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Según este experto, la democracia falla porque votamos irracionalmente. "Y en España aún más"
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ENTREVISTA

Según este experto, la democracia falla porque votamos irracionalmente. "Y en España aún más"

El economista estadounidense Bryan Caplan considera que el principal problema del sistema basado en la soberanía del pueblo es que la mayoría del pueblo vota de manera equivocada

Foto: El economista estadounidense Bryan Caplan, el pasado miércoles en la sede de la Fundación Rafael del Pino en Madrid. (I. H. V.)
El economista estadounidense Bryan Caplan, el pasado miércoles en la sede de la Fundación Rafael del Pino en Madrid. (I. H. V.)

Bryan Caplan (1971) es profesor de Economía en la Universidad George Mason, en Virginia. Un día, harto del cuñadismo, de la tendencia de muchas personas (en su caso, de su padre) a opinar sobre asuntos de los que no saben nada, decidió analizar ese tipo de comportamiento. Y llegó a la conclusión de que el mayor obstáculo para llevar a cabo una política económica sólida no son los intereses ocultos ni los lobbies, sino las ideas erróneas, las creencias irracionales y los prejuicios de los votantes de a pie.

Es justo esa la tesis que Caplan defiende en El mito del votante racional. Por qué democracia lleva a tomar malas decisiones políticas, un provocador ensayo que fue publicado en 2007 en Estados Unidos, que el New York Times eligió como Libro de Política del Año y que ahora sale en España de la mano de la editorial Deusto.

Caplan analiza en las más de 500 páginas de ese libro el comportamiento electoral de los votantes, y concluye que la democracia fracasa precisamente porque se guía por lo que los ciudadanos quieren. Y la mayoría de los ciudadanos, siempre según este economista, son unos zoquetes en cuestiones políticas, seres cargados de sesgos que, cuando votan, votan mal.

PREGUNTA. Hay una enorme ignorancia sobre cuestiones políticas en Estados Unidos y en muchos otros países. En España, por ejemplo, una reciente encuesta ha revelado que la mitad de la población española no tiene ni idea de quiénes son 14 de los 22 ministros del Gobierno de Pedro Sánchez. ¿Esa falta de conocimiento político tiene algún impacto en las políticas que luego se adoptan?

RESPUESTA. Tiene un impacto enorme. La gente al votar sólo piensa en quién ocupará el cargo de presidente. Pero al votar se están decidiendo otras muchas cosas, así que es fundamental entender cuestiones como los efectos del libre comercio frente al proteccionismo, las implicaciones de regular la energía nuclear, la política de vivienda o la inmigración. Se trata de asuntos cruciales sobre los que la mayoría de la gente no sólo sabe muy poco sino que, con frecuencia, se muestra convencida de cosas que a menudo son profundamente erróneas.

P. Una de las reflexiones que hace en su libro es que la gente vota mal, sin conocimiento de la realidad o dejándose llevar por prejuicios, porque les sale gratis, porque no son penalizados por ello.

R. Así es. Siempre es tentador pensar que uno tiene la razón y que los hechos están equivocados. Pero cuando la gente se juega su dinero, sus propios recursos, se piensa las cosas más. Puede que un determinado agente inmobiliario no te guste, pero eso no va a hacer que dejes de comprar una casa que te parezca fantástica. Cuando no te gusta una persona pero estás ante una buena oferta, te calmas y haces lo que es mejor para ti. Casi todo el mundo tiene, por ejemplo, un compañero de trabajo que no le gusta, ¿por qué no renuncian a ese trabajo y tratan de buscar otro? Porque les gusta ese trabajo, porque disfrutan de buenas condiciones y porque en otro trabajo probablemente también habría alguien que no les gustase. Cuando se trata de su propio dinero, de su trabajo, de su negocio, la mayoría de la gente controla sus sentimientos y hace lo que es mejor para ellos. En política, sin embargo, no hay autocontrol, la gente simplemente se deja llevar por la creencia de que si sienten que algo es verdad, entonces es que es verdad. Y si alguien está en desacuerdo con ellos, es que no tiene ni idea de lo que está hablando.

