Ligón y gracioso: Kafka las enamoró a todas (y no se comprometió con ninguna)
Una antología de la editorial Vegueta reúne ahora las cartas, diarios y relatos románticos del escritor checo, en los que se vislumbra cuál fue su gran, su único amor: la literatura
Felice Bauer y Franz Kafka en el famoso retrato de 1917. (Creative Commons)
No una sino dos veces se comprometió Franz Kafka con Felice Bauer. El anuncio llegó a publicarse en prensa, en el Prager Tagblatt, el 24 de abril de 1914. O sea que la cosa iba muy, muy en serio. Tanto que Kafka tuvo que emplearse a fondo para que la operación no llegara a completarse. La primera vez hizo todo lo que pudo para que fuera Felice la que saliera corriendo en dirección contraria al compromiso. En su carta de mediados de junio de 1913, le recuerda todas las ventajas de casarse con él: “[…] perderías la vida que has llevado hasta ahora, con la que te sientes casi completamente satisfecha. Perderías Berlín, la oficina, que te agrada, las amigas, los pequeños placeres, la perspectiva de casarte con un hombre sano, alegre y bueno, de tener unos hijos guapos y sanos […]. En lugar de esta pérdida, nada despreciable, ganarías a un hombre enfermo, débil, insociable, taciturno, triste, tieso, casi sin esperanza”.
Como parece que la cosa seguía para adelante, Kafka saca la artillería pesada y se dirige a su futuro suegro el 28 de agosto de 1913: “Soy taciturno, insociable, malhumorado, egoísta, hipocondríaco y, en efecto, enfermizo”. Todo un partidazo con especial querencia por la vida familiar: “En los últimos años no he cruzado con mi madre más de veinte palabras diarias de media, con mi padre apenas se ha intercambiado poco más que saludos. Con mis hermanas casadas y mis cuñados no hablo en absoluto, sin estar siquiera enfadado con ellos. Carezco de todo sentido de convivencia con la familia. ¿Con una persona así ha de vivir su hija?”.
El primer compromiso se desactivó de esta manera. La tuberculosis acabó con el segundo. ¿Qué ganaba Kafka con ello? Tiempo, una bola extra para la vida de escritor con que fantaseaba. En su diario, en una valoración exhaustiva de pros y contras de su matrimonio, escribe siete puntos, en los que destaca una retahíla muy distinta de adjetivos: “Intrépido, franco, poderoso, sorprendente, emocionado como por lo general soy cuando escribo. ¡Si pudiera ser así delante de todos por mediación de mi mujer!” Pero no. El elemento que propiciaba esa metamorfosis no podía ser su esposa sino, como bien sabía y escribía Kafka cuando estaba a solas consigo mismo y su diario, la escritura. En su caso, el matrimonio iría en detrimento de ella y “¡eso sí que no, eso sí que no!”, anota. Y fue no.
Cubierta de 'Kafka y el amor'.
Felice Bauer, Milena Jesenská y Dora Diamant, como última compañera, son las parejas más conocidas de Franz Kafka, pero hubo más. De hecho hubo muchas mujeres y muchos amores o intentos de amor en la vida del checo y la recopilación de la editorial Vegueta, que toma su nombre del barrio fundacional de Las Palmas de Gran Canaria —se menciona aquí porque se menciona también en las últimas páginas de la obra— así lo consigna. Es uno de los grandes tantos que puede anotarse el libro: deshacer algunos clichés asociados a la imagen del genial escritor. Nada de genio retraído, apocado, timidísimo… No. Si se marcha de viaje con su amigo Max Brod y recorre los pasos de Goethe en Weimar repara, en la casa museo del escritor, en la muchacha, casi una niña, que “pasó corriendo por delante de nosotros con su hermana pequeña”. Hay diversas anotaciones en su diario sobre ella, Margarethe Kirchner, la hija del conserje de la casa, a quien corteja –“le alcanzo dos claveles a través de la baranda”– para fastidio de Brod. Existe una foto que les muestra en los jardines de la casa y se sabe que se cruzaron algunas postales cuando se despidieron.
