El emperador romano Marco Aurelio, un gran filósofo y, ¿un gran adicto al opio?
El libro 'Roma oscura' (Akal) aborda el consumo de drogas, pérfidos asesinatos, oscuros cultos, misteriosos asuntos de Estado y brutales peleas entre bandas y extrañas obsesiones en la Antigua Roma
Los pasotas que se encienden un porro bajo el sol tropical te hacen pensar espontáneamente en los años setenta. Pero ya Ulises, el héroe viajero del mito griego, que fue enviado por los dioses a una odisea de diez años por el Mediterráneo, tuvo que lidiar con pasotas. Un día este llega con sus compañeros a una costa extranjera cuyos habitantes se alimentan solo de flores de loto. Cuando Ulises envía a algunos hombres como exploradores, estos no regresan. Los lotófagos ("comedores de loto") les dieron la bienvenida de manera amistosa y les sirvieron de su comida. Como resultado, olvidaron de golpe su viaje y el objetivo de volver a casa: "antes deseaban permanecer con los lotófagos, comiendo loto, sin acordarse de volver a la patria". Ulises tiene que arrancar a sus compañeros de la compañía de los lotófagos por la fuerza, meterlos en los barcos y atarlos a los bancos de remo. Son los primeros yonquis de la Antigüedad clásica de los que hay constancia.
Ahora bien, están lejos de ser los últimos. La Odisea de Homero también canta el efecto narcótico de un brebaje presumiblemente hecho a base de opio. Helena, raptada por Paris y convertida así en la piedra de escándalo que desató la guerra de Troya, administra a los guerreros heridos esta poción, cuya receta debía a una reina egipcia: "Echó en el vino que estaban bebiendo una droga contra el llanto y la cólera, que hacía olvidar todos los males. Quien la tomare, después de mezclarla en la crátera, no logrará que en todo el día caiga una sola lágrima en las mejillas" .
Desde entonces, la medicina paliativa se ha basado constantemente en el efecto calmante de los opiáceos. Sin embargo, había muchas otras áreas de aplicación: como somnífero, narcótico, agente antiinflamatorio, para el estreñimiento, la diarrea y la tos. Se sabía que el opio podía ser letal en la dosis equivocada, pero probablemente no que su uso fuera adictivo a largo plazo. En el siglo IV a.C. el botánico Teofrasto de Ereso, un discípulo de Aristóteles, describió cómo se obtenía el jugo, llamado ópion, haciendo incisiones en cápsulas inmaduras de amapola. Escribonio Largo, médico que vivió en el siglo I d.C. y autor de la primera colección de recetas farmacológicas, describió la producción de opio a partir de la planta, y su contemporáneo Pedanio Dioscórides descubrió, además, que el jugo de cierta variedad de amapola llamada Thylacitis era particularmente efectivo.
Además del opio, y por supuesto del alcohol, se sabía que muchas otras sustancias activas aliviaban el dolor, pero que también inducían estados embriagadores: mandrágora, beleño, belladona, datura, cicuta, acónito, cáñamo —y setas alucinógenas—. Llegados a este punto, advirtamos de forma expresa e imperiosa en contra de ensayarlas sobre uno mismo: ¡Sin conocimientos detallados de farmacología, no pocas de estas plantas pueden causar los daños más graves a la salud, y sí, también la muerte! La ciencia empírica de la Antigüedad conocía exactamente los efectos de estas plantas, que los expertos utilizan con delicada dosificación para aliviar el sufrimiento, pero con ellas también pueden inducir estados de intoxicación.
