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A favor del reguetón: al menos los latinoamericanos están orgullosos de su cultura popular (y gracias a ellos pervivirá la nuestra)
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Hernán Migoya

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A favor del reguetón: al menos los latinoamericanos están orgullosos de su cultura popular (y gracias a ellos pervivirá la nuestra)

En lugar de celebrar que por fin la música en español está conquistando el mundo entero y hasta la corte del imperio yanqui en su propio terreno, nos dedicamos a gruñir y a despotricar contra ese triunfo de nuestra cultura

Foto: La cantante colmbiana Karol G durante una actuación en el Santiago Bernabéu el 20 de julio de 2024, en Madrid. (Europa Press/Ricardo Rubio)
La cantante colmbiana Karol G durante una actuación en el Santiago Bernabéu el 20 de julio de 2024, en Madrid. (Europa Press/Ricardo Rubio)

¡Patidifuso me hallo! El cantante Dani Martín se ha alineado con Santiago Auserón para atacar al reguetón: dice que prefiere morir a escuchar esa "basura sonora", que definía Juan Perro. Ni se va a morir (¡San Bad Bunny no lo quiera!) ni la tendencia del mundo va a cambiar por lo que opine. Pero me entristece ver a dos personas supuestamente cabales y abiertas de mente (de su música no hablaré, por respeto a su trabajo) asumiendo la misma postura reaccionaria y los mismos argumentos antediluvianos que hace seis o siete décadas abrazaban los amantes cerriles de las big bands o la música religiosa para atacar el rock'n'roll. Que si es un ritmo básico y primitivo, que no posee mérito musical ni gracia, ¡que las letras son ridículas!

Que ellos dos saben más de música… ¡Ay, el ego! Siempre mueve antes a descalificar que a intentar comprender.

Todavía recuerdo a mi abuelo, tanguero de pro, riéndose del "¡Auanbabulubabalambambú!" ("A-wop-bop-a-loo-bop-a-lop-bam-boom!" en el original, para los roqueros puristas —los que defiendan a ese apropiador cultural que fue Elvis, claro, porque Little Richard decía otra cosa—). Y bueno, el "she loves you, yeah, yeah, yeah" de esos grajos apodados The Beatles, que para los estándares de su época no sabían cantar un pimiento, no es un ejemplo tampoco de profundidad letrística. Y si hablamos de sexismo, el "preferiría verte muerta, muchacha, que con otro hombre" de los cuatro de Liverpool le gana la mano a casi todo el reguetón en cuanto a hito machista.

Pero no hay más ciego que el que no quiere ver: está claro que la ya tradicional reverencia española hacia el rock es una consecuencia histórica de la colonización cultural imperialista por parte de los Estados Unidos. Que los más progres quieran ser también los más modernos y hayan adoptado como propias las señas de identidad del establishment capitalista es un chiste que se cuenta solo. Y que un madrileño bramando al son de una guitarra eléctrica patrones importados de Gran Bretaña y los USA acuse de incongruente a uno de Soria por cantar reguetón… Lo que nos parece normal casi siempre procede del país rico.

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Y lo peor es que resulta imposible deslindar el desprecio al reguetón de la ignorancia, el clasismo y cierto solapado racismo que la élite cultural española siente hacia el pueblo llano latinoamericano. No nos engañemos: los puristas del rock que ahora atacan e insultan el reguetón —¡replicando los argumentos carpetovetónicos de quienes hace medio siglo atacaban la música que ellos aman!— son clavaditos a aquellos diez mil fanáticos de su misma cuerda que, en 1978, se congregaron en un campo de béisbol de Chicago para quemar exaltados los discos de los Bee Gees. ¿Os acordáis de lo mucho que los roqueros odiaban la música disco en los años 70? ¡Igual que hoy odian el reguetón! Y ya si acaso otro día hablamos de la homofobia que se escondía detrás de esa quema simbólica en la hoguera…

