A la generación del 15M le gustaría volver a 2012 (pero no puede)
Quizá debajo de la nostalgia de 2012, un año que no fue bueno para nadie, no hay más que la melancolía generacional por una época en la que parecía que alguien nos escuchaba
Manifestantes en el 15-M en Madrid. (EFE/Kiko Huesca)
La migración aparentemente masiva a Bluesky ha propiciado una sospechosaeuforia entre los fugitivos de Twitter. Ya no hay nazis, ya no hay incentivos perversos que potencien los mensajes más tóxicos, ya no hay contenido basura, ya no hay personas que no piensen como nosotros. Bailamos en corro cogidos de la mano delante del arcoíris, nuestras voces vuelven a ser escuchadas y hemos reencontrado a esos amigos a los que se tragó el algoritmo de Musk. Vuelve a ser 2012.
Digo migración aparentemente masiva porque si Twitter (luego X) ya tenía poco arraigo entre la población general, Bluesky ni te cuento.Estamos los que estábamos hace diez, quince años, con unas cuantas bajas por el camino. Pero la gente está (estamos) volviendo a publicar como si no hubiese pasado nada de nada en la última década. En realidad, no echamos de menos el Twitter original. Echamos de menos un tiempo en el que pensábamos que nuestra opinión contaba, queteníamos una parroquia atenta a nuestras publicaciones. Un tiempo en el que aún no habíamos decepcionado a nadie.
Las personas que nos están volviendo a escuchar son, de hecho, aquellas con las que interactuábamos con aquella época, pero más calvas, más gordas y con peor piel. Hemos vuelto a aquel hogar en el que llovían los favs, los retuits y los mensajes privados. En definitiva, el casito que, de paso, nos servía para hacer algunos amigos. En aquel Twitter se reunían el mundo periodismo, el mundo política y el mundo cine, cada uno de los cuales ha sufrido sus propias crisis durante los últimos años, generalmente en forma de agresión sexual y decepción política.
Ese espejismo de relevancia había sido engullido por el histrionismo de las nuevas formas de comunicación: los influencers, los podcasters, los tiktokers, las estrellas emergentes de la nueva izquierda, el dilotatismo y los productores de contenido que solo saben comunicarse en clips de 30 segundos. Lo perturbador es que toda esta nueva hornada de estrellas audiovisuales no dejan de ser una versión extrema de lo que empezamos a fraguar una década antes, como un reflejo de nuestras peores pulsiones. Quizá hasta nos sintamos reconocidos.
Se vive mejor contra algo, porque eso permite articular un relato generacional
La gran ironía se encuentra en que 2012, la referencia que se está utilizando como año cero de Twitter, no fue buen año para nadie. Es, de hecho, uno de los más críticos de la historia reciente de España, en plena crisis del euro, los niveles más elevados de paro de todos los tiempos (25,8%), corrupción campante y recortes. Unos datos que muestran que como se vive bien es contra algo, porque fue ese momento en el que toda una generación empezó a sentir que desde esas ruinas se podía construir algo propio.
Un instante que permitió a muchas de las personas que ahora tenemos entre 30 y 45 años encontrar nuestro hueco en el mundo laboral, político, cultural. El perfil es muy concreto. Un millennial con ciertas preocupaciones políticas (más bien de izquierdas, aunque también tenía cabida ese punto "progresista en lo social, liberal en lo económico", de Ciudadanos), tal vez votante de Ada Colau o Manuela Carmena, interesado por el municipalismo, el cine minoritario y experimental (que no de autor, eso era sociata), la música indie (indie de masas y los grupos de sus colegas) y que entendió que toda crisis es una oportunidad. La de hacerse hueco en partidos políticos, productoras o medios.
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Twitter jugó un papel importante como expresión máxima del Internet de las Palabras, porque terminó convirtiéndose en un potente motor de networkingsin que nos diésemos cuenta al principio, hasta que fue demasiado tarde y lo emponzoñó todo. Por eso Bluesky es como una cena de viejos alumnos que han olvidado viejas rencillas, donde tiene cabida el que prosperó y fundó una empresa y el que cayó en las drogas. Donde se vuelve a publicar como en 2012, pero ya por mera nostalgia, por el placer de hacerlo, sin ninguna pretensión de conseguir nada, porque ya está todo el pescado vendido y la caza mayor se encuentra en otros lugares.
