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Por qué nos afecta tanto que nuestros ídolos sean tan hijos de puta
El reciente escándalo que ha destapado la implicación directa del rapero y productor Puff Daddy en abusos de menores ha provocado una furibunda avalancha de críticas, indignaciones y cancelaciones
Celebrities, strippers y escorts; alcohol en desmesura, vestimentas extravagantes, camareras desnudas en las mesas e invitados vestidos en la piscina; drogas exóticas y comida de diseño, sexo desenfrenado por los rincones y música comercial pinchada por un DJ con pintas de mamarracho. Hasta aquí nada que no tengan en común muchas de las fiestas de los cantantes y actores más populares de hoy y de siempre.
Sin embargo, el reciente escándalo que ha destapado la implicación directa del rapero y productor Puff Daddy en abusos de menores entre los que podría haber estado un prepúber Justin Bieber, demás agresiones sexuales y crimen organizado, ha provocado una furibunda avalancha de críticas, indignaciones y cancelaciones que han empezado a salpicar mierda a sus allegados, cual botella de champán agitada. Incluso la Universidad Howard le ha retirado su título honorífico de doctor honoris causa en humanidades; que habría que preguntarse por qué le dieron tal distinción a un rapero que ejerce de rapero.
Muchos cantantes, actores y demás artistas han llevado una vida de excesos y lujuria compartida en fiestas turbias, porque así la culpa compartida lo parece menos, y el goce, más. Baste recordar la famosa fiesta del 39° cumpleaños de Freddie Mercury en Munich, descrita por algunos como "una película de Fellini en una nube de cocaína" cuyo videoclip Living on my own recogía tan solo lo que se podía enseñar. Además de los básicos ya mencionados, se cuenta que rondaban por ahí cosas tan siniestras como un personaje que arrancaba las cabezas a pollos vivos con los dientes, modelos desnudas en bañeras de hígado y los famosos enanos con bandejas de cocaína en la cabeza, aunque nunca sabremos a ciencia cierta si fliparon o se lo fliparon, si hubo más o hubo menos de lo que se cuenta. Cabría entonces preguntarse qué toleramos y qué no de nuestros ídolos.
La cuestión de fondo es si el juicio estético entraña o no un juicio moral, tanto sobre el contenido de la obra como sobre la vida del artista. La confluencia del juicio moral y estético sobre una obra es algo que se ha dado desde la antigüedad en la que lo bueno debía ser bello y lo bello bueno, como un modo de adecuación o de encaje, como propio del orden de las cosas. Para entendernos, algo feo y malo era tan adecuado como algo bello y bueno. Solo, a partir del Romanticismo, el pensamiento fáustico inclina a sospechar que lo perverso y demoníaco puede también entrañar belleza. Por ese motivo, continuamos admirando ciertas obras de gran valor estético, aunque contengan valores negativos, actualizados o no. Si bien estas obras podrían ser vedadas para un niño para que no generalice ciertas conductas, prohibirlas a los adultos sería considerarlos en la minoría de edad, propia del que necesita que le suenen los mocos, que Kant combate con su sapere aude: atrévete a pensar por ti mismo. No hay que olvidar que las obras de arte no son ajenas a lo político, sino que están impregnadas de ello y, en su carácter simbólico, acarrean ideologías y normalizan conductas, por lo que son el objeto mismo de la guerra cultural y la higiénica y continua revisión del canon, como señaló Terry Eagleton en La estética como ideología.
