Es noticia
¿Por qué el genio siempre malinterpreta mis deseos?
  1. Cultura
María Gelpí

Por

¿Por qué el genio siempre malinterpreta mis deseos?

Hemos cambiado al genio de la lámpara por una IA, con la que tenemos la dificultad añadida de formular con exactitud el prompt de lo que queremos

Foto: El infierno pintado por Sandro Botticelli. 1480-1495. Museos Vaticanos.
El infierno pintado por Sandro Botticelli. 1480-1495. Museos Vaticanos.
EC EXCLUSIVO

Hay un tipo de chiste banal que parece haberse desmadrado por internet a modo de meme, que dice más de lo que aparenta. La escena es conocida: se formula un deseo y este se cumple de forma literal, con una lógica implacable, casi mecánica: “El genio malinterpretó mi deseo”. Así, si deseas un “tremendo físico”, acabarás viéndote al lado de Einstein (ni tan mal) en una imagen en estilo de arte clásico indeterminado, de ese kitsch que la IA hace como nadie. Pero si deseas estar forrado, conseguir papeles, tener un sugar daddy, conducir un pedazo de coche, tener unos grandes melones, una cintura de avispa o un abdomen de lavadero, la cosa puede parecer pesadillesca, incluso kafkiana.

Explica Terry Eagleton en su libro Humor, que el chiste resulta gracioso cuando ocurre un descarrilamiento del sentido, aunque no todo descarrilamiento tiene por qué ser gracioso. Se trata entonces de algo desquiciante, incongruente y paródico, basado en la ambivalencia, que es también un desfase entre expectativa y realidad, a lo que hay que añadir un acierto contextual y social que activa la gracia. Pero lo cómico es también lo perturbador: el lenguaje se toma al pie de la letra en un contexto que no le corresponde y el deseo revela su ambigüedad. Como apuntó Freud, el chiste nos permite liberarnos por un momento de las convenciones y disfrutar de una transgresión.

Pero aquí no venimos a explicar el chiste y matarlo, sino a ver qué se esconde detrás. El trend abarca todo tipo de temas, desde escolares y laborales hasta políticos o sexuales, que se revelan como ámbitos donde nuestros deseos se disparan. Deseo proviene del latín desiderare, posiblemente ligado a sidus (estrella), y remite al anhelo nacido por la ausencia o carencia de algo. Pero de esa raíz surgen también desidia, como un querer algo pero sin esforzarse, y desidium, que en latín tardío se entendía como lujuria, porque a veces se desea de manera conspicua, en exceso y por modas. La razón de por qué nos hacen gracia a todos (o a casi todos) es porque nos reconocemos en esos deseos compartidos y no podemos separar los deseos pulsionales de los menesteres colectivos, pero eso no los convierte directamente en verdades políticas, sino por el momento en síntomas sociales. Como ya intuía Maquiavelo en sus Discursos sobre Tito Livio, el pueblo puede desear con más justicia que los poderosos, pero eso no quita que esos clamores tengan que ser descifrados.

La formulación de deseos es tan antigua como la humanidad. Desde los mitos clásicos hasta los inevitables Simpson, pasando por las narraciones orientales, en la literatura clásica abundan los ejemplos de deseos entre mal formulados y malentendidos, como una consecuencia de los juegos del lenguaje y el problema de la écfrasis, es decir, la imposibilidad de que la descripción llegue hasta el último detalle. Si desear la inmortalidad puede parecer una buena idea, Titón, en la mitología griega, nos recuerda que, si olvidas pedir que esté acompañada de juventud, como reinterpretará Borges siglos más tarde, se vuelve un tostón de mucho cuidado. Midas, poco previsor, desea riqueza infinita, pero recibe la maldición de convertir en oro no solo su comida, sino a su querida hija con tan solo tocarla. Edipo, al intentar escapar de su destino, se dirige a él de forma trágica, de la misma manera que Medea, que desea justicia, provoca un horror mucho mayor que el que ha sufrido, por su anhelo desmesurado de reparación.

