¿Por qué hemos perdido hoy la belleza? Claves para entender el presente
Representar la belleza clásica tal cual la hemos retenido en la memoria, suele ser un lastre de nostalgia kitsch que no nos permitiría hablar de empleo, vivienda o vidas que valgan la pena
Varias personas viendo una obra de arte. (EFE/Daniel Pérez)
Hoy parece que no hay lugar para lo bello. El arte es feo, la moda un espantajo, la arquitectura un bodrio, la música es ruido y el urbanismo un embrollo inviable. Solo hay belleza en Instagram, en los espacios coworking y los bistrós de franquicia, en donde lo bonito se presenta como una burda, pero efectiva artimaña para retenernos el mayor tiempo posible creyendo que lo hacemos a voluntad. La belleza está hoy tan desprestigiada que hasta los guapos dicen que la belleza está en el interior, a mayor gloria y proliferación de estoicos vigoréxicos, anacoretas y feos.
Es más fácil ponerse de acuerdo en qué era la belleza antes, que en lo que es ahora, dándole la razón a Hegel, puesto que la belleza, a lo largo de la Historia, se ha dicho de muchas maneras. Así, Umberto Eco, recoge en su libro Historia de la belleza, cómo lo bello ha sido: lo decoroso, lo proporcionado, lo que place a los sentidos, lo adecuado o lo pulcro. San Buenaventura decía que “la imagen del diablo se denomina bella (pulchra) cuando representa bien la fealdad del diablo”. El oráculo de Delfos afirmaba que “lo más justo es lo más bello” mientras que cuenta Hesíodo, en las bodas de Cadmos y Armonía, que las musas cantaban: “el que es bello es amado y el que no es bello no es amado”. Sin embargo, Safo les enmendaba la plana cuando afirmaba que “bello es lo que se ama”, porque todos sabemos, sin ir más lejos, que no es por guapo que se quiere a un niño. El mismo Platón, que ponía en cuestión que pudiera haber ideas de la basura, los pelos o el fango, preguntaba insistente a Hipias por la belleza, afeándole que tan solo señalara cosas bellas y no la causa de la misma. Planteaba entonces que lo bello debía ser la manifestación sensible de la bondad, mostrando que la bondad es a su vez garantía de la belleza, dejando a Policleto y su canon a la altura de Instagram.
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Y así, recogido por Plotino durante la Edad Media, fue surgiendo la idea de que lo verdadero, lo bueno y lo bello, aunque sean cosas diferentes, debían coincidir y decirse de las mismas cosas. Por eso decimos que algo es más feo que pegar a un padre o que, cuando Rick, en Casablanca, deja irse a Ilsa para que se escape con Laszlo, sacrificando su amor por un bien mayor, es bonito hasta la emoción. Es cierto que el romanticismo se plantó ante esta identificación, detectando una cursilería que acabaría en kitsch, y exaltó lo sublime. Arthur Rimbaud escribía: “Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. —Y la hallé amarga—. Y la injurié”. Se abría así la ventana a la contemplación de la belleza en lo perverso y lo demoníaco. Sin embargo, esta transvaloración estética del dandi, que afirmaba su propia creatividad frente al conformismo, la compasión y la obediencia, no era otra cosa que la negación de una moral deformada, reclamando para el individuo una renovada autonomía moral nietzscheana, no exenta de problemas.
