Ni gentrificados ni turistizados: barrios de toldo verde
La clave está en adquirir un cambio de perspectiva, apartarse por un momento del deseo de los centros urbanos turistizados, y asumir una cultura material nuestra: lo cutre pero auténtico, lo ordinario y cotidiano como algo extraordinario y valioso
Los precios de alquiler y compra de vivienda han subido una barbaridad, y no importa cuándo leas esto. Zonas tensionadas, las llaman ahora. El centro urbano de ciudades como Barcelona, Madrid, Sevilla y sigue contando, son intocables desde hace décadas, para gente con un nivel de renta normal y la "mano invisible" que aúpa los precios, se hace aún más fuerte con el turismo y la gentrificación.
Sin embargo, los alquileres que más han subido en los últimos meses en Barcelona, a modo de ejemplo, son los de Nou Barris y Sant Andreu, barrios de zapatillas en los cables, bar Manolo y toldo verde, situados en la periferia. Esto no se debe a que los turistas quieran alojarse en ese tipo de arrabales o que Starbucks planee una experiencia torrefacta para gente de barrio, sino a que los residentes autóctonos de estas ciudades cada vez tienen que centrifugarse más hacia la periferia si quieren permanecer en ellas. En el caso de Barcelona, el 72 % del espacio urbano está ocupado por viviendas de clase media o baja, en donde la mayor proporción de "zona verde" cuelga de los balcones en forma de toldo. No, no son barrios bonitos, pero conforman la mayor parte del paisaje urbano de nuestras ciudades y son, por tanto, nos guste o no, nuestro patrimonio arquitectónico más pesado y contundente.
Bajo la premisa de que "el toldo verde es el elemento más característico de la arquitectura española", en 2017, nació en Facebook un grupo con el nombre de Amigos del toldo verde, de la mano de Pablo Arboleda, arquitecto e investigador interesado en arquitecturas abandonadas y patrimonio alternativo. A día de hoy ha transformado su pequeña apuesta, no exenta de ironía, en coautoría con el fotógrafo Kike Carbajal, en un libro tapizado con tela de toldo verde e interior floreado, al mejor estilo de extrarradio. El libro de Pablo y Kike busca señalar que las huellas de nuestra civilización, también producen documentos de historia, poniendo en cuestión el concepto de patrimonio, como algo relativo a nuestra identidad histórica, más allá de grandes construcciones monumentales de un pasado mitificado. Ya no se trata solo de conservar lo bello o lo importante, sino de reconocer espacios y prácticas que reflejan nuestra realidad, con todas sus complejidades e imperfecciones, argumenta Pablo.
Por su parte, Kike, que durante el confinamiento en tiempos de covid dio rienda suelta a su obturador, había publicado ya en las Navidades de 2021 un foto-ensayo con el título Ladrillo visto, toldo verde, con una cuidada selección de un archivo de más de 20.000 imágenes. Esta grata coincidencia hermanó a los autores para llevar a cabo el proyecto común que se acaba de publicar. Como dice Kike, "me cuesta no pensar que bien podríamos sentirnos más vinculados a esta otra arquitectura y urbanismo que a los lugares turísticos de las ciudades, en tanto que lo que vemos y sentimos todos los días, modela nuestra forma de situarnos y entender, sino el mundo, al menos nuestro mundo". El libro es una selección de todo lo que ambos han ido gestando a lo largo de los años, que no solo incluye imágenes de un paisaje urbano que a primera vista podríamos calificar de feo y vergonzante, sino que Pablo propone pequeños comentarios a las imágenes mientras que Kike hace un interesante recorrido por las grandes inmobiliarias como Dragados y Agromán, su suerte y la nuestra, que desembocó en las grandes crisis del ladrillo y las inmobiliarias.
Héctor G. BarnésFotografías: Alejandro Martínez Vélez
Las fotos son todas de Madrid y alrededores, pero lo cierto es que podrían ser de cualquier calle, de cualquier ciudad, de cualquier pariente nuestro. Sin embargo, esta aparente homogeneización se rompe si reparamos en los detalles de lo particular de cada balcón: la caja de aire condicionado, la bici, el armario de la limpieza, un somier atorado con una bombona de butano y los preceptivos CD para espantar palomas. Tal es el caso de los vecinos que no han puesto un cerramiento de aluminio, para ganar un par de metros cuadrados para el salón, cuyo mueble de pared entera, que incorpora un plasma de infarto que se adivina desde la calle. Porque todo eso es también "toldo verde".