Le confieso que la inspiración para escribir El mito del votante racional fue mi padre, un tipo muy inteligente, con un doctorado en ingeniería eléctrica, pero que tiene todos los sesgos que menciono en el libro. Mi padre es alguien que nunca ha estudiado economía, pero que cree que lo sabe todo al respecto. Aunque su hijo sea profesor de Economía, no siente la más mínima curiosidad por saber qué tengo que decir en las cuestiones económicas. Y cuando le comento mi opinión, me despacha diciendo: “Bah, eso es ridículo". Mi padre es un hombre inteligente, pero en temas políticos se deja llevar por su enfado y sus prejuicios.

placeholder Cubierta de 'El mito del votante racional', de Bryan Caplan.
Cubierta de 'El mito del votante racional', de Bryan Caplan.

R. ¿Y qué propone usted? ¿Que se haga exámenes a la gente antes de dejarla votar, para comprobar que tiene los suficientes conocimientos de política?

R. Bueno, creo que eso supondría un gran avance. Si tuviéramos que aprobar un examen de economía para poder votar sobre cualquier cosa relacionada con la economía, sería una mejora. Pero creo que es extremadamente improbable que eso ocurra, porque para hacer ese examen habría primero que convencer a la gente de que no está tomando buenas decisiones cuando vota, y la ciudadanía no aceptará eso. El objetivo de este libro es convencer a la gente de que hay un problema, de que la democracia está lejos de ser perfecta, que en las democracias se cometen errores terribles, y no se trata sólo de que los políticos sean corruptos y no hagan lo que la gente quiere. El problema es que los políticos hacen lo que la gente quiere, y lo que la gente quiere es muy malo y dañino, porque se basa no sólo en la ignorancia sino en la absoluta falta de racionalidad. La gente no está interesada en la verdad ni en los hechos, simplemente se deja llevar por sus emociones. Ese es el problema.

P. Pero, en realidad, los programas electorales son marcos de actuación basta amplios, los políticos tienen margen para decidir hacer una cosa u otra, para optar por buenas políticas o malas políticas…

R. Los políticos lo que quieren es ganar elecciones. ¿Y cómo las ganan? Las ganan haciendo que la gente los quiera. Y los políticos no consiguen que la gente les quiera siendo pedantes, diciendo a sus votantes que están equivocados y dándoles lecciones de economía. No, para que les quieran, los políticos dicen lo que la gente quiere oír. En Estados Unidos, por ejemplo, buena parte de la gente ha decidido que el problema son las importaciones, que los productos que vienen de fuera son los que están destruyendo al país, así que a nadie puede sorprenderle lo que está haciendo en ese sentido la administración Trump. Si la democracia fuera un sistema razonable, los votantes serían razonables y los políticos, para poder ganar, tendrían que ser razonables. Lamentablemente, la mayoría de la gente no es razonable, así que los políticos tienen que ser irracionales si quieren ganar.

"Si tuviéramos que aprobar un examen de economía para poder votar sobre cualquier cosa relacionada con la economía, sería una mejora"

P. ¿La política saca lo peor de nosotros, nuestro lado más irracional?

R. Los seres humanos tenemos una naturaleza muy básica, y la democracia y la política generalmente sacan lo peor de la gente. Hay muchas personas que son muy capaces de tomar una decisión razonable sobre qué coche comprar, que comparan diferentes planes de telefonía antes de contratar uno o que argumentan muy bien por qué prefieren una marca de galletas en lugar de otra. Pero cuando la gente habla de política, ya esté yo de acuerdo con sus conclusiones o no, lo que veo es que su razonamiento es muy pobre, de muy baja calidad, lleno de errores obvios y basado en lo emocional, no en lo racional. Cuando alguien hace una afirmación, sobre todo si es alguien conocido, yo le reto a que hagamos una apuesta pública. Y hasta la fecha he ganado las 23 apuestas públicas que he hecho. ¿Por qué? Porque apuesto basándome en los hechos puros y duros, no en ilusiones, sueños o esperanzas. Hay mucha gente que hace afirmaciones políticas y que luego, cuando las invito a apostar, dicen que no quieren. Las personas saben cuándo están siendo deshonestas intelectualmente, saben que sus opiniones políticas no siguen el camino hacia la verdad. Por eso, cuando realmente les desafías a apostar, no quieren hacerlo, porque saben que su razonamiento es erróneo.