Con ella hizo buenas —y rápidas— migas mínimo. Hablando de rapidez, cuentan en el epílogo los antólogos y traductores de Kafka y el amor, Isabel Hernández y Alejandro López Lizana, que su primera experiencia sexual la tuvo Franz Kafka con una dependienta que salía a la puerta de su tienda de ropa y “con la que se citó una tarde a la salida del trabajo […]. Kafka se sentía feliz, quizá por haber dejado atrás, por fin, el temor a su propio cuerpo”. Hubo más encuentros con la misteriosa dependienta hasta que Kafka marchó de veraneo con sus padres a Salesel, en el valle del Elba, donde conoció a otra chica. Se supone que a ella va dirigido su poema Stella. Y es que el verano, ya se sabe. Algunos años antes, también de vacaciones con sus padres, se había acercado a Selma en Roztok, en las cercanías de Praga. No se sabe si para Kafka fue su primer amor, pero sí que para ella lo fue Franz, porque así lo dejó anotado.
Luego cuando, a vueltas con su frágil salud, cambió el turismo familiar por los balnearios, Kafka tuvo acercamientos o relaciones con las mujeres que también se encontraban allí en esa situación o parecida. Una mujer mayor que él en el sanatorio de Zuckmantel de la que habló a Felice; Julie Wohryzek, a quien encontró en la pensión Südel en Schelesen; o Minze Eiser, también convaleciente en ese mismo lugar, son algunas de ellas.
Piel amada bajo la lupa
En la enumeración anterior faltan las actrices, que lo enamoraron en su época de juventud, cuando se había interesado por el teatro yidis, en concreto de la compañía de Jizchak Löwy. Ellas eran Flora Klug y Mania Tschissik, y es sobre esta última sobre la que Kafka realiza varias anotaciones en sus diarios. A veces da cuenta de inseguridades en sus acercamientos, de sus meteduras de pata, como cuando llevó flores a la actriz y, entregado por otro, aquel gesto pasó sin pena ni gloria: “Nadie se percató de mi amor”, escribe. Otras acerca el plano y escruta desde muy cerca algún rasgo de la fisionomía de su amada. Ejemplo: “A la señora Tschissik (me gusta tanto escribir su nombre) le agrada inclinar la cabeza también mientras come asado de ganso, uno cree meterse bajo sus párpados con la mirada si previamente la desliza con cuidado a lo largo de su mejilla y después, encogiéndose, se cuela en su interior sin que sea necesario levantar primero los párpados, porque ya están levantados y dejan pasar precisamente un resplandor azulado que invita a intentarlo”. Aquí la narración puede tener un punto cómico, pero este método, este recurso ha dado también líneas hermosísimas. Una de las más bellas declaraciones de amor, la que hace a Milena, lleva también la marca de la lupa sobre la piel amada. Un lunes por la tarde, el 9 de agosto de 1920, escribe Kafka: “Como yo te quiero […] quiero al mundo entero, y a él pertenece también tu hombro izquierdo, no, primero era el derecho y por eso lo cubro de besos cuando me apetece (y tú eres tan amable de retirarte de ahí la blusa), y a él pertenece también el hombro izquierdo, y tu rostro debajo de mí en el bosque y el descanso junto a tu pecho casi descubierto”.
Las distancias cortas dan mucho juego a las distintas narraciones que componen Frank Kafka y el amor. La precisión y minuciosidad con que describe a su amada lo mismo desata una oleada de belleza que un ataque de risa, si se mezclan con la hipocondría del autor y las circunstancias de la época. “Además —escribe Kafka—, L. me confesó su gonorrea; luego mi cabello rozó el suyo al inclinarme hacia su cabeza, me entró miedo de los piojos, siempre posibles”.
