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Gonzalo Suárez: "¿La España de hoy anticuada? El problema es que siempre lo fue"
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Entrevista

Gonzalo Suárez: "¿La España de hoy anticuada? El problema es que siempre lo fue"

El director de cine y escritor acaba de publicar 'El caso de las cabezas cortadas' (Nórdica), un divertidísimo cómic que evoca al cine negro. Y una excusa para charlar con él de su vida y del mundo y reírnos un buen rato

Foto: El director de cine, Gonzalo Suárez, posa para El Confidencial en la Taberna del Alabardero, en Madrid. (A. M. V.)
El director de cine, Gonzalo Suárez, posa para El Confidencial en la Taberna del Alabardero, en Madrid. (A. M. V.)

El director de cine y escritor Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) tiene ya 90 años. Aparecieron, como él dice, “de repente”. Pero fue, precisamente, en esos “de repentes” como fue pasando la vida. De artículo periodístico en artículo periodístico —cuando firmaba crónicas como Martin Girard, que se reeditarán ahora en junio—, de partido de fútbol en partido de fútbol —fue hijastro del entrenador Helenio Herrera— de libro en libro y de película en película. Y además, como dice también su amigo Javier Cercas, Suárez lo hizo todo antes que nadie. Fue el más moderno entre los modernos. Nuevo Periodismo antes que Tom Wolfe, literatura experimental antes que la Nouveau Roman francesa y cine diferente antes que Godard.

Solo hay que ver ahora su película Remando al viento (se puede encontrar en Movistar +, aunque doblada). Es de 1988 y aparecen actores como Hugh Grant, cuando aún no era nadie. Suárez rodó una película española en inglés y hablando de Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley y el mito de Frankenstein ya en los ochenta. Y aún antes había trabajado para Sam Pekinpah en Hollywood. Un pionero.

Se sonríe cuando se lo digo y no le da importancia. “Recuerdo que todos me decían ‘pero si este chico solo hace comedia, apenas ha hecho una serie y poco más’. Sin embargo, yo percibí que su Byron tenía algo más femenino. Y, efectivamente, eso fue el comienzo de su carrera. También le pasó a Javier Bardem [rodó con él El detective y la muerte] que después empezó a recibir premios internacionales. Parece que doy suerte a los actores. Voy a ver si empiezo a cobrarles una comisión”, manifiesta.

Enseguida recuerda otra anécdota sobre actores a los que ha descubierto: “Mira, Charo López no quería hacer cine y conmigo hizo su primera película [Ditirambo, 1969]”. ¿Y cómo ocurrió aquel encuentro con Charo López que la llevó al cine? “Pues sucedió que apareció un día, no sé bien por qué, junto a su marido, en casa de unos amigos en Barcelona en los años sesenta. Al verla, me impactó su belleza, que recordaba de manera tópica a Ava Gardner. Como yo estaba empezando, redundancias aparte, con mi primera película, pensé que sería fantástico convencerla. Pero ella estudiaba Filosofía y no mostraba mucho interés en actuar. Total, que tuve que persuadirla, aunque en realidad tampoco me costó demasiado”. Así que se estrenó con Charo López… “Bueno, y Charo López conmigo”.

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Foto: A. M. V.

Ha recibido a El Confidencial en su querido restaurante El Alabardero en la plaza de Oriente de Madrid y ofrece la mano —”es que estoy acatarrado”— para a continuación llevarnos a un reservado. Pide una primera copa de vino tinto (vendrán otras dos más a lo largo de la conversación, que irá fluyendo y mejorando con el efluvio etílico… Mucho más divertido, con la retranca que siempre ha tenido). Está dispuesto a hablar de un libro de viñetas, El caso de las cabezas cortadas (Nórdica), que dibujó en 1958, pero que ha publicado ahora por primera vez y además con texto. Y también de cine, y del mundo, y de España, y de la vida. Una buena conversación.

PREGUNTA: ¿Cómo aparecieron estos dibujos?

R: Era una carpeta que se paseó por París, Barcelona y luego Madrid. Formaba parte del equipaje. Pero era una carpeta que no abrí para nada.

P: Después de tantos años es raro que no se haya perdido.

R: Hombre... Lo que echo de menos es que no se hayan perdido los libros. Porque me echan de casa.

P: Lo cierto es que casi es más fácil que se pierda lo que ahora almacenamos en digital. Todas esas fotos, archivos… Un día los dispositivos no funcionarán y adiós [Le pregunto eso, pero insiste en lo que echa de menos].

