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Escucha hermano la canción de la bajona: el lado oscuro del primer bombazo del pop español
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El precio de la fama

Escucha hermano la canción de la bajona: el lado oscuro del primer bombazo del pop español

Un libro y una película resucitan a Waldo de los Ríos, cerebro del 'Himno a la alegría', cuya dramática caída sigue desconcertando

Foto: Waldo de los Ríos. (PRH)
Waldo de los Ríos. (PRH)
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La actriz Isabel Pisano tenía junto a la encimera de la cocina una carta enmarcada de Stanley Kubrick hablando maravillas de su ex marido, Waldo de los Ríos, al que el director ofreció la banda sonora de La naranja mecánica. Pese a que Waldo era el gran arreglista orquestal del momento —venía de reventarlo con una adaptación pop de Beethoven, el Himno a la alegría—, no se atrevió con La naranja mecánica: lo que quería hacer Kubrick con Beethoven le parecía demasiado radical…

"Kubrick quería que toda la música se grabara con el sintetizador electrónico Minimoog, de reciente aparición, y Waldo no lo vio claro. Por un lado, estaba escaldado por los palos que le habían metido los puristas por el Himno de la alegría. Por el otro, lo consideró demasiado arriesgado, podría opacar el Himno a la alegría, que seguía vendiéndose mucho", cuenta Miguel Fernández, biógrafo de Waldo de los Ríos. Quizá Waldo también se olía el uso perturbador que daría Kubrick a Beethoven en el filme. En todo caso, lo que demostró la negativa —decirle NO a Kubrick tenía telita— es que Waldo estaba entonces en la estratosfera, de la que iba a caer pronto violentamente…

Julio Iglesias, Rosalía y el Himno de la alegría, el tridente del pop español de éxito planetario. ¿Quién no ha cantado estos versos a grito pelado alguna vez? "Escucha hermano la canción de la alegría/El canto alegre del que espera un nuevo día/Ven canta sueña cantado/Vive soñando el nuevo sol/En que los hombres volverán a ser hermanos".

Ocurre que la canción también tenía su (menos llamativa) parte bajonera: "Si en tu camino solo existe la tristeza/ Y el llanto amargo de la soledad completa".

Foto: julio-iglesias-hey-libro-rosalia-hans-laguna

En soledad completa se sentía Waldo de los Ríos cuando se pegó un tiro en su chalet madrileño, un 28 de marzo de 1977, siete años después de haber tocado el olimpo con el Himno a la alegría, versión de la Novena sinfonía arreglada para Miguel Ríos. Un libro y un documental (Waldo, estrenado hace unos días) revisan el auge y caída de Waldo de los Ríos, músico argentino llegado a España en los sesenta, arreglista orquestal para los superventas de la música ligera (Raphael, Jeanette, Karina) y compositor de bandas sonoras de culto (La residencia, ¿Quién puede matar a un niño?, de Chicho Ibáñez Serrador). Waldo de los Ríos, en definitiva, ganó fama y dinero a espuertas y todo el mundo le llamaba "el maestro"... pero varias nubes negras se aposentaron en su cabeza. La dificultad de repetir el éxito del Himno a la alegría, el declive de los baladistas orquestados (con excepción del pelotazo americano de Julio Iglesias), su tendencia a la melancolía, una frustrante y estrepitosa salida tardía del armario… Todo se mezcló en los últimos días de Waldo de los Ríos.

Pero pongamos el foco en la intrahistoria del Himno a la alegría como cima de su popularidad, el fogonazo decisivo antes de su paulatina erosión personal.

Sonido Torrelaguna

Cruce de los sesenta con los setenta. Estudio de Hispavox en la calle Torrelaguna, factoría de la música melódica española, con dos guiris asimilados a los mandos: Waldo de los Ríos y el productor italiano Rafael Trabucchelli, "artífices del Sonido Torrelaguna, un revolucionario procedimiento de grabación que Phil Spector había denominado muro de sonido y que solo se había experimentado en unos pocos estudios del mundo", cuenta Fernández en su biografía del músico argentino, Desafiando al olvido (Roca Editorial). O la madre de todos los colchones orquestales.

Tras unos primeros hits nacionales (La canción del tamborilero, de Raphael, y Las flechas del amor, de Karina), el Sonido Torrelaguna estaba a punto de entrar en órbita internacional...

"La beligerancia de Miguel Ríos es comprensible: cobró una parte residual de los derechos"

Waldo llevaba unos días escuchando la Novena sinfonía, cuando habló con Trabucchelli sobre darle una vuelta: "Beethoven rompió los esquemas cerrados de la composición, introdujo la percusión y los coros en la sinfonía, abrió un movimiento nuevo… ¿Qué música habría hecho hoy en día Beethoven?", preguntó a Trabucchelli, según el libro, que recoge así el diálogo:

-Te lo voy a decir con otras palabras: si Velázquez pintara hoy Las meninas, ¿repetiría el cuadro que hay colgado en el Prado? Probablemente no.