"Amor es que tú seas para mí el cuchillo con el que hurgo en mi interior", escribió el autor checo
“El constante deseo de morir y el de seguir resistiendo, solo eso es el amor”. Una frase así, una definición así de hermosa y terrible en su precisión bien vale un libro, este libro, esta selección de lecturas. Las habituales luchas de Kafka con las palabras, sus forcejeos y su imaginación deslumbrante al servicio del amor dan algunos párrafos de inesperado ensayo. Pinceladas siempre breves, como lo fue él. Y con palabras cercanas, cotidianas que cambia de lugar como un trilero del lenguaje. Porque, ¿puede la definición del amor incluir un cuchillo? Kafka lo hace en la frase que preside la cubierta, extraída de una carta a Milena en septiembre de 1920: “En realidad quizá tampoco es amor cuando digo que eres lo que más quiero; amor es que tú seas para mí el cuchillo con el que hurgo en mi interior”.
Es una cita importante porque desvela el carácter instrumental del amor y su reflejo en la literatura, que también era otra herramienta con la que Kafka pretendía comprender lo que no entendía: él estaba incluido. Así, amor —sobre todo en su versión formalizada—y literatura corren en paralelo sin llegar a tocarse. Es o el uno o la otra. En realidad, el amor quedaba englobado en la maraña vital de que Kafka situaba enfrente y enfrentada a la que consideraba su verdadera vida. Como en una especie de vasos comunicantes, no había suma posible: lo que formaba parte de un extremo restaba al otro. “Cuando en mi organismo se hizo claro que la escritura era la orientación más productiva de mi ser, todo se apresuró hacia ella y dejó vacías todas las capacidades que se orientaban principalmente hacia las alegrías del sexo, de la comida, de la bebida, de la reflexión filosófica, de la música. Enflaquecí en todas esas direcciones”, registra en su diario el 3 de enero de 1912.
Un lugar para la ficción
Junto a los abundantes extractos de los diarios y de la correspondencia, el libro de Vegueta hace hueco a narraciones, breves normalmente, que integran la producción literaria de Kafka. En algunas, la conexión con el tema central del volumen es clara, como en El rechazo o La desdicha del soltero, de título elocuente en ambos casos; Blumfeld, un viejo solterón, a vueltas sobre el mismo asunto; El matrimonio o La condena, ese relato de múltiples interpretaciones que empieza con las dudas de un joven a la hora de comunicar su próximo enlace al amigo que tiene en San Petersburgo y termina con una discusión con su padre, que finalmente lo condena a morir ahogado. Este texto, que Kafka dedicó a Felice Bauer, tiene ecos en algunas de las cartas incluidas y es interesante ver el cómo-se-hizo y las sensaciones que el progreso de la escritura proporcionaba a su autor. Un Kafka expansivo y descriptivo le escribe el 24 de noviembre de 1912 a las tres de la mañana: “Querida: qué historia tan excepcionalmente repulsiva es esta que ahora vuelvo a dejar a un lado para recobrarme pensando en ti. Ha avanzado ya un poco más de la mitad y, por lo general no estoy descontento con ella, pero es nauseabunda sin límites y tales cosas, ya lo ves, proceden del mismo corazón en el que tú habitas”.
Otras narraciones no tienen que ver con el amor de las mujeres, pero sí —quizá sí— con la alta concepción del arte y del artista que Kafka tenía de la escritura, el gran amor. Ejemplo de ello pueden ser La obra, Un artista del hambre y Josefine la cantante o El pueblo de los ratones. En todo caso, siempre es bienvenido releer o descubrir incluso alguna de estas piezas cortas no tan conocidas, pero tan características de Kafka. Un acierto haberlas incluido en esta recopilación.
Y así como las obras de Kafka resuenan en sus textos más personales, también es posible jugar a adivinar posibles nudos o argumentos kafkianos en las misivas. Los hay, clarísimos, y los plasma en imágenes sobrecogedoras como cuando habla de “esperarte eternamente ante una entrada lateral de tu casa, mientras tú entras y sales por la principal”, o cuando se ve a sí mismo “ante una puerta cerrada detrás de la cual vives tú, y que no se abrirá jamás”. Pero este Kafka al cien por cien no es el único que aparece en las páginas del libro. Hay un Kafka risueño, con alma aventurera, un Kafka al que le apasiona hablar en público, dar órdenes y ser el centro de todas las miradas. Y ese también comparece. Ese también es él.
