Por qué frenar a Madrid nos empobrecería a todos rápidamente
Madrid es nuestra principal herramienta de prosperidad y al mismo tiempo nuestro mejor retenedor y multiplicador de talento. Sin embargo, hay muchos intereses políticos en el camino equivocado
Vista panorámica de la ciudad de Madrid. (iStocks)
¿Qué es una ciudad? Pues dicho de forma rápida: una ciudad es un sistema físico en el que ocurren cientos de miles de interacciones humanas y económicas todos los días. Una geografía construida, cuya naturaleza básica es la concentración.
Por eso Madrid no es únicamente un municipio de 3,4 millones de habitantes. Es una gran ciudad que conforma una región metropolitana de más de 7 millones de personas y cuyo sistema se extiende ya a lo largo de tres provincias, con una influencia (mal le pese a muchos) que llega mucho más allá de las costas de la Península Ibérica. Y es ese Sistema Madrid el que todos notamos que está mutando. Hay un cambio de escala que se acelera a gran velocidad. El sistema se hace más y más complejo conforme aumentan su tamaño y sus conexiones. Cada año el sistema crece en más de 120.000 personas llegadas en buena parte de Hispanoamérica. Así que echen ustedes las cuentas.
Esta tendencia podría cambiar, podría acelerarse la venida de hispanos si la economía de sus países empeora, y también podría ocurrir que el mix entre la baja natalidad y el final de la vida de muchas personas nacidas entre 1950 y 1970 frene el crecimiento de la ciudad. Pero no es descabellado plantearse que en 2050 esta conurbación rondará los 10 millones de habitantes y un 30% del PIB nacional. Entonces Madrid será una ciudad de la segunda mitad de la tabla dentro de la primera división de ciudades globales. Y tendrá que competir —no por voluntad propia sino porque las demás ya lo hacen con nosotros— contra otros sistemas urbanos mucho más grandes y ricos. Londres, Nueva York, Tokio, Singapur, París, Estambul, Dubai, Shanghái, el Randstad holandés…
Por eso, el gran reto que tenemos por delante consiste en que este cambio de escala genere más círculos virtuosos que viciosos, tanto para Madrid como para el resto de España. Y este reto, que no podemos esquivar, es mayúsculo.
El 'Sistema Madrid' aumentará en 3 millones de personas, habría que construir el equivalente al segundo municipio más grande de España
Para empezar, el hecho de que el Sistema Madrid esté camino de aumentar en tres millones de personas, significa que hay que construir dentro de la actual conurbación el equivalente a lo que sería el segundo municipio más grande de España, prácticamente a la par con el primero. Es decir, hay que construir y densificar en los lugares ya construidos y hay que hacerlo lo suficientemente rápido como para que las tensiones socioeconómicas entre los centros de la conurbación y sus periferias no aumenten más de lo que ya lo están.
Pero es que construir más de 150.000 viviendas cada año solo en la Comunidad de Madrid implica unos gastos económicos que en números gordos rondaría los 30.000 millones de euros. Pierdan toda esperanza quienes piensen que va a existir un parque público de vivienda capaz de asumir algo ni remotamente parecido. Y todo ello sin considerar lo que supondría en coste energético, medioambiental, en recursos hidrográficos, etc… Ahí ven ustedes lo mayúsculo del reto.
Automáticamente, esto nos lleva a considerar cómo afecta ese salto de escala al resto del país, a aquellos lugares poco poblados y a aquellas ciudades que no pueden seguir el ritmo de las grandes urbes globales. Ante esto existen dos opciones: intentar frenar el crecimiento de esa megaurbe a nivel ibérica, pero miniciudad global a nivel internacional o afrontar el reto, coger el toro por los cuernos y ponernos desde ya, manos a la obra, para encarrilar ese crecimiento de forma que nos beneficie a todos los españoles. Y en ello nos jugamos el futuro.
La buena noticia es que el ingenio humano se desarrolla allí donde la gente se junta. Por eso, al igual que un cerebro no es más inteligente por ser más grande, sino por tener mayores conexiones neuronales, los barrios, distritos y ciudades que se construyan en la conurbación madrileña deberán fomentar esas conexiones, la heterogeneidad, y en definitiva la mezcla, que es el motor del crecimiento frente a la endogamia que termina provocando el estancamiento de todo sistema. Del mismo modo, un país bien conectado es al mismo tiempo más equilibrado. Pero Madrid es una ciudad que solo está bien conectada… A medias.
Las personas tendemos a concentrarnos en aquellos lugares donde hay más oportunidades. Como dije al principio, está en la naturaleza de las ciudades. El dinero llama al dinero y como es en Madrid donde ocurren las cosas, es allí donde va la gente. Y como en Ávila (a solo 85 km de Madrid, pero a casi dos horas en tren) ocurren pocas cosas, la gente se marcha y cada vez ocurren menos cosas. Los círculos virtuosos que suceden en Madrid son los círculos viciosos que ocurren en otros lugares. ¿Cómo cambiar el sentido de ese flujo? Podemos prohibir a la gente que se mueva, podemos cortocircuitar los círculos virtuosos de Madrid o quizás podemos incorporar a Ávila a esos círculos. Podemos "metropolitanizar" esa ciudad y convertirla en parte del gran sistema socioeconómico madrileño.
