Es noticia
Aunque el día durase 30 horas, seguirías sin tener tiempo de nada
  1. Cultura
Héctor G. Barnés

Por

Aunque el día durase 30 horas, seguirías sin tener tiempo de nada

Siempre pensamos que con una hora o dos más al día podríamos hacer todas esas cosas que no podemos hacer, pero lo dudo: encontraríamos la forma de llenarlas de obligaciones

Foto: Foto: EFE/EPA/Neil Hall.
Foto: EFE/EPA/Neil Hall.
EC EXCLUSIVO

Cuando nos preguntan qué haríamos si nos tocase la lotería, ya nunca hablamos de bienes materiales, salvo la dichosa vivienda. La respuesta suele ser: tener tiempo, por fin. Viajar por el mundo, leer los libros que no hemos leído, quedar con las personas con las que hace tiempo que no quedamos. Probar cosas que no hemos probado. Ojalá llegue la jubilación. Pero mi experiencia me dice que la mayoría de jubilados apenas hacen nada de eso cuando tienen todo el tiempo del mundo por delante. Su vida es sospechosamente parecida a la que tenían antes de su retirada, solo que sustituyendo unas preocupaciones por otras hasta que, de nuevo, se quedan sin tiempo libre.

Siguiendo el paralelismo lotero, la reducción de la semana laboral aprobada por el Gobierno a 37,5 horas es como si te tocase lo jugado, teniendo en cuenta que, según los cálculos a partir de la EPA, hacemos unas 2,6 millones de horas extras no pagadas a la semana. No quisiera ser el que ponga en duda cualquier avance social, pero sospecho que aunque la jornada fuese de 20 horas semanales, seguiríamos sin tener tiempo de nada.

Nuestro problema no se encuentra en la disponibilidad horaria, sino en qué empleamos nuestro tiempo. Nos damos cuenta de ello cuando de repente desaparece de nuestra agenda una obligación (pongamos, por ejemplo, el típico curso semanal: ¡yuju, tres horas más!) y en menos de un mes nos damos cuenta de que estamos exactamente iguales. Lo sabemos también cuando disponemos de un plazo larguísimo para terminar un proyecto y, aun así, nos encontramos en la última hora del último día cerrando todos los detalles, o cuando nos levantamos un sábado sin nada que hacer y nos vemos a las dos de la tarde ordenando aun el armario. ¿Dónde se ha ido el tiempo?

La ley de Parkinson asegura que "el trabajo se expande hasta llenar todo el tiempo disponible para terminarlo". En otras palabras, todo excedente de tiempo nos empuja a adaptar nuestros ritmos al mismo, de forma que nunca llegamos a tener tiempo libre real. Lo que el profesor Cyril Northcote Parkinson sugirió en 1957 es que siempre tardamos más tiempo del necesario para terminar una tarea o que la dejamos para el último momento. Esto ocurre en todos los aspectos de nuestra vida, y tampoco está tan mal. Sirve para tomarnos la vida con más calma. Al menos, hasta que nos pilla el toro.

Si tuviéramos 80 horas al día, las llenaríamos de obligaciones que no nos satisfacen

Pero eso no termina de explicar exactamente por qué nunca conseguimos tener más tiempo, si los avances tecnológicos nos permiten realizar determinadas tareas mucho más rápido. Ocurre algo parecido cuando te suben el sueldo. Piensas que nunca jamás volverás a pasar hambre y te das cuenta de que tu estilo y ritmo de vida apenas han cambiado, solo que con un caprichito más al mes o un agujero menos por tapar. Somos muy buenos en acostumbrarnos rápidamente a cualquier cambio.

