Cuando el papa Pío XII no condenó el exterminio nazi
Este es un extracto de 'El papa en guerra', de David I. Kertzer, en el que, tras acceder a múltiples archivos, traza un retrato de las acciones del pontífice mientras el conflicto bélico desgarraba el continente europeo
Pio XII (en aquel momento Eugenio Pacelli) abandonando el Palacio Presidencial de Berlín tras la celebración del 80 cumpleaños de Paul von Hindenburg en octubre de 1927. (Keystone/Hulton Archive/Getty Images)
La negativa de Pío XII a condenar a los nazis se volvía más incómoda para él a medida que aumentaban los informes de los horrores que los alemanes perpetraban en las tierras ocupadas. A finales de noviembre, supo que todos los esfuerzos del Vaticano para enviar suministros de socorro a la Polonia ocupada se estaban rechazando. Mientras tanto continuaba la brutal campaña de los alemanes contra el clero católico de Polonia, junto con sus nobles e intelectuales, en un esfuerzo por sofocar cualquier resistencia patriótica polaca. En la gran parte occidental de Polonia, que los alemanes se habían anexionado a principios de octubre, se había deportado o encarcelado a muchos sacerdotes. Un informe posterior del Vaticano describía la situación: "Las iglesias, que solo tienen permitido abrir una vez por semana durante dos horas, permanecen cerradas debido a la falta de oficiante. Sin sacramentos, sin predicación, sin instrucción religiosa. Destrucción absoluta de la próspera prensa católica de antaño […]. Sin seminarios. Sin conventos".
Un artículo de mediados de noviembre en L’Osservatore Romano relataba, sin comentario editorial, cómo a los judíos de Polonia se los segregaba del resto de la población y se los obligaba a llevar un "triángulo de tela amarillo" cosido a su ropa para distinguirlos de lo que el periódico del Vaticano denominaba la población "aria". Más adelante, en el mismo mes, un segundo artículo describía la creación por parte de los nazis de una "reserva" en Polonia adonde, bajo la autoridad de Hans Frank, el ministro alemán a cargo de los territorios ocupados, enviaban a todos los judíos de los países tomados por los alemanes. A principios de ese mes, al enterarse de que Hitler había escapado ileso de un intento de asesinato, el papa había enviado sus felicitaciones al dictador alemán.
Pío XII estaba preocupado por lo que sucedería si la guerra se prolongaba hasta la primavera y los alemanes emprendían la temida campaña contra Francia. En una reunión con el embajador francés, el papa le preguntó sobre la solidez de la línea Maginot, la cadena de grandes fortalezas, blockhaus y búnkeres que los franceses habían construido la década anterior a lo largo de su frontera con Alemania para prevenir una invasión. Era, le aseguró el embajador, "impenetrable".
Si el papa tenía alguna preocupación sobre las intenciones de Mussolini, esta no permeó para los italianos. El 7 de diciembre, en una colorida y muy divulgada ceremonia en el Palacio Apostólico, Dino Alfieri presentó sus credenciales como nuevo embajador italiano ante la Santa Sede, reemplazando a Pignatti, quien había alcanzado la edad de jubilación.
Recibido en el Vaticano por una falange de guardias palatinos que le rindieron honores, Alfieri respondió levantando el brazo en saludo fascista. Luego fue conducido por los pasillos del Palacio Apostólico mientras los guardias suizos y otros gendarmes pontificios añadían sus tributos ceremoniales. El papa, sentado en su trono, lo esperaba en la Sala del Trono, rodeado por su noble y ornada corte. "Fue la gloria de su Venerado Predecesor", declaró el recién nombrado embajador al papa, "establecer nuevas relaciones entre la Iglesia y el Estado en la Italia fascista". El papa concluyó sus propias declaraciones invocando la bendición de Dios sobre la familia real italiana y sobre Mussolini. La cobertura del periódico del Vaticano incluía un cálido perfil de Alfieri, una de las principales figuras del régimen fascista y un hombre sin experiencia diplomática. Para que a nadie se le pasara por alto el mensaje, el archifascista Farinacci dedicó un editorial en primera plana al evento en su Il Regime Fascista: "Las palabras del papa no admiten ninguna duda. Bendijo a Italia, que es fascista, y a nuestro Duce". El papa también, escribió Farinacci, bendijo al nuevo embajador, quien, señaló, había sido ministro de Cultura Popular cuando un año antes el Gobierno "puso en vigor las mismas leyes racistas que varios concilios [eclesiásticos] habían instituido a lo largo de los siglos".
