El cinismo de la generación que dejó de servir a los demás para servirse a sí misma
Ese es el estilo de vida neoliberal: utilizar los privilegios asociados a tu dedicación como una manera de satisfacer tus deseos. Pero no eres una estrella del rock, eres un servidor público
Ha surgido durante los últimos años un pequeño subgénero ensayístico que podríamos clasificar dentro del cajón de sastre del "antitrabajismo". Durante décadas, estos libros, a menudo panfletos (en el buen sentido) como La abolición del trabajo de Bob Black, solían surgir del activismo anarquista. Hoy, el tema ha entrado con fuerza en el mainstream editorial. Periodistas de los grandes medios estadounidenses o académicos de primera fila escriben sin parar sobre el tema. Yo también. Si esto es así, ahora se debe a que ha habido un claro cambio generacional en nuestra relación con el trabajo. Ya no creemos (tanto) en él.
Por lo general, estos ensayos se centran en el sector privado, en determinado tipo de organización empresarial a lo startup, muy proclive a la palabrería y la autoexplotación, y en determinadas industrias como el arte, la tecnología o el mundo académico (cada una tiene un capítulo en el libro de Jaffe). Entiendo que nos mantengamos alerta contra las trampas de la vocación cuando solo sirven para el enriquecimiento personal de unos pocos.
Más delicado es cuando hablamos de servicios públicos o de profesiones que juegan un importante rol social. En su libro, Jaffe explica que se espera que por su vocación, los profesores acepten una carga laboral que termina perjudicando no solo su salud mental o física, sino también a sus alumnos: "Los profesores que acabaron siendo purgados se habían dedicado precisamente a aquello para lo que se les había contratado: preocuparse por los niños que tenían a su cargo, luchar por ellos, anteponerlos a sus propios intereses". Pero hay una posible alternativa oscura. Que la crítica derive en un descreimiento absoluto que conduzcaa la legitimación del interés propio.
Lo de Errejón me ha hecho recordar este cinismo que ha cundido entre una serie de perfiles que, bajo la apariencia de servidores públicos, no han hecho más que servirse a sí mismos, ya sea aprovechándose de sus posiciones para ligar, solucionarse la vida laboral o ponerse hasta las trancas. Nos hemos metido tanto con la vocación que hemos terminado olvidando que la vocación de servicio público existe. Si eres político, periodista, médico o profesor, lo siento, pero no vienes a servirte sino a servir.
Se habla mucho de la trampa de la vocación y poco de la vocación de servicio
Me he hartado de identificar esa actitud entremillenials tardíos, la generación de los políticos (y otras figuras) del 15M y la mía propia, que ha adoptado ese cinismo del "sálvese quien pueda" en el cual se admite, aun con la boca pequeña, que lo importante es el beneficio particular a costa de desentenderse en parte de las responsabilidades que uno ha aceptado con su dedicación diaria. Nos hemos reído demasiado las gracias los unos a los otros.
Ese sí que es el verdadero estilo de vida neoliberal al que se refería Errejón en su carta: utilizar los privilegios asociados a tu dedicación (dinero, fama, que la gente te escuche si eres un político o escritor carismático) como una manera de satisfacer tus deseos, ya sea ego, sexo, dinero, casito o una casa en propiedad. Pero no eres una estrella del rock, eres un servidor público y lo que haces cada día impacta en la sociedad. En la derecha es consecuencia de perseguir el éxito personal por todos los medios; en la izquierda, del desencanto del ciclo 15M que ha pasado de "asaltar los cielos" al "vamos a aprovechar, que nos quedan dos telediarios". (Leyendo el testimonio de Lorena Ruiz-Huerta, además, parece que entendían la nueva política en términos de competición muy neoliberal)
Foto: EFE/Julio Muñoz.
Me da miedo que esa desafección hacia la labor a la que uno dedica la mayor parte de la vida permee a los que sirven a la sociedad. Es decir, a aquellos que deberían tener vocación de servicio público. Cuando he publicado reportajes sobre trabajadores del sector sanitario o educativo hay un correlato que se puede leer entre líneas y que resulta casi tabú explicitar: algunos de esos profesionales simplemente lo son como consecuencia de que la inestabilidad laboral les llevó a ser funcionarios porque les pareció fácil y seguro. Lo he oído en boca de alguno de sus compañeros: muchos de esos profesores que se quejan de sus alumnos no deberían serlo porque terminaron ahí de rebote.