R: Lo que echo muchísimo de menos es el cine. Sí, sí, realmente lo echo en falta. Además, me gusta porque es más divertido que la literatura. El cine tiene la capacidad de captar al instante, que es mi obsesión personal. Siento que el cine es como las cuevas prehistóricas, con sus dibujos, movimientos y gestos; esa capacidad de captar el asombro del momento preciso, sin un antes ni un después. Y que son la vida en su estado puro... Pero bueno, mejor dejamos la filosofía y seguimos conversando.

"Lo que echo muchísimo de menos es el cine. Sí, sí, realmente lo echo en falta. Además, me gusta porque es más divertido que la literatura"

P: Bueno, ahora hablaremos del cine. Pero cuando vio esos dibujos… ¿Pensó en el Gonzalo que los dibujó?

R: Ni siquiera recordaba por qué los había hecho, ni para qué. Imagino que con la idea de publicarlos, aunque nunca llegué a intentarlo, al menos que yo recuerde. ¿Qué más te iba a decir sobre los dibujos? Ah, sí, que no tenían texto; eso lo escribí ahora, recientemente. Al principio pensé que iba a ser algo sencillo y divertido, y sí, divertido lo fue, pero sencillo, en absoluto. Tuve que adaptarme a una estructura que ya existía, darle sentido a lo que ocurría en esos dibujos. Así que, en cierto modo, ha sido un proceso parecido a hacer cine, hacer la película antes de conocer el guion.

P: A mí me recordaban un poco a las películas del noir, pero francés. Muy Jean Gabin.

R: Sí, el detective está claramente inspirado en Jean Gabin. Aunque, para ser sincero, en aquella época mi conocimiento del cine era únicamente como espectador. Es verdad que al principio me influyó mucho el cine de serie negra, como bien dices, con Humphrey Bogart, Lauren Bacall…. Pero tampoco era un gran filmófilo, ni mucho menos un experto en cine como Garci, por ejemplo. En realidad, nunca he sido nada; aún sigo tratando de descubrir qué soy exactamente. Es una pregunta interesante, ya se la hacía Shakespeare: “Ser o no ser, ahí está el problema”. Bueno, pues resulta que yo soy el problema.

P: Hay algunos que dicen que mejor igual ser que no ser, porque no ser es no ser.

R: Pero eso no depende de ellos. Y probablemente el que lo dice es sospechoso.

P: Bueno, dice que no ha hecho nada, pero su amigo Javier Cercas dice que es pionero de muchas cosas. De hecho, según Juan José Millás: llegaste antes que nadie a muchas cosas, las hiciste y te marchaste… Y eso significa que siempre estuviste solo en ellas. ¿Así lo sintió?

R: Seguramente lo dicen porque son amigos. Y también soy siempre el primero en pillar un catarro. Y la verdad es que el catarro también me tiene un poco despistado o encubre mi habitual…

Mira, mi padre era catedrático, pero no voy ahora a entrar en demasiados detalles históricos. Él sufrió represalias por haber sido socialista. Nací en medio de la revolución minera, rodeado de bombas, y después, como ya he contado otras veces, llegaron las bombas del 36. Cuando terminó la guerra, mi padre incluso fue detenido, enfrentándose a situaciones peligrosas; recuerdo esos pasillos inquietantes donde estuvo a punto de perder la vida, aunque finalmente logró salvarse.

Ya en Madrid, mi padre tuvo que firmar con pseudónimo una traducción de Melville. A pesar de todas las dificultades, tuve la fortuna de tener un profesor en casa, lo que me permitió no asistir a la escuela hasta los diez años. Esto me liberó considerablemente de ciertas cargas escolares. Luego asistí al Liceo Francés, pero lo más importante fue que mi padre poseía una gran biblioteca. Leí tanto en aquella época que ahora solo deseo liberarme de los libros, pues ya no tengo intención de leerlos. A veces, cuando los veo, me gustaría releerlos o descubrirlos de nuevo, porque mi memoria ya no retiene ni siquiera mis propios libros. Serán unas veinte obras, quizás, y cuando las abro ahora me resultan tan novedosas como si las leyera por primera vez.