También la gente de la Antigüedad recurría a fármacos embriagadores, y no era solo el alcohol lo que permitía a algunos tomarse un bienvenido descanso de la realidad. El consumo de ciertas especies de peces que se encuentran en el Mediterráneo provoca efectos alucinógenos similares a los del LSD y puede durar varios días; la carne de las salpas, por ejemplo, de aproximadamente treinta centímetros de largo, que se encuentran en las aguas costeras poco profundas del Mediterráneo, ya era conocida por los romanos como un potente psicodélico. La Pitia, a través de la cual el dios griego Apolo proclamaba sus oráculos en Delfos, estaba sentada en su trípode sobre una fisura en la tierra. Los gases brotaban de allí, poniendo a la sacerdotisa en trance. Pero es posible que fuese simplemente la falta de oxígeno en la cueva lo que hacía que con regularidad entrase en un estado alterado de conciencia.
La línea divisoria entre la medicación curativa y las drogas adictivas suele ser difusa. Y precisamente la propia triaca, que tantos gobernantes antiguos tomaban con la esperanza de armarse contra el envenenamiento y la enfermedad, quizá fuera más perjudicial que beneficiosa para la salud. De Marco Aurelio, el gran emperador-filósofo del siglo II d.C., se dice que tomaba una dosis diaria de ese brebaje. Casio Dion informa de que, durante el día, el emperador no consumía nada más que triaca, que aliviaba sus dolores de estómago y de pecho. El médico Galeno revela que el opio generalmente se agregaba a la triaca, pero si la fatiga se apoderaba de Marco Aurelio se prescindía del jugo de amapola. En cada una de esas ocasiones la consecuencia había sido que el emperador no había podido dormir por la noche.
¿Se permitía en lo posible Marco Aurelio la cuota de escapismo sin la cual no se podría soportar la vida al servicio del Imperio?
Uno de los emperadores más importantes de la historia romana, pero entre ellos sin duda el más brillante intelectualmente, ¿era un drogadicto? Marco Aurelio sobreexplotaba su propia salud, solo dormía unas pocas horas, trabajaba mucho y su única distracción eran sus Meditaciones, una especie de diario filosófico en el que documentaba su confesión estoica. Desde la infancia había tenido una salud frágil y le exigía a su cuerpo una ascesis verdaderamente brutal. Precisamente este emperador, que amaba la paz, libró una de las guerras más crueles de la época: dos largas campañas contra las tribus de los marcomanos y los cuados, que habían cruzado la frontera del Danubio en el 166 d.C. e invadido las provincias balcánicas. Hasta el año 180 d.C., cuando Marco Aurelio murió de la epidemia que había arrasado el Imperio desde Oriente, el peligro se había ido pasando con más pena que gloria.
¿Era la triaca saturada de opio algo más que un remedio casero con el que el romano más poderoso del mundo quería curar sus dolencias? ¿Se permitía en lo posible Marco Aurelio, un hombre cumplidor, la cuota de escapismo sin la cual no se podría soportar la vida al servicio del Imperio? El emperador odiaba a los cortesanos, el protocolo, la adulación y las mentiras que lo abrumaban. Incapaz de encontrar refugio en otro lugar, se retiró a la soledad de su intelecto: "Vive como si estuvieras en una montaña", escribió en sus Meditaciones. El aislamiento, incluso la muerte, es mejor que vivir la vida de los demás. ¿Era el opio en la triaca el remedio mágico que le permitía ver el mundo desde el elevado punto de vista de su montaña? En retrospectiva histórica, los diagnósticos médicos están llenos de riesgos y efectos secundarios. La fiabilidad de las fuentes no está más allá de toda duda y no podemos saber hasta qué punto estaba bien informado Galeno, que después de todo no era el médico personal del emperador. Si Marco Aurelio era adicto a las drogas sigue siendo un misterio que se llevó a la tumba.
Traficantes y matasanos
Para los venenos había un gran mercado, y personas como Locusta o la Canidia inventada por Horacio se ganaban la vida abasteciéndolo. Aunque el comercio y la posesión de sustancias alucinógenas no estaban tipificados como delito en Roma, se necesitaba una infraestructura para llevar la sustancia, que a veces era difícil de obtener y costosa de producir, hasta donde los consumidores querían comprarla. Pero debido a que es difícil distinguir entre medicamentos, drogas y venenos, y muchas de las sustancias con las que se comerciaba eran aptas para todos estos fines, los traficantes de drogas del mundo antiguo solían ser también envenenadores y farmacéuticos.
