Por
Victoria's Secret se inyecta la sustancia: ya no es 2004 (afortunadamente)
El desfile anual de Victoria's Secret ha regresado después de seis años de parón, con un elenco de modelos que bien podría sustituir a Demi Moore en su nueva comedia negra gore, 'La sustancia'
La semana pasada, el Victoria's Secret Fashion Show —ya saben, esa pasarela de lencería con poco de fashion y mucho de show— ha vuelto tras seis años de sequía y lo ha hecho como si aún no supiéramos lo que un EPI o una hipoteca subprime son. Adriana Lima, Alessandra Ambrosio, Candice Swanepoel, todas las chicas del milenio han vuelto a untarse el aceite mineral y enfundarse las famosas batas de seda rosa, que las engalana y uniformiza por igual, como el vestuario de las azafatas de vuelo o de la Guardia Amazónica de Gadafi. No solo ellas se lucieron en la pasarela: la última generación de supermodelos (las hermanas Hadid, Barbara Palvin) y la primera (Kate Moss, Tyra Banks, Carla Bruni) también vistieron la lencería de la marca. Completaron el casting un par de modelos de tallas grandes con las que los directivos de Victoria's Secret rellenaban con desgana la incómoda casilla de la inclusividad.
El regreso del desfile ha sido la culminación del regreso de la marca, que experimentaba una caída en picado en ventas y audiencia desde mediados de la década pasada, consecuencias naturales de la crisis de reputación de Victoria's Secret a causa de varios escándalos sexuales y el auge del feminismo mainstream y el body positive. Sin embargo, a comienzos de siglo, Victoria's Secret no se presentaba ante su potencial público —chicas jóvenes en su mayoría— meramente como una marca de lencería, sino como un estilo de vida. Brillantitos, rosa fucsia, ondas en el pelo y gloss en los labios para adornar no solo una vida de lujo, sino de respeto social y diversión sin fin —los ángeles de Victoria's Secret, como antes se hizo con las conejitas de Playboy, se publicitaron como un grupo de amigas jóvenes que vivían una fiesta de pijamas eterna—. Victoria's Secret vendía a los hombres sexo, pero a las chicas, felicidad. La fantasía definitiva.
Supongo que sería por esto por lo que, mientras la mitad de mis amigas adolescentes comenzaba a presentar cuadros de anorexia y bulimia y la otra mitad trataba de convencer a sus padres de comprar unas GHD, nadie enarcó una ceja cuando los ángeles decían prepararse para el show con días de ayuno de sólidos y horas saltando a la comba, llegando a no beber agua desde la noche anterior al desfile. Nada de esto era un problema. Era entretenimiento juvenil ligero. Era admirable.
Una mejor versión de ti misma
¿Qué cambió? La sensibilidad, supongo, el foco narrativo también, pero no solo eso. Cambiaron los gustos: las mujeres en medios se volvieron más voluptuosas y, ante ciertas demandas políticas, se empezó a publicitar como inclusividad de minorías lo que de toda la vida se ha conocido como jamonas. De repente, un poco de grasa no estaba tan mal. Al fin y al cabo, de algún lado tiene que salir para implantarla luego en el culo.
¿Y qué pasó con la fantasía? ¿Dónde fue? Soñar es humano, y la fascinación por la imagen de la mujer perfecta, ese espejo pulido en el que no puedes mirarte, pero que deseas observar, es (aún) uno de los sueños femeninos más comunes. La fantasía no se fue a ninguna parte, solo se travistió. El auge popular del arte del drag —gracias por todo, RuPaul— permitió a muchas mujeres experimentar estéticamente esa feminidad extrema mientras interiorizaba su naturaleza artificial, una idea que guarnecía y fagocitó el ascenso del feminismo mainstream en la década pasada.
Durante un breve periodo de tiempo, Victoria's Secret trató de jugar al compromiso social, al feminismo corporativo y a la carrera política, pero, aunque frenó la caída de ventas y permitió a otras demografías acercarse a la marca, no funcionó como se esperaba. No solo se sentía forzado, sino que llegaba tarde. Otros lo habían hecho antes y mejor —especialmente Savage X Fenty, de Rihanna —. Así que, en Victoria's Secret se adscribieron a un acuerdo de mínimos, y el resto fue esperar a un cambio de viento.
Y el viento cambió, por supuesto. La nostalgia ha traído ya de vuelta la estética dosmilera — o, como se dice en redes, Y2K— y la plaga del Ozempic, el fármaco para la diabetes que suprime el apetito y que se usa como adelgazante, ha resucitado los fantasmas de los trastornos alimenticios. Esto, sumado al agotamiento comercial del feminismo capitalizado, la resignificación vacía de la hiperfeminidad y un viraje rápido y certero hacia los valores tradicionales, ha creado el ambiente perfecto para que Victoria's Secret abandone su rebranding serio y aburrido y regrese a lo que mejor sabe hacer: desodorar entrepiernas, pulir pellejos y empaquetar pechugas de pollo.