Quizá la clave se encuentre en que entendemos el tiempo como un recurso y, como tal, lo vemos como una inversión. Garantizada nuestra supervivencia, pasamos la vida persiguiendo actividades que den sentido a nuestra vida. Es la lógica de la aceleración de la que habla el filósofo alemán Hartmut Rosa. Cuanto más rápido nos movamos y más tiempo seamos capaces de ahorrar, más competitivos resultaremos. Es la lógica que lleva a los padres a apuntar a sus hijos en mil actividades extraescolares. No solo nos autoexplotamos laboralmente, sino que también lo hacemos en otros aspectos de nuestras vidas. Incluso en el ocio y en las relaciones personales.

placeholder No tengo nada que hacer, creo que voy a ordenar la alacena. (Reuters/Lucas Jackson)
No tengo nada que hacer, creo que voy a ordenar la alacena. (Reuters/Lucas Jackson)

"Desde la perspectiva de los individuos se produce una lucha competitiva constante en materia de grados académicos, puestos de jerarquía en el trabajo, ingresos, bienes de consumo ostentosos, éxito de los hijos, pero también en cuanto a ganar y conservar una esposa y un cierto número de amigos", escribe Rosa en Alienación y aceleración (Katz). "Todos sabemos que podemos perder nuestra ventaja competitiva en la lucha por las vinculaciones sociales: si no demostramos ser lo suficientemente agradables, interesantes, entretenidos y atractivos, nuestros amigos (e incluso nuestros familiares) ya no nos llamarán".

No tengo ninguna duda de que, si tuviésemos ochenta horas al día, las llenaríamos de obligaciones, igual que hacemos con las 24 que tenemos. Porque el número es arbitrario y el problema se encuentra en nuestra incapacidad de enfrentarnos con el tiempo libre real. Siguiendo nuestra lógica del crecimiento perpetuo, si todos tuviésemos más tiempo, nos las ingeniaríamos para encontrar nuevas necesidades. Produciríamos más, consumiríamos más y dispondríamos de aún más trivialidades que no-te-puedes-perder con las que llenar nuestros días. Pero, ¿cuántas de las cosas que hacemos a lo largo de la semana deseamos realmente? ¿Cuántas nos dan verdadera satisfacción?

A lo que aspiramos en realidad, cuando llenamos nuestra vida de actividades, es a la vida eterna. Rosa recuerda que la vida moderna es secular porque el énfasis está puesto en la vida y no en la muerte, ya que no hay nada tras ella y, por lo tanto, la buena vida es la vida realizada. Como también aseguraba Albert Camus en El mito de Sísifo, es más importante la cantidad de las experiencias que la calidad. Si somos suficientemente rápidos, podremos vivir más que nadie.

"Pero, como demuestra la experiencia, el mundo siempre parece tener, por desgracia, más para ofrecer de lo que pueda experimentar un ser humano en su vida", escribe el filósofo. "La aceleración del ritmo de vida aparece como una solución natural para este problema". Pero ¿qué pasaría si tuviésemos más tiempo, si las horas fuesen casi infinitas? Que seguiríamos intentando hacer todo lo que pudiésemos hacer, sin conseguirlo nunca. Las mismas técnicas que nos permiten ahorrar tiempo son las que han multiplicado nuestras opciones vitales: "La proporción de las opciones realizadas y las experiencias alcanzadas frente a aquellas que se han perdido no aumenta, sino que cae incesantemente". Queremos tiempo para vivir infinitas vidas, y no tenemos un segundo que perder.

Lo que no somos capaces de otorgar un espacio en nuestra vida es al tiempo libre de verdad. Esa bulimia del mundo moderno ha eliminado la posibilidad de un tiempo que no tenga que ver ni con trabajo ni con el ocio. La semana pasada, el expresidente uruguayo José Mujica se quejaba ante Jordi Évole de que habíamos perdido la capacidad de perder el tiempo: "Lo más hermoso en la vida es el tiempo perdido, el que gastas con los amigos, el que gastas para nada, para vivir nada más, pero hay que ser eficiente y rendir". No tenemos tiempo porque, cuando por fin disponemos de él, tenemos la sensación de que lo perdemos.