Lo que quiero decir es que mi etapa literaria fue temprana, intensa, pero también desordenada. Antes de llegar al cine hice muchas cosas. En un momento dado, después de mi etapa en el fútbol, empecé en el cine de manera impulsiva, casi sin saber realmente cómo hacerlo. De algún modo, inventé mi propio cine. Esa primera película, Ditirambo, claramente llevaba las marcas y registros del cine negro, género que siempre me influyó profundamente.

placeholder 'El caso de las cabezas cortadas' de Gonzalo Suárez. (A. M. V.)
'El caso de las cabezas cortadas' de Gonzalo Suárez. (A. M. V.)

P: ¿Qué recuerda de la Guerra Civil?

Los pies. Durante los bombardeos me escondía debajo de la cama, desde donde solo podía ver los pies de la gente pasando. Era curioso: en lugar de cabezas cortadas, mi perspectiva empezaba siempre desde abajo, desde los pies. Esto de las cabezas cortadas, por cierto, no es casual: en aquella época, en París, todavía funcionaba la guillotina.

En fin, en aquel momento [de la guerra] comprendí rápidamente que la mejor manera de enfrentar el mundo era a través de la ficción. Inventar otras realidades, porque si no podía cambiar la que tenía delante, al menos podría imaginarlo. Evidentemente, crear un mundo totalmente propio es imposible, ya que nadie puede escapar del todo a las influencias externas. Esa imposibilidad, sin embargo, era justamente lo que más me atraía.

Nunca tuve la intención consciente de llegar primero a ningún lado, aunque algunos dicen que lo conseguí. Simplemente ocurría que, cuando ya había visto cómo funcionaba la trastienda, prefería moverme hacia otro lado. Me sucedió con el teatro y también con el fútbol. Nunca me gustó redactar informes, pero la gente me veía escribir, y en Italia eso bastaba para que te lanzaran algunas monedinas... Era sospechoso, desde luego.

Tampoco me gustan las multitudes reunidas porque dan productos extraños, quizás un poco como lo que vivimos actualmente. Pero no pienso sentarlos a esta mesa. Ni a Trump ni a… ¿cómo se llama? Musk. Musk y Trump.

"En aquel momento [de la guerra] comprendí rápidamente que la mejor manera de enfrentar el mundo era a través de la ficción"

P: ¿Cómo ves el mundo?

No tengo objetivo de cámara para poderlo abarcar. Si hay algo que me gusta es el gran angular cenital y lejano… si puede ser. O genital, que tampoco está mal. Pero más allá de eso, la verdad, no tengo una respuesta definitiva. Lo único claro es saber lo que no te gusta. Y tampoco ser optimista. Creo en la búsqueda del instante, el momento, pero no necesariamente encontrarlo. Es una búsqueda continua.

[Mira su copa, que está vacía y dice: "Vamos todos a por otro vino"]

P: Me habla de captar el instante, claro. ¿Y en qué instante estamos ahora?

R: Mientras lo digo, ya no es el mismo instante. Si no da tiempo ni de escribirlo, ni siquiera de nombrarlo. Pero ese es, precisamente, el desafío de la fotografía. O del dibujo. Fíjate, las cuevas de Chauvet, en Francia, son prácticamente una reproducción del cine. Ahí está la esencia del cine: la sucesión de imágenes, los fotogramas en movimiento. Las cabezas de caballo cambian de posición como si fueran un dibujo animado. Y esa idea —que algunos consideran tonta— de que esas pinturas eran solo un recuento de caza, yo la veo de otro modo. Lo entiendo desde la perspectiva de mi gato, por ejemplo. Ese estupor de encontrarse en un sitio extraño, que luego nosotros, entre cuatro paredes, convertimos en habitable. Es el asombro de tratar de captarlo. Eso sí, todavía no he llegado a entenderlo del todo.

Porque el cine, en realidad, me hace gracia cuando lo llaman "cine literario". He hecho todo tipo de cine, pero el cine siempre es literario. Cualquier película, de una forma u otra, cuenta algo. La imagen no escapa de la narración. De hecho, nos da miedo pensar lo contrario. Porque si no narrara, si solo sucediera en ese instante y desapareciera, sería algo más inquietante porque es tu vida. Lo que llamamos realidad.

P: Yo, además, leía tu propia biografía que has escrito para este libro, que está estupenda, y sobre todo me quedaba con eso de, y de repente, 90 años.

R: Ah, lo de los 90 años. Si no me lo dicen, no me acuerdo. Salvo el catarro, que sí lo tuve antes de los 90. Pero no, más que los 90, como no tengo contable, eso no tiene ningún interés. Por supuesto, vas sumando. Y solo sé sumar, si acaso. No sé ni multiplicar, ni dividir. Los números no me apetecen.

