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Nápoles: vivir sobre una olla a presión que estallará sin avisar en algún momento
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Nápoles: vivir sobre una olla a presión que estallará sin avisar en algún momento

Estar a pocos kilómetros de un volcán que en alguna ocasión ha arrasado a miles de personas no es fácil. La periodista Kris Ubach habla de esta experiencia en el libro 'Nápoles, el fuego del Mediterráneo'. Este es un extracto

Foto: Vista aérea del cráter del volcán Vesubio, con la ciudad de Nápoles a sus pies. (Andrii Kozak / iStock)
Vista aérea del cráter del volcán Vesubio, con la ciudad de Nápoles a sus pies. (Andrii Kozak / iStock)

"Una columna de fuego líquido empezó a levantarse y rápidamente alcanzó una altura sorprendente [...] un peligroso pilar de diez mil pies, moteado de bocanadas de humo negro, rasgado por el fulgurante zigzaguear de los relámpagos. Desapareció el sol. Negras nubes se cernieron sobre Nápoles". Susan Sontag, El amante del volcán (1992)

Esta mañana he bajado paseando hasta la zona del puerto de Pozzuoli para desayunar y por casualidad he encontrado una librería-cafetería en el centro histórico, muy cerca de los muelles. En Barcelona suelo frecuentar estos pequeños santuarios de las letras con cafeína como son Altaïr, Laie, Ona o La Central, por lo que aplaudo el hallazgo y me siento en la terraza del Phlegraea Socialbookbar con un buen cruasán de mermelada y un cappuccino. Un capuccio, como lo llaman aquí coloquialmente.
Cuando viajo —y siempre que los periódicos del país en cuestión estén escritos en algún idioma inteligible para mí— me gusta conocer las noticias locales. Hoy me quedo con la taza petrificada al borde de los labios cuando leo en la versión digital del periódico Il Mattino que esta noche ha habido dos terremotos de magnitudes 2,9 y 3,2 con epicentro en el área de la Solfatara, que se encuentra a unos escasos 3 kilómetros de aquí. El periodista Pasquale Guardascione explica que los movimientos telúricos se han producido exactamente a las 3.47 y a las 5.53 de la madrugada y que han despertado a los vecinos de varias localidades de los Campos Flégreos y de los barrios napolitanos de Fuorigrotta, Agnano, Soccavo, Pianura y Bagnoli. Según la noticia, algunos testigos afirman también haber notado un fuerte olor de azufre durante unas horas.

Suelo despertarme hasta con el vuelo de una mosca, pero lo cierto es que yo no he percibido ni el movimiento ni la pestilencia. Cuando se acerca la camarera le pregunto por el evento sísmico:
—Disculpa, ¿sabes que esta noche ha habido dos terremotos aquí?
—Ah, sí —contesta sin un atisbo de alarma—, en Pozzuoli tenemos terremotos constantemente.
Ante su indiferencia y mi quizá excesivo estado de alerta, le digo que acabo de leerlo en el periódico y que me había parecido que era algo fuera de lo normal.
—Bueno, dicen que esta noche ha sido bastante fuerte, pero, vaya, yo no me he despertado —responde, y sigue pasando la bayeta por el resto de las mesas sin darle más importancia al asunto.

Hoy me quedo con la taza petrificada al borde de los labios cuando leo en la versión digital de Il Mattino que esta noche ha habido dos terremotos

Es curioso, porque hace unos cuantos meses, durante mi fase de documentación para este libro, mandé un correo electrónico a la sede central del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología (INGV) para saber si podía entrevistar a algún vulcanólogo que me hablara sobre la actividad sísmica en el área napolitana. Tardaron semanas en contestarme, pero cuando ya estaba pensando en otras opciones para abordar el tema me llegó un breve correo desde Roma en el que me indicaban que el doctor Giovanni Macedonio, que trabaja en la sección de Nápoles del Observatorio Vesubiano del INGV, podría recibirme. Como si hubiera tenido la inestimable ayuda de alguna sibila, justo hoy, el mismo día que me he citado con el vulcanólogo, se han producido un par de terremotos en la zona. Voy a tener informaciones frescas y de primera mano —con una cita cerrada previamente a los hechos—, lo cual es el sueño de cualquier periodista.

Mi encuentro con el doctor es al mediodía, así que puedo dedicar un par de horas a recorrer los viejos muelles y la ciudadela que se alza sobre ellos, Rione Terra, el núcleo urbano más antiguo de Pozzuoli. Su antigua acrópolis.

