El filósofo Javier Sádaba repasa su tiempo: "Con la edad soy más radical, no más moderado"
En su nuevo libro, 'Al final del viaje', el intelectual reflexiona sobre diversos acontecimientos desde la Transición hasta la actualidad. “No se trata de hablar de mí, sino a través de mí”, explica
Quienes sean muy jóvenes no lo recordarán. Pero ese no será el problema. El problema será que quienes son muy jóvenes no podrán creer que fue posible, que hubiera un tiempo en que se podía escribir al mismo tiempo en La Razón de Luis María Anson y en el diario aberzale Egin; o formar parte casi una década del consejo editorial de El Mundo –de Pedro J, sí– sin estar adscrito a la línea editorial del medio; ser catedrático de Ética y salir en la tele junto a Lola Flores y María Teresa Campos; asistir a una presentación de Loewe y defender la autodeterminación de Euskadi.
Hubo un tiempo, sí. Ese tiempo fue (y es) el de Javier Sádaba Garay, que nació en Portugalete en 1940, hizo todas esas cosas, y el próximo mes cumple 84 años. Acaba de publicar en Almuzara el libro Al final del viaje. Mi vida, mi mundo y lo define para El Confidencial como “una especie de exutorio, un desahogo, donde lo que hago es hablar de la época desde la Transición hasta ahora, pero no de mí sino a través de mí; de los aspectos más importantes que han ocurrido en el tiempo que me ha tocado. Ahí cabe la política, la sociedad, hay excursiones religiosas… Me parecía importante hacer una especie de legado”. ¿Por qué? Porque para Javier Sádaba no hay filosofía fuera o lejos del mundo y el mundo de hoy, en parte, se explica por ese mundo de ayer que poco a poco va desapareciendo a medida que lo hacen sus protagonistas.
“¿Es este un libro póstumo?”, como le comentó recientemente el paleontólogo Juan Luis Arsuaga cuando supo de la existencia de esta nueva obra. No rotundo. Lo corroboran las palabras que cierra el libro: “Y ahí estoy”.
Porque hay muchas cosas que pasan hoy que hunden sus raíces en aquellos días. “Lo que se discute y se pelea en la actualidad sobre el partidismo y la carencia de imparcialidad de los jueces estaba cantado. Viene de una Transición que hace de los partidos políticos los dueños del mercado”. Y en una especie de travelling: “En las dos últimas décadas, y de forma acelerada, al intercambio de gobiernos entre la derecha clásica y una izquierda de retales lo ha acompañado una convulsión sociopolítica con destrozos considerables en la convivencia. Por medio, en Cataluña se dio un paso a la independencia, con negativa del poder central que ha agravado todo. Y se han formado dos bloques irreconciliables. El odio ha hecho su aparición y se han quemado todos los puentes que posibilitaban una discusión racional. Algunos pensamos que estos lodos son fruto tardío y podrido de los polvos de la Transición. Sea como fuere, el ambiente se ha hecho irrespirable y no hay espacio que permita alzar la cabeza y razonar. Todo es ruido. Y se han formado dos equipos al modo de sectas, con sus respectivos acólitos. Dichos acólitos son el pan nuestro de cada día en un debate convertido en guerra”, se lee en el libro.
"Para mí no hay ninguna diferencia entre un tío de Podemos y una secta o los capuchinos"
A propósito de todo ello, en el mano a mano, Javier Sádaba denuncia con vehemencia lo que ha llamado la religión de la política: “Para mí no hay ninguna diferencia entre un tío de Podemos y una secta o los capuchinos. Todos tienen sus dogmas o sus seudodogmas –que son inatacables–, tienen un armaje protector, hacen proselitismo… Y tienen una cobardía absoluta. En público nunca dicen nada que vaya contra el grupillo”.
Y al hablar de polarización, de la relación entre las corrientes políticas tradicionales, afina: “Cuando hay una terrible derecha en toda Europa, o en el mundo, como quieras, lo peor que puede pasar es que tenga al lado una falsa izquierda, porque es el mejor alimento para la derecha, el mejor. Y no sabe muchas veces la gente de izquierdas, o que se dicen de izquierdas, que le está dando de comer a todo lo que llaman ellos la ultraderecha. Es que se lo están dando todo”.
