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Este verano, viajes donde viajes, no te vas a escapar
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María Gelpí

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Este verano, viajes donde viajes, no te vas a escapar

Lo que de verdad se busca es estar lejos de donde uno está obligado a estar todos los días, de los atascos, de las entregas estresantes, del mal rollo laboral y de la comida en tupper

Foto: Turistas en el Park Güell. (EFE/Alejandro García)
Turistas en el Park Güell. (EFE/Alejandro García)
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Viajar en vacaciones se ha convertido en las últimas décadas en un imperativo contemporáneo, bajo la promesa de gozar de una experiencia única y auténtica, que curiosamente la van a repetir miles de personas de manera casi idéntica. Prácticamente, a todo el mundo le gusta contar dónde ha estado, pero a casi nadie le gusta escucharlo. El viaje es hoy un artículo coleccionable reducido a la prueba documental que otorga el selfi y el pintiparado imán de la nevera, porque parece que lo importante ya no es el viaje, sino acumular destinos.

Desde la antigüedad, el viaje estaba reservado al destino del héroe o, como un éxodo, al retorno al hogar. Tal era el caso de Ulises que, al tiempo que mostraba lugares inverosímiles, nos desvelaba los recovecos de lo humano. El viaje en la literatura podía ser alegórico, ya fuera de la mano de Dante al infierno, purgatorio o cielo, pero también exploratorio y científico, como El viaje al centro de la Tierra de Verne, a la condición humana a través de las Crónicas Marcianas de Bradbury o a la miseria del poder colonial en El corazón de las tinieblas de Conrad.

Pero el turismo, tal como lo conocemos hoy, tiene su origen en la conquista de las vacaciones pagadas como derecho laboral. Se generalizó entonces lo que en su momento era el Grand Tour, un viaje formativo, exclusivo de señoritos europeos del siglo XVIII, concebido como rito de paso hacia la madurez. Se visitaban ciudades con Historia como París, Roma o Venecia, con el acompañamiento de tutores que garantizaban su valor pedagógico gracias al exotismo y la contemplación de lo sublime, parodiado por Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver. Pero ya en el siglo XIX, el británico Thomas Cook, misionero baptista, pasó de fletar trenes para organizar congresos antialcohol, a ver el filón y crear la primera agencia de viajes.

Es difícil negar el carácter enriquecedor del viaje, pero es más difícil todavía ver en el turismo masivo de hoy algo que se le parezca. Para Baudrillar, el turismo está dirigido a confirmar las proyecciones imaginarias que la publicidad promete. Pero ni siquiera eso ocurre la mayor parte de las veces. La escapada romántica solo funciona si llevas un buen repelente de mosquitos y un más potente estado de alienación propio del fall in love. El viaje rural para quechuas, lo que en Cataluña llamamos els pixapins (los meapinos), te convierte en el tonto del pueblo y es muy difícil no perder la dignidad, entre otras cosas, si eres mochilero y duermes en albergue.

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Basta querer ir a la India para encontrarte a ti mismo y a veinte como tú, ir a buscar un estendalazo en Florencia para experimentarlo en olor (literal) de multitudes o enfilar el Everest y encontrarse más cola que en Mercadona a las seis de la tarde cuando se compraban piñas. La película El triángulo de la tristeza (2022), del sueco Ruben Östlund, es un viaje truncado que parece una reconsideración del hundimiento del Titanic y, sin embargo, no es necesario el naufragio para que el viaje fracase. Cuenta Foster Wallace en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, que en su absurdo crucero de lujo “he oído a americanos adultos y boyantes preguntar en el mostrador de Atención al Cliente si hay que mojarse para bucear, si el tiro al plato tiene lugar al aire libre, si la tripulación duerme a bordo y a qué hora es el Buffet de Medianoche”. Y es que todos parecemos mucho más estúpidos y desorientados cuando estamos fuera de casa, aunque el turista, como el infierno, siempre son los otros.

El turismo hoy se ha convertido en el anti-viaje, como deja ver Jorge Carrión en su novela Los turistas. Todos sabemos lo tóxico, contaminante y hortera que es el turismo masivo que fácilmente degenera en chancleta, cerveza barata, vandalismo impune, balcóning y vomitera de fin de curso. Sin embargo, la fiebre dromomaníaca, como advierte Rodolphe Christin en su libro Mundo en venta: Crítica de la sinrazón turística, adquiere tintes planetarios propios del mundo globalizado.

