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No, no la llaméis 'Tosca', llamadla 'Scarpia'
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No, no la llaméis 'Tosca', llamadla 'Scarpia'

Deutsche Grammophon aporta al "mercado" una nueva versión de la ópera de Puccini donde impresiona la imponente actuación de Ludovic Tézier, bajo la dirección de Harding

Foto: Jonathan Tetelman y Daniel Harding. (DG)
Jonathan Tetelman y Daniel Harding. (DG)

No tiene sentido alguno volverse a grabar Tosca desde que Victor de Sabata reunió a Maria Callas, Di Stefano y Tito Gobbi en 1953 (EMI), aunque el síndrome de la emulación establece las reglas de una competencia interesante que ahora fomenta la Deutsche Grammophon.

El sello amarillo” ha escogido una orquesta romana —la Santa Cecilia—, un director británico (Harding), un tenor chileno (Tetelman) y una soprano de Mantua (Buratto), pero el gran protagonista del acontecimiento recae en los méritos de un inconmensurable barítono francés: Ludovic Tézier.

Se diría que Puccini había escrito el siniestro rol de Scarpia pensando en la luz y en la oscuridad del cantante marsellés. Los medios vocales resultan imponentes, acomplejantes, aunque también impresiona su carisma, su personalidad, su dimensión psicológica. Ludovic Tézier asusta, acongoja. La belleza y el espesor de su timbre encubren a medias toda la maldad del barón. Su monólogo es un ejercicio de fascinante crueldad, mientras que el “duelo” con Tosca conduce la ópera a un estado de extrema crepitación.

Los medios vocales resultan, acomplejantes, aunque también impresiona su carisma

La fabulosa actuación de Tézier justifica las razones por las que Puccini estuvo cerca de cambiar el título de la ópera. Pudo haberse llamado Scarpia en reconocimiento a la complejidad del gran esbirro. Y le disuadió de hacerlo, acaso, la ausencia del personaje en el tercer acto.

Tosca lo asesina en el desenlace del segundo para vengar el chantaje sexual. Y Eleonora Buratto lo evoca con toda la convicción teatral y musical. Il bacio di Tosca parece la mordedura de una cobra real, el espasmo vengador de un trance que sobrecoge como nunca.

Mérito de la credibilidad de la soprano italiana. Y de la autoridad dramática que abastece al dificilísimo personaje. Su Tosca es fuerte y frágil a la vez, dolorosa y entusiasta. Exquisita y oscura. La Buratto compone un Vissi d’arte impecable y sensible, pero también responde a los vaivenes del dramón pucciniano, tanto en los dúos amorosos más pasionales como en el desgarro del suicidio. Buratto se inmola como si lo hiciera de verdad.

La Buratto compone un 'Vissi d’arte' impecable y sensible, pero también responde a los vaivenes del dramón pucciniano

Y lo hace en Roma. Fue el escenario que escogió Puccini para estrenar el operón. Y es la ciudad donde reside la Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia. Su principal cometido consiste en el gran repertorio sinfónico, pero la reciente titularidad de Antonio Pappano (2005-2024) predispuso un sesgo operístico que pretende ahora preservar Daniel Harding.

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Carátula del disco de Deutsche Grammophon con la nueva versión de la ópera de Puccini.

He aquí el heredero del cargo, el depositario de una misión que ha comenzado tuteando a una de las grandes obras del catálogo lírico. Y no es que hagan falta más versiones de Tosca, ya lo decíamos, pero el maestro de Oxford ha aprovechado la experiencia para enfatizar el peso de la orquesta en sus colores, dinámicas, tensiones, delicadeza y opulencia. Reviste un aire bruckneriano el Puccini de Harding. Y se le podrá reprochar cierta distancia de estilo o de afinidad con el magma sentimental del repertorio tremendista, pero la orquesta reivindica sus mejores energías telúricas. Las aprovecha Jonathan Tetelman en su condición de gran aspirante al trono de los tenores. De hecho, la justificación que ha alentado el proyecto de una nueva Tosca tiene mucho que ver con el contrato del cantante chileno (y neoyorquino) con la Deutsche Grammophon.

Tiene la edad (36 años) y la formación para aspirar a la hegemonía. Y posee un timbre luminoso que recuerda a Pavarotti y que por idénticas razones predispone la idoneidad musical y conceptual al personaje de Mario Cavaradossi. Tetelman lo aborda con sensibilidad y escrúpulo canoro, pero también le concede sentido dramático, espesor creativo, tanto en las dos arias capitales como en los pasajes de placer a la vera de Tosca.

El problema en el corral de machos alfa se lo pone el Scarpia de Ludovic Tézier. La ópera se agita y se conmueve cada vez que aparece o prorrumpe. Y se resiente del vacío, de la nada, cuando el barón, el varón, termina ejecutado.

No tiene sentido alguno volverse a grabar Tosca desde que Victor de Sabata reunió a Maria Callas, Di Stefano y Tito Gobbi en 1953 (EMI), aunque el síndrome de la emulación establece las reglas de una competencia interesante que ahora fomenta la Deutsche Grammophon.

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