"Lo de los 90 años.... Si no me lo dicen, no me acuerdo. Pero no, más que los 90, como no tengo contable eso no tiene ningún interés"

P: ¿Y qué hay en él mientras tanto?

R: No sé… ¡Socorro! Es solo una acumulación de datos. Pero eso sería una biografía, y además, yo no pienso leerla porque sería un tocho. Lo que ocurre, mientras ocurre, no es aburrido, no lo ha sido. Pero, por ejemplo, hay una cosa importante… de la que no me acuerdo. Porque, o todo es importante, o nada lo es. Depende de ese zas, zas, zas, del instante. Si quieres decir qué fui de mayor. O cómo llegué hasta ahí… Bueno, pues es el aquí y ahora. Porque lo demás es solo recuerdo. Pero en fin, algo que influyó, sin duda, fue el deporte. Ha tenido su importancia.

En Filosofía y Letras conocí a André Courrèges, que luego se convirtió en un modisto importante en Francia. Era un amigo excelente y en aquel entonces trabajaba para Balenciaga. Fue él quien introdujo el rugby en la facultad de Filosofía, mira qué paradoja.

Yo nunca estuve demasiado dotado para el rugby, pero jugaba rápido, no sé. De ahí pasé al balonmano, en su versión de once contra once en hierba. Y, curiosamente, después, cuando el equipo ganó el campeonato del mundo —no recuerdo en qué año—, me dieron una medalla. Entre tantos premios que se acumulan, no suelo darles mucha importancia, salvo la pereza que da ir a recogerlos o esperar a que te los den, no, los premios son una cosa colateral. Pero esa medalla retrospectiva sí me gustó porque me devolvía a un momento en el que la vida podía extrapolarse a un momento de acción. A diferencia del rugby, en el balonmano sí podías dar pases hacia adelante. Éramos once contra once. Pero lo dejé cuando pasó a jugarse en pistas duras. Ahí dejó de gustarme.

Algo parecido me ocurrió con el teatro. En el teatro universitario tuve mucho éxito al principio, pero cuando llegó el momento de dar el salto al ámbito profesional… simplemente dejó de interesarme. No me gustó nada. Di un giro y seguí otro camino.

Pero todo ese tiempo seguí escribiendo. La escritura ha sido mi soporte. Cada vez que termino algo, me siento completamente desamparado. Tengo que encontrar otra cosa, otra motivación.

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Foto: A. M. V.

P: ¿Y el periodismo qué le dio?

R: En Random House van a reeditar unas cuatro o cinco obras. La primera que sale, ahora en junio, es La suela de mis zapatos. Es un recopilatorio de entrevistas y reportajes de los años exactamente... no lo sé. Antes de los noventa, seguro. Un lapso amplio. Podría decir 1963, pero eso puede averiguarlo. Pero las fechas no me interesan demasiado y por eso he rechazado varias autobiografías. Tampoco me interesa convertir mi vida en un relato, en una novela... Es odioso. Me ha pasado con muchos libros que, incluso siendo referencias literarias, me han marcado en su momento y ahora… ahora no me interesan en absoluto. Ulises, por ejemplo. Lo leí en su día con pasión. Hoy, sinceramente, ni por la esquina de la página me asomaría.

Una autobiografía es como una guia telefónica y no quiero que sea una guía telefónica. Suelen hacerlas por acumulación de datos, pero eso no significa nada. Yo no me reconozco en las cosas que he hecho. Las cosas hechas, hechas están. Sí, son veinte y tantos libros, veinte y tantas películas… bueno, ahí están. Pero eso ya no me pertenece. No llevo la cuenta, no tengo un contable. Sé que ya no están. Viven su propia vida.

P: Lo que noto es que usted es cero nostálgico. Las cosas pasaron, pasaron y ya está.

R: Huyo de la nostalgia. Sí, sí, soy cero nostálgico, has acertado. No puedo con ella aunque, inevitablemente, siempre se me escapa alguna nostalgia no confesada. Y eso nos llevaría a otros temas… Pero, en general, la nostalgia que siento tiene que ver con la acción, con el movimiento. Echo de menos, por ejemplo, la sexualidad, el boxeo. Nunca fui profesional, tampoco en eso. En realidad, nunca he sido profesional de nada. Empecé a hacer un cine libre, que es el único que he hecho. Y nunca he querido venderlo, ni a [Enrique] Cerezo, que quiere comprar… Le admiro y respeto, tiene 10.000 películas o más españolas, entre otras las mías que indirectamente han acabado…

"Una autobiografía es como una guia telefónica y no quiero que sea una guía telefónica. Suelen hacerlas por acumulación de datos"

P: Es el gran empresario del cine. Y presidente del Atlético de Madrid.