Hacer política sin políticos
Algunas pinceladas personales que ayudan a entender el contexto. Javier Sádaba nunca ha estado en política del lado de los partidos, defiende un no-votar activo y su manera de hacer política, o estar en ella, es junto a los movimientos sociales. Defiende la mencionada autodeterminación por puro reflejo democrático: “Somos nosotros los realmente soberanos y los que podemos decir cómo y con quién queremos vivir” y recuerda que autodeterminación no equivale a independencia. Si es necesario algún ejemplo, habla del suyo, que justo para eso ha escrito este libro: “Si se hace una encuesta, el número de los que se quieren marchar es sensiblemente inferior al de los independentistas. Y un caso más a mano soy yo mismo. Como vasco, y porque me da la gana, defiendo la autodeterminación, pero dudo si votaría por la independencia. Me sorprende que todavía existan personas supuestamente ilustradas que permanecen en la confusión, y doy fe de que las hay. Una pena”.
En los años del terror de ETA, esta postura no encajaba con la defensa del pacifismo y la condena de la violencia. Una situación que le provocó un resquebrajamiento de conciencia: “Por un lado, compartía los objetivos de autodeterminación y defensa de un pueblo vasco en libertad. Pero, por otro, chocaba con una ética que no solo rechaza el matar, sino que cualquier medio valga para conseguir el fin. Más tarde se evidenció que la idea de lucha armada había sido arrinconada a favor de causar terror. La conciencia se sentía triste y abrumada […], incomprendida. Si defendía la autodeterminación, la llamaban etarra. No era así porque distinguía las dos cosas”. Las líneas pertenecen a la obra, pero el mismo tema, cierto desgarro, vuelve a la vista de la actualidad.
Javier Sadaba en una manifestación en Bilbao junto a Joseba Azcárraga. (Cedida)
A la pregunta de si hay algo en lo que haya cambiado de opinión, Sádaba responde: “Sigo defendiendo la autodeterminación, pero sin embargo no estoy con aquellos que la defienden. Vamos a ver. ¿Hay algo más incongruente que la ley de seguridad ciudadana la esté cambiando Bildu? Pero si Bildu no condenaba a ETA y nunca ha pedido perdón nunca: eso es una muestra de inmoralidad”.
Agnóstico, gracias a Dios
Al habla, el catedrático de Ética que aterrizó en la Universidad Autónoma procedente de Tubingen (Alemania), donde había ido a preparar su tesis doctoral acabados ya sus estudios de Teología y roto ya todo lazo con la creencia. Y es que, que Javier Sádaba es filósofo lo sabe todo el mundo, que es teólogo no tanta gente (y campeón de catecismo de niño, aún menos). Iba para cura, pero no para cura raso, sino para obispo. Con 16 años llegó a la Universidad Pontificia de Comillas, con los jesuitas, en una época en la que todos los obispos salían de allí. “Era la Meca, el mejor sitio para hacer carrera eclesiástica. Aprendí mucho: mucho griego, mucho latín… Tengo un gran concepto de los jesuitas; de su funcionalidad, no de su contenido. Pero llegó uno y me enfiló. Yo era el racionalista, el que podía hacer el mal y me sacaron de allí. Me dieron los mejores informes, pero me fui –me fueron– a Salamanca”, explica para El Confidencial.
Allí terminó filosofía, descubrió a Wittgenstein y tuvo la suerte de encontrarse con “un gran rector, don Gaspar Vicente, que me dijo que aquello a mí se me quedaba corto y que me tenía que ir. Vuela, me dijo. Mira, cuando te encuentras con alguien así, das gracias a Dios”. Y así fue como el futuro agnóstico de fe menguante que era entonces Javier Sádaba acabó en Roma, en la Gregoriana, el mejor sitio para estudiar Teología y aspirar al cielo de la catolicidad.
El problemilla que explica en su libro: “De fe no me quedaba prácticamente nada, pero pensaba que estudiar la historia de la Iglesia y entrar en las entrañas de la teología era algo así como barrenar nuestra herencia cultural. Hoy sigo pensando lo mismo”. Y no para de recomendar su estudio ni de practicarlo. Además es algo de lo que se muestra orgulloso.
Si hubiera que colgarse una medalla, probablemente elegiría esa, la de haber sido “uno de los introductores en España de una filosofía de la religión que no es una teología secularizada, sino un estudio de la religión racional e independiente, un estudio de la religión desde la filosofía, al igual que se hace filosofía del arte o de la ciencia, o de cualquier otra rama del saber. Lo que acabo de decir es de importancia, porque es indudable que España ha estado durante siglos cubierta de catolicismo, que ha impregnado sus costumbres y ha hecho que pocos se escapen de la confesión a última hora, aunque los llevaran a rastras, como al general Riego. Se podría decir que se ha vivido de una teología barata, de bautizos, comuniones y bodas. Pero las creencias son otra cosa”. En relación con estas, Javier Sádaba se define, ya se mencionó, agnóstico y defiende un laicismo radical: “Ni Zeus ni Dios ni Alá tienen un lugar en el espacio público”, escribe en Al final del viaje. Si hubiera de tener alguna religión, la suya es la de la filosofía.