P. En Estados Unidos, como en España, un número importante de personas vota siempre al mismo partido, haga este lo que haga, aunque su actuación haya sido terrible. ¿Se trata de una fidelidad absolutamente irracional?

R. En Estados Unidos se supone que un tercio de la población vota a los demócratas, un tercio a los republicanos y el tercio restante se declara independiente. Pero la realidad es que dos de cada tres personas que se declaran independientes siempre votan por el mismo partido, así que al final sólo uno de cada nueve americanos es realmente independiente. Lo cierto es que la gente es partidista, apoya a un equipo, pero es lógico que así lo hagan, la gente generalmente está con el equipo cuyo conjunto de políticas está más cerca de las suyas. Si el equipo cambia respecto a alguna política, entonces mucha gente simplemente cambiará de opinión. Pero si el equipo cambia de opinión en todas las políticas, entonces perderán a sus votantes. Esto es algo más fácil de ver en sistemas multipartidistas, donde si uno de los partidos principales empieza a desconectarse de sus votantes, aparecerá un partido similar que se representará como el verdadero representante de esa corriente.

"Si los votantes fueran mucho más racionales, los políticos actuales cambiarían su manera de gobernar y entrarían en escena nuevos políticos"

P. Puede que la democracia no sea un sistema perfecto, pero es el mejor que tenemos, ¿no le parece?

R. Hay que tener en cuenta que hay muchas limitaciones a la democracia, casi todos los países que se llaman demócratas limitan la democracia. En Estados Unidos tenemos separación de poderes, tenemos federalismo, tenemos revisión judicial, tenemos reglas de supermayoría… Las democracias pueden tener muchos elementos antidemocráticos, y aun así creo que es el mejor tipo de gobierno.

P. Hay quienes defienden que sea una élite, un pequeño grupo de personas muy bien preparadas, quienes voten en representación de todos los demás. ¿Qué opina de esa idea?

R. ¿Y cómo se seleccionaría a esas personas bien informadas? Si hubiera un estándar objetivo me parecería razonable. Pero creo que en realidad acabaría siendo como en la antigua Unión Soviética o en Irán, donde unos supuestos expertos dirigen el país. Yo creo que es un debate falso, porque ser experto no te califica para dirigir nada. La idea de hacer un examen me parece mejor, porque un examen está abierto a cualquiera.

P. ¿Le parece que a la mayoría de los políticos actuales les gustaría que los ciudadanos estuvieran bien informados?

R. No, claro que no. Los políticos precisamente se aprovechan de esa ignorancia. Los políticos que tenemos hoy son aquellos que han prosperado en el entorno actual. Si los votantes fueran mucho más racionales de lo que lo son, los políticos actuales cambiarían su manera de gobernar, pero sobre todo entrarían en escena nuevos políticos, políticos que actuarían de otra forma y que se dirigirían a la gente de otra forma. Imagínese que en Estados Unidos sólo pudieran votar los graduados universitarios. ¿Habría cambiado Trump su forma de hablar? Yo estoy casi seguro de que sí, pero aun así creo que habría perdido las elecciones porque no es alguien que atraiga a un público bien educado. Si ese hubiera sido el caso, Trump probablemente nunca habría llegado ni siquiera a las primarias.

P. ¿Y si nos gobernara la inteligencia artificial?

R. La inteligencia artificial se entrena con seres humanos normales y corrientes, así que tiene todos los problemas de los seres humanos normales. Y la mayoría de modelos de IA existentes tiene problemas adicionales, como los algoritmos de control del pensamiento, esos que básicamente te dicen que tu pregunta no es apropiada. La inteligencia artificial entrenada con buenas bases de datos sería mejor. Pero aunque la Inteligencia Artificial fuera excelente, la gente diría que habría que votar en contra de ella para evitar que nos tiranizara. Hasta ahí llega la irracionalidad.