Se habla demasiado de la trampa de la vocación y demasiado poco de la desaparición de la vocación de servicio. En definitiva, hablamos demasiado de nosotros mismos y de cómo el trabajo nos hace sufrir y demasiado poco de cómo nuestro trabajo (o nuestra desilusión hacia él) perjudica a los demás. En definitiva, nos importamos mucho nosotros y nos importa cada vez menos el resto. Un efecto derrame desde el cinismo de la política hasta nuestro día a díamás gris.
Hablar de la vocación y del impacto que queremos que nuestro trabajo tenga en la sociedad es hoy casi un tabú. Es un problema porque supone aceptar, primero, una derrota, y segundo, dar la espalda a tu responsabilidad. Hoy suena naif decir en voz alta que esperas que tu trabajo tenga algún efecto (positivo) en la sociedad, pero es casi admisible, incluso digno de aplauso, reconocer que lo haces por dinero. Una mentalidad generacional que solo puede conducir al cinismo: imagínate levantarte cada día pensando solo en ti.
Detecto en parte de aquella izquierda un creciente individualismo: aprovecha si puedes
La relación con lo de Errejón quizá no sea evidente, pero creo que participa de una misma lógica mental en la que la desilusión conduce al cinismo y, más tarde, al propio provecho. Detecto en una parte de aquella izquierda idealista un creciente individualismo en el que, conscientes de que la fiesta puede acabarse en cualquier momento, se dedican a sacar los últimos réditos, salvar su puesto y reforzar su marca personal. Por supuesto, eso sí, maquillando este cinismo bajo una capa de barniz verborreico que lo autojustifique. Autocrítica y seguimos.
Las cosas de las que hay que hablar
Me crie en una época en la que estaba feo hablar de dinero, de cuánto cobrabas, de cuánto te pagaban y de lo que costaban las cosas; de que unos tenían más y otros menos. Desde los años de la crisis de 2008 aprendimos a hablar mucho más de dinero y, en general, de lo material, hasta que ha dejado de ser un tabú. Una transparencia que nos ayuda a entender mucho mejor el lugar que ocupamos todos en la sociedad.
Es posible que esto haya derivado en un materialismo ombliguista en el que más que obreros concienciados parecemos yuppies presumiendo de picaresca.Casi empiezo a echar de menos aquel decoro de no hablar de pasta. Porque en esa transparencia verbal del "hablemos de dinero" empieza a colarse el cinismo del que coloca su interés propio y material por delante de cualquier otra cuestión. A veces hablar de lo material es hablar de nosotros y hablar de por qué nos levantamos cada día, es hablar de los demás.
Querida Estefanía, ¿seguro que estás entendiendo bien las recomendaciones de tu psicóloga? pic.twitter.com/lLWtxy8hYx
Sospecho que este ensimismamiento nace de la penetración del lenguaje terapéutico en nuestra vida y, con ella, la tendencia a ponernos a nosotros mismos por delante de todo. Me hizo gracia ese tuit de Mikel Iturriaga en el que mostraba el mensaje privado de una usuaria que decía que su psicóloga le había aconsejado decir en voz alta lo que quería decir. Que por una vez pensase en sí misma antes que en los demás. Y eso consistía, exactamente, en pedirle que le regalase el libro. "Querida Estefanía, ¿seguro que estás entendiendo bien las recomendaciones de tu psicóloga?", le respondía El Comidista.
Todos somos cada vez más como esa usuaria. No es posible que todos pensemos que nos preocupamos demasiado por los demás (como parece que te dicen cada vez que vas a terapia), tiene que haber alguien que sea consciente de que solo piensa en sí mismo. Porque, de hecho, es lo que hacemos sin parar: pensar únicamente en nosotros mismos, como le ha ocurrido a algún que otro desgraciado que vino a servirse y no a servir.
Ha surgido durante los últimos años un pequeño subgénero ensayístico que podríamos clasificar dentro del cajón de sastre del "antitrabajismo". Durante décadas, estos libros, a menudo panfletos (en el buen sentido) como La abolición del trabajo de Bob Black, solían surgir del activismo anarquista. Hoy, el tema ha entrado con fuerza en el mainstream editorial. Periodistas de los grandes medios estadounidenses o académicos de primera fila escriben sin parar sobre el tema. Yo también. Si esto es así, ahora se debe a que ha habido un claro cambio generacional en nuestra relación con el trabajo. Ya no creemos (tanto) en él.