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¿Qué haríamos con la hora robada en el cambio de hora?
El cambio de hora al horario de verano tiene a todo el mundo trastornado: unos solo quieren dormir y otros tirarse a los primeros rayos de sol. Como cada año, la primavera demuestra que solo somos unos primates con ganas de descanso
Ya ha llegado la hora de la discordia: a las dos fueron las tres. La retahíla de quejas y celebraciones se repite cada año con la llegada del discutido horario de verano, ese adelanto horario primaveral que se supone nos ahorra dinero en consumo eléctrico, sobre todo porque algunos aprovechan para no pisar la casa hasta el puente del Pilar. Durante esta semana unos van con el alma por los pies desde bien temprano en la mañana, que vuelve a ser oscura para los madrugadores, y se quejan de que no hay manera de cansar y dormir a los niños pequeños, aun brincando como macacos al sol a las ocho de la tarde. Otros, sin embargo, contaban las horas para este inicio oficioso de la temporada solar, la gran estación de terrazas y parques, y llevan felices una semana haciendo la fotosíntesis hasta casi las nueve — soñando ya con San Juan, cuando sea hasta casi las once —.
El cambio de hora es controvertido porque abre, dos veces al año, varios debates enconados sobre la conciliación laboral y familiar, los horarios tradicionales españoles de comidas, comercio, ocio y sueño y hasta la adecuación de que compartamos huso horario con, por ejemplo, Budapest. Todo esto se puede conversar —y con el tiempo deberemos— y gestionar mediante la acción política y civil. Sin embargo, el cambio de hora revela un problema de perspectiva social y mayor escala.
¿A qué dirección apuntan los trastornos del sueño de unos y los éxtasis primaverales de otros? ¿Qué dice de nosotros que estemos dispuestos a estos trastoques colectivos para ahorrar luz? No ha sido hasta hace menos de 150 años que todo tipo de trabajo se regulaba por los ciclos solares, y en torno a ese horario laboral dependiente de la luz natural, se organizaban los tiempos de comida, descanso y sueño. La comunicación de la hora era servicio público y el sueño era colectivo, ya que se compartía espacio de descanso, que además era bifásico — en dos tandas largas de cuatro horas para cubrir toda la franja de oscuridad en invierno —. Por esto, todos los miembros de una comunidad tenían ciclos similares de vigilia y descanso, lo que garantiza cierta armonía en la convivencia y unos mínimos estandarizados en la productividad.
Hasta la invención de la bombilla, el fuego — desde los candiles hasta la hoguera — había sido el aliado humano para alargar las noches, una luz cálida que arroja sombras bajas, difusas, titilantes, una luz que permite la vigilia y no impide el sueño. La instalación de la luz eléctrica y la sustitución de desayunos tradicionales por el —ahora sí tradicional— café en Occidente a lo largo del siglo XIX y XX permitieron la instauración de horarios más férreos durante el día y más laxos durante la noche, aumentar la productividad, así como las horas de trabajo y estudio — y, en consecuencia, el ocio trasnochado, como medida compensatoria —. En ningún momento de este proceso, cuando la automatización y el resto de avances permitieron aumentar aún más la productividad, se valoró la posibilidad de trabajar menos ahora que el resultado de nuestra labor cundía más.
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En aras del progreso y del beneficio (cabría preguntarse el de quién principalmente), hemos hackeado nuestros nuestros ciclos de vigilia-descanso-sueño que rigen nuestra salud y felicidad, nuestro apetito y felicidad, nuestra creatividad e intelecto. En definitiva, siguiendo nuestro instinto de crear técnica y tecnología, desde el control del fuego hasta la inteligencia artificial, para domesticarnos a nosotros mismos y a la naturaleza hemos olvidado que formamos parte de ésta. En el fondo, solo somos unos monos que quieren cambiar el mundo pero también sentarnos al sol y dormir plácidamente.
La cuerda del rendimiento está tensa y a punto de romperse y no sé hasta qué punto podemos seguir tomando decisiones que ahorren energía eléctrica, energía económica, energía productiva a costa de la única energía que con el paso del tiempo importa, la energía humana. Cuando en dos meses estemos cenando a las diez y media, aún con luz natural en la calle, y nos tengamos que levantar al día siguiente antes del alba, todavía con dos meses por delante hasta las vacaciones de verano, será un buen momento para preguntarnos qué nos gustaría hacer con una hora más de día.
Ya ha llegado la hora de la discordia: a las dos fueron las tres. La retahíla de quejas y celebraciones se repite cada año con la llegada del discutido horario de verano, ese adelanto horario primaveral que se supone nos ahorra dinero en consumo eléctrico, sobre todo porque algunos aprovechan para no pisar la casa hasta el puente del Pilar. Durante esta semana unos van con el alma por los pies desde bien temprano en la mañana, que vuelve a ser oscura para los madrugadores, y se quejan de que no hay manera de cansar y dormir a los niños pequeños, aun brincando como macacos al sol a las ocho de la tarde. Otros, sin embargo, contaban las horas para este inicio oficioso de la temporada solar, la gran estación de terrazas y parques, y llevan felices una semana haciendo la fotosíntesis hasta casi las nueve — soñando ya con San Juan, cuando sea hasta casi las once —.