"España es un país especialmente malo en cuanto a racionalidad política, un país con un nivel de fanatismo que en otros lugares es inusual"

P. No sé cuánto sabe usted de la política española…

R. Sé mucho para ser estadounidense. Sé de Podemos, de Vox, del Partido Comunista, del Partido Socialista… Sé que ahora en el poder hay una coalición de izquierdas. Sé del separatismo catalán, sé de la guerra civil española, de hecho tengo un trabajo de investigación sobre eso, así que probablemente sepa más que la mayoría de los españoles, aunque escribí ese trabajo hace 30 años y he olvidado mucho.

P. ¿Y le parecemos muy irracionales los españoles a la hora de votar?

R. Sí. Considero a España un país especialmente malo en cuanto a racionalidad política, no está hundido en las posiciones de abajo del todo pero se encuentra peor que la media en Europa. La guerra civil española fue, básicamente, el enfrentamiento entre dos facciones fanáticas que decidieron quemar el país porque cada una quería imponer su religión política a toda la población. Yo, definitivamente, pienso que hubiera sido aún peor si la izquierda hubiera ganado la guerra civil española. Franco fue malo, pero podría haber sido mucho peor si los estalinistas hubieran ganado, habrían convertido a España en un estado satélite soviético y el país habría tenido que esperar a 1989 para que las cosas realmente pudieran mejorar. Yo creo que en España la política se concibe como una religión mucho más que en la mayoría de países, aquí hay un nivel de fanatismo que en otros lugares es inusual.

P. En su libro usted destaca que, además de la ignorancia, mucha gente se deja llevar por prejuicios a la hora de votar. ¿Es así?

R. Sí, el prejuicio es una opinión sobre algo que se conoce mal, es una tendencia a cometer errores. Puede ocurrir que alguien con prejuicios esté en lo correcto, pero incluso en ese caso debería de preocuparnos. Es como cuando practicas el tiro con arco: el sesgo, el prejuicio, hace que siempre te inclines hacia una dirección. Pero si eres consciente de cuál es tu sesgo, puedes corregirlo. En mi libro explico algunos de los prejuicios que la gente tiene, sobre todo en cuestiones económicas, y de los cuales no son conscientes. Pero cuando a esas personas les señalas sus sesgos, suelen reaccionar emocionalmente en lugar de reconocer que tal vez tienen un prejuicio. Lo habitual es que reaccionen diciendo: “No, eres tú el que está sesgado”. Aunque otros expertos y yo llevemos toda la vida estudiando el asunto en cuestión, el sesgado considera que es él quien tiene razón.

"El primer sesgo es el que he bautizado como sesgo contra el mercado, y es la tendencia a subestimar los beneficios sociales del mercado"

P. ¿Cuáles son los mayores sesgos de los votantes?

R. Hay muchos, pero en el libro me centro principalmente en los sesgos económicos porque soy economista. El primero es el que he bautizado como sesgo contra el mercado, y es la tendencia a subestimar los beneficios sociales del mercado. Yo no digo que el mercado funcione perfectamente ni nada por el estilo, pero observo que los que no son economistas suelen pensar en el mercado como un lugar en el que alguien gana dinero y eso es malo. ¿Es malo que la gente gane dinero? Pues depende de cómo ganen ese dinero. Si lo ganan haciendo felices a los consumidores, entonces es bueno. Por supuesto que Amazon quiere ganar dinero. Y ese deseo de ganar dinero llevó a Jeff Bezos a crear la mejor tienda de la historia de la humanidad, una tienda donde la conveniencia y la variedad son increíbles, los precios bajos… Bezos montó Amazon porque quería ganar dinero, pero además de estar ganando dinero haciendo felices a miles de millones de consumidores.