Es decir, si decidimos no ser miopes. Las administraciones deberían ponerse ya manos a la obra en la tarea de que Madrid crezca y al mismo tiempo esté mejor conectada con el mundo, con el resto de España y al mismo tiempo mejorar también dentro de su propia conurbación. Solo así será un sistema metropolitano más próspero y justo para todos. Perdonen la publicidad nada subliminal, en mi reciente libroMadrid DF trato precisamente de esbozar algunas ideas en ese sentido, entendiendo que la mutación de Madrid de una capital administrativa a una ciudad global implica también la mutación general de España.
Cortocircuitar el crecimiento de Madrid sería como pegarnos un tiro en la sien y decidirnos por un empobrecimiento rápido y generalizado
Ahora bien, hay un altísimo riesgo de que nos decidamos por la miopía. Y hay muchos intereses políticos encaminados a tomar el camino equivocado. El del barranco. Porque cortocircuitar Madrid no implica cortocircuitar Ámsterdam, Londres o Nueva York. Esa es la falacia que muchos no entienden. Y no creo que sin un Madrid poderoso, el resto de ciudades de España puedan hacer frente a los enormes sistemas urbanos que dirigen gran parte de nuestra propia economía desde fuera de nuestro país. Cortocircuitar el crecimiento de Madrid sería como pegarnos un tiro en la sien. Sería decidirnos por un empobrecimiento rápido y generalizado. Debilitar a nuestra gallina de los huevos de oro no es la mejor idea cuando hay gallinas más gordas y fuertes en el corral. Porque el mundo, a través de sus grandes urbes, compite ferozmente entre sí y contra nosotros. Madrid es hoy por hoy nuestra principal herramienta de prosperidad y al mismo tiempo nuestro mejor retenedor y multiplicador de talento. Y además es el mejor escaparate que tenemos para vender muchos productos tangibles e intangibles que se crean por toda España.
Quien de forma infantil y miope piense que frenando o desmantelando Madrid conseguirá que sus jóvenes no se marchen, se equivoca. Se irán. Pero lo harán a esas otras grandes ciudades, que ya parten con ventaja y que entonces la aumentarán. Habrá más empresas, como la "holandesa" Ferrovial que cruzarán los Pirineos. Más talento joven saldrá por la frontera para no volver. El campo se venderá a grandes fondos como ocurrió en Ucrania y España se convertirá definitivamente en un país de camareros para los turistas de aquellos países que succionan nuestro talento y nuestros recursos. Una inmensa granja humana que, como las ligas de fútbol sudamericanas, sirva para fichar a todo aquel individuo que destaque y que, a partir de ese momento, generará valor y dividendos en otras partes del mundo sin que nosotros podamos decidir sobre ello.
Bloque de apartamentos en Madrid. (iStock)
En este escenario negativo, la tensión frente a Madrid nos enfrentará a todos. Y en la capital, sus ciudadanos, lógicamente se defenderán de quienes pretendan empobrecerles por decreto. La paradoja está en que los primeros en notar ese empobrecimiento generalizado serían quienes no viven en Madrid y apoyan las medidas contra la capital. Concretamente, quienes viven en aquellos lugares que hoy decrecen y que se benefician, por ejemplo, de las pensiones que se pagan en Madrid. Se cebarían así los sentimientos de agravio, los recelos mutuos y la incomprensión hacia los demás. Es decir, en Madrid muchos habitantes (ya hay más de un millón que no nacieron en España) empezarán a considerar que sus intereses no tienen nada que ver con los de aquellos que les acusan y atacan.
Siguiendo en el escenario negativo, cuando dentro de diez o quince años la esperanza de vida de la generación del baby boom se acerque al tiempo de descuento, el abismo demográfico fuera de las grandes ciudades será brutal. Para entonces, si se ha frenado el crecimiento de Madrid, este no podrá aumentar la demanda que necesita de productos agrícolas y manufacturados y, por tanto, no habrá podido ayudar a fortalecer la industria y robustecer el futuro en muchas provincias del interior. Será entonces cuando el efecto succión sea demoledor. Pero no lo será por voluntad propia, sino porque muchos de quienes buscan "poner freno a Madrid" se verán obligados a emigrar precisamente a Madrid en lo que podría ser un segundo éxodo rural tan importante como el de hace seis décadas.
Sí, puede que en ese escenario Madrid se empobrezca, pero sin duda el resto del país lo hará mucho más y más rápido. El resultado autoinducido será el haber convertido buena parte de España en un gigantesco patio trasero de Madrid. Una inmensa periferia de su sistema. Justo aquello que pretendían evitar. Y serán los primeros en pagar las consecuencias.