Algo más me pasma: en lugar de celebrar que por fin la música en español está conquistando el mundo entero y hasta la corte del imperio yanqui en su propio terreno, nos dedicamos a gruñir y a despotricar contra ese triunfo de nuestra cultura. Sí, nuestra también, pues formamos parte del mestizaje que ha hecho posible ese milagro. Y, ojo, lo que es bueno para la cultura en español es bueno para cualquier artista que se exprese en español, en cualquier campo. Y para aceptar que a lo mejor nuestro acervo musical (copla, jota, sardana, zarzuela), condenado al gueto vergonzante por nosotros mismos, no es ni casposo ni cutre ni facha. Y que nos puede resultar más enriquecedor que el country, el blues, el tap dance o el gospel.

O mejor aún: ¡que todo puede convivir sin ningún conflicto para nuestra personalidad ni nuestra reputación!

De la copla a Mecano

La fijación de los puristas españoles con el reguetón recuerda a lo mucho que nos ha costado dejar de contar en pesetas; esto es, revela en nuestra mentalidad un fondo francamente conservador: ¡vamos, chicos, que los reguetoneros dominan la escena desde hace veinte años! Entretanto, seguimos minusvalorando a nuestros artistas o desdeñando lo que no proceda de Estados Unidos, Reino Unido o Francia, a cuyos ídolos pop exigimos mucho menos.

Se puede odiar a Franco y no por ello se necesita odiar nuestra cultura. Igual que se puede ser apátrida y a la vez apreciar nuestra tradición artística. Pues no, en España nunca ha sido posible. Desde esa élite intelectual de los 70 que decía amar al pueblo y estar con él, para acto seguido —con poquísimas excepciones, como Manuel Vázquez Montalbán o Joan Manuel Serrat— burlarse de la copla o de las españoladas, sin apreciar todo lo mucho que de bueno ambas ofrecían; hasta esa prensa especializada que en la Historia del pop nacional jamás le da su sitio a los grupos y artistas autóctonos que arrasan en el globo, prefiriendo confiar su apoyo unilateral a roqueros feos antes que estudiar con un mínimo de rigor y respeto a Mecano, La Oreja de Van Gogh o Rosalía, nuestros mitos más internacionales de las últimas décadas. Pero nada de esto sería preocupante si uno no supiera que, de haber nacido en Estados Unidos, Mónica Naranjo estaría haciendo morder el polvo a docenas de lady gagas.

Cuánto complejo de inferioridad y cuántas ganas de parecer más inteligente al pisar lo que le gusta a demasiada gente. Parece que esto siempre ha sido así: los modernos de la generación anterior a la mía matan por Elvis, pero ¿cómo pueden no vibrar al ver esta actuación de Manolo Escobar en TVE? ¿Acaso es incompatible un amor con otro? Para mí no: me quedo con ambos.

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Todavía recuerdo aquel crítico musical de mi quinta que presumía de ir escuchando en su coche canciones de Frank Sinatra. Un día se me ocurrió comentarle que yo prefería con mucho a Julio Iglesias, en especial la época con los arreglos y contribución compositiva de Rafael Ferro. ¡Lo que le dije! Desde ese momento, su apreciación de mi "intelecto" y "buen gusto" bajó enteros. Lo gracioso es que hasta entonces podía compartir con él que me gustaba Dolly Parton, ¡pero ay de mí como le confesara mi debilidad por Rocío Dúrcal! O sea, se puede escuchar música de pueblerinos, siempre que sea de pueblerinos yanquis…

Odiar lo propio en la cultura del entretenimiento, y, por tanto, nuestra impronta pop, es una característica que no sé cuántas décadas lleva en vigor en nuestro país, pero yo no he conocido otra realidad que esa: desde los escritores de novelas de quiosco en los años 70 que para poder narrar historias de aventuras, terror, suspense, erotismo o acción tenían que enmascararse a lo El Coyote con un nombre anglosajón para ser tomados en serio… hasta la costumbre tradicional —comenzando por el mismísimo Quijote— de que una obra española deba triunfar primero en el extranjero para poder ser valorada dentro de sus fronteras. Como esos autores y obras de cómic que solo reciben indiferencia o vilipendio y que, en cuanto destacan en Francia o cualquier otro territorio "de postín", regresan a España en loor de multitudes y pasan a ser lo mejor de lo mejor, es decir, al otro extremo: el de una calidad ya incuestionable.

Somos nuestros peores enemigos.

Es imposible deslindar el desprecio al reguetón de la ignorancia, el clasismo y cierto racismo de la élite cultural española

Si existiera un Tarantino español estaría rodando un Nobleza baturra posmoderno, con duelos a navaja, erotismo y sangre; o utilizando canciones de Víctor Manuel como María Coraje (en sus arreglos primigenios) para acompañar una del Oeste ibérico o una precuela de Curro Jiménez. Sí descuellan ejemplos admirables: Almodóvar ha hecho tanto por la cultura patria como Mariano Ozores, demostrándolo a través de toda su filmografía y bandas sonoras. Entretanto, todavía recuerdo como una cúspide cañí el inteligente uso que dentro de [Rec 3]: Génesis hizo su director Paco Plaza de Gavilán o paloma, tema que entre nosotros popularizara Pablo Abraira y, en América, José José.

¡Necesitamos más reválidas generacionales como esa para que no se nos oxide, anquilose y olvide nuestro pasado cultural!

¡Y necesitamos un Día de Manuel Alejandro!

¡Hasta los hispanófobos reivindican a Julito!

Una noche casi conduzco a la epilepsia a un insigne crítico barcelonés cuando de farra en una discoteca pincharon Dejaría todo de Chayanne y comprobó para su pasmo, más pálido que conde transilvano, que yo era capaz de recitarla entera. Pero lo de Julio Iglesias tiene más delito. Confesar adoración por su música en el entorno cultureta de Madrid, Barcelona o Gijón costaba, hace poco, todo el prestigio, y hasta la humillación personal. Solo había un pecado más grave que el gusto por las canciones del madrileño: decir que te gustaba José Luis Perales. Entonces sí, ya estabas listo de papeles.

Únicamente en los últimos años, la gente de mi generación con proyección pública empieza a dejar caer que escuchar la música de Julito puede ser cool, algo así como cuando hace dos décadas se divertían proclamando que, en un momento de debilidad, molaba oír a Neil Diamond o a Raffaella Carrà. Es como esos tipos que se llenan la boca mencionando a Chabela Vargas, pero no los pillarás ni borrachos poniéndose un corrido de Jorge Negrete o una ranchera de Antonio Aguilar: lo primero "da tono", como solía decirse; lo otro, es una horterada, porque implica que te gusta de verdad. Eso sí, como en todo, nuestro sector LGTBI resulta mucho más moderno y está mucho más adelantado, y ellos ya reivindicaban a Raphael, a María Jiménez o a la Dúrcal cuando los demás seguían mirándolos —porque escucharlos no los escuchan— por encima del hombro. Pero claro, a Julito no lo va a reivindicar el colectivo gay: ese hombre no tiene un miligramo de ambigüedad en la totalidad de su aura. Así que los heteros tendrán que apechugar y dar la cara por él. Como Rosalía cuando canta "Quiero una cadena que me arruine toa la cuenta. ¡Como Julio en los 70!". Ella sí que sabe.

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Hace un par de semanas conocí a un político comunista de la localidad peruana de Cuzco, legendaria población andina muy célebre por sus reivindicaciones indigenistas, que nunca han destacado por contemplar con exceso de simpatía los períodos de la Conquista y el Virreinato. Pues bien, en cuanto le señalé ese autodesprecio español, me contó con entusiasmo esta anécdota: "¡Ahorita entiendo ciertas reacciones! Hace unos 15 años, yo tuve una enamorada madrileña que vino a hacer trabajo social a Cusco. Una vez le empecé a comentar la influencia española en las vidas de los cusqueños y que en la propia casa de mi familia guardábamos muchos elepés de Julio Iglesias. ¡Y que mi padre y yo veneramos su música! Ella se echó a reír a carcajadas y me dijo algo así como "Eso son canciones para mis abuelos", con un sarcasmo que yo no comprendí. Yo le respondí que cómo podía burlarse así de un artista de la categoría de Julio Iglesias, que su música era un legado de la cultura de su país, que nos habían dado a todo el mundo de habla hispana. No entendí su burla. Pero ahora sí lo entiendo: ¡ustedes odian su propia cultura!".