"Hay un sesgo contra cualquier tipo de interacción económica con extranjeros. Es muy común y desemboca en apoyo al proteccionismo"

P. Otro de los grandes sesgos que usted señala tiene que ver con la inmigración. ¿En qué nos equivocamos respecto a los inmigrantes?

P. Hay un sesgo no sólo contra los inmigrantes, sino un sesgo antiextranjero, contra cualquier tipo de interacción económica con extranjeros. Ese sesgo es muy común y desemboca en apoyo al proteccionismo y en el rechazo a las importaciones procedentes de otros países. Se trata de una idea emocionalmente atractiva para casi todos los seres humanos, pero es una idea absolutamente ridícula. Es tan tonto como si alguien, para asegurarse de que nadie le quitará el trabajo, decidiera hacerlo todo él solo. Y sí, efectivamente no le faltaría trabajo: tendría que cultivar toda su comida, hacerse su ropa, hacerse sus ollas y platos, construirse su propia casa, su propio coche… La gente comercia con otras personas porque es mucho mejor especializarse en lo que eres bueno, producir eso, venderlo y luego usar ese dinero para comprar lo que quieras. Y, sin embargo, la gente tiende a ver el comercio internacional como una especie de conspiración o un complot para perjudicar a tu país. Y con la inmigración, es aún peor.

P. ¿En qué sentido?

R. En la mayoría de los países del primer mundo hay restricciones moderadas al comercio internacional, pero reglas extremadamente estrictas en contra de la inmigración. Incluso en los países que se quejan de tener muchos inmigrantes, normalmente es extremadamente difícil poder entrar legalmente. Y la proporción de personas que han conseguido entrar en un país es muy pequeña comparada con todas las que querrían hacerlo. Cuando la gente dice que hay 11 millones de inmigrantes ilegales en Estados Unidos, se olvida de que hay evidencias de que alrededor de 1.000 millones de personas querrían entrar en el país, así que sólo el 1% de las personas que quieren emigrar a EEUU ha conseguido hacerlo. El argumento a favor de la inmigración es el mismo que a favor del comercio internacional, porque la inmigración en realidad es comercio de mano de obra. Se trata de que llegue a un país una persona para hacer un trabajo que beneficia a los consumidores. Además, hay algo milagroso en la inmigración, un hecho observable y contundente: si dejas entrar en Estados Unidos a un inmigrante poco cualificado, procedente pongamos por caso de Haití, ese inmigrante ganará inmediatamente entre 10 o 15 veces más dinero, sólo tienes que ponerle un sello en su pasaporte para que multiplique sus ingresos por 10 o 15. ¿Qué cómo es posible? Porque la productividad laboral es mucho más alta en los países del primer mundo. Esa misma persona es mucho más productiva en un país rico que en uno pobre, lo que significa que cuando le dejas entrar contribuye a la producción y al disfrute de la sociedad.

P. ¿Ese mismo razonamiento funcionaría también si un país recibiera decenas de miles de inmigrantes o incluso millones?

R. Tengo un libro donde trato esa cuestión con mucho detalle, y mi conclusión es que los límites son muy amplios; es posible dejar entrar a un número enorme de personas y seguir obteniendo increíbles beneficios. A la gente que le parece imposible de creer, les digo que vayan a los Emiratos Árabes Unidos. Ese es un país donde el 88% de su población es extranjera, y es increíble, es un milagro que puedes ver con tus propios ojos. Emiratos ha pasado de ser una sociedad de unos pocos nómadas del desierto a tener dos de las ciudades más grandes de la historia de la humanidad en tan solo 50 años, y lo han hecho gracias al poder de la inmigración.

Bryan Caplan (1971) es profesor de Economía en la Universidad George Mason, en Virginia. Un día, harto del cuñadismo, de la tendencia de muchas personas (en su caso, de su padre) a opinar sobre asuntos de los que no saben nada, decidió analizar ese tipo de comportamiento. Y llegó a la conclusión de que el mayor obstáculo para llevar a cabo una política económica sólida no son los intereses ocultos ni los lobbies, sino las ideas erróneas, las creencias irracionales y los prejuicios de los votantes de a pie.

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