Pero vayamos al presente. Debemos darle la razón a Terry Eagleton cuando insiste en que la estética es también política, puesto que, el que monopoliza la belleza, impone aquello que esta representa, ante nuestra imposibilidad de desvincular del todo lo bello de lo bueno. O, dicho de otra manera, dime qué idea de belleza defiendes y te diré qué ideología tienes. Carteles institucionales, colores identitarios, la belleza de los cuerpos no normativos y un sin fin de imágenes nos invaden para informarnos de una verdad moral y política que se quiere validar. Mientras tanto, en las redes, los usuarios, neo-artistas amateurs desvinculados del mercado del arte, según explica Valentina Tanni en su libro Memestética, reaccionan, trituran y comparten toda esa información en forma de memes, en un amplio abanico que va desde lo cuqui a lo más pasado de vueltas. Los memes funcionan como cápsulas de ironía en donde se dejan al descubierto las tensiones y contradicciones de lo que nos rodea, a modo de malestar en la cultura. El estilo puede ser cuqui, cute o kawaii si supone la estetización de la vulnerabilidad, una dulzura turbia que mezcla la nostalgia adulta de lo infantil con lo efímero y despreocupado, regodeándose en el "goza tu síntoma", entre un engaño inocente y una inocencia engañosa. Cuqui son los emojis, la Hello Kitty, el Pokémon Pocket, los sonny angels y las tradewife al estilo Roro. El shitposting, en cambio, es un gusto por los memes muy bastos, de cualquier pelaje político, preferentemente radical, de mala calidad a posta, intencionadamente caóticos, absurdos e incoherentes, que buscan “romper el algoritmo” mediante la provocación, reclamando indignación y enfado. A pesar de su diferencia aparente, en ambos casos hay un reclamo de atención y un señalamiento de que algo no funciona, desde el momento en que se viralizan. Porque la viralización, no es otra cosa que el síntoma de que algo es compartido: cuando alguien entiende tu meme, tu collage, tu frase descontextualizada, quiere decir que no es que tengas un problema personal, sino que has dado con un problema social endémico, en una suerte de conciencia de clase de lo necesitado e impotente.
Eagleton insiste en que la estética es política, puesto que, el que monopoliza la belleza, impone aquello que esta representa
Ante la imposibilidad de una belleza que no caiga en la nostalgia o en sucedáneos, existen hoy nuevas propuestas en el marco de la estética de lo cotidiano, por parte de autoras como Yuriko Saito, Jane Bennett y Katya Mandoki. Los planteamientos giran en torno a la consideración de que la estética de lo cotidiano afecta nuestra percepción, emociones y hábitos, vinculando lo bello con las acciones éticas y políticas en la vida diaria, como si los objetos, según Jane Bennett, fueran “materia vibrante” y tuvieran una cierta capacidad para movernos, recogiendo el concepto de Bruno Latour de “actantes”. Un paseo placentero, pero también la basura, la comida, los metales o los combustibles son vistos como fuerzas activas que reclaman atención, moldeando nuestras emociones y hábitos para redefinir el equilibrio en un ecosistema que permita la vida y el bienestar, trascendiendo las categorías tradicionales, para encontrar su lugar en lo cotidiano. Sin embargo, si bien es cierto que nuestra acción puede tener como punto de partida la interpelación directa del entorno, no parece que los afectos solos sean los más adecuados para definir un equilibrio bello y sostenible a futuro, sin contar con un plan debatido y compartido, incluso contra nuestra sensibilidad.
Quizá hoy la belleza clásica no nos interpela porque hoy hay poco que celebrar. Representarla tal cual la hemos retenido en la memoria, suele ser un lastre de nostalgia kitsch que no nos permitiría hablar de empleo, vivienda, recursos, familia o vidas que valgan la pena. Lo bello es la promesa de un futuro o, como decía Stendhal, una “promesa de felicidad” que tiene que ver con una vida buena, que nunca deberíamos dejar de buscar.
Hoy parece que no hay lugar para lo bello. El arte es feo, la moda un espantajo, la arquitectura un bodrio, la música es ruido y el urbanismo un embrollo inviable. Solo hay belleza en Instagram, en los espacios coworking y los bistrós de franquicia, en donde lo bonito se presenta como una burda, pero efectiva artimaña para retenernos el mayor tiempo posible creyendo que lo hacemos a voluntad. La belleza está hoy tan desprestigiada que hasta los guapos dicen que la belleza está en el interior, a mayor gloria y proliferación de estoicos vigoréxicos, anacoretas y feos.