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No es tan fácil ser facha
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Juan Soto Ivars

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Juan Soto Ivars

No es tan fácil ser facha

Ser facha, que parece sencillo, requiere cumplir tantos compromisos con el Mal que uno no tiene forma de odiar tanto

Foto: Imagen de archivo de un bastón franquista. (EFE/David Fernández)
Imagen de archivo de un bastón franquista. (EFE/David Fernández)
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Desde que dejé de ser de izquierdas y me convertí en un puto facha, mi vida se ha vuelto más difícil. Esto nadie lo dice, pero ser facha, que parece sencillo, requiere cumplir tantos compromisos con el Mal que uno no tiene forma de odiar tanto. Pero ser facha no se elige: te tachan de tal, de forma que una mañana te despiertas en la cama convertido en eso y te lo tienes que comer.

Yo era un hombre de izquierdas y todo era sencillo. Me gustaban los Derechos Humanos, creía en la igualdad de las mujeres y los hombres, consideraba a los homosexuales personas de pleno derecho. Poco a poco, sin embargo, la gente empezó a llamarme facha por no creerme ciertas cosas, como que Pedro Sánchez es guapo, y de pronto ya era tarde. Las fobias me dominaron.

Para ser de izquierdas basta tuitear contra Díaz Ayuso, compartir noticias de Público, votar a Sumar, considerarse uno mismo superior y hacer chanzas de la Iglesia católica mientras deseas feliz ramadán. Sin embargo, para ser facha, lo primero que tienes que hacer es valorar tu trabajo, luego negociar subidas de salario, firmar una hipoteca, tener hijos y comprarte un coche.

También tiene cosas buenas: por ejemplo, el fachaleco. Es una prenda barata, cómoda, calentita y no pesa. Agradezco a la izquierda que haya abominado de ella, lo que nos permite disfrutarla a los fachas, y también les doy las gracias por haber echado al suelo conceptos como la libertad de expresión o el solomillo de ternera, elementos ultrafachas que celebro conservar.

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Sin embargo, es mucho curro. Cuando subes en procesión al Valle de los Caídos, ser facha se te hace cuesta arriba. Pero lo peor es que has de ir a piñón con la idea del esfuerzo y la recompensa, de modo que ya no tienes el recurso de culpar al sistema de todos tus males. La lista de cosas para odiar es tremenda. Para ser facha estás obligado detestar a las mujeres, los homosexuales, las vidas trans, los inmigrantes, los árboles, las gordas, el aire limpio, el aborto, la bicicleta, la comida vegana y el cine de Almodóvar.

Con tantos deberes, a veces te despistas. El otro día creía yo tener bajo control mi fascismo cuando, de repente, bajé la guardia y me reí con el programa de David Broncano. Por fortuna, reaccioné a tiempo: dado que es mi mujer la que había puesto la tele, la culpé a ella, la humillé con insultos y ademanes violentos, y finalmente vociferé una perorata misógina aprendida en el canal de UTBH, con la que pude recuperar el equilibrio.

Cuando mi mujer me mandó a tomar por saco, pensando seguro en ponerme una denuncia falsa, agarré el mando de la tele y puse El Hormiguero. Esta es una de las cosas más duras de ser facha. Me dormí. Soñé que Franco estaba vivo. Las cosas iban bien. No había moros, pero sí pantanos. No había catalufos malos: todos vendían interfonos. Pero a mitad del sueño, empecé a seguir a una chica muy guapa con minifalda, dominado por mi hombría patriarcal, y la chica de la minifalda iba a una protesta contra el Caudillo, así que tuve que correr delante de los grises, canté canciones de Víctor Jara, fui a Francia y traje de tapadillo un libro de materialismo marxista impreso en México.

Antes iba en metro a los sitios, pero ser facha obliga a usar siempre el coche, aunque te dirijas a un lugar con parada de metro

Desperté gritando y sudando. Por fortuna, mi sueño terminó antes de convertirme en Cebrián y fundar El País después de haber trabajado honradamente en la prensa del Movimiento. Y mira que lo del falangismo me sigue costando, porque también estoy obligado a ser neoliberal, y todavía no he conseguido aprenderme entero el "Cara al Sol" ni sé cómo diablos combinar la completa destrucción del Estado que persigue Milei con la construcción del Estado joseantoniano, autárquico e intervencionista. No hay quien se aclare.

En todo esto iba pensando mientras conducía e insultaba a cada ciclista. Poco a poco fui penetrando en la almendra central de Madrid, que es la capital española del fascismo y el neoliberalismo. Antes iba en metro a los sitios, pero ser facha obliga a usar siempre el coche, aunque te dirijas a un lugar con parada de metro y sin aparcamiento posible, porque el planeta no se va a destruir solo. Dieciséis horas después encontré plaza y pagué 34 euros por estacionar.

El otro día creía yo tener bajo control mi fascismo cuando, de repente, bajé la guardia y me reí con el programa de David Broncano

Llegué un poco tarde a mi reunión de ultraderecha, sita en una cervecería, donde el cien por cien de los integrantes se habían considerado progresistas hasta que los mandaron a todos al fascismo, por distintas razones, pero sobre todo por Pedro Sánchez. Allí estuvimos lamentándonos, en petit comité, por nuestra dura vida. Nuestras "parientas" nos tratan a puntapiés desde que somos machistas, nuestros trabajos bien pagados de fachas son agotadores, los precios de las cosas están por las nubes gracias al capitalismo.

Y allí, rodeado de hombretones fascistas y neoliberales, odiadores intensos y experimentados, por un momento tuve la engañosa sensación de estar entre buenas personas. Suerte que recordé que somos la escoria de la humanidad por sintonizar poco La Ser y leer demasiado a Arcadi Espada.

Desde que dejé de ser de izquierdas y me convertí en un puto facha, mi vida se ha vuelto más difícil. Esto nadie lo dice, pero ser facha, que parece sencillo, requiere cumplir tantos compromisos con el Mal que uno no tiene forma de odiar tanto. Pero ser facha no se elige: te tachan de tal, de forma que una mañana te despiertas en la cama convertido en eso y te lo tienes que comer.

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