R: Fue mi primer club, el primero al que fui. Me sé toda la alineación de entonces. Tengo memoria para esas cosas.

P: ¿Sigues viendo fútbol?

R: No.

P: ¿Por qué lo dejaste?

R: Porque ya lo había hecho. Ya lo conocía.

P: ¿Pero no ves partidos de ahora?

R: Lo poco que he visto, lo aprecio, y trato de analizarlo. Pero verlo en televisión es difícil. Y al estadio no voy. Lo que intento observar es la estrategia, entender dónde está el espacio. Siempre lo he dicho: no mires el balón. Pero en la televisión te marcan lo que tienes que ver, te lo dictan. Y encima te lo cuentan, para colmo. De todas formas, el fútbol, una vez que agoté el tema, he jugado con los mejores jugadores en entrenamientos…

P: Ya no sigues el fútbol como antes. ¿No conoces a los jugadores actuales?

R: No demasiado. Pero cuando veo algún partido, me fijo más en los entrenadores, en su enfoque táctico. Creo que el Barcelona tiene al mejor estratega. El Atlético, en cambio, se sostiene en la fuerza y el impulso de un hombre… Simeone. Porque la ilusión también empuja a los jugadores. Y ese es un factor clave. El Madrid, en cambio, depende más de sus fichajes estrella, de esos jugadores que pueden resolver un partido en un instante. Es un equipo que apuesta por los grandes jugadores.

Pero lo que me interesa realmente es ver cómo un equipo responde tácticamente en situaciones límite. Por ejemplo, cuando se queda con diez jugadores en un córner. Esos detalles hoy no se suelen ver. Hoy en día, todo se analiza de forma superficial. Cuando trabajé en el fútbol, el gran tema era el catenaccio, el cerrojo. La clave estaba en cómo generar espacios con un líbero detrás. Se dice que lo inventó Helenio Herrera, pero no es cierto. Solo lo implementó de otra manera. De hecho, me llamó para estudiar ese aspecto con el Inter de Milán. Buscaban una respuesta estratégica. Y al final, lo que más le interesaba era: no mires el balón, mira lo que ocurre alrededor. Y eso a mí me ha marcado mucho. Me pasó con Chillida. Él había sido guardameta y su manera de entender el espacio en la escultura tenía algo en común con mi visión: donde la acción tiene la posibilidad todavía de aparecer.

P: Ahora el fútbol es negocio... Hablaba de Florentino…

R: Creo que eso se puede aplicar a todo. Pero como ya no sigo el fútbol con atención, no estoy pendiente, lo que digo es simplemente por algún partido que he visto y me ha llamado la atención. Pero en televisión, repito. Al campo no quiero ir porque no me gusta el ambiente de los forofos.

P: Ahora juegan también las mujeres. O al menos se habla de ellas.

R: Sí, y fui de los primeros en ir a verlas. Mi hermano Carlos, que fue mi operador en muchas películas, me llevó a verlo antes de que el fútbol femenino se pusiera de moda o simplemente cobrara carta de existencia. Me gustaba mucho porque aún no estaba atrapado en esquemas rígidos. No lo he seguido después, pero en aquel momento tenía una frescura distinta y me gustaba mucho más que el de hombres.

Lo que sí detesto ahora —y lo digo sin rodeos— es la manera en que se habla en televisión. Esa velocidad ininteligible, esa forma de soltar palabras sin vocalizar, como disparos. Todo es atropellado, una acumulación de ruido. Ahora estamos hablando con pausas, reflexionando, pensando. Pero a ellos, claro, les pagan para eso. Y es peligroso porque se ha contagiado al cine, al teatro. El actor que antes estudiaba el texto, que daba tiempo a las palabras, que realmente comunicaba, ha desaparecido. Ahora todo es velocidad y a otra cosa mariposa.

placeholder Foto: A. M. V.
Foto: A. M. V.

P: Hay gente que viendo películas españolas pone los subtítulos porque no entiende a los actores.