A fin de poder recolectar, cultivar, procesar y mezclar hierbas y otras materias primas para drogas de todo tipo, se requerían conocimientos especializados considerables, que se transmitían en las familias y las comunidades rurales. No es casualidad que casi siempre fueran grupos marginales, que se ganaban la vida como podían en montañas inaccesibles y otras regiones apartadas donde crecían plantas raras y se disponía del conocimiento empírico necesario. Algunos de estos pueblos eran famosos en todo el Mediterráneo por sus impresionantes habilidades, especialmente en el uso de venenos de serpientes: los psilos, miembros de una tribu nativa de Libia, se consideraban inmunes a las mordeduras de serpientes debido a sus conocimientos especiales, y sus vecinos nasamones eran conocidos como comerciantes de los que se podían obtener serpientes.
En Italia, los marsos, habitantes de una zona remota y montañosa alrededor del lago Fucino en los Abruzos, eran considerados especialistas en asuntos de plantas medicinales y drogas. En el siglo IV a.C. los belicosos marsos habían luchado ferozmente contra Roma antes de convertirse en aliados de la República. Ellos también tenían reputación de ser inmunes al veneno de serpiente. Sin embargo, la región era particularmente famosa como área de cultivo de las hierbas más diversas. El escritor agrícola Columela informa, por ejemplo, sobre una "raicilla" llamada consiligo (pulmonaria), que crece principalmente en la región de los marsos y es lo más adecuado como medicamentum para cerdos y ovejas deshidratados. Plinio también informa sobre el efecto terapéutico de la pulmonaria cultivada por los marsos: es adecuada como remedio para la phthísis (tuberculosis) incluso en casos en los que hay pocas perspectivas de curación. Los marsos comerciaban muy activamente con hierbas medicinales y también ofrecían sus servicios como curanderos a los pacientes que no podían permitirse un médico.
Tan famosas eran las artes de los marsos en Italia que pronto todos los que sabían hacer medicinas y drogas fueron llamados marsi. La contraparte griega eran los farmacópolos, fabricantes y comerciantes de phármaka (medicinas, pero también venenos y drogas). Aunque sus servicios estaban muy solicitados, su reputación no era la mejor. Los farmacópolos eran considerados notorios diletantes que querían ganar rápidamente un dracma con métodos dudosos. El poeta satírico Luciano de Samósata, que escribió en el siglo II d.C., comparó a su contemporáneo, el orador Esquines, con los herbolarios, porque vendía curas milagrosas para la tos mientras que él mismo sufría una tos terrible. Y Polibio llamó "farmacópolos" a los historiadores que usaban métodos de investigación descuidados porque no buscaban más que enriquecerse rápidamente.
Algunos, en efecto, se ganaban el dinero con estafas: iban a los mercados y simulaban mordeduras de serpientes, para vender después tinturas que supuestamente hacían que las personas fueran inmunes al veneno. Sin embargo, muchos de los que elaboraban pociones mágicas operaban también en secreto. Los afrodisiacos, por ejemplo, se vendían básicamente por debajo del mostrador. En algunas elaboraciones la frontera con la magia debe de haber sido borrosa. También se aconsejaba precaución sobre este tema, porque la magia negra caía bajo el anatema de la ley. Por último, había casos en los que estaba claramente fundada la sospecha de que la calidad de los fármacos y medicamentos suministrados podía dejar mucho que desear. Tales eran las preocupaciones de un tal Procleo, que tomó su pluma en Alejandría en el siglo I d.C. para advertir al destinatario, "al querido Pekusis", que solo debía suministrar a su socio comercial la mejor calidad. "Porque si no lo haces", dice el papiro, "y le traes mercancía en mal estado que no se puede vender en Alejandría, quedