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Haga como yo, no se meta en Whatsapp
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Juan Soto Ivars

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Juan Soto Ivars

Haga como yo, no se meta en Whatsapp

Nada es privado ya, y no lo es porque tampoco toleramos la intimidad ajena. Hoy la gente cree que tiene derecho a saberlo todo

Foto: Sánchez preside la reunión con el Consejo Escolar del Estado. (Europa Press/Eduardo Parra)
Sánchez preside la reunión con el Consejo Escolar del Estado. (Europa Press/Eduardo Parra)
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El rosario de conversaciones privadas entre Ábalos y Sánchez que hemos conocido esta semana es una constatación más de lo malo que es tener Whatsapp. La gente cree que una conversación que queda escrita y en poder de otra persona es privada. Esto es tan absurdo como pensar que un dinero que tú le prestas a otra persona va a volver sólo porque te lo aseguran con la mano en el corazón.

No: comunicarse es entregar algo, y cuanto más preciso sea el rastro más sencillo será difundirlo. Tú le puedes comentar de viva voz a un amigo que otro del grupo te parece un imbécil y siempre podrás negar que has dicho tal cosa, pero basta que lo dejes en nota de voz para que se ponga en funcionamiento una máquina. Que algo no se publique en todas partes al mismo tiempo es más una cuestión de plazos que de seguridad. Tampoco se publica un libro el día que lo mandas a la editorial.

A lo largo de la historia, la prisa del poder por quemar papeles ha sido una constante, y antes del papel se cargaban los papiros, y las tablillas y me juego un huevo a que las paredes de la cueva neolítica. En la Edad Media, como nos enseñó Eco, el verdadero trabajo del bibliotecario de monasterio no era conservar, sino ir eliminando según el mandato del Papa o del monarca. La historia se borraba mucho más de lo que se escribía, y por eso nadie se extraña hoy si el cambio de gobierno activa antes que nada las trituradoras de papel.

La idea de que el papel desnuda más que la mirada del perverso estaba clara y actuábamos en consecuencia. Sin embargo, mira tú qué paradoja, bastó que el papel diera paso a una tecnología capaz de difundir cualquier mensaje a todo el globo en un microsegundo para que bajásemos la guardia. Es para hacérselo mirar.

Foto: pino-aprile-entrevista-elogio-imbecilidad

Cada vez que el vídeo de dos novios termina en una página porno tras la ruptura, o cuando un montón de merluzos adolescentes se pasan fotos de las tetas de una compañera en el instituto, se habla de lo evidente: difundir contenido íntimo es un delito. Sin embargo, yo siempre me pregunto por qué diablos nos referimos como "íntimo" a lo que se graba o fotografía y queda en poder de dos. Paradójico, cuanto menos.

Es como atravesar con un Rolex de oro una barriada chabolista hablando de la propiedad privada. A mí el mundo me lo tienen que volver a explicar. Imaginad a Carlos III pidiéndole a Goya que el retrato desnudo que el artista está pintando ha de quedar en la más estricta intimidad. Imaginad a un escritor soviético que en lugar de quemar su diario, repleto de insultos contra Stalin, se lo presta a un amigo. Ahora colocad en la ecuación un altavoz automatizado y un ojo que todo lo ve.

De pronto es como si el tipo más mentiroso de España dijera la verdad por un agujero

Nada es privado ya, y no lo es porque tampoco toleramos la intimidad ajena. Hoy la gente cree que tiene derecho a saberlo todo. El viejo mundo, en que la esfera pública y la privada eran dos cosas diferentes, empezó a desmontarse con la telerrealidad del estilo Gran Hermano, cuando gente anodina se volvió en interesante solo porque los estaban grabando, y terminó de desmoronarse con la profusión de unas redes sociales donde cada usuario cuenta lo que había comido.

En los últimos treinta años, ningún cambio social ha sido tan notable como el que arrancó las paredes de las cabinas de teléfono y regó con el ruido conversaciones ajenas de todos los rincones, del vagón de metro a la sala de espera para recibir quimioterapia. La gente, que hasta entonces se había escondido para hablar por teléfono y bajaba la voz, de pronto se creía envuelta en burbujas protectoras y espurreaba sus intimidades como si viviera rodeada de sordos.

Pasa lo mismo con Whatsapp. Cuando dejé de utilizar aplicaciones de mensajería instantánea, constaté que estaba más solo. Estar sólo es la prueba de que renace la intimidad. La gente dejó de acordarse de mí en mi cumpleaños, y sólo mis amigos más íntimos me felicitaban por navidad. Dejé de usarlas porque revientan tu privacidad de dos maneras: no es sólo que cualquier cosa que mandes se pueda filtrar, sino que invaden tu intimidad como el tipo que abre la puerta del baño en el momento en que estás sentado en la taza.

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Hemos normalizado algo inaudito, verdaderamente inaudito. Por ejemplo, que converses con tu mejor amigo y de pronto un conocido de Badajoz irrumpa en el rabillo del ojo con una alerta, para preguntarte qué tal. O que estés en la cama con tu mujer y de pronto hayan aparecido cuatro mensajes de tu madre en la mesilla de noche. Son situaciones muy raras, pero lo más raro es que ya no nos damos cuenta.

Whatsapp y demás son aplicaciones que trastocan por completo el sentido de la comunicación. Hablas con tu primo, que a su vez habla con tu prima, que a su vez habla con tu madre, que a su vez habla con su amante. Todo esto, a la vez, y todavía esperas que algo quede entre tu primo y tú cuando el acto mismo de comunicar sale en una lista de conversaciones abiertas que, más que un reservado, parece un menú.

A caballo entre dos tiempos, aunque atropellados ya por el nuevo, seguimos confiados a las viejas fórmulas desmanteladas. Por eso, por inercia, nos parece más cierto lo que dice Pedro Sánchez en privado a José Luis Ábalos que lo que dice en público en una rueda de prensa. Su tono directo y desinhibido despierta nuestra vieja credulidad, y de pronto es como si el tipo más mentiroso de España dijera la verdad por un agujero.

Es ridículo. Quién me jura que Sánchez no miente a Ábalos. Tomemos las cosas como lo que son. Eso que los americanos llaman bullshit.

El rosario de conversaciones privadas entre Ábalos y Sánchez que hemos conocido esta semana es una constatación más de lo malo que es tener Whatsapp. La gente cree que una conversación que queda escrita y en poder de otra persona es privada. Esto es tan absurdo como pensar que un dinero que tú le prestas a otra persona va a volver sólo porque te lo aseguran con la mano en el corazón.

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