Un Madrid que descarrile será aquel en el que vuelvan a aparecer poblados chabolistas, inseguridad y anarquía
Pero lo peor es que entonces, aunque en términos absolutos Madrid sea más pobre por decreto, en términos relativos será un sistema todavía más rico que el resto del país. No será una urbe de 10 millones de habitantes con un 30% del PIB, sino posiblemente una megalópolis mucho más desorganizada y caótica de 12 o 13 millones de personas, muchas de ellas españolas, malviviendo en barrios deprimidos y arrabales informales. Sea por falta de un plan de crecimiento propio, por falta de construcción de nuevos barrios o por un intento de frenar su crecimiento desde fuera, un Madrid que descarrile será aquel en el que vuelvan a aparecer poblados chabolistas y no, no me refiero al problema administrativo enquistado de la Cañada Real, eso será una anécdota en comparación con las estampas de chabolismo, inseguridad y anarquía que hace décadas que no se ven en nuestras grandes ciudades. Algo que desincentivará la inversión y el talento, generando todavía más presión en su gran centro. Una atalaya tan rica y próspera como decadente.
La ciudad habrá colapsado y habrá comenzado a devorarse a sí misma. Y esto sucederá en una España descarrilada, enfrentada y descapitalizada, lo que seguramente implique una ciudad muy grande, sí, pero más pobre de lo que pudo haber sido. Con una baja economía del conocimiento y con altos niveles de entropía.
Es por todo esto que la noticia de que Madrid pertenece al grupo de ciudades globales alfa es algo positivo. Madrid tiene las condiciones para crecer. Y lo hará. Pero debe hacerlo bajo las premisas de un Plan Territorial de escala Metropolitana. Debe crecer de forma inteligente hacia adentro, convirtiendo sus barrios actuales y futuros, así como los municipios de su área metropolitana, en atractivos centros alternativos al interior de la M-30. Para eso será fundamental la densificación e interconexión circular entre ellos mediante metro y trenes de cercanías sin tener que pasar por el centro. Y también debe crecer de forma coordinada hacia afuera con el concurso del Gobierno Central.
Un tren de Cercanías de Madrid en circulación. (Cercanías Madrid)
Debemos invertir en trenes rápidos de medias distancias para metropolitanizar a ciudades como Ávila, Valladolid o Talavera y convertirlas en centros alternativos de ese mismo gran sistema urbano, tal y como ya ocurre con Guadalajara o Toledo. Ciudades que han ganado un 30% de población en pocos años. Lo que demuestra que, al igual que ocurre en la región metropolitana de Barcelona, Madrid fortalece y ofrece futuro a aquellos lugares con los que está muy bien conectada y ya forman parte de su sistema. Y si además de conexiones rápidas, estas pequeñas ciudades contasen con cierto margen de corresponsabilidad fiscal que complemente los ingresos municipales del IBI, como ocurre en Alemania, su capacidad para retener o incrementar su población y su economía aumentaría de forma notable, ayudando también a descomprimir la presión de los centros más densamente poblados. Si han existido programas piloto sobre la renta básica universal, también podemos hacer programas piloto sobre fiscalidad diferenciada en municipios como Ávila, Talavera, Sigüenza… Tenemos mucho que ganar y nada que perder.
¿Megalópolis o metrópolis?
La encrucijada ante la que se encuentra España en general y Madrid en particular es la de que entre todos decidamos el camino a tomar. El de la megalópolis al estilo de París o Buenos Aires: una inmensa ciudad con un gran centro y una enorme periferia problemática y carcomida. Un sistema desestructurado, disfuncional y macrocefálico, siempre al borde del fallo multiorgánico. O, en cambio, tomar el camino de la metrópolis, que implica la convergencia de muchos sistemas urbanos pequeños como partes de uno grande y poderoso, formando así una red de ciudades bien coordinada y conectada. Un sistema antifrágil, lleno de redundancias que lo robustezcan. En definitiva, convertir el centro de España en una ciudad de ciudades, con bosques, campos y parques nacionales entre medias de sus muchos centros y pequeñas periferias, cuyos problemas puedan abordarse con velocidad y rapidez.
Esta es la salida inteligente y justa en un mundo en el que ya, más de la mitad de la población vive en entornos urbanos y donde cada vez más gente —un 40%—, nos guste o no, se concentra en grandes urbes. Tenemos una ventana de oportunidad para transitar el "camino de en medio" reforzando las conexiones entre nuestras ciudades de la meseta para convertir a la metrópolis madrileña en un sistema complementario a las regiones urbanas de nuestras costas.
El mundo en el que vivimos hoy no es el mundo de 1978, cuando arrancamos nuestro modelo actual, y mucho menos el de la Guerra Civil. Pero el mundo en el que vivimos hoy es más urbano que el de entonces, y el que viene lo será mucho más. Tenemos la obligación de pensarnos como país para abordar ese mundo. Cualquier otra cosa es renunciar al futuro.
¿Qué es una ciudad? Pues dicho de forma rápida: una ciudad es un sistema físico en el que ocurren cientos de miles de interacciones humanas y económicas todos los días. Una geografía construida, cuya naturaleza básica es la concentración.