Situada en el centro del mar Tirreno, muy cerca de la capital, la vieja Puteoli romana tuvo desde el principio vocación mercantil. A diferencia de su vecina Neapolis, más limitada por su orografía montañosa, Puteoli supo aprovechar sus buenas comunicaciones marinas y terrestres para convertirse en el puerto de entrada de todo aquello que necesitaba el imperio. Gracias a que en época romana se dejaba todo por escrito, hoy sabemos que a estos muelles llegaba aceite y vino desde Grecia, madera, mármol y piedras preciosas desde África y grano desde Egipto (los registros hablan de 130.000 toneladas al año, lo cual no es poca cosa). También Hispania fue una buena proveedora de lujos materiales y gastronómicos. Los documentos hablan de la llegada de ingentes cantidades de plata, miel y, sobre todo, salsa de pescado, el célebre garum, un producto exquisito que se elaboraba en las islas Baleares y en ciudades como Carthago Nova (Cartagena), Malaca (Málaga) y Baelo Claudia, en la provincia de Cádiz.

Hoy el puerto de Pozzuoli, A’Pozzul para los napolitanos, sigue siendo una marina ajetreada. Sobre todo lo frecuentan turistas y residentes que vienen y van a las vecinas islas de Isquia y Procida, que se suben en los muchos ferris que operan a diario desde aquí. Varias navieras ocupan la dársena central, lugar que también utilizan las embarcaciones de recreo, mientras que la zona de los pescadores queda un poco más alejada del tráfico humano masivo que registra este litoral en pleno verano. Algunas de las barcas de pesca se resguardan en el viejo dique de Pozzuoli, el núcleo original, un espacio que se abre bajo la mole de Rione Terra, cuyas casas (y catedral) se encaraman ladera arriba sin miedo a las alturas. Me acerco a este pequeño muelle histórico en busca de los restos de aquel Molo Caligoliano del emperador Calígula y me sorprende ver que no hay agua en él. Las embarcaciones siguen amarradas a los noráis, pero descansan mucho más abajo, sobre la arena del fondo, del mismo modo que sucede en las costas atlánticas cuando baja la marea. Pero esto es el Mediterráneo y aquí no tenemos este tipo de variaciones en el nivel del mar; por ello, y por el elevado número de grúas que sacan la cabeza tras Rione Terra, asumo que deben estar llevando a cabo alguna reforma de gran magnitud.

Sobre la autora y el libro

Kris Ubach es una fotoperiodista y escritora especializada en viajes, turismo y sostenibilidad, nacida en Barcelona. Ha realizado reportajes escritos y gráficos para diversas revistas y periódicos de ámbito nacional e internacional. Ha recibido varios premios por su trabajo.

En Nápoles, el fuego del Mediterráneo (Península) nos invita a perdernos en Nápoles, la vibrante y caótica ciudad del sur de Italia. Entre fachadas desconchadas, murales dedicados a Maradona y altares callejeros, Ubach retrata la historia y las tradiciones que han dado forma a este pintoresco rincón del Mediterráneo, desde su popular pizza hasta el milagro de San Gennaro.

Doy un paseo esquivando latas, papeles y hierbajos que han crecido demasiado, pero no hay rastro del viejo muelle de Calígula porque la realidad es que solo fue visible hasta finales del siglo XVIII, cuando lo dibujó por última vez el artista toscano Paolo Antonio Paoli antes de que se lo tragara definitivamente el mar. Aquel molo fantasma fue otra más de las extravagancias del emperador romano, quien con esta colosal obra de ingeniería pretendía poder llegar montado a caballo hasta Baia recorriendo cinco kilómetros de barcas puestas en fila a modo de puente.