Pero Pablo y Kike no son los únicos que han puesto el ojo en un patrimonio alternativo. Ya en 2013, el colectivo artístico y reivindicativo Homo Velamine proponía tomar el toldo verde como fondo de una bandera común, frente al desprestigio de los símbolos nacionales, en el que lucieran elementos de hermandad indiscutibles como el jamón, la siesta, el vino o el fútbol. Entre otras actividades, también ofrecían "garbeos" por los barrios de las paradas del Metro de Madrid, en estricto orden, para sumergirse en la vida del barrio, sus bares y sus gentes, como un paseo turístico al modo grotesco, para la exaltación de la vida sencilla y las contradicciones de nuestras ciudades. Las singulares crónicas, recogidas en el libro Propuestas para una mejora ultrarracional de Madrid, que se extendieron en el tiempo durante cinco años, eran relatos costumbristas que realzaban la cotidianidad y una vida que podríamos llamar "auténtica", pero con la crudeza del que repele la estetización y busca la mordacidad.
Todo esto nos conduce a pensar que detrás del toldo verde no solo hay una cuestión arquitectónica, sino de ordenación urbanística, de extrarradio, de industrialización, de brotes demográficos, de inmobiliarias burbujeantes, de migraciones y de cooperativas de viviendas, cuando toda una generación de clase trabajadora, emigrantes del campo o de provincias sin industria, pelearon por organizarse en asociaciones vecinales para conseguir la edificación de bloques de viviendas.
La rápida urbanización a bajo coste de los años 60 y 70 en España que engendró estos barrios respondía a una necesidad de urgente crecimiento de población trabajadora. Las celdillas con toldo verde y su simétrica ordenación en el mapa, fueron el resultado de todo un proyecto estatal, cuando España era uno de los países de Europa con más chabolas. Las viviendas fueron construidas bajo los efectos de los excesos funcionalistas de los tiempos de la célula habitacional, que reducían el concepto de habitar a ciertas actividades elementales como comer, dormir o reproducirse, a la distancia del vecino de un panel de pladur, negando el derecho a la "república independiente de tu casa" por una cuestión sonora. Pero no olvidemos que también la disposición del espacio público, con sus dotaciones, parques, bancos y servicios, condicionan los modos de conducirse y relacionarse de los propios vecinos, como señala el antropólogo Manuel Delgado Ruiz, mostrando cómo la urbanización y la urbanidad se dan la mano, especialmente cuando se busca la neutralización de la vecindad como agente social activo.
En última instancia, el criterio de ordenación urbanística nunca está exento de ideología, como apunta Manuel Castells en La cuestión urbana. La razón práctica industrial operó como soporte adaptativo de estas nuevas realidades, como explica Henri Lefebvre en ensayos como La revolución urbana o El derecho a la ciudad. Urbanizar y arquitecturizar un lugar implica diseñarlo para regular la actividad de la ciudad y sus flujos diarios, según la idea que se tenga de ciudad. Así, en los planes de las ciudades contemporáneas, se asume la idea de que hay barrios para dormir y hay barrios para gastar. Las necesidades personales no son otra cosa que necesidades de un sistema que gira en torno a los mantenidos centros administrativos y de consumo, que de todas formas huelen a pis, de perro, en el mejor de los casos, generando así las desigualdades estructurales del código postal. Las viviendas ya no se valoran por su espacio y condiciones, cuanto por su distancia de los centros de consumo y ocio, porque ya no se trata de bregar con la gestión del tiempo, sino con la gestión de la falta de tiempo.
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¿Cómo redimir entonces estos lugares? Los centros comerciales han sido en las últimas décadas la nefasta propuesta fast para paliar esta lejanía del centro. Son lugares modulares y pasajeros que comparten un homogeneizante olor a McDonald's, que priorizan la funcionalidad comercial sobre la estética arquitectónica duradera. Son lo que Koolhaas ha llamado el "espacio basura", puesto que generan residuos arquitectónicos no habitables que quedan como consecuencia de la modernización.
Ahora, muchas ciudades han pasado de una fase de expansión a una de reconstrucción, centrada en el rescate y redención de los barrios obreros. Es cierto que hacer zonas peatonales, renovar el mobiliario urbano y abrir zonas verdes, no bastan para hacer un barrio cool, pero ni falta que hace. La clave está en adquirir un cambio de perspectiva, apartarse por un momento del deseo de los centros urbanos turistizados, convertidos en espacios estandarizados por bistrós de interiores de ladrillo visto y Starbucks para turistas, que los hacen indiscernibles. Se trata de asumir una cultura material profundamente nuestra: lo cutre pero auténtico, lo ordinario y cotidiano como algo extraordinario y valioso.
Los "Amigos del toldo verde" o los garbeos de Homo Velamine, parecen más necesarios que nunca, puesto que buscan el señalamiento de un patrimonio otro, a modo de plusvalía simbólica, en donde sea posible la lucha de lo cotidiano contra lo establecido, para una vida mejor.
Los precios de alquiler y compra de vivienda han subido una barbaridad, y no importa cuándo leas esto. Zonas tensionadas, las llaman ahora. El centro urbano de ciudades como Barcelona, Madrid, Sevilla y sigue contando, son intocables desde hace décadas, para gente con un nivel de renta normal y la "mano invisible" que aúpa los precios, se hace aún más fuerte con el turismo y la gentrificación.