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Los madrileños "auténticos" estamos robando los barrios a sus auténticos vecinos
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Héctor G. Barnés

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Los madrileños "auténticos" estamos robando los barrios a sus auténticos vecinos

El discurso del neocasticismo esencialista está ocultando que quien ha vivido en los barrios cuando el resto se marchaban son los inmigrantes que le dan su auténtica identidad

Foto: El retorno de lo castizo. (Reuters/Ana Beltrán)
El retorno de lo castizo. (Reuters/Ana Beltrán)
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A la Pradera de San Isidro hay que bajar, si se puede, entre semana. Un lunes o un martes, que es cuando se está bien. Los autóctonos se dejan ver calle arriba y calle abajo, se comen un bocata gigante (en tamaño y precio) y se ven su concierto de electro-folclore. A mi izquierda, una familia peruana cena cerveza y salchipapas. A la derecha, una familia gitana se zampa una parrillada de carne. Otros se arrojan sobre la hierba emulando a los protagonistas del cuadro de Goya.

Lo de todos los días, hasta que llega el fin de semana o el 15 de mayo y empieza la invasión de los modernos. Algunos, los que ya vivimos en Carabanchel, hemos hecho de avanzadilla para los compañeros de Arganzuela, Malasaña o Vallecas. El resto de días, está lleno de los carabancheleros de verdad: es decir, los ecuatorianos (5,3% lo son), rumanos (2,5%), colombianos (2,1%), bolivianos (2%) o peruanos (1,5%). Los que desde hace tres décadas han mantenido vivo el barrio.

¿Carabanchel, uno de los barrios más guays del mundo por su concentración de artistas, actores y nuevas propuestas gastronómicas? Lo que sé es que el Café de Oporto ha dado paso a la cevichería Olé Perú y el Gambrinus al ecuatoriano Perla del Pacífico. Los que han sacudido el barrio comercial y anímicamente durante las últimas décadas no son los de las galerías de arte, sino los inmigrantes (y sus descendientes) que llegaron al barrio a principios de siglo.

Porque sin ellos el barrio habría muerto y no quedaría nada que gentrificar. Durante los años noventa, el distrito perdió población, de 240.630 habitantes en 1989 a 213.405 en 2000. Los peores años fueron 1994 y 1995, justo cuando mis abuelos decidieron marcharse de allí para venirse a vivir a la más cómoda y limpia Móstoles. El distrito comenzó a ganar población de nuevo en el año 2000 gracias, sobre todo, a la inmigración. Hoy, el 23% de los vecinos, más de 50.000 personas, nacieron fuera.

El discurso del neocasticismo está opacando una realidad mucho más multicultural

Ellos fueron los que llegaron mientras el resto se mudaban a los PAU de nuevo desarrollo, a las ciudades de la periferia o a los barrios de dentro de la almendra central, que se volvieron a poner de moda después de la decadencia de los años anteriores. El hueco que dejaron lo llenaron los inmigrantes que encontraron pisos en más o menos buen estado en una ubicación más o menos buena a un precio más o menos asequible y, sobre todo, en lugares donde ya se habían asentado sus familiares y amigos.

El discurso del neocasticismo, de lo guay que es lo madrileño, del clavel en la solapa y peineta y mantón ha usurpado esta realidad, barriéndola debajo de la alfombra porque no interesa para un proceso de gentrificación y turistificación que se está cimentando sobre esa idea de autenticidad popular. La multiculturalidad mola y también es muy gentrificable, claro, pero como esa identidad ya se la había quedado Lavapiés, tocaba buscar otra distinta.

Veo las publicaciones en redes sociales de los bares y restaurantes de moda y todo evoca esa lejana idea de un casticismo supuestamente despolitizado. Manteles de papel, barras de metal, paredes de madera y los guisos de tu abuela. Pero, eso sí, precios como al otro lado del río. Lo popular también se paga, pero ni rastro de la identidad de todos esos vecinos que vinieron de otros países y a los que parece que nadie ha invitado a la fiesta.

Es El madrileño de C. Tangana pero también La vida cañón de Alcalá Norte, peineta pa’ mi chica y un mantón sin recordar que el casticismo fue visto con sospecha durante mucho tiempo porque no dejaba de ser otra expresión del tradicionalismo, sí, franquista. En esto conviene escuchar al hispanista estadounidense Edward Baker, editor de Madrid, de Fortunata a la M-40 y experto en el tema, que aseguraba que no creía que hubiese un casticismo no reaccionario.