Sigo mi deambular ascendiendo colina arriba hasta la vieja Rione Terra y pronto me doy cuenta de que estoy viviendo una especie de distopía. Hasta hace muy poco el barrio histórico de Pozzuoli se describía en las guías de viaje como un "museo al aire libre", un armonioso conjunto de viviendas antiguas —algunas descripciones ponían énfasis en la decadencia y los desconchones de las fachadas— que estuvieron habitadas hasta la década de 1970, cuando un fuerte terremoto hizo que se evacuara la zona. Pero lo que yo encuentro no tiene nada que ver con estas descripciones. Todos los edificios de Rione Terra han sido remodelados y pintados en colores pastel (ni un desconchón), al estilo de los centros comerciales outlet que hay a las afueras de algunas de nuestras ciudades. Esto no es Las Rozas, La Roca Village o McArthurGlen, aunque podría serlo. Pero eso no es lo más inquietante del asunto. Lo extraño es que no hay nadie aquí. Ni un alma. No es que a esta hora no hayan llegado todavía los turistas, es que no hay nada, ni siquiera muebles o un triste maniquí en el interior de las tiendas. Avanzo entre escaparates vacíos y callejones desiertos hasta el lugar que un cartel señala como el centro de información. Dentro del edificio hay un mostrador con una montaña de folletos del recorrido arqueológico que puede hacerse por el barrio, dos sillas vacías y un ventilador encendido. Ningún ser humano.

No hay rastro del viejo muelle de Calígula porque la realidad es que solo fue visible hasta finales del siglo XVIII

—¿Hola? ¿Hay alguien?

Los chillidos de las gaviotas son el único sonido que demuestra que algo sigue vivo en este lugar.

Vuelvo sobre mis pasos y me desvío para acercarme hasta la catedral sin olvidarme de que por estas calles, cuando eran decadentes, jugaba Sofía Loren de niña. Al llegar a los pies del duomo no me sorprende encontrarlo cerrado. El antiguo templo de Apolo que coronaba la acrópolis griega, que luego fue romano y que finalmente se consagró a san Próculo Mártir, atesora tres obras de la pintora Artemisia Gentileschi que no podré ver hoy. Abandono, perpleja, esta Rione Terra que parece estar viviendo los tiempos de la pandemia bajando por un flamante ascensor en el que unos cuantos artistas contemporáneos han plasmado sus grafitis. Tengo que enterarme de qué pasa aquí, pero primero me dirijo sin demora hacia la sede del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología.

Las oficinas del Observatorio Vesubiano se encuentran en un gran edificio de horizontalidad soviética —mucho hormigón y muchas ventanas— en el barrio napolitano de Fuorigrotta, situado a escasos dieciséis minutos en metro desde el centro de Pozzuoli. Después de equivocarme dos veces de entrada y de subir y bajar en vano muchas escaleras doy con alguien en el pasillo que me indica en qué punto del inmueble trabajan los científicos. Ya por fin en la sede, una simpática recepcionista me acompaña hasta el despacho del doctor. Giovanni Macedonio es un hombre alto, delgado, con el pelo muy negro y los ojos muy azules. Me recibe con una tímida sonrisa, me tiende la mano y me invita a sentarme frente a una mesa atiborrada de papeles, hojas de cálculo y mapas. Le agradezco sinceramente que me haya dedicado parte de su tiempo y entro en materia sin más dilación:

—Ha habido un par de terremotos esta noche...
—Sí, en efecto —dice el científico girándose hacia su ordenador—, justamente hoy estamos haciendo el seguimiento de esos pequeños sismos por si hubiera réplicas. Mira —dice girando la pantalla hacia mí, señalándome las inconfundibles líneas en zigzag que dibuja un sismógrafo—. ¿Ves? ¿Aquí? Estos dos picos son los terremotos de esta noche: el que se ha producido a las 3.47 y este, un poco más fuerte, a las 5.53. Nosotros avisamos a Protección Civil cuando los sismos tienen una magnitud superior a los dos grados en la escala de Richter para que estén informados, porque los ciudadanos a veces se asustan y llaman, pero, vaya, estos terremotos no tienen mayores consecuencias. Mira, por ejemplo, el mes pasado hubo 668 movimientos sísmicos en el área de los Campos Flégreos, pero solo ocho de ellos fueron de una magnitud superior a dos grados. No obstante, estamos muy pendientes porque si se intensifica la actividad sí que podría ser señal de algo.