Javier Sádaba con José Cabanach, que en estos momentos trabaja en un documental sobre la vida del filósofo. (Chus Arcas)
Habitual de las tertulias televisivas y radiofónicas –junto a nombres como Javier Sardá, Luis del Olmo, Julia Otero o Pepa Fernández—, Javier Sádaba llegó a tener su propio programa en Radio Nacional. No solo lo llamaban para recabar su opinión sobre temas siempre peliagudos: el aborto, la eutanasia, la situación política, sino también para hablar sobre la muerte de lady Di y asuntos del mundo rosa o de la crónica social.
Sus aportaciones, su mera presencia, ya solo hacía tambalear, caso de existir, las siempre temblorosas fronteras entre la alta cultura y la cultura popular. Por ejemplo, este amante apasionado del cine apareció fugazmente en la serie Aida –“de la breve actuación en esta última me siento contento”, escribe– y anteriormente había hecho sus pinitos como actor, cumpliendo así un sueño que había tenido desde pequeño: “Debuté en la película Feroz, de Manuel Gutiérrez Aragón, actuando junto aFernando Fernán Gómez. Todo un lujo. En donde tuve un papel más que secundario fue en la serie televisiva Muerte a destiempo, dirigida por Javier Macua, actuación que compaginé con mi oposición a la cátedra de Ética. Un escándalo para algún colega mojigato. Un par de veces más lo hice bajo la dirección de Antonio del Real. En una de ellas, Las chicas de oro, fue un verdadero placer. Y también tuve un papel en la película Madrid, de Basilio Martín Patino, un personaje de hombre maduro que me obligó a dejarme barba”, explica.
Tal profusión no siempre fue entendida o bien recibida por la academia, sobre todo. De hecho, Javier Sádaba evoca esa etapa y reflexiona sobre ella, añadiendo algunas consideraciones sobre la fama y la envidia. “Muchos de los que criticaban mi presencia en los medios argumentaban no tanto por lo que decía, sino con chascarrillos y falsedades. Sin dar la cara, y por detrás, deseaban denigrar lo que les hubiera encantado ser […]. Lo que acabo de decir trajo consigo que entrara en el círculo de los famosos, e incluso llegaron a ponerme, con cierto recochineo, el nombre de famósofo. Y empecé a experimentarlo en el día a día”.
Javier Sádaba (el primero por la derecha) en los tiempos de la famosa movida. (Cedida)
Ahora eso ha cambiado, el mundo ha cambiado y puede que Javier Sádaba ya no sea el perejil de todas las salsas, pero se enorgullece de todos los sitios por donde ha pasado y, curiosamente, de los que le han echado: universidades, periódicos, televisiones… A punto de cumplir 84 años siente que este mundo ya no es el suyo, y en su libro escribe: “Quien esto escribe se siente desplazado y tiene que pedir disculpas de dar una visión teórica, más que discutible, porque el veloz tren de las nuevas tecnologíaslo ha pillado demasiado tarde”.
Por una vez no es la opinión del experto, del filósofo, es un toque de atención –un cogotazo más bien–: “Es lo que nos ocurre hoy a muchos metidos en cierta edad: somos analfabetos tecnológicos y dependemos de nuestro nieto, nuestro hijo o nuestra joven novia. Ese es nuestro drama. Ese es el drama de mucha gente mayor. Y no se atisba solución, porque el viejo no produce y el producir es un gran valor. El viejo está de sobra y el darwinismo, dejado a sí mismo, hará el resto”. El trato dispensado a los ancianos en la primera ola de la pandemia de covid-19 dio fe de ello.
Viejos “jóvenes filósofos” y seudofilósofos
Si hay que explicar quién es Javier Sádaba y englobarlo en una generación, la etiqueta más ajustada podría ser la de los “jóvenes filósofos”, un grupo que surgió en el tardofranquismo, “con aroma clerical” y una estructura laxa que reflejaba las ansias de libertad y, más precisamente, libertarias. “Eran trashumantes, en un congreso se elegía la ciudad en la que, el siguiente año, tendría lugar el próximo congreso. El presidente y el secretario se elegían en modo asambleario y sus cargos duraban un año. A nadie se le pedía credencial alguna y las exposiciones y discusiones discurrían con total libertad”, explica Sádaba, que integraba esa alineación junto a nombres como Fernando Savater, Jesús Mosterín, Eugenio Tríaso Gabriel Albiac. “No había un pensamiento común, pero tres eran las corrientes que atravesaban nuestras reuniones: la nietzscheana (con acentos franceses), la marxista y la analítica (de corte anglosajón)”. Entre los rasgos que los unían: “Se estudiaba mucho, sin duda, pero no se escatimaba el compromiso político; había tiempo para todo, y de ahí que fueran personas mediáticas que escribían o hablaban en todos los rincones posibles; y, cosa muy importante, sabían latín, griego y alemán”.
Algo muy distinto ve Sádaba entre los jóvenes filósofos de la actualidad. “No se enteran, es que no se enteran y no saben nada”, dice, haciendo amigos. “Salvo para su culo”, precisa. Si le tiras de la lengua, explica algunas de las razones de su crítica, pero tampoco es necesario porque lo cuenta en el libro de Almuzara: “Si comparo a aquellos filósofos con los que ejercen de filósofos hoy, las diferencias son considerables. Obsérvese que digo ‘que ejercen de filósofos’, y es que hoy se ha abierto la veda para que cualquiera monte un quiosco en el que diga curar las heridas del alma, que sabe de verdad interpretar a los griegos o que ofrece toda la doctrina de Kant en diez minutos… e Internet hará el resto. Los filósofos de hoy son influencers, coaches y periodistas, y la materia que venden es una estética a medida y un toque constante a la emoción”.
Procede entonces la pregunta por sus contemporáneos, el devenir de aquellos con los que compartió generación e inquietudes. A Mosterín (fallecido en 2017) lo recuerda mucho, le considera una de las cabezas más brillantes del país y siempre recomienda la lectura de su obra. Respecto a Savater, “vaya por delante que lo considero una persona inteligente, buen escritor y valiente, que ha sido para muchos un claro referente de la vida cultural. Añado que, si no fuimos grandes amigos, sí empatizamos y participamos juntos en los acontecimientos libertarios del momento”. Atravesaron diversas rupturas, una de ellas fue en 1982, cuando Sádaba pidió la abstención en aquellas decisivas elecciones y Savater ridiculizó su postura. Peor fue cuando se enfrentaron duramente a propósito de Euskadi. “Él, con una visión en la que lo que primaba era la unidad de España; y yo defendiendo contra viento y marea la autodeterminación de los vascos”. Sin embargo esto no fue así siempre: “Pero si me llamaba reaccionario, en un curso de verano de la Menéndez Pelayo fue, por condenar la violencia de ETA”. Respecto a Gabriel Albiac, desde el otro polo ideológico, sí se puede: “Somos buenos amigos”.
"Los filósofos de hoy son 'influencers', 'coaches' y periodistas, y la materia que venden es una estética a medida y un toque a la emoción"
¿No le da qué pensar esta evolución ideológica tan dispar? “Al final, todo remite a las dos opciones básicas que están a nuestro alcance, y que reflejan la ética de cada uno. Yo opto por una ética solidaria de satisfacción de conciencia y de vida buena para todos. Por eso soy libertario e izquierdista en el sentido expuesto. Esa sería la izquierda real. No es algo que está dado como si de una esencia platónica se tratara. Nace de la voluntad y está dispuesta a cambiar si se dieran mejores argumentos. Hasta ahora no los he encontrado. Este ser de izquierdas mío me conduce a la soledad. Mis amigos de antes están con la derecha dura. Pienso en Savater, o en mi querido Albiac. Y la intelectualidad actual es de una debilidad pasmosa. En cualquier caso, es un placer estar con uno mismo. La edad no me ha hecho más moderado. Al revés, me ha hecho más radical”. Las palabras finales del libro ya las conocen, pero quizá haya que insistir: “Y ahí estoy”.
Quienes sean muy jóvenes no lo recordarán. Pero ese no será el problema. El problema será que quienes son muy jóvenes no podrán creer que fue posible, que hubiera un tiempo en que se podía escribir al mismo tiempo en La Razón de Luis María Anson y en el diario aberzale Egin; o formar parte casi una década del consejo editorial de El Mundo –de Pedro J, sí– sin estar adscrito a la línea editorial del medio; ser catedrático de Ética y salir en la tele junto a Lola Flores y María Teresa Campos; asistir a una presentación de Loewe y defender la autodeterminación de Euskadi.