Al día siguiente, en otro evento que atrajo una gran cobertura de prensa, Pío XII viajó a través del Tíber hasta Santa María la Mayor para dar su bendición navideña "Urbi et Orbi", dirigida a la ciudad de Roma y al mundo entero. La enorme Santa María la Mayor, fechada en el siglo, y consideraba una de las cuatro basílicas principales de Roma, cuenta con ricos mosaicos de ese periodo temprano y una cornucopia de esplendores artísticos atesorados durante los siglos siguientes. El papa viajó a la basílica desde el Vaticano en un sedán negro con la capota trasera plegada, desde donde mantuvo la mano derecha levantada mientras asentía repetidamente para reconocer a la entusiasta multitud que lo saludaba durante el camino.
Los hombres agitaban sus sombreros y las arrobadas monjas, reconocibles por sus cofias blancas, corrían junto al automóvil que circulaba lentamente. Cuando el coche se detuvo en la basílica, una unidad militar italiana saludó al pontífice mientras una banda interpretaba el himno papal. Después de bendecir a los soldados, el papa entró en la basílica, donde rápidamente cambió su sencilla túnica blanca por otra bordada y más sofisticada, y reemplazó el sombrero clerical de ala ancha negro que había usado en el automóvil por su magnífica mitra alta blanca. Salió de la basílica llevado en alto sobre susedia gestatoria, con asistentes a ambos lados que portaban una pluma de avestruz blanca sobre su cabeza, y volvió a saludar a la enorme multitud. Las tropas italianas, en firmes a lo largo de las escaleras de la basílica, presentaron armas mientras una banda militar volvía a interpretar el himno papal, seguido del himno fascista "Giovinezza". Era, en muchos sentidos, una típica mezcla del simbolismo papal y fascista a la que los italianos ya se habían acostumbrado.
Portada del libro de Kertzer, edita 'Atico de los libros'.
A medida que se acercaba el final de 1939, los italianos se enteraron de los planes para una manifestación aún más aparatosa de amistad papal con el Gobierno. El papa y el rey celebrarían la temporada navideña con un intercambio de visitas sin precedentes. Los eventos, muy divulgados, comenzaron con la visita —meticulosamente protocolizada— de la familia real al papa el 21 de diciembre. Una docena de limusinas negras partieron del Palacio del Quirinal, en procesión por la ciudad hacia el Vaticano. Las tropas se alinearon a lo largo de las calles mientras los romanos se agolpaban detrás de ellas y vitoreaban a la familia real. El embajador francés describió la escena en el Vaticano cuando la pareja real salió del coche: con la guerrera cubierta de cintas y medallas abigarradas, "el rey enclenque y achaparrado, con su uniforme de general", emergió y se quedó de pie junto a la alta "reina Elena, imponente, con vestido blanco y mantilla". Se les unió el yerno de Mussolini, Galeazzo Ciano, con su chaqueta ministerial bordada.
Durante la audiencia privada del papa con la pareja real en la Pequeña Sala del Trono del Palacio Apostólico, el papa se quejó del trato de Alemania a la Iglesia. El mensaje encontró una audiencia receptiva en el rey, visceralmente contrario a los alemanes. Después de su breve conversación, el papa invitó al numeroso séquito del rey, con Ciano a la cabeza.