"Ves? ¿Aquí? Estos dos picos son los terremotos de esta noche: el que se ha producido a las 3.47 y este, un poco más fuerte, a las 5.53"

—Al fin y al cabo, vivís rodeados de volcanes activos...
—Sí. Justo esta zona, los Campos Flégreos, es una gran caldera. No se trata de una montaña cónica como el Vesubio, sino que estamos ante una llanura que se formó como consecuencia de un colapso provocado por dos erupciones masivas. Una se produjo en el Cuaternario tardío y la conocemos como la Ignimbrita Campaniense, y la otra sucedió hace aproximadamente quince mil años y es la que formó toda esa gruesa capa de toba llamada tufo giallo napoletano, una roca de color amarillento con la que se ha construido casi toda la ciudad de Nápoles ya desde la Antigüedad. Y luego ha habido otros tres ciclos de erupciones más pequeñas en los Campos Flégreos; la última fue en 1538 e hizo nacer el Montenuovo, cerca del lago Averno —explica Macedonio de un modo muy didáctico.
—Sí, ayer lo vi. Estuve por la zona.
—En la erupción del Montenuovo fallecieron diez personas. El caso es que subieron al cráter para verlo de cerca y aquello fue lo último que vieron, porque se produjo una pequeña explosión que los mató. En cualquier caso, toda esta gran caldera sobre la que estamos, con todos sus cráteres, es lo que conocemos como el área volcánica de los Campos Flégreos.
—Pero he leído que aquí, además, se produce otro fenómeno clave que hace temblar la tierra: el bradisismo.
—Estás bien informada. El bradisismo es un movimiento vertical muy lento que desplaza la superficie terrestre, o sea, que el nivel del suelo desciende o asciende en ciclos periódicos. Esto ya lo conocían los griegos; de hecho, ellos le pusieron el nombre, procedente de bradi (‘lento’) y sismos (‘terremotos’).
—¿Es como si la tierra respirara? El suelo se hincha y se deshincha...
—Algo parecido, pero es imperceptible para nosotros porque la velocidad de desplazamiento es de pocos centímetros al año. Eso sí, cuando el bradisismo es positivo, es decir, cuando el suelo asciende, provoca terremotos, y cuando es negativo, no. Ahora estamos pasando por un período de bradisismo positivo; desde el mes de noviembre de 2005 el suelo se ha elevado 131 centímetros, y por ese motivo desde entonces estamos registrando tantos eventos sísmicos.

"Es imperceptible para nosotros porque la velocidad de desplazamiento es de pocos centímetros al año"

—¿Y qué lo produce? —le pregunto animada por sus altas dotes didácticas.
—Ese tema es controvertido —responde—. Hay quien defiende que lo generan los gases que desprende el sistema hidrotermal subterráneo, pero hay varias teorías más sobre el tema. Después de más de dos mil años observándolo aún no hemos podido comprenderlo del todo. Es un fenómeno que, por cierto, también se da en la zona de Yellowstone, en Estados Unidos.
—¿Y son visibles sus consecuencias?
—Muchísimo, sí. Aquí en la costa, a unos diez metros bajo la superficie del mar, hay toda una ciudad romana, Baia, que se hundió debido a este fenómeno. Aunque el lugar donde es más evidente el bradisismo es el macellum de Pozzuoli, un antiguo mercado romano que está en el centro de la ciudad. Se construyó por encima del nivel del mar, pero en algunos períodos de bradisismo negativo toda la estructura descendió hasta quedar bajo las aguas para volver a emerger décadas después. La prueba fehaciente de ello es que las columnas del mercado presentan varias capas estratificadas de organismos marinos. Puedes ir a verlo tú misma.
—O sea que entre el riesgo de erupción y el bradisismo podemos decir que vivís literalmente sobre una olla a presión...
—Totalmente. De hecho, sabemos positivamente que los Campos Flégreos entrarán en erupción en algún momento; lo que no se sabe es cuándo. Y alrededor de ello hay todo un despliegue de recursos no solo para su estudio y monitorización continuada, sino también para la evacuación de la población si se diera el caso. Mira, aquí tengo un mapa que nos indica las zonas que se verían afectadas en caso de una erupción de los Campos Flégreos. —El doctor Macedonio me muestra un mapa del golfo de Nápoles pintado en distintos colores—. La zona en rojo es la que se vería afectada por el flujo piroclástico. Este flujo es, para que me entiendas, una nube mortífera de gases y materiales candentes como la que arrasó Pompeya y Herculano.