Lo que algunos llaman irónicamente turisticeno, inspirado en conceptos como Antropoceno, que es ya el nuevo metarelato, supone pensar el turismo masivo como una fuerza global con efectos comparables a la industrialización o la urbanización. El turismo no es solo una actividad económica, sino un agente que reconfigura ecosistemas, culturas y formas de vida a escala planetaria. Tras su fachada de impulso económico, el turismo esconde la precarización del mercado laboral en las comunidades locales, expulsa al residente, encarece viviendas, deteriora servicios, produce fricciones y genera espacios homogéneos de Mc menús, máquinas expendedoras y franquicias para que todos y nadie se sientan como en casa.

"Todos parecemos mucho más estúpidos y desorientados cuando estamos fuera de casa"

Pero si eres de los que has renunciado a los lugares masificados porque conoces un hotelito rural en un entorno casi intacto, tú mismo acabarás siendo la mano que lo corrompe. Así, para crear ese paraíso idílico, se instalarán antenas, carteles, aparcamientos y pronto llegarán los grupos en quad, que, como tú, habrán descubierto el lugar ahora señalizado. Y es que, como apunta Ramón del Castillo en El jardín de los delirios, la naturaleza que buscamos es lo que hemos inventado al destruirla, por lo que se da la paradoja de que intentar recuperarla es todavía más invasivo. Un ejemplo de ello lo vemos en la película El mal no existe de Ryūsuke Hamaguchi en donde una empresa de glamping, envuelta en un discurso de desarrollo sostenible y oportunidades para la zona, propone instalar un eco camping de lujo. Lo más interesante que muestra la película es que no hay maldad declarada, sino inercia económica.

Y es que en muchos países se vive del turismo porque, a falta de inversión en investigación y desarrollo, muchos gobiernos no han impulsado otras alternativas sólidas para que esto no pase, al tiempo que esta situación convive con políticas desiguales de austeridad energética y eco-trabas burocráticas para el ciudadano, en donde el último que pierde es el modelo económico del creciente consumo.

No han sido pocos los críticos de los viajes bajo la premisa de que la necesidad de estímulos externos es un síntoma de falta de imaginación, como pensaba Pessoa. Chesterton decía de manera provocativa que viajar estrecha la mente mientras Emerson lo llamó un paraíso para tontos, probablemente encubriendo una pereza absoluta que a algunos nos da viajar. Es más fácil salir de viaje con un buen libro, una buena película o una tertulia con los amigos, que contratar un trip todo incluido.

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Sin embargo, para quedarte en casa, en tu barrio, y disfrutar de tu ciudad sin necesidad de huir, hacen falta condiciones materiales: vivienda holgada, oferta cultural accesible y un trabajo que desgaste solo lo necesario. Culpar al turista de clase media por querer evadirse tras semanas de tripalium laboral es olvidar que el descanso no debe ser un privilegio, sino un derecho, también del que te atiende con una sonrisa sostenida bajo el sol, sirviendo mojitos en pleno agosto.

Descansar, disfrutar, conocer y desconectar suelen ser los motivos aceptados para hacer turismo, como una forma de justificar el deseo de evasión, de compensar el año de trabajo con un merecido descanso, de tener la sensación de ser dueños de nuestro tiempo, al menos durante unos días al año, aunque solo sirva para procurar la consiguiente vuelta al orden laboral, como diría Mijail Bajtín. Lo que de verdad se busca es estar lejos de donde uno está obligado a estar todos los días, de los atascos, de las entregas estresantes, del mal rollo laboral y de la comida en tupper calentada en el microondas del curro. Quizá el viaje no sirva tanto para conocer el mundo como para olvidarlo.

Viajar en vacaciones se ha convertido en las últimas décadas en un imperativo contemporáneo, bajo la promesa de gozar de una experiencia única y auténtica, que curiosamente la van a repetir miles de personas de manera casi idéntica. Prácticamente, a todo el mundo le gusta contar dónde ha estado, pero a casi nadie le gusta escucharlo. El viaje es hoy un artículo coleccionable reducido a la prueba documental que otorga el selfi y el pintiparado imán de la nevera, porque parece que lo importante ya no es el viaje, sino acumular destinos.

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