El 'caso Pogorelich' visita Logroño, Zaragoza y Madrid
El pianista serbio protagoniza una gira española consciente de su efecto polarizador entre detractores y fanáticos, pero cada vez más hondo y origina en su concepción pianística
Se amontonan las buenas razones para alistarse en la gira que Ivo Pogorelich emprende en España. Una es la propia genialidad del pianista serbio. Otra consiste en el repertorio (Chopin, Schubert, Schumann, Sibelius). Y la tercera radica en la reapertura del “caso” que caracteriza y arrastra la reputación polémica del prodigio en cuestión, por mucho que el propio Pogorelich se distancie de la etiqueta extravagante.
Puede que Ivo el divo sea menos estrafalario de cuanto se empeñan en demostrar sus partidarios y sus detractores, pero la controversia forma parte de la fascinación y de la repercusión taquillera de sus conciertos en Logroño (este viernes), Zaragoza (15 de octubre) y Madrid (16 de octubre).
Suceden cosas cuando Pogorelich sube al escenario. Y cuando él mismo propone versiones pianísticas de atmósferas esmeraldas y complejidades cromáticas. Practica Ivo la “slow food” en el teclado. Y es un maestro de la construcción y de la deconstrucción, aunque la propia trayectoria del monstruo balcánico ha otorgado la razón a sus decisiones.
Ha cumplido 65 años el muchacho prodigio. Ha superado las crisis personales y las congojas profesionales. Y ha sido el artífice de una reanimación profesional cuyo mejor ejemplo consistió en el álbum de Chopin publicado por Sony hace dos años. Regresaba el maestro belgradense a su compositor fetiche. Y lo abordaba con un sesgo menos provocador de sus registros en DG, aunque la lectura llamaba la atención por la duración de los tiempos y por el espesor de las dinámicas. Había pasajes de estridencia y de aspereza. Y momentos de extraordinaria tensión y belleza.
Queda el pianista. Y el artista. Y se mantiene en vigor la disputa de fanáticos y detractores
Son algunos de los sobresaltos que esperan a los espectadores de la gira española, aunque la alusión inaugural a Chopin (Preludio, op.45) se completa con los “Estudios sinfónicos” de Schumann, la adaptación pianística del Vals triste de Sibelius y un recorrido por los Seis momentos musicales de Schubert. No habrá propinas porque Pogorelich rara vez las concede. Y porque él mismo fomenta la diferencia allí donde puede manifestarse. Cuando tenía la melena rubia, como si fuera Leif Garret. O cuando el look actual de cabeza rapada le concede un aire de monje budista, como si aspirara a predisponer un estado de trance.
Puede resultar irritante el pianismo de Pogorelich, pero la controversia está en los orígenes del fenómeno, especialmente cuando el jurado del Concurso Chopin de Varsovia decidió eliminarlo en la ronda de semifinales (1980). Estaba Martha Argerich entre los miembros del tribunal. Y decidió abandonarlo con indignación y despecho, proclamando que Ivo Pogorelich “era un genio”. Fue el origen de un mito incómodo y recurrente que se perfilaba con el sensacionalismo de los asuntos personales. Porque el pianista se había casado con su maestra, Karina Keredazde, pese a la diferencia de edad (21 años). Y porque la muerte de su propia esposa en 1996 provocó una crisis de silencio en la ejecutoria del maestro.
Pogorelich es ahora un punto de referencia entre los pianistas felizmente distintos. Nada que ver con los prodigios en serie del circuito asiático ni con los fenómenos mercadotécnicos de los que él mismo formó parte en sus mocedades. Queda el pianista. Y queda el artista. Y se mantiene en vigor la disputa de fanáticos y detractores, quizá porque los unos y los otros siguen más pendientes del personaje que del intérprete.
Se amontonan las buenas razones para alistarse en la gira que Ivo Pogorelich emprende en España. Una es la propia genialidad del pianista serbio. Otra consiste en el repertorio (Chopin, Schubert, Schumann, Sibelius). Y la tercera radica en la reapertura del “caso” que caracteriza y arrastra la reputación polémica del prodigio en cuestión, por mucho que el propio Pogorelich se distancie de la etiqueta extravagante.