"Sabemos positivamente que los Campos Flégreos entrarán en erupción en algún momento; lo que no se sabe es cuándo"

—Madre mía. Y si sucediera, ¿hasta dónde llegaría?
—Pues alcanzaría todas las localidades de los Campos Flégreos y afectaría también a los barrios más occidentales de Nápoles, como Bagnoli, Pianura, Posillipo, Vomero o Fuorigrotta, donde nos encontramos. Esas serían las primeras áreas que se tendrían que evacuar si viéramos que la cosa se pone fea... Estamos hablando de unas trescientas mil personas —afirma sin pestañear—. Y luego, a la zona que ves pintada en amarillo no llegaría ese flujo piroclástico, pero sabemos que sí se producirían terremotos que afectarían a los edificios.
La mancha color limón cubre el resto de los barrios de Nápoles y se extiende hasta la localidad de Portici. Fuera de esas áreas parece que no hay riesgo. Bueno, eso sin contar que al otro lado está el Vesubio.
—¿Y cómo funciona ese plan de evacuación?
—El plan se expone en un documento muy extenso y detallado de casi quinientas páginas en el que se contemplan todas las acciones que habría que emprender. Cada barrio tiene asignada una o varias vías de salida y puntos de atención, de modo que, si se diera la alerta, todos los ciudadanos sabrían exactamente cómo actuar y hacia dónde dirigirse. Luego cada municipio y barrio de los que están en la zona roja tiene destinado un lugar de refugio en Italia; es decir, se ha creado una especie de hermanamiento entre regiones para que, ante un eventual evento catastrófico, los habitantes de las zonas afectadas puedan instalarse en otros lugares del país. Por ejemplo, los que viven en este barrio de Fuorigrotta tienen asignado el Lazio, los de Pozzuoli irían a Lombardía y a quienes vivimos en Vomero nos tocaría el Valle de Aosta.
—¿Y cuánto tiempo se necesitaría para evacuar a todo el mundo?
—Tenemos un plan muy bien trazado en el que no solo estamos implicados nosotros, sino también el Ejército, Protección Civil y las autoridades de todas las regiones. En una sola semana se podría sacar a todo el mundo, y debes tener en cuenta que nosotros podemos detectar que se acerca una erupción grave con meses de antelación.
—Eso es un alivio...
—Tienes que pensar también que hay unos niveles de alerta públicos que pasan del verde (sin ningún peligro), al amarillo, el naranja y el rojo; en este último caso tendría que iniciarse la evacuación. En este momento estamos en el nivel amarillo y ese dato se actualiza a diario en nuestra web, en la que también puedes ver en tiempo real el número de terremotos que se producen cada día no solo en los Campos Flégreos, sino en toda Italia.
—O sea, que lo de hoy no ha sido nada del otro mundo. Yo que pensaba que había sido una casualidad extraordinaria...
—La verdad es que no. Siempre hay que estar alerta, pero hoy no ha pasado nada que nos preocupe. Ven, te voy a enseñar una cosa.

placeholder Cubierta de 'Nápoles, el fuego del Mediterráneo', de Kris Ubach.
Cubierta de 'Nápoles, el fuego del Mediterráneo', de Kris Ubach.

El profesor Macedonio se levanta y me conduce por un corredor hasta el centro de mando del observatorio. La visión es imponente: hay decenas de pantallas en las paredes, como en el MI6 de James Bond. En las imágenes se ven mapas, datos, gráficos multicolores... y más allá un conjunto de doce televisores colocados en mosaico que muestran los resultados de los sismógrafos en tiempo real. En la parte alta de la sala se indica con unos carteles luminosos rojos a qué región corresponde cada sección de información: Vesubio, Estrómboli, Isquia, Campos Flégreos... En esta última reconozco los pequeños picos de los dos terremotos que se han producido esta madrugada.

Sobre una de las mesas hay un teléfono rojo. Un teléfono de baquelita que es literalmente de color rojo, como el que sale siempre en las películas.

—Aquí siempre hay una persona de guardia. Las veinticuatro horas del día, los 365 días del año —me cuenta el doctor al ver que estoy perpleja frente al aparato—. Si viéramos cualquier cosa fuera de lo normal usaríamos este teléfono, que nos pone en contacto directo con la sede central de Roma. Solo con levantar el auricular alguien te contesta al otro lado.
—¿Y cómo lleváis esta situación las personas que vivís en el territorio?
—Mira, para serte sincero, yo que vivo en la zona roja, en el barrio de Vomero, nunca he sentido ningún terremoto. En general la gente está acostumbrada a existir con esa amenaza potencial sobre la cabeza. Siempre han vivido aquí, este es su hogar, saben lo que hay y nadie se marchará a no ser que entremos en alerta roja y tengamos que hacer las maletas. Cuando ese día llegue, pues nos iremos, qué remedio. Supongo que todos queremos pensar que nunca sucederá.
—A todos nos pasaría lo mismo. Aunque salir cada día al balcón y ver fumarolas no ayuda a que olvides dónde estás... Por cierto, me gustaría acceder a las zonas de los cráteres para tomar algunas fotos, ¿es posible?