R: Porque el problema ya no es de oído, es simplemente que no se les entiende bien. Es una aceleración tremenda. Por eso reivindico la fotografía como génesis del cine, porque lo libera. En fotografía, el cine se desprende de la anécdota, de la historia. Siempre se habla del "tema" en una película. ¿Cuál es el tema más importante que podemos concebir? Los hechos, los hechos… Pero, en realidad, si logras capturar algo esencial, ya está. A veces te sale.

P: Justamente hablábamos antes de Remando al viento. Es cine español que, para su época, era muy poco español. Es una película muy particular.

R: Sí, aunque no es una película especialmente conocida. Yo aprecio sobre todo mis tres primeras películas, aquellas en las que aún no sabía nada de cine y, por lo tanto, tenía que inventarlo. Más allá de Ditirambo, que es más reminiscente del cine negro, pero El extraño caso del Doctor Fausto tiene un sentido absolutamente extraño, delirante… En su día causó polémica. Y la tercera, Aoom, bueno, esa fue un fracaso absoluto en San Sebastián. Un rechazo total. Pero Sam Peckinpah envió a su secretaria a buscar una copia. Me sorprendió. La vio, vino a Asturias a verme y desde entonces nació una larga amistad. Estuvimos juntos mucho tiempo.

P: Y te fuiste a Hollywood. Otra vez pionero

R: Uno de mis mejores recuerdos fue conocer a Ray Bradbury, el escritor. En aquel momento estaba involucrado en una nueva versión de King Kong. Me propuso colaborar en el guion. Me dijo: "Aporta algo". Y lo hice. Le sugerí que King Kong fuera blanco, quizá inspirado en Copito de Nieve. Bradbury era un hombre encantador. Me acogió en un momento en el que todo parecía encajar. Fue una época especial. Mientras tanto, yo terminaba el guion de Doble dos con Peckinpah, que me pidió un favor…

P: ¿Cuál?

R: Pues que tenía un contrato firmado previamente. Siempre me decía que el problema económico era complicado, que tenía tres mujeres en Estados Unidos… y que con cada una, por separado, había estado económicamente tres veces. El favor que me pidió fue que hiciera de relaciones públicas con los productores. Él ya tenía firmada otra película antes que la mía, y tenía que convencerlos de que le permitieran hacerla. Al final, lo conseguí. La película fue La cruz de hierro. Tenía el mismo presupuesto que la mía, cinco millones de dólares, pero acabó costando dieciocho. Peckinpah era un alcohólico. Yo, en realidad, empecé a beber con el cine, a los 33 años. O a morir.

P: Bueno, al final volviste a España.

R: Nunca fui un buscador de mitos cinematográficos. Lo que yo buscaba era la libertad de hacer cine.

P: ¿No la había en España?

R: Bueno, yo hice películas. No puedo decir que fuera imposible. De hecho, he hecho más de veinte películas. Algunas ni siquiera se vieron en su momento, otras se recuperaron años después. Y lo curioso es que algunas de esas películas que parecían perdidas terminaron convirtiéndose en algo con lo que hoy me identifico plenamente. Porque, al final, si me pusiera a corregirlas, no dejaría títere con cabeza. Y ahí tienes el resultado [y señala al libro].

P: Ese es otro juego de palabras. Hay muchos en el libro. Y los utilizas mucho en la conversación. No sé si en el mundo actual estamos perdiendo un poco esa capacidad: la ironía, el juego con las palabras…

R: El mundo actual, como su nombre indica, es lo que pasa cuando pasa. Y lo que pasó, pasó. Pero ahí no tengo nostalgia, como decías antes, pero sí tengo… jugando con las palabras… Se me ha ido.

P: ¿Melancolía?

R: Más bien reivindicación, pero no me gusta. Me veo con una pancarta… Y no me veo.

P: Te refieres a que echas de menos ese uso del lenguaje, ¿no?

R: Sí, pero también creo que la acción implica aceptar la dificultad y los cambios. En un combate de boxeo no puedes prever lo que va a pasar. No puedes anticiparlo del todo. Y eso es lo que me fascina: cómo, por unos centímetros, un balón puede entrar, golpear el palo y entrar o dar en el palo y salir. Y con eso, cambia el resultado. Eso es el instante. Una vez—y no es que haya sido un gran jugador— jugamos [varios periodistas] un partido con mi amigo Kubala, que a Helenio no le gustaba porque giraba sobre sí mismo antes de pasar el balón. Y estratégicamente, eso le daba tiempo al equipo para replegarse. Jugamos con nosotros un partido de ida contra la SAS de Estocolmo y solo nos ganaron por 8 a 1. pero en la vuelta, marqué un gol. Y solo perdimos 4-2, pero claro… ellos eran otra cosa.

