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No nos engañemos, seguimos siendo tribales y primitivos
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No nos engañemos, seguimos siendo tribales y primitivos

Reeditado casi medio siglo después, 'Las reglas del juego', de José Antonio Jáuregui, explica por qué seguimos odiando, votando y guerreando como si aún lleváramos taparrabos

Foto:  Portada de 'Las reglas del juego'.
Portada de 'Las reglas del juego'.

Qué mal le ha sentado al hombre moderno creerse moderno. Qué desorientado anda el Homo sapiens cuando se mira en el espejo con traje de ejecutivo, viaja en Tesla y desayuna quinoa convencido de haber vencido al bárbaro que un día fue. Y qué oportuno resulta, medio siglo después, el diagnóstico de José Antonio Jáuregui (1941-2005), que se atrevió a desenmascarar la civilización occidental desde sus propias entrañas. No como un apocalíptico, sino como un etnógrafo cuyas experiencias en Sudán o en Oxford le permitieron descubrir que la tribu seguía aquí. Vestida de traje, votando en el Parlamento, agitando banderas o cantando goles como quien invoca a una divinidad sagrada.

Las reglas del juego (Editorial Funambulista) no es sólo un tratado de antropología. Es un mapa del alma humana. Un manual de instrucciones para entender por qué nos odiamos, por qué nos reconocemos, por qué nos matamos y por qué, a veces, también somos capaces de explorar la faceta hermosa y creativ de ese mismo instinto. Lo escribió Jáuregui en 1977, pero podría haberlo firmado esta misma mañana un reportero enviado al Donbás, a Gaza, a Pamplona en Sanfermines o a las calles incendiadas de Torre Pacheco. Porque lo que explica no es la historia, sino el humus del que brota: la tribalidad, ese impulso biológico, social y emocional que nos empuja a diferenciarnos, a alinearnos, a enfrentarnos y a exclamar que “los nuestros” son los mejores.

Lo escribió Jáuregui en 1977, pero podría haberlo firmado esta misma mañana un reportero enviado al Donbás, a Gaza o a Torre Pacheco

El libro reaparece en 2025 como quien rescata una caja negra de un avión estrellado. Y no sólo por su vigencia. También por su lucidez. Por su lenguaje ágil, socarrón, casi periodístico. Por su capacidad para traducir la abstracción teórica en chistes, en canciones populares, en anécdotas hilarantes o trágicas que él mismo había cultivado en su espacio divulgativo de TVE. ¿Qué es el Homo tribalis? No es un salvaje disfrazado de civilizado. Es el ciudadano posmoderno que se cree libre pero sigue obedeciendo a los instintos de pertenencia más primitivos. Es el sujeto que se define más por lo que defiende que por lo que piensa. Que ama su tierra como se ama a una madre, sin necesidad de razones. Que se ofende cuando insultan su idioma, su acento o su bandera, aunque nunca haya leído la Constitución. El Homo tribalis no razona su identidad: la siente. No necesita justificar sus afectos ni sus aversiones, porque actúa como si su tribu fuera la prolongación de su cuerpo. Es el ser humano que, debajo del chandal o de la toga, conserva el tatuaje invisible de los suyos, dispuesto a morir —y a matar— por él.

La genialidad de Jáuregui consiste en haber trasladado la mirada del antropólogo desde los poblados de África hasta las calles de Londres, los cafés de Pamplona o los despachos de Bruselas. De haber entendido que lo que Evans-Pritchard estudiaba entre los azande —el sentido de pertenencia, los mecanismos de afiliación, los símbolos compartidos— no ha desaparecido, sino que se ha sofisticado. Se llama Real Madrid. Se llama Catalunya. Se llama OTAN, Podemos, Vox. El himno y la bandera no son menos sagrados que la lanza o el penacho. Cambian los ropajes, pero no la coreografía.

placeholder  El líder de Vox, Santiago Abascal, durante una rueda de prensa. (EFE)
El líder de Vox, Santiago Abascal, durante una rueda de prensa. (EFE)

Y es en esa coreografía donde aparece el término clave: juego. No como un pasatiempo. No como una recreación, más bien como un sistema de normas no escritas que regulan la vida cotidiana y la elevan a liturgia. La forma en que nos vestimos, nos saludamos, celebramos, insultamos o amamos está atravesada por estas reglas invisibles. No es lo mismo afeitarse que dejarse barba, llevar falda o pantalón, llamar “guiri” al extranjero o tararear “España es la mejor” en una fiesta de pueblo. Cada gesto es un posicionamiento. Cada rutina es una declaración de pertenencia. Y cada infracción, una herejía.

La democracia, recuerda Jáuregui, no es inmune a este juego. Tampoco lo es el feminismo, el ecologismo, el pacifismo ni ningún otro -ismo. Porque por muy racional que se presente una causa, siempre hay una tribu detrás. Un “nosotros” que necesita un “ellos” para justificarse. Un relato de ofensa, de superioridad o de exclusión. La izquierda y la derecha. Los catalanes y los españoles. Los vacunados y los antivacunas. Los woke y los reaccionarios. Todos disputan el mismo terreno simbólico: quién es el verdadero heredero de la moral, de la razón o de la historia. Y todos lo hacen desde un mecanismo arcaico, ancestral, visceral, que se remonta a la caverna fundacional.

La democracia, recuerda Jáuregui, no es inmune a este juego. Tampoco lo es el feminismo, el ecologismo, el pacifismo ni ningún otro -ismo

¿Es posible escapar de esa lógica? Jáuregui no se engaña. No es un cínico, pero tampoco un redentor. Propone una salida que no pasa por la anulación del sentimiento tribal, sino por su expansión. Llama “geópolis” a la posibilidad de pertenecer a una tribu mayor. A una conciencia europea, por ejemplo. O incluso planetaria. No para abolir lo local, sino para armonizarlo. Como quien aprende que puede ser navarro, español y europeo sin dejar de ser hijo de su calle. Como quien descubre que ser humano es un punto de partida, no una frontera. Y como quien interpreta la identidad como un fenómeno expansivo.

Hay en Las reglas del juego una advertencia que hoy suena como una sirena de emergencia: el Homo tribalis no ha sido domesticado. Sólo ha cambiado de estadio. Y el fuego que encendía con antorchas lo enciende ahora con drones, con hashtags o con mayorías parlamentarias. La agresividad intraespecífica —decía Pinillos en su prólogo de 1978— no ha desaparecido. Sólo se ha hecho más letal. Más ideológica. Más presentable.

Quizá por eso esta reedición sea tan oportuna. Porque estamos otra vez al borde del abismo. Y porque, como decía Montesquieu, no basta con hacer lo que beneficie a Europa si perjudica a la Humanidad. Aprender las reglas del juego puede ser la única forma de no volver a perder la partida.

Qué mal le ha sentado al hombre moderno creerse moderno. Qué desorientado anda el Homo sapiens cuando se mira en el espejo con traje de ejecutivo, viaja en Tesla y desayuna quinoa convencido de haber vencido al bárbaro que un día fue. Y qué oportuno resulta, medio siglo después, el diagnóstico de José Antonio Jáuregui (1941-2005), que se atrevió a desenmascarar la civilización occidental desde sus propias entrañas. No como un apocalíptico, sino como un etnógrafo cuyas experiencias en Sudán o en Oxford le permitieron descubrir que la tribu seguía aquí. Vestida de traje, votando en el Parlamento, agitando banderas o cantando goles como quien invoca a una divinidad sagrada.

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