"En general la gente está acostumbrada a existir con esa amenaza potencial sobre la cabeza. Siempre han vivido aquí, este es su hogar"

—Pues no. Solo puedes verlos de lejos porque tenemos las áreas clausuradas. El cráter de la Solfatara, por ejemplo, está en un terreno privado y antes pagabas un billete, entrabas y podías caminar entre las fumarolas. Incluso había un camping en las inmediaciones.
—Sí, recuerdo la escena de la película Te querré siempre de Roberto Rossellini en la que se ve a Ingrid Bergman paseando por el cráter y sacando fotos a un palmo de los gases...
—Siempre fue un destino turístico muy popular, pero lo tuvimos que cerrar en 2017 porque hubo una desgracia terrible: tres personas cayeron en un cráter y murieron ahogadas por los gases. Desde entonces lo mantenemos vetado al público porque la zona, con los constantes movimientos sísmicos que estamos teniendo, se ha vuelto muy peligrosa. Precisamente esta semana tenemos a un equipo trabajando allí. Y, por otro lado, está la fumarola de Pisciarelli en Pozzuoli, a la que tampoco se puede acceder. De hecho, hay unas instalaciones deportivas justo al lado del cráter que se han tenido que clausurar hace poco.
—Lástima. En cualquier caso, me acercaré para verlo de lejos.

Me despido de Giovanni no sin antes hacerle unas fotos posando en la sala de control. El doctor me acompaña hasta la puerta y cuando ya estamos saliendo me acuerdo del barrio fantasma de Pozzuoli.

placeholder Vista del gran volcán Vesubio, a orillas del Golfo de Nápoles, desde el barrio napolitano de Posillipo. (EFE/Gonzalo Sánchez)
Vista del gran volcán Vesubio, a orillas del Golfo de Nápoles, desde el barrio napolitano de Posillipo. (EFE/Gonzalo Sánchez)

—Disculpa, una última pregunta: ¿qué pasa en Rione Terra? El lugar me ha parecido una película de ciencia ficción posapocalíptica.

—Lo que pasa es que esa zona es muy inestable por el bradisismo. Por su ubicación siempre lo ha sido y, de hecho, ya evacuaron a los vecinos en los años setenta después de un terremoto que hizo caer varias casas. En los últimos meses están teniendo muchos problemas porque los últimos movimientos han provocado que la dársena histórica se quede sin agua.
—Ah, ¡ese era el motivo! Pensé que había sido por las reformas que se han hecho allí. Estaba todo cerrado.
—Normalmente se puede visitar la catedral y la zona arqueológica. Por lo demás..., si lees los periódicos entenderás mejor lo que ha pasado.
Me queda claro que el doctor prefiere no hablar del tema. De nuevo en Pozzuoli, sentada ante una cerveza Moretti y una pizza de mortadela, pistachos y burrata que probablemente sea la mejor que coma nunca, regreso a las páginas virtuales del periódico Il Mattino. En su hemeroteca encuentro la noticia de las víctimas de la Solfatara y leo, consternada, que un cráter se abrió súbitamente bajo los pies de un niño de once años y que en el accidente también perdieron la vida sus padres cuando intentaban rescatarlo. Horrible. Menuda tragedia. Leo otras noticias relacionadas con los terremotos constantes y con el bradisismo y finalmente doy con la explicación al misterio de Rione Terra. Más allá de los problemas que pueda acarrear que el suelo del barrio histórico se hinche de vez en cuando, cosa que no es para nada trivial, el flamante barrio pintado de color pastel permanece en standby por orden judicial. Parece ser que las licitaciones para las obras fueron controvertidas; probablemente alguien hizo cosas que no debía y por ello las últimas reformas tuvieron que quedar paradas a la espera de una resolución.

"Una columna de fuego líquido empezó a levantarse y rápidamente alcanzó una altura sorprendente [...] un peligroso pilar de diez mil pies, moteado de bocanadas de humo negro, rasgado por el fulgurante zigzaguear de los relámpagos. Desapareció el sol. Negras nubes se cernieron sobre Nápoles". Susan Sontag, El amante del volcán (1992)

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