*Si no ves correctamente el módulo de suscripción, haz clic aquí

En Las mil y una noches, el relato de Aladino nos enseña que desear no basta: hay que aprender a pedir bien, porque incluso el poder absoluto exige claridad, prudencia y conciencia de sus consecuencias; mientras que Petronio, en el Satiricón, nos muestra cómo incluso los deseos más sofisticados de placer, cultura y nobleza, se degradan y se confunden fácilmente con lo grotesco, a la manera quijotesca. Y es que, desde los relatos más antiguos hasta los memes del genio, se entiende que el deseo mundano es al fin y al cabo un contrato fáustico en el que la banca siempre gana. Así, el famoso y versionado cuento de W. W. Jacobs escrito en 1902, La pata de mono, parodiado en un episodio especial de terror de los Simpson, los deseos se cumplen, pero siempre a cambio de un precio abusivo: Una familia pide dinero, pero lo recibe como compensación a la muerte por descuartizamiento de su hijo.

Al desear que vuelva, este regresa en forma monstruosa, de manera que el último deseo se debe gastar para el restablecimiento del estado anterior. En el caso de los Simpson, Lisa pide la paz mundial, pero entonces el planeta se vuelve happy flower y unos extraterrestres aprovechan el estado de indefensión que produce el acceso de amor, para invadir la tierra. Y es que, no es nada nuevo que, a lo largo de la Historia, los movimientos revolucionarios, ya sea en Francia o en Rusia, motivados por un anhelo de justicia sin matices ni límites, se acaben imponiendo a través de mecanismos de purga, vigilancia y violencia. Así, en Juego de Tronos, Daenerys quiere restaurar el orden y liberar al mundo, pero su ideología se vuelve fuego y ruina cuando nadie puede frenar su convicción de estar en lo cierto, transformando una idea de paz sin fisuras en una “guerra justa”.

Foto: tardes-de-soleadad-documental-toros-no-entran-al-trapo

Pero el maquinismo es también un factor importante. En primer lugar, porque acorde con la desidia o la vagancia, como la cara B del deseo cuando se busca evitar el esfuerzo, como en El aprendiz de brujo, en donde el joven mago anima una escoba para hacer su trabajo, pero no sabe detenerla, supone un maquinismo irracional, en lo que Bergson apuntaría que hay comicidad. La acción es automática, literal e imparable, separando deseo y ejecución, de manera entre trágica e hilarante, tal como Kafka describiera la ley, la puerta o el castillo, en donde todos parecen malinterpretar o ignorar el deseo del sujeto. Algo parecido ocurre con los deseos tecnocientíficos, como en el caso de Rick, el de la serie Rick y Morty. Ni siquiera el genio cínico más inteligente del universo es capaz de prever todas las consecuencias encadenadas que desbordan sus previsiones. Así, crea clones, universos paralelos o drogas del amor que destruyen civilizaciones enteras, revelando un nihilismo existencial. De manera parecida, en Futurama, los deseos de Fry de revivir su amor, ser más inteligente o viajar en el tiempo, se cumplen irónicamente con consecuencias grotescas o trágicas, como un modo de revelar nuestra visión irónica del mundo.

La manera que tiene el genio de ejecutar el enunciado de forma literal, ridiculizando el deseo y castigando su formulación torpe o su contenido banal, no es otra cosa que el reflejo de una frustración de lo que sabemos que es inalcanzable o contradictorio, en donde los juegos del lenguaje se muestran reveladores. Los memes del genio son pequeñas fábulas que no funcionan porque el mismo malentendido nos muestra una construcción moral aprendida: no se debe desear por codicia o lujuria, ni esperar que la suerte reemplace el esfuerzo, puesto que de ellos están repletos los anillos del infierno dantesco. Pero además, en nuestro contexto actual, hemos cambiado al genio de la lámpara por una IA, con la que tenemos la dificultad añadida de formular con exactitud el prompt de lo que queremos, añadiendo una capa más de malentendido y mediación a la que ya teníamos. La imposibilidad y el desvío ahora, ya no será fruto de la maldición, sino de un límite técnico, pero seguirás siendo tú el que no sabes formular el deseo.

Hay un tipo de chiste banal que parece haberse desmadrado por internet a modo de meme, que dice más de lo que aparenta. La escena es conocida: se formula un deseo y este se cumple de forma literal, con una lógica implacable, casi mecánica: “El genio malinterpretó mi deseo”. Así, si deseas un “tremendo físico”, acabarás viéndote al lado de Einstein (ni tan mal) en una imagen en estilo de arte clásico indeterminado, de ese kitsch que la IA hace como nadie. Pero si deseas estar forrado, conseguir papeles, tener un sugar daddy, conducir un pedazo de coche, tener unos grandes melones, una cintura de avispa o un abdomen de lavadero, la cosa puede parecer pesadillesca, incluso kafkiana.

Trinchera Cultural
El redactor recomienda