Palestina, Camboya o el horror azteca, el libro que nos habla (sin tapujos) de los genocidios
Charlamos con Álvaro van den Brule, colaborador habitual de este periódico, sobre su nuevo ensayo: 'El libro de los genocidios. ¿Somos una civilización?'
"Llevo dos años como un eremita activo en Fuerteventura", explica Álvaro van den Brule, firma habitual en este periódico, siempre dispuesto a contar sus increíbles aventuras en algún lugar recóndito de este planeta. Parece necesario preguntarle de dónde saca el tiempo para tantas cosas, pues uno podría sentirse un poco culpable de perder el tiempo en comparación con él. Además de dedicar su tiempo a su organización sin ánimo de lucro, Ajedrez sin fronteras, que se encarga de enseñar ajedrez a mujeres en riesgo de exclusión desde Argelia a Lesbos, pasando por Jordania o Etiopía, van den Brule también tiene tiempo para escribir, ya sea sobre historia o, como acaba de autoeditar, sobre un tema un poco más delicado. Hablamos sobre su nuevo ensayo,
Estudia ajedrez, nada, medita "sumido en el desconcierto de la realidad" y ahora también reflexiona sobre la sensación de impotencia que tenemos actualmente, así como pretende denunciar la impunidad de aquellos que se recrean en el dolor de los semejantes. En realidad, van den Brule no es precisamente novato en el arte de escribir (ya carga con varios libros de historia a sus espaldas, desde Acero y gloria a Inglaterra derrotada), pero el tema que en concreto ha elegido ahora es particularmente actual. "Siempre he intentado dar voz a las causas perdidas", apunta.
"Silenciar este escabroso y atroz tema me exigía dar la cara ante tanta barbarie. Reclamar un lugar en la literatura, un espacio para dar eco a estos genocidios, me parecía de rigor. Era como revitalizar el eco del silencio en el que se han sumido millones de historias enterradas en el anonimato de la historia. Un acto de justicia, en definitiva, para rescatar del horror y del abismo humano a gentes que pagaron un alto precio ante la irracionalidad de sus semejantes", señala. Es un tema que, incluso, le ha afectado a nivel personal: "Cuando estaba elaborando los tres últimos capítulos me sentía torturado por las imágenes de la barbarie. La conclusión del libro fue muy dura y llegué arrastrándome a la meta".
"No comprendo la desidia internacional en relación con un pueblo como el palestino"
En momentos como los actuales, parece irremediable preguntarle por Palestina, donde considera que se está llevando a cabo "un genocidio de manual". "Esto se debe a que no hay una planificación patente para obviar los efectos colaterales, todo vale, y en el caso de que se diera, estaríamos hablando entonces de una sádica forma de barbarie", cuenta, señalando la actual nación de Israel está dirigida por "un gánster cuyos niveles de corrupción son literalmente inaceptables. ¿Te imaginas a Al Capone en la presidencia de Estados Unidos? Si con ese argumento entendemos que todo vale, cabe preguntarse si el mal infligido a los palestinos con su diáspora y los miles de muertos entre la población civil, más la carta blanca para todo tipo de atropellos contra los derechos humanos, las expropiaciones de territorios seculares, el estado de terror permanente en el que viven, etc., diluye la compasión de la humanidad hacia quienes padecieron el sufrimiento de la Shoah y la brutalidad con que se llevó a cabo".
En el caso de El libro de los genocidios, desde el horror azteca a Camboya, pasando por el Holodomor o la gran hambruna de Bengala, van den Brule relata y enumera algunos de los hechos más terribles de la historia y lo hace "en memoria de todos los caídos a manos de la barbarie genocida". "Creo que hay un común denominador en todos ellos", explica. "Es la bestialidad desatada por los seres humanos ante sus semejantes. No deja de asombrarme este tema. Si tengo que elegir algún evento de los nombrados en el libro que me haya llamado especialmente la atención es el del pueblo tibetano, nunca entendí por qué se dejó masacrar sin oponer resistencia. Y volviendo a Palestina, tampoco comprendo la desidia internacional en relación con un pueblo como el palestino, hoy diáspora de siete millones de sujetos en diferentes países y gentes a las que conozco más que un poco por mis visitas a Líbano y Jordania como profesor de ajedrez en los campamentos de refugiados a través de la ONG que presido".
Como es lógico, se ha dejado algunos genocidios en el tintero. "Muchos de ellos han sido promovidos por las grandes potencias por activa o por pasiva. La crueldad de los vencedores en la terrible Guerra Civil española con los perdedores; la represión en la Argentina de Videla y Galtieri con episodios escalofriantes; el salvajismo promovido por la Escuela de las Américas promovido por EE.UU contra los pueblos del mundo y en particular contra la oposición de los pobres en Sudamérica, a los que con la coartada de que eran comunistas –como si el capitalismo no fuera atroz en su esencia– torturaban y hacían desaparecer con mecanismos pasmosos. Los franceses en Argelia, los ingleses en los diferentes países tras la conclusión de la descolonización en los países africanos que los padecieron, etc. Básicamente es asombroso el increíble abanico de resortes de la irracionalidad del llamado género humano", señala.
"Hay pueblos que son incapaces de recordar que lo que padecieron no debería repetirse"
Para manejar el desafío de narrar unos hechos tan duros de manera rigurosa y a la vez fácil para el gran público, van den Brule decidió planear continuamente sobre la idea de reclamar justicia. "Considero que en el ser humano hay bondad y generosidad, pero también entiendo que el miedo preside nuestros actos en los momentos críticos. Sé que habrá lectores que podrán leer el libro y quedarse sobrecogidos; otros pensarán que no hay nada que hacer al respecto; pero sé que algunos podrán acabar de leer el libro en su integridad y sobreponerse al espanto. La toma de conciencia sería el efecto deseado para evitar que estos actos se vuelvan a reproducir en el futuro, algo se habrá conseguido si podemos mentalizar a las gentes de lo que es el horror y las guerras y sus consecuencias. También creo, lamentablemente, que hay pueblos que son incapaces de recordar que lo que padecieron no debería repetirse y más si cabe, son capaces incluso de reproducirlo habiendo sido ellos las víctimas".
"No sé si la escritura de estos episodios inhumanos me ha transformado", confiesa. "A través de la ONG que presido he visto mucho sufrimiento y llueve sobre mojado. Estoy entrenado para aceptar lo inevitable de la realidad. Creo que la condición humana debería explorarse más y mejor para evitar estos desaguisados, pero no soy muy optimista al respecto. Al menos, espero que la lectura de mi ensayo ayude o contribuya, aunque creo que hay dos polos que tendrían que coincidir para que aquello que se lea deje huella. Uno, que el tema despierte el interés del lector; otro, que el lector se humanice para poder predicar con sus actos un atisbo de un mundo mejor".
"Llevo dos años como un eremita activo en Fuerteventura", explica Álvaro van den Brule, firma habitual en este periódico, siempre dispuesto a contar sus increíbles aventuras en algún lugar recóndito de este planeta. Parece necesario preguntarle de dónde saca el tiempo para tantas cosas, pues uno podría sentirse un poco culpable de perder el tiempo en comparación con él. Además de dedicar su tiempo a su organización sin ánimo de lucro, Ajedrez sin fronteras, que se encarga de enseñar ajedrez a mujeres en riesgo de exclusión desde Argelia a Lesbos, pasando por Jordania o Etiopía, van den Brule también tiene tiempo para escribir, ya sea sobre historia o, como acaba de autoeditar, sobre un tema un poco más delicado. Hablamos sobre su nuevo ensayo,