P: ¿Grandes?

R: No, eran mejores.Y probablemente también había un exceso de alcohol de por medio por nuestra parte. Eramos un grupo de periodistas sospechosos.

P: Y ya que hablábamos del humor… No sé, se habla mucho sobre este mundo en el que vivimos, pero ¿cómo ves esta España? Parece que se nos está quedando un poco anticuada en estos términos de ironía, humor… A mucha gente le cuesta entender los dobles juegos de palabras…

R: ¿Se está quedando? España siempre lo fue. Siempre hemos mirado hacia afuera. En mi caso, a través de mi padre veía a Francia como el gran referente cultural. No solo por lo que representaba, sino porque era lo más cercano, la primera frontera. Viajar entonces no era tan fácil. Y ahora que he estado en tantos sitios que de muchos ni siquiera me acuerdo porque he estado en ciudades que ni me enteré de la diferencia…

placeholder Foto: A. M. V.
Foto: A. M. V.

P: También es que muchos sitios se parecen muchísimo entre sí.

R: No, no, entonces fue mi culpa. Ahora sí, porque, en realidad, han terminado pareciéndose. Pero también es cierto que te hablo de otro tiempo, no del presente. Ahora todo avanza a un ritmo vertiginoso. He estado aquí y en no sé dónde… Como si todo fuera un cúmulo de conocimiento.

[Vuelve a hacer un aparte para pedir un vino]

Es muy difícil que me emborrache. Muy difícil. He tenido muchos amigos alcohólicos, sobre todo en el cine. Es el único mundo en el que he visto a un hombre morder a un perro.

P: Como en la famosa regla del periodismo: la noticia es cuando un hombre muerde a un perro, no cuando un perro muerde a un hombre.

R: ¿Es eso?

P: Sí, eso te lo enseñan en periodismo. Algo así dicen.

R: Bueno, como nunca he estudiado periodismo…

P: Ni falta que hace. Tampoco enseñan mucho más. Vamos a centrarnos un poco. Antes me decías que echabas de menos el cine… ¿Quieres dirigir algo ahora? Mira a Clint Eastwood, sigue ahí, haciendo películas buenísimas. ¿Te gustaría volver a dirigir?

R: Claro que sí. Pero los últimos guiones que escribí… ahora no los haría. Con esta idea que te digo: una vez que algo está hecho, ya está. Si hubiera una posibilidad de rescatar alguno, pero con la condición de hacerlo libremente… Lo que me gustaría es volver a inventar el cine y eso ya no lo voy a poder hacer porque ya no hay productores como Emiliano Piedra, que se entusiasmaba con las películas y se lo tomaban como algo personal…. Ahora son plataformas. Y yo no sé patinar. Sabes lo que pasa, que odio las ideas generales y a los generales…

P: Pues ahora estamos viendo un resurgir de ideas muy antiguas en España y en el mundo.

R: Bueno, bueno… Si te refieres a las extremas, claro. Yo doy mi vida, y ahora es barata porque queda menos, lo que no quiero es ni volver ni pensar en lo que sí que es verdad que amenaza. Pero no puedo responder como en un western para matar al culpable, porque no hay culpable. El culpable es… Está claro que hay una crisis de la democracia, aunque sigue siendo el único sistema posible para el acuerdo y el encuentro. Pero ahí están los resultados en cuanto a Estados Unidos, que son grotescos. Pero claro, qué pena que no me haya pillado el guion sobre King Kong hoy porque tenía el reparto hecho.

P: ¿Cuál sería?

R: Hubiera renunciado a que fuera albino, pero el protagonista lo tengo claro: Trump. Ahora, el otro chico ese, el que no interviene, pero en realidad manda [Musk]... Sinceramente, ni siquiera con la ficción logro imaginar lo que está pasando. Después de todo lo vivido, después de los tiempos que hemos atravesado, parecía que habíamos aprendido algo. Y, sin embargo, aquí estamos, reincidiendo.

"Después de todo lo vivido, parecía que habíamos aprendido algo. Y, sin embargo, aquí estamos, reincidiendo"

P: ¿Tiene miedo? Yo un poco.

R: Yo más. Pero aquí lo llevamos todo a un nivel de abstracción hasta que lo invaden todo. Hasta que finalmente lo comprendemos, aquí estamos tomando un vino, aunque en tu caso, no.

Fíjate, lo que nunca probé fue un porro. Nunca. No fumo. Una vez en Hollywood desopués de un rodaje pasamos la noche jugando al mentiroso. Yo no conocía el juego, estábamos sentados en un camión. Y entonce alguien pasó algo para inspirar. Yo inspiré y entonces quisé andar y volver a mi caravana. Y lo que vi era una calle, como que se abría, parecía ampliarse… Pero en realidad no llevaba a ningún otro lado. Fue una experiencia extraña. Y sí, sentí miedo. Pero llegué, me recuperé, volví. Y la sensación seguía ahí. Cuando me llegó el turno, no inspiré, sino que soplé. Esa fue mi experiencia.

P: ¿Como un viaje con LSD o algo así?

R: No, no era tan… alucinante. Pero lo pasaban de mano en mano. Y yo no entendía muy bien de qué iba aquello.

P: ¿Fue tu única experiencia con drogas?

R: Muy tardía, sí. Simplemente, no me interesaba. Sabes lo que pasa, que yo ya estoy drogado de naturaleza… El estupor del hombre primitivo y de mi gato lo tengo yo.

P: El gato que aparece aquí en el libro.

R: Lo curioso es su inteligencia. Siempre hemos tenido perros y gatos. Ahora no tengo perros. No es que los haya eliminado, es que su pérdida es una experiencia dolorosa. Se mueren antes que tú y, al final, ese vínculo con ellos es amor. Y el amor, tarde o temprano, trae consigo el dolor de la pérdida. Y eso de morirse antes que uno… Pero bueno, sin dramatizar. No hay que convertir esto en un relato trágico. Al final, todo se reduce a lo básico: cuidarlos, alimentarlos…. Pero qué listo es un gato desde pequeñín, lo que pasa es que es una relación muy diferente, menos humana que con un perro, pero muy interesante. Me impresionan mucho también estos documentales sobre animales, me parece un asombro cómo están rodados, porque me parece un reflejo perfecto de lo que somos. En el fondo, la naturaleza es simple: unos se comen a otros. Incluso dentro de la misma especie. Lo que está claro es que comer parece ser aconsejable. Nos gusta comer más que ser comidos.

"Estoy en un estado perpetuo de estupor y ese estupor conlleva lo mismo de siempre: hay que pelear por la supervivencia"

P: ¿Somos depredadores?

R: Sí… pero eso también es otra limitación. Si realmente supiera algo, podría definirlo mejor. Sinceramente, cada vez más creo que saber nada ya es saber mucho. Porque, en el fondo, no sé nada. Estoy en un estado perpetuo de estupor y ese estupor conlleva lo mismo de siempre: hay que pelear por la supervivencia y esperar que el mundo, de alguna manera, mejore. Pero ahí… ahí tú no puedes hacer mucho. Votar en el momento oportuno, votar para que al final salga Trump por un lado y vete tú a saber… Pero en realidad, el cambio no viene de esperar, sino de pelear [se queda un rato pensativo…] Y yo, personalmente, no veo que armarse ahora en este momento sea la respuesta oportuna. Porque armarse significa convocar una guerra, donde no sería muy optimista en los resultados. Alguien puede saber de esto más que yo, pero tampoco tengo la solución. ¿Cuál es la solución a lo que pasa? Pues no lo sé.

P: Pues igual basta con tomarse una copa de vino. Y ya está porque total...

R: Y además si uno se asoma a la ventana, siempre hay una guerra de moda, una atrocidad nueva. Es una constante. Y aun así, seguimos comiendo, seguimos viviendo. No sé cuál puede ser otra solución. Quizá solo que hemos tenido suerte, pero también estamos amenazados. El vino…, bueno, el vino me parece una solución si te sienta bien. Pero, en mi caso, está claro que sí.

El director de cine y escritor Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) tiene ya 90 años. Aparecieron, como él dice, “de repente”. Pero fue, precisamente, en esos “de repentes” como fue pasando la vida. De artículo periodístico en artículo periodístico —cuando firmaba crónicas como Martin Girard, que se reeditarán ahora en junio—, de partido de fútbol en partido de fútbol —fue hijastro del entrenador Helenio Herrera— de libro en libro y de película en película. Y además, como dice también su amigo Javier Cercas, Suárez lo hizo todo antes que nadie. Fue el más moderno entre los modernos. Nuevo Periodismo antes que Tom Wolfe, literatura experimental antes que la Nouveau Roman francesa y cine diferente antes que Godard.

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