Morante de la gloria: la historia, la histeria
El maestro de la Puebla cuaja una tarde sublime Madrid y abre por primera vez la Puerta Grande de Las Ventas después de dos faenas de inspiración, asombro y locura
Habrá que llamarlo síndrome de Morante. No por la patología psiquiátrica que padece o padezca el maestro, sino por la locura que provoca entre los aficionados. Perdemos los papeles y perdemos la voz. Y nos sobrexpone a un una intensidad, a un abismo estético que provoca una conmoción y un estado de shock de evidentes connotaciones patológicas.
Habrá que llamarlo síndrome de Morante porque las faenas del maestro en su plenitud te aplastan y descoyuntan. Es un problema de enajenación. Stendhal dio nombre a la "enfermedad del placer estético". Morante te araña el cuerpo y el alma con sus muletazos. Y te descompone los sentidos cada vez que templa las muñecas ofreciendo la verónicas al santo Dios.
Han tenido que transcurrir 26 años de alternativa para identificar a Morante atravesando la Puerta Grande de Madrid. Y cruzar el umbral de la gloria mientras anochecía en Madrid. La oscuridad se confundía con el profundo azul de su vestido. Y sonreía Morante mientras levitaba, izado como un misterio hedonista. Cuánto placer. Y qué sobredosis.
Podíamos habernos ido a casa después de la faena sublime al primer ejemplar de Juan Pedro Domecq. Y tengo amigos que lo hicieron, diciéndose que Morante nos había secuestrado en la exuberancia y el sentimiento. Y que no puede sufrirse de tanto gozar. A casa, pues. Que no podemos más.
Y no hubiera sido mala idea si no fuera porque solo Morante puede superarse a sí mismo. E inventarse no ya una faena, sino un toro. El cuarto de la tarde estaba desahuciado por su flojera y por los reventadores del tendido siete, pero sobrevino entonces el milagro de unos derechazos más profundos que las obras del Metro y unos naturales de escandalosa pureza e inspiración.
Contarlos sobre el papel es una manera de ofenderlos, pero tampoco podría recitarlos porque me he quedado afónico. Y porque me noto convaleciente, igual que los colegas de mi cuadrilla morantista. No deja jodidos el síndrome de Morante. Nos provoca temblores. Y dan ganas de meterse en la cama, reponerse de la experiencia. La otra opción es emborracharse, aunque los muletazos de Morante, la gracia de sus chicuelinas, la belleza del trincherazo, derivan la experiencia a una extraña embriaguez. No hemos visto nada igual, nos decimos, pero diremos lo mismo en Alicante o en Santander porque Morante tiene las zapatillas enterradas en la tierra y no tiene techo.
Por eso huelga hablar de sus faenas en términos convencionales, intoxicarlas de prosaísmo. Morante es ya una tradición oral, un mito en carne viva, un torero para la historia y para la histeria. Y nos decimos, caliz en mano, que somos unos privilegiados. Porque tenemos la leyenda bullelndo delante de nosotros, abrumándonos con su torería y con su puta genialidad.
Habrá que llamarlo síndrome de Morante porque este cabrón nos deja mal cuerpo después de conducirnos al éxtasis. Y porque su tauromaquia de pasmo y de asombro provoca después una crisis nihilista. Y no hay otra terapia que hablar de la faena -de las faenas- como quien participa en una terapia de grupo. Diagnóstico: morantistas somos. Qué locura.
Se echaban al ruedo los chavales para izarlo en volandas. Y lo conducían desde la idolatría con los móviles en ristre como si fueran candelabros. Y le gritaban "Torero, torero" en un "paseíllo" sublime y multitudinario, como si la tauromaquia pudiera celebrar a su dios más corrosivo y vanguardista.
Habrá que llamarlo síndrome de Morante. No por la patología psiquiátrica que padece o padezca el maestro, sino por la locura que provoca entre los aficionados. Perdemos los papeles y perdemos la voz. Y nos sobrexpone a un una intensidad, a un abismo estético que provoca una conmoción y un estado de shock de evidentes connotaciones patológicas.