Turistas de lo popular

Veo el anuncio que La Liga ha rodado para celebrar San Isidro y me sorprende ese esencialismo de organillo y peineta regado por patrocinios de bebidas alcohólicas que no es nada representativo de la realidad del barrio día a día, donde es mucho más habitual encontrarse con fiestas de quinceañeras o grupos bailando bachata. Un barniz purista que pinta una imagen del barrio muy vendible para turistas.

Cuando terminen las fiestas, prepararán su próximo viaje: tal vez, el Primavera Sound

Porque cuando llega el día de San Isidro, empiezan a cruzar el río todos los que aún se pueden permitir vivir al otro lado del Manzanares para cumplir su ritual anual de fiestas populares. Comerse su bocadillo grasiento de chorizo frito mientras bromean sobre la discutible salubridad de la barbacoa y piensan en quemarlo al día siguiente en crossfit; ponerse un clavel en el pelo de esos que te regalan con una Mahou, o practicar el enésimo acto de poptimismo en el concierto del Carlos Baute de turno por el que jamás pagarían mientras se codean con sus compatriotas venezolanos, que quizá sí pagarían por él, pero no lo hacen porque es demasiado caro.

Una vez terminen las fiestas, estos modernos se volverán a su barrio y prepararán su próximo viaje: tal vez, el Primavera Sound. Es muy propio de esa izquierda de Arganzuela obsesionada con lo popular, que siempre persiguen sin conseguir alcanzarlo, y que nunca viviría en un barrio popular (es decir, pobre) de verdad. Turistas de lo popular un día al año, que les sirve para poder teorizar y pontificar sobre ello las 364 jornadas restantes.

Son ellos, nosotros, los que nos hemos convertido en la avanzadilla cultural de la gentrificación, que siempre necesita a un puñado de inconscientes que abran camino antes de que llegue el dinero de verdad, el de los fondos de inversión. No hay nada como no dejar de hablar de “gentrificación” para terminar siendo un agente gentrificador de primera línea. Somos los que terminaremos expulsando tarde o temprano a los que cuidaron el barrio. Y los mismos que terminarán provocando que esas cevicherías o braserías cierren para abrir el enésimo pseudobar de viejos con platos al doble de precio.

placeholder Clavel y mantón. (Reuters/Ana Beltrán)
Clavel y mantón. (Reuters/Ana Beltrán)

A Carabanchel le terminará pasando lo que le ocurre a Vallecas, lugares donde huye despavorida la gente que hace apenas unos años arrugaba el morro ante la idea de vivir al otro lado de la M30 y que hoy se han convertido en refugio de pijos que quieren rebañar un poco de autenticidad o a los que su barrio de toda la vida no les parece suficiente porque no tiene narrativa. Son los que se han apropiado de esa supuesta imagen del barrio convirtiéndola en su identidad, cuando son (somos) los auténticos forasteros.

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Hay un Madrid no cualificado, de origen inmigrante, cuyo ocio no aparece ni en las páginas de los periódicos ni en las agendas culturales, que tiene sus propios canales de comunicación y que se concentra en el barato y obrero sur. Un Madrid que hoy no interesa que su imagen se identifique con esos barrios aunque sea el rostro que cualquier vecino ve cuando sale a la calle.

Y hay otro Madrid universitario o posuniversitario, blanco, joven, hipster y guay, que se cree hegemónico, pero no lo es, con mucho más poder adquisitivo para gastar en vivienda u ocio y que es capaz de imponer su cultura allá donde va.

Son dos Madrid que conviven en realidades paralelas y que apenas se cruzan

Dos Madrid que conviven en dos realidades paralelas, pero que apenas se cruzan. Ni en los bares, porque cada uno tiene su propio circuito, ni en los colegios ni en la consulta del médico, porque unos van a la pública y otros recurren a la privada. Tampoco en el trabajo, quizá porque unos son los camareros que ponen las copas que los otros beben con el dinero ganado en el Distrito Telefónica o en la Ciudad Financiera del Santander. Dos realidades que no se tocan y que se ignoran, pasando de puntillas por el hecho de que el neocasticismo es el invisibilizador cultural perfecto.

A la Pradera de San Isidro hay que bajar, si se puede, entre semana. Un lunes o un martes, que es cuando se está bien. Los autóctonos se dejan ver calle arriba y calle abajo, se comen un bocata gigante (en tamaño y precio) y se ven su concierto de electro-folclore. A mi izquierda, una familia peruana cena cerveza y salchipapas. A la derecha, una familia gitana se zampa una parrillada de carne. Otros se arrojan sobre la hierba emulando a los protagonistas del cuadro de Goya.

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