Otro Kafka es posible
“Tengo esperanzas de sentarme algún día en los sillones de países muy remotos, de ver desde las ventanas de mi despacho campos de caña de azúcar o cementerios musulmanes…”. Sí. Un Kafka joven y soñador acaba de empezar a trabajar (en seguros) y dice de su trabajo que es “triste”, pero se permite soñar con destinos remotos y exóticos y enunciarlo. El Kafka que se parte de risa también se presenta. Devuelve esa imagen desde fuera el retrato en palabras que le hace su joven amigo Gustav Janouch. Lo plasmó este en su famoso libro Conversaciones con Kafka y Alejandro López e Isabel Hernández lo recogen en su epílogo, porque es inusitada esta imagen de Kafka riendo a carcajadas, inclinando “la cabeza hacia atrás con lentitud o rapidez en función de la intensidad de su risa”. Cuenta Janouch que “entreabría un poco la boca y cerraba los ojos hasta conformar con ellos dos estrechas rendijas, como si estuviera mirando al sol. O bien apoyaba las manos sobre la mesa, se encogía de hombros, escondía el labio inferior, se agachaba y entrecerraba fuertemente los ojos, como si de pronto alguien le hubiera salpicado”.
Otra inusual imagen de un Kafka empoderado, agitador e incluso un poco mandón la regala él mismo en carta a Felice de nuevo. En la noche del 4 al 5 de diciembre de 1912 escribe: “Porque, querida, me gusta endiabladamente leer en público, vociferar en los oídos preparados y atentos de los oyentes sienta muy bien a mi pobre corazón. Pero también les he vociferado de lo lindo y sencillamente erradiqué de un soplo la música que venía de los salones de al lado dispuesta a quitarme el trabajo de leer. Ya sabes, dar órdenes a la gente, o al menos creer que se le dan órdenes… no hay mayor bienestar para el cuerpo”. No es la única ocasión en que muestra el escritor su gusto extremo por leer en voz alta “solo por vanidad” a un público más o menos conocido. Puede resultar chocante, a sabiendas del mandato final que le encomendó a su amigo Max Brod de quemar todos sus escritos. No se lleva bien con la pasión directriz de su corta vida: escribir y ser reconocido como escritor. Publicó en vida, se preocupó de los pormenores de sus obras —dio instrucciones, por ejemplo, sobre cómo debía de ser la cubierta de La Metamorfosis—, murió mientras revisaba pruebas…
En una ocasión, un pariente le preguntó por qué ese afán en escribir y publicar… “No lo sé exactamente”, contestó. “Algo me impele a dejar un recuerdo”. Gracias a la bendita deslealtad de su amigo Max Brod la literatura mundial lo recuerda y celebra, mientras que lectores y lectoras lo aman.
No una sino dos veces se comprometió Franz Kafka con Felice Bauer. El anuncio llegó a publicarse en prensa, en el Prager Tagblatt, el 24 de abril de 1914. O sea que la cosa iba muy, muy en serio. Tanto que Kafka tuvo que emplearse a fondo para que la operación no llegara a completarse. La primera vez hizo todo lo que pudo para que fuera Felice la que saliera corriendo en dirección contraria al compromiso. En su carta de mediados de junio de 1913, le recuerda todas las ventajas de casarse con él: “[…] perderías la vida que has llevado hasta ahora, con la que te sientes casi completamente satisfecha. Perderías Berlín, la oficina, que te agrada, las amigas, los pequeños placeres, la perspectiva de casarte con un hombre sano, alegre y bueno, de tener unos hijos guapos y sanos […]. En lugar de esta pérdida, nada despreciable, ganarías a un hombre enfermo, débil, insociable, taciturno, triste, tieso, casi sin esperanza”.