Más joven, más hermosa, más perfecta
Hace unos cuantos años, la opinión pública sobre Demi Moore, la otrora deseada estrella de Hollywood, era clara y unánime: no solo era una vieja gloria, sino que además se había destrozado la cara mediante cirugías y pinchazos. La que fue una de las primeras actrices de Hollywood en hablar abiertamente sobre sus operaciones estéticas —incluidos unos implantes mamarios para la ocasión del rodaje de Striptease— ha vuelto a la actuación con éxito, primero, como uno de los cisnes de Truman Capote de la mano de Gus Van Sant en la segunda temporada de Feud, y ahora como protagonista de La sustancia, una comedia negra de terror francesa sobre los monstruos (literales y figurados) que origina la presión estética sobre las mujeres.
La sustancia tiene una premisa muy sencilla, pero juguetona: una madura estrella de la televisión (Demi Moore), tras ser despedida porque buscan a alguien más joven y sexy, decide inyectarse "la sustancia", una droga ilegal que genera otro cuerpo —interpretado por Margaret Qualley— más bello y perfecto, la mejor versión de sí misma. Este argumento tan breve da lugar para desarrollar, a veces reiteradamente, un buen número de temas, como la disforia corporal, el edadismo, los trastornos alimenticios o el discurso abusivo interno mediado por una baja autoestima.
A pesar de todo lo grave que esto pueda parecer, La sustancia, de la directora francesa Coralie Fargeat, convierte las salas de cine en una fiesta gracias a su sentido del humor, la sangre falsa y las prótesis de látex. Porque la risa es una herramienta de defensa contra el asco, y deformar tu cuerpo por un ideal de belleza inasumible es, ciertamente, repugnante. Cuando el drama roza lo grotesco se convierte en comedia.
Las propias ideas tras la película trascienden la narración a través del casting. No solo están los ecos biográficos de Demi Moore antes mencionados, que pueden resonar en el público a partir de cierta edad, sino también se puede ver en la elección de Margaret Qualley para interpretar a la otra yo: una mujer joven, bella, esbelta, pero que viste un wonderbra bajo la ropa toda la película y luce unas prótesis de látex sobre sus pechos en los desnudos. Para cierto tipo de espectadora, criada bajo la influencia del merchandising para muchachas de Pacha y Playboy, ver aquel cuerpo imposible, que solo los efectos especiales prácticos pueden materializar, es pensar inequívocamente en un tipo de mujer, la chica fantasía: los ángeles de Victoria's Secret.
La sustancia
Observar un desfile de Victoria's Secret —especialmente el de este año, pero no solo— en 2024, después de ver en cines La sustancia, es una de las pocas experiencias afirmativas sin ambigüedades que se pueden sentir como espectador. Es comprobar, una vez más, que las historias que los humanos nos hemos dado como mapa social y brújulas de vida desde que somos lo que somos están ahora protagonizadas por empresas, no por personas. Porque no es Carla Bruni, con el rostro irreconocible, la que ha tomado la sustancia. Ni tampoco la madura Tyra Banks, cubierta de los pies a la cabeza, ni Alessandra Ambrosio, cuyo escote es una cenefa de implante-esternón–implante. Tampoco Barbara Palvin que con 1,75 de estatura y 55 kilos de peso, era considerada hasta hace poco una modelo "grande" para la marca. Esas mujeres solo están haciendo su trabajo en unas condiciones laborales impuestas, con muchos riesgos, incluido también el del ridículo.
*Si no ves correctamente el módulo de suscripción, haz clic aquí
Quien ha tomado la sustancia, en realidad, es la propia Victoria's Secret. La marca, cegada por previsiones económicas tan irreales como sus estándares de belleza, se niega a aceptar que su dominio total en el mercado ha pasado y busca, como la protagonista de La sustancia, de manera artificial, estridente y grotesca, llamar de nuevo la atención, caiga quien caiga. Con una sonrisa histriónica, busca la aprobación de todos, conservadores y progresistas, flacos y gordos, feos y guapos, vendiendo para ello la carne y la reputación de bellas mujeres que, sin disimulo alguno, desprecia visceralmente.
La semana pasada, el Victoria's Secret Fashion Show —ya saben, esa pasarela de lencería con poco de fashion y mucho de show— ha vuelto tras seis años de sequía y lo ha hecho como si aún no supiéramos lo que un EPI o una hipoteca subprime son. Adriana Lima, Alessandra Ambrosio, Candice Swanepoel, todas las chicas del milenio han vuelto a untarse el aceite mineral y enfundarse las famosas batas de seda rosa, que las engalana y uniformiza por igual, como el vestuario de las azafatas de vuelo o de la Guardia Amazónica de Gadafi. No solo ellas se lucieron en la pasarela: la última generación de supermodelos (las hermanas Hadid, Barbara Palvin) y la primera (Kate Moss, Tyra Banks, Carla Bruni) también vistieron la lencería de la marca. Completaron el casting un par de modelos de tallas grandes con las que los directivos de Victoria's Secret rellenaban con desgana la incómoda casilla de la inclusividad.