Aquel fue un contexto en el que se empezó a articular de forma visible un hipotético relato generacional en torno al 15M, que más tarde permearía a la política, la cultura y los medios de comunicación. Era el optimismo contagioso de los años en los que un desconocido Carlos Vermutacababa de rodar Diamond Flash, una pequeña película rebelde que inspiró a toda una generación de cineastas y productores a hacer cine como fuese, con lo que se pudiese; cuando Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero estaban poniendo en marcha Podemos; cuando en apenas unos meses se fundaron dos medios referentes para la izquierda como son El Diario y La Marea. Qué año, 2012.
Un momento en el que esa ilusión del 15M aún no había sido capitalizada por un partido político, por un medio de comunicación o por una gran plataforma de contenidos audiovisuales. En el que aún no había ocurrido lo de Vermut ni lo de Errejón, cuyos fantasmas parecen seguir rondando, recordándonos que siguen presentes, aunque se hayan convertido tabú, en esos mismos lugares y en esas mismas redes y entre la misma gente.
Quizá no solo hemos fracasado, sino que hemos sido aún peores: más egoístas y más personalistas que tanto criticábamos
Lo de Errejón ha significado la última estocada anímica a una generación que ya estaba bastante decaída a estas alturas, porque ha concretado el salto de la mera fatiga política y emocional a la descomposición moral. Bluesky ofrece la ilusión de volver a vivir como si fuese 2012 y no hubiese ocurrido nada de eso. Pero claro que ha ocurrido.
Una muerte en la familia
Toda esa celebración ingenua no hace más que maquillar de que se trata de un acto de defunción generacional al admitir implícitamente que lo único que nos une es intentar volver a un pasado que ya no existe. Regresar a ese lugar de confort como si no hubiésemos visto, oído y vivido demasiadas cosas y experimentado demasiadas decepciones. Al final, aquella forma de comunicación ya está, para muchos, rentabilizada: ya se colocaron, consiguieron su cargo o su puesto y desaparecieron. No se les ha visto el pelo en X ni se les verá en Bluesky.
La diferencia entre 2012 y 2024 es la diferencia entre tener 30 años y pensar que está todo por hacer y tener 40 y admitir que tal vez no hemos hecho nada o, peor aún, que todo lo que hemos hecho está mal. Nos está tocando vivir el equivalente a lo que debió experimentar la generación de mayo del 68 a finales de los setenta, con la llegada de Margaret Thatcher y Ronald Reagan al poder, el aburguesamiento cínico de la generación que había pretendido acabar con los roles establecidos y terminó imponiendo unas nuevas reglas en muchos casos aún peores, y el triunfo arrasador del neoliberalismo, primero económico y luego cultural.
Viviendo nuestro 1981. (Reuters/Chas Cancellare)
Nos hemos tenido que enfrentar a nuestro reflejo más feo. No solo hemos fracasado, sino que tal vez hemos hecho más daño, hemos sido más egoístas y más personalistas que todos aquellos a los que tanto criticábamos. Pero tan implacable e injusta es esa visión como naif, aquella percepción que teníamos de que éramos los llamados a asaltar por fin los cielos y enmendar todos los errores cometidos tras la apresurada Transición. Las generaciones no son ni mejores ni peores; todas son, seguramente, igual de mediocres, condenadas a repetir la mayor parte de errores de las anteriores y aprender alguna que otra lección.
El cinismo nunca es una solución para nada. En una cita de Nick Cave que se ha vuelto a viralizar estos días, el cantante recordaba que "el cinismo no es una posición neutral, y aunque no pide casi nada de nosotros, es muy contagioso e increíblemente destructivo". "La maldad más común y fácil", añadía. Es normal que en este momento, la moral de la generación 15M esté por los suelos, pero tarde o temprano la rueda del destino volverá a girar. Y quizá volvamos a tener la sensación de que alguien quiere oír lo que decimos, aunque solo sean los mismos pesados que conocimos hace quince años en un foro de internet.
La migración aparentemente masiva a Bluesky ha propiciado una sospechosaeuforia entre los fugitivos de Twitter. Ya no hay nazis, ya no hay incentivos perversos que potencien los mensajes más tóxicos, ya no hay contenido basura, ya no hay personas que no piensen como nosotros. Bailamos en corro cogidos de la mano delante del arcoíris, nuestras voces vuelven a ser escuchadas y hemos reencontrado a esos amigos a los que se tragó el algoritmo de Musk. Vuelve a ser 2012.