-A ver si te he entendido bien, ¿quieres tomar prestada la Novena de Beethoven para hacer…?

-Algo nuevo sobre lo eterno. A fin de cuentas, Beethoven lo hizo con Mozart. La Novena se inspiró en una pequeña composición de coro del austriaco.

Waldo había tenido una iluminación, quería hacer algo grande, con coro y orquesta, lo que generó dudas en la compañía, por exceso de presupuesto y por la posible aversión de una crítica musical chapada a la antigua.

¿Tanto mandaban los puristas? "Hay que entender la época. La frontera entre música culta y música popular se rompió hace tiempo, pero entonces eran realidades completamente separadas. Había una aristocracia musical encapsulada. Trabucchelli y De los Ríos temían que les dieran palos por adaptar a Beethoven", explica a este periódico Fernández, que acaba de sacar otro libro sobre las luces y sombras de la edad de oro de los baladistas, Yo no soy esa que tú te imaginas, biografía de Mari Trini.

Finalmente hubo luz verde al Himno a la alegría: "Waldo dirigió con fuerza y convencimiento la orquesta y coro en una de las sesiones de grabación más emotivas de cuantas se vivieron en los treinta años de vida de la compañía", escribe Fernández.

Pero la clave pop de la canción estaba aún cociéndose. ¿Y si le añadían letra e intérprete? Tras barajar varios cantantes, Trabucchelli contactó con Miguel Ríos, que aún no tenía definida su carrera rockera. Lo escribió Ríos en su biografía: "Me preguntó si había escuchado la Novena sinfonía. Tenía especialmente marcadas las ojeras; me confesó que la excitación no le había dejado dormir, que tenía que proponerme que grabara una canción maravillosa, que podía ser un gran éxito o nos podían poner a partir. Yo no entendía nada, pero me temía lo peor. "¡Joder! —pensé—, este me va a hacer cantar una antigualla". "Él seguía con su soliloquio sobre lo comprometido de la aventura, el riesgo que Waldo y él asumían con el mundo de la música clásica al atreverse con tamaña obra maestra. […] Me pidió que me acercara al piano para ver el tono y comentó que podíamos hacer historia o ser presa de la histeria de los críticos".

A Miguel Ríos se le esfumaron los prejuicios en cuanto encaró la composición: "El sonido me parecía majestuoso, y ya no me importaba que no fuera rock sinfónico, una expresión que se estaba acuñando en esos momentos. Salió una pieza pop, como todo lo que hacía esa casa, pero el resultado era mágico. La melodía que yo cantaba, con el texto de Schiller, era lo más espiritual que había interpretado hasta ese momento, y su sencillez solo podría haber salido de la mente de un genio".

La canción no fue un éxito instantáneo en España, hubo que esperar a que rompiera a nivel internacional. "Se grabó una versión en inglés que añadió estrofas sobre las ansias de libertad, por lo que, censura mediante, no pudo editarse en España", recuerda Fernández.

Las voces gruñonas se hicieron notar en las cartas al director de los periódicos: "Recientemente, ha aparecido en el mercado discográfico, bajo el nombre de Himno a la alegría, una desgraciadísima versión del cuarto movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven. En ella el cantante, que ya había asesinado antes No sabes cómo sufrí, de María Ostiz, pretende ir más lejos por lo visto, en su carrera de imitaciones mulas, cantando con un aire americano y con fondo de guitarra eléctrica y maracas el inmortal tema. Sorprende que ninguna voz se levante contra él, pues al igual que existe una propiedad intelectual, habría de existir un medio de que el actual desatino no se repita. Si un señor no tiene la suficiente categoría como para hacerse sus propias composiciones, no es admisible que las vaya copiando por ahí, de mala forma, y encima trate de hacer música pop española con temas sinfónicos alemanes. Cualquiera que oiga primero la versión moderna o copia mala y luego la auténtica, con su coro de ochenta voces y el grupo de solistas, tendrá la misma sensación que al comparar el retrato de una mujer bellísima y su caricatura".

placeholder Waldo y su perro. (RHM)
Waldo y su perro. (RHM)

El bombazo nacional e internacional de la canción tapó las críticas. Con el número uno en varios países, Waldo consiguió un supercontrato discográfico para centrarse en los discos de sinfonías. "En Hispavox, a principios de los años 70 —subraya el músico Alberto Cortez en el libro— vi un cheque extendido a nombre de Waldo por dos millones de dólares. Sé que puede parecer una exageración, pero es la verdad: ¡dos millones de dólares de 1971! ¡Una fortuna!". Sigue el texto: "Inesperadamente, Waldo, con sus aparatosas gafas, sus trajes príncipe de Gales, sus perros, sus partituras, se convierte en un personaje conocido en medio mundo". Pero la fama que generaba dinero, trajo también las primeras ansiedades. "Waldo me dijo una vez —contó el músico Astor Piazzolla— que había vendido cinco millones de discos y que eso representaba más o menos un dólar por disco incluyendo los derechos de autor […]. Cuando hizo el segundo disco en la misma onda, bajó el rating de cinco a tres millones, y eso lo bajoneó bastante, ya había entrado en la voracidad del dinero".

"Las consecuencias marcarían el resto de su vida", según el libro: "Waldo siempre había concedido mucha importancia a la plata pero, al inicio de la década de los setenta, el extraordinario éxito del Himno a la alegría lo convirtió en millonario, con todos los tics, contradicciones, obsesiones y manías propias de quien atesora una fortuna. Al insaciable deseo por ganar dinero, le seguía la pulsión por hacerse con todo aquello que podía llamar su atención. En España, y en Europa, se vivía una época que invitaba a gastar sin miedo". Ningún problema en ser manirroto si el dinero seguía fluyendo, pensaba Waldo, por bizarra que fuera la misión: transformado en el chico de moda, los encargos lucrativos llegaban de los lugares más inesperados. En 1971, José María Ruiz Mateos le encargó un himno para el décimo aniversario de Rumasa… Letra: "Zzzzzuuu —repite el coro imitando el sonido de un panal—, la abeja laboriosa de Rumasa, zumbido de inquietud que no descansa, las horas del progreso se adelantan, y cada día más, con fe y tenacidad, Rumasa crece y crece sin cesarrr". ¿El resultado? "Tan satisfechos quedaron los Ruiz Mateos con el trabajo que siguieron reeditando el disco hasta que el Gobierno de Felipe González decidió expropiar el enjambre de empresas en 1983", explica la biografía.

El mal rollo

La presencia del nombre Waldo de los Ríos en las portadas de los discos era garantía de prestigio y ventas, miraba cara a cara a los artistas más populares, a veces con "altivez", y algún gallo del gallinero se rebeló.

Lo cuenta el libro: "El éxito imparable no está exento de tropiezos. Obviamente, no a todo el mundo le gustan las orquestaciones de Waldo ni su carácter, ni el tono altivo que a veces emplea en el trabajo. Con Joan Manuel Serrat, por ejemplo, choca después de que este le rechazara los arreglos de varias canciones, como Manuel y Poco antes de que den las diez, incluidas en el disco que graba en 1969, tras la polémica por su negativa a ir a Eurovisión. Molesto, el arreglista carga contra el cantautor catalán durante una visita a Buenos Aires y se queja de que los españoles se interesen más por los toreros que por la música".

Foto: adolfo-crag-libro-musica

Serrat respondió a Waldo con vehemencia: "Mi pueblo podrá tener muchos pecados, pero nunca ha incurrido en la idiotez. El señor Waldo de los Ríos, expresando que el pueblo español no se preocupa más que por los ídolos del toreo, está afirmando que España está poblada por imbéciles, o mucho me estoy equivocando. El señor Waldo de los Ríos olvida que España le dio la oportunidad de ser artísticamente lo que hoy es: el señor Waldo de los Ríos es un desagradecido. En cuanto a mí, debo decir que el único arreglo que hizo para mis canciones fue el de Tu nombre me sabe a yerba, arreglo que debió ir a parar al canasto, pues si la canción era bastante mala, el arreglo fue mucho peor… [Waldo] se pasó la grabación leyendo un periódico en lugar de atender su labor. Fue bastante desagradable".

"El Himno a la alegría se transformó en una pesadilla para Waldo, en el fondo, no pudo llevar la vida que quería llevar"

En efecto, Waldo se vino arriba en la gestión del éxito, como muestran algunas entrevistas de la época: "España está considerado en Europa el segundo país en venta de discos. Yo he sido el causante de eso. Soy el artista que más divisas extranjeras ha hecho entrar en toda la industria discográfica española". Pero nadie vive del pasado en el pop, y los intentos de repetir el pelotazo del Himno a la alegría nunca se repitieron a esa escala. En la cabeza de Waldo se activó la clásica contradicción del artista ansioso por tener otro éxito que, a su vez, siente que las ventas y el reconocimiento son poca cosa comparadas con su genial arte. Fama, ni contigo ni sin ti. "Pagó muy caro el éxito, hasta le atormentaba tenerlo. Como músico, se sentía muy por encima de la imagen que su fama proyectaba de él", afirma el libro.

Echando la vista atrás con resquemor, Miguel Ríos enmendó la plana a los torrelagunos, además de ensalzar su papel en el pelotazo:

1) "La creación sonora del tema me pertenece a mí tanto como a toda la gente que intervino. Sin embargo, es mi voz, la forma en que yo la canto, lo que identifica a la canción. Me encantó hacerlo, pero no era la música por la que yo peleaba entonces".

2) "Waldo y Rafael eran buenos, habían descubierto una veta en la música popular española de aquel rollo, con muchos violines, mucho tal, una cosa que sonaba muy bien en la radio, pero no como para vender el Sonido Torrelaguna ni muchas de las cosas que ellos se creyeron. Ni podían compararse al Sonido Filadelfia ni Hispavox era la Tamla Motown. Artísticamente tenía valor, pero no el que ellos pensaban que tenía. Sí, Rafael y Waldo se endiosaron muchísimo. Era dificilísimo hablar con ellos, parecían Phil Spector y Burt Bacharach al mismo tiempo. O se hacía lo que ellos decían, o no había otro camino, y la música si tiene algo es posibilidades, hay mil formas distintas de entenderla. Cuando me di cuenta de que, a fuerza de hacer sucedáneos del Himno a la alegría, no podría seguir avanzando en lo que yo quería, en una línea más roquera, más personal, empezaron las fricciones. Bueno, con Waldo ninguna, porque prácticamente no hablaba".

¿Qué opina Fernández de las tirantes relaciones entre Ríos y De los Ríos? "El dinero une y separa a la gente. La actitud beligerante de Miguel Ríos es comprensible hasta cierto punto, pues cobró una parte muy residual de los derechos del Himno a la alegría, Waldo registró la canción como composición propia y se repartió los ingresos con la compañía, y hablamos de 6 millones de discos vendidos, cifras que no se han vuelto a ver. Es cierto que Waldo se subió un poco a la parra, porque enlazó dos éxitos gordos seguidos, el Himno a la alegría y la sinfonía 40 de Mozart, casi nadie le tosía".

Sigue Miguel Ríos: "No fui al entierro de Waldo porque estaba operado de vegetaciones y del tabique nasal, pero lo recuerdo con afecto. La última vez que lo vi… fue en su chalé de Conde de Orgaz… Estaba delgado otra vez… Sospecho que sufría. Me parecía un hombre muy sensible, muy culto. Todo surgió del éxito descomunal del Himno a la alegría y lo que vino después".

"El 'Himno a la alegría' se transformó en una pesadilla para Waldo de los Ríos"

Zanja Fernández: "El Himno a la alegría puede verse como una reflexión sobre la fragilidad del éxito, que te lo da todo, pero también te lo puede quitar todo. La canción acabó siendo un descenso a los infiernos para Waldo de los Ríos, hasta las narices de tener que grabar un disco al año con sinfonías, tenía otras inquietudes musicales, pero decidió seguir en la rueda para mantener el tren de vida demencial que llevaba", que incluía despampanantes deportivos únicos, como el Maserati Boomerang y el Porsche Tapiro.

"El Himno a la alegría se transformó en una pesadilla para Waldo. En el fondo, lo que pasó es que no pudo llevar la vida que quería llevar", resume Fernández, aludiendo a sus facetas públicas y privadas.

Waldo empezó a salir más de noche, perdió brío artístico y tuvo un desengaño amoroso con un chico. No estaba en su mejor momento, pero nadie esperaba que se pegara un tiro. El Himno a la alegría llevaba la semilla de la destrucción.

"El dinero, la fama, no le evitaron convertirse en el centro de una polémica que había acompañado a la Novena desde su estreno. La música de Beethoven provocaba apasionadas reacciones de simpatía y rechazo, una especie de maldición a todos los que se le acerquen. Como Pandora, Waldo de los Ríos desoyó a principios de 1970 las recomendaciones de los dioses y abrió una puerta que algunos se empeñaban en mantener cerrada", concluye el libro.

La actriz Isabel Pisano tenía junto a la encimera de la cocina una carta enmarcada de Stanley Kubrick hablando maravillas de su ex marido, Waldo de los Ríos, al que el director ofreció la banda sonora de La naranja mecánica. Pese a que Waldo era el gran arreglista orquestal del momento —venía de reventarlo con una adaptación pop de Beethoven, el Himno a la alegría—, no se atrevió con La naranja mecánica: lo que quería hacer Kubrick con Beethoven le parecía demasiado radical…

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