subiendo plantas, hasta llegar a la última, el penthouse. Allí vive una señora imperial y antipática con sus propios planes para el edificio: “Hay que echar a los raritos”, le dirá.

No hay pasado ni futuro, sólo tecnología punta, modas y plástico. En ese sentido, el cine de Kim Tae-joon resulta peligrosamente actual

84 m² muestra la psicosis escritural de una vida: tener un piso. Tener un piso y querer que se revalorice siempre, que los vecinos sean decentes y que nadie nuevo llegue. Los propietarios son las peores personas del mundo, al menos, si te los encuentras en el descansillo.

La película también señala la única cosa para la que vive un hombre: el dinero. Ni siquiera en Corea del Sur te haces rico trabajando, y no queda otra que invertir en criptomonedas. En la cinta, se fuma mucho, algo que me ha llamado la atención, y no se deja el móvil ni un segundo. El protagonista mira más su móvil que el paisaje desde su ventana. En la anterior cinta del director, Unlocked, todo giraba en torno a una chica que pierde el móvil y alguien consigue acceder a él.

Diría uno que el cine surcoreano no vive en el futuro, como se decía tantas veces de Japón y de algunas de sus películas (Akira, Ghost in the Shell), sino en la actualidad. La actualidad es un presente con condición de palimpsesto: todo se borra, se tapa, se reformula. No hay pasado ni futuro, sólo tecnología punta, modas y plástico. En ese sentido, el cine de Kim Tae-joon resulta peligrosamente actual.

Cuando me quise dar cuenta, había visto tres películas surcoreanas seguidas. Primero Forgotten (2017), de Jang Han-jun; luego 84 m² (2025), de Kim Tae-joon, que hoy comentamos; y, para darle a la reseña más recorrido, acabé con Unlocked (2017), también de Kim Tae-joon. Súmenle El juego del calamar, las películas del director de Parásitos, las películas del director de Old Boy y otras películas más dirigidas por gente que siempre tiene un guion en su nombre. No creo que haya cerebro en España capaz de memorizar estos nombres.

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