"No hay duda", informó el embajador francés al día siguiente, "de que la visita de ayer del rey Víctor Manuel III al nuevo papa supuso una prueba más del deseo de distensión y colaboración entre los dos poderes que comparten Roma". Dados los rápidos acontecimientos en Europa, el veterano embajador francés ofreció una nueva hipótesis sobre lo que la Italia fascista pretendía fortaleciendo aún más sus lazos con el Vaticano. Menos de un mes antes el Ejército soviético había invadido Finlandia y abundaban las especulaciones sobre cuál sería su próximo objetivo. Con los alemanes ahora aliados con los soviéticos, "la Italia fascista intenta crear un frente unido con la Iglesia católica". Presentándose como el defensor de la fe, el Gobierno fascista "pretende contar con la colaboración de la Santa Sede para, cuando llegue el momento adecuado, proponer a los beligerantes una paz de compromiso en nombre del cristianismo y de los altos intereses de la civilización europea".
Durante la audiencia privada del papa con la pareja real en la Pequeña Sala del Trono del Palacio Apostólico, el papa se quejó del trato de Alemania a la Iglesia
Si la visita del rey al Vaticano sacudió a la opinión pública, la decisión papal de devolvérsela produjo una impresión todavía mayor. La última vez que un papa había puesto un pie en el Palacio del Quirinal fue cuando el palacio era suyo: durante mucho tiempo el Quirinal había sido, en efecto, hogar de los papas. Cuando las tropas del abuelo —y tocayo— del rey actual, Víctor Manuel II, depusieron a Pío IX como gobernante de los Estados Ponti!cios y ocuparon el palacio papal en 1870, el papa lo excomulgó. De hecho, al parecer ese día el papa también maldijo la presencia del monarca italiano en el Quirinal. En cualquier caso, el vasto edificio distaba mucho de ser acogedor: sus 110 000 metros cuadrados lo convertían en uno de los palacios más grandes del mundo. La familia real, de hecho, vivía en otro lugar, y solo utilizaba el Quirinal para ocasiones ceremoniales.
En Milán, el cardenal Schuster, arzobispo de la archidiócesis más importante de Italia y caracterizado por algunos como un "fascista convencido", se regocijó con la noticia de la visita. Partícipe a su manera en el evento histórico, el cardenal organizó su propio intercambio de visitas ceremoniales con el jefe de la rama provincial del Partido Fascista de Milán. El periódico católico local publicó una foto del cardenal Schuster llegando a la sede fascista, rodeado de hombres con camisas negras que lo recibieron con el saludo fascista. Marchó a lo largo de una guardia de honor fascista para reunirse con el federale, el jefe provincial del Partido Fascista, con quien, según el periódico, tuvo una "larga y cordial conversación".
**David Kertzer, autor ganador del premio Pulitzer, es también antropólogo e historiador además de una autoridad en política, sociedad e historia italianas; simbolismo político; y demografía antropológica. Es autor de doce libros y 'El papa en guerra' ha sido galardonado con el premio Julia Ward Howe, convirtiéndose también en bestseller del New York Times o Mejor Libro del Año para The New Yorker, entre otros.
La negativa de Pío XII a condenar a los nazis se volvía más incómoda para él a medida que aumentaban los informes de los horrores que los alemanes perpetraban en las tierras ocupadas. A finales de noviembre, supo que todos los esfuerzos del Vaticano para enviar suministros de socorro a la Polonia ocupada se estaban rechazando. Mientras tanto continuaba la brutal campaña de los alemanes contra el clero católico de Polonia, junto con sus nobles e intelectuales, en un esfuerzo por sofocar cualquier resistencia patriótica polaca. En la gran parte occidental de Polonia, que los alemanes se habían anexionado a principios de octubre, se había deportado o encarcelado a muchos sacerdotes. Un informe posterior del Vaticano describía la situación: "Las iglesias, que solo tienen permitido abrir una vez por semana durante dos horas, permanecen cerradas debido a la falta de oficiante. Sin sacramentos, sin predicación, sin instrucción religiosa. Destrucción absoluta de la próspera prensa católica de antaño […]. Sin seminarios. Sin conventos".