La Reconquista Latinoamericana

Bad Bunny, Karol G, Daddy Yankee, Maluma, la gran Tokischa o ese Elvis de Puerto Rico que es Don Omar… El triunfo global de la música de Centroamérica y Sudamérica constituye todo un acontecimiento y deberíamos estar celebrándolo y respetándolo. Tal como ellos, siempre han celebrado y respetado el éxito en sus propios países de Camilo Sesto, Raphael, Rocío Dúrcal, Julio Iglesias, Alejandro Sanz o ¡Rosalía! De hecho, ellos celebran, respetan, respaldan y quieren mucho más a nuestros artistas que nosotros. Y desde luego no los odian ni los hacen objeto de mofa.

Siempre lamento que las discográficas de mis admirados Gabinete Caligari nunca apostaran por esta banda en América: por ese motivo, es de los pocos grupos de la movida que no ha cosechado éxitos al otro lado del charco. ¡Qué consideración y tratamiento público tan distintos —y qué incremento en emolumentos— disfrutaría ahora Jaime Urrutia si sus fabulosas creaciones hubieran calado allá! Hoy su legado estaría presente en el imaginario colectivo universal desde los medios masivos: las redes sociales, las series de ficción, los círculos más jóvenes, musicales para teatro y cine. Y lo mismo el pionero del mestizaje Víctor 'Coyote' Abundancia, el sólido compositor y cantante Javier Andreu, el mítico Ramoncín y tantos otros… Pero qué va: gran parte de nuestra cultura pop se va por el desagüe cada veinte años, cada vez que hay recambio generacional.

El triunfo global de la música de Centroamérica y Sudamérica constituye todo un acontecimiento y deberíamos estar celebrándolo y respetándolo

Seguramente el quid de la cuestión estribe simplemente en un flujo y reflujo histórico: le toca a Latinoamérica tomar el relevo de la cultura popular, confiar en su potencial y contagiar con convicción su arte a otras fronteras; y a nosotros decaer y deshacernos como país y como excivilización. Hasta esos comentarios cínicos y autodestructivos nacionales no responden sino a un automatismo de nuestra propia decadencia.

Por eso (¡y por muchas cosas más!, que cantaba el hispanoargentino) es bonito vivir en Sudamérica. Subes al taxi y escuchas a Danza Invisible; entras en un restaurante y tienen puesta a Mari Trini; acudes a un cumpleaños y tus amigos latinos acaban entonando orgullosos ese Quijote que el Dúo Dinámico le regaló a Julito.

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Y puedes unirte a la canción y saber que nadie lo está coreando con rechufla.

Gracias a ellos, y solo a ellos, el legado de la cultura popular española, pese al intelectualismo español, sí perdurará.

Así que, ¡larga vida al reguetón!

¡Patidifuso me hallo! El cantante Dani Martín se ha alineado con Santiago Auserón para atacar al reguetón: dice que prefiere morir a escuchar esa "basura sonora", que definía Juan Perro. Ni se va a morir (¡San Bad Bunny no lo quiera!) ni la tendencia del mundo va a cambiar por lo que opine. Pero me entristece ver a dos personas supuestamente cabales y abiertas de mente (de su música no hablaré, por respeto a su trabajo) asumiendo la misma postura reaccionaria y los mismos argumentos antediluvianos que hace seis o siete décadas abrazaban los amantes cerriles de las big bands o la música religiosa para atacar el rock'n'roll. Que si es un ritmo básico y primitivo, que no posee mérito musical ni gracia, ¡que las letras son ridículas!

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