Podridos en la cama

La alternativa que se ha puesto de moda ante esa exigencia de estar siempre haciendo cosas es, directamente, rebelarse desperdiciando el tiempo. El bed rotting, "pudrirse en la cama", es pasarse todo el día en posición horizontal sin hacer nada que suponga ningún esfuerzo. Ni planes ni tareas, solo ocio pasivo, como ver la tele o trastear con el móvil. La némesis exacta de llenar nuestra vida de planes: condenarnos a nosotros mismos al aburrimiento y sumergirnos en el scroll infinito del móvil, dejando que transcurran las horas.

Hay muchísimas cosas que nunca llegaremos a hacer, pero no pasa nada

Yo mismo dediqué un domingo reciente al bed rotting, intentando descansar antes de una nueva semana, y pocas veces me he sentido tan mal. Lo que al principio era simple relax terminó derivando en un estado de hormigueo ansioso entre la desidia y el aburrimiento del que yo mismo era consciente de que no me estaba beneficiando ni mental ni físicamente, pero del que no podía salir. No sentí que hubiese recuperado el control de mi tiempo. Me sentía culpable. No era tiempo libre, sino un tiempo que me estaban robando.

En La enfermedad del aburrimiento (Alianza Editorial), Josefa Ros Velasco advierte sobre esa mitificación del aburrimiento como una herramienta creativa y positiva, lo que nos permite autojustificarnos cuando lo abrazamos. "En una sociedad en la que sentimos constantemente la necesidad de colmar el tiempo de contenido, la del scroll infinito, es difícil resistirse a la tentación de tomar la oportunidad que estos eslóganes nos brindan de legitimarnos a aburrirnos de vez en cuando, sin tener que reprocharnos a nosotros mismos el estar desperdiciando el regalo tan valioso que es nuestro ritmo de vida", recuerda.

La profesora de ESIC University nos recuerda que ya vivimos durante la pandemia esa utopía temporal que plantea el titular del artículo, y quitando unos cuantos panes horneados y series terminadas, nuestra vida no cambió sensiblemente. No conseguimos, por fin, reformular nuestras metas profesionales y objetivos vitales, sino que pasada la sorpresa inicial, nos adaptamos a la costumbre y terminamos haciendo durante más horas aquello que siempre hacemos, como comer, beber, mirar el móvil y darle vueltas a la cabeza.

*Si no ves correctamente el módulo de suscripción, haz clic aquí

"La gran gesta del aburrimiento fue hacernos ver que seguimos siendo esa criatura que no soporta la finitud y los límites, que se ahoga en su propio afán de hacerse con lo imposible", concluye Ros. Frente a la falsa dicotomía entre una vida saturada y el rechazo a la actividad, solo cabe la curiosidad y la aceptación de que el problema no es nuestro tiempo, sino qué hacemos con él. Que la batalla del infinito está perdida. Hay muchísimas cosas que nunca haremos, libros que nunca leeremos y personas a las que no volveremos a ver. Hay tantas cosas que hemos hecho ya y no volveremos a hacer, pero aún no lo sabemos. Pero no está tan mal que así sea.

Cuando nos preguntan qué haríamos si nos tocase la lotería, ya nunca hablamos de bienes materiales, salvo la dichosa vivienda. La respuesta suele ser: tener tiempo, por fin. Viajar por el mundo, leer los libros que no hemos leído, quedar con las personas con las que hace tiempo que no quedamos. Probar cosas que no hemos probado. Ojalá llegue la jubilación. Pero mi experiencia me dice que la mayoría de jubilados apenas hacen nada de eso cuando tienen todo el tiempo del mundo por delante. Su vida es sospechosamente parecida a la que tenían antes de su retirada, solo que sustituyendo unas preocupaciones por otras hasta que, de nuevo, se quedan sin tiempo libre.

Trinchera Cultural Trabajo Empleo
El redactor recomienda