Muchos artistas han llevado una vida de excesos y lujuria compartida en fiestas, porque así la culpa compartida lo parece menos, y el goce, más
Con la vida del artista, pasaba tres cuartos de lo mismo. El artista en la antigüedad debía tener virtudes para reconocer la belleza en sí mismo y poderla plasmar en su obra, por lo que ya Aristóteles o Durero reconocían su carácter melancólico. Pero si los pintores de iconos debían acreditar su beatitud, a partir del Renacimiento europeo se empezará a valorar cuestiones como la pericia del artista en el uso de sus técnicas, ya fueran plásticas o musicales, al margen de su vida privada. Sin embargo, Giorgio Vasari, en su obra Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos, publicada en 1550 en Florencia, con su toque de chascarrillo amarillista, sienta las bases para el fenómeno de la mitomanía que iría en aumento, hasta la gestación de la idea de genio. El genio del romanticismo, a juego con la consideración de la belleza en la perversión, ya no estaría supeditado de manera funcional a la vida virtuosa, sino que podría situarse por encima, puesto que su labor suponía la transgresión de las normas del arte y por ende de la moral. Esta idea distorsionada del artista, como un genio creador, un dios de segundo orden, tocado por las musas y que mea colonia si me apuran, que parece tan alejada de nuestra época, no es tan ajena como parece.
Eso no quita que la obra de arte, buena o mala, tiene muchos niveles de interpretación y uno de ellos es recurrir a la biografía del artista para comprenderla, si bien no siempre se da esa relación, porque la labor del artista, tiene que ver muchas veces con mucho oficio y trabajo diario. Sin embargo, leer Nanas de la cebolla de Miguel Hernández, sabiendo que fue la respuesta a una carta de su esposa explicando que ella y su hijo solo tenían pan y cebolla para comer, no cambia ni una coma del poema, pero añade unos lagrimones incontenibles que aporta el lector. No podemos evitar que por parte del público se dé el juicio moral, tanto del contenido de la obra como del autor, bajo la sospecha de que la obra le corresponde por simpatía o emanación en su actitud creativa. Pero hay otro elemento a tener en cuenta. Cuanto más cercana en el tiempo es la obra, mayor es la relación entre el juicio estético y ético sobre la vida del autor.
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Es por eso que tantos jóvenes, bajo la admiración de un futbolista, imitan sus costumbres o llevan sus botas, a modo de fetiche, sabiendo que ello no les catapulta a ser como su idolatrado mito, pero que de algún modo les acerca más que una vida de entreno y dedicación que no llevarán a cabo. Es por eso que se exige del ídolo, bajo la vieja reminiscencia de que a lo bello le corresponde lo bueno, que la gente admira, no solo la pericia artística, sino la vida misma, construyendo una hagiografía llena de bondades que ni las del santoral de la Leyenda áurea.
En el lado opuesto, Phil Spector o Gary Glitter, pero también Chris Brown, R. Kelly o el idolatrado Tupac (no hay nada como marcarse un Aquiles para que te canonicen), que ya se las tuvo con 'Diddy', traspasaron sin muchos miramientos el límite del código penal. Pero lo que el público no perdona no va por ahí. Los abusos sexuales, especialmente a menores, hoy en día ya no se indultan. Si bien es cierto que cancelar la obra de artistas como Gauguin, Picasso o Polanski podría parecer cerril y mojigato, no es menos cierto que nadie en su sano juicio se le ocurriría ambientar hoy una fiesta con la música de Puff Daddy, por lo candente del escándalo. No podemos olvidar el polémico y discutido caso del pintor británico Graham Ovenden, que además de una condena por abuso sexual infantil, se llevó la orden judicial de destrucción de sus obras en relación con esos delitos.
Con el tiempo se verá su aceptación y afectación por parte de nuevos receptores, como ha pasado siempre. Porque lo difícil, como una vez escuché decir al filósofo Ernesto Castro, no es separar la obra del artista, sino la obra de su público.
Celebrities, strippers y escorts; alcohol en desmesura, vestimentas extravagantes, camareras desnudas en las mesas e invitados vestidos en la piscina; drogas exóticas y comida de diseño, sexo desenfrenado por los rincones y música comercial pinchada por un DJ con pintas de mamarracho. Hasta aquí nada que no tengan en común muchas de las fiestas de los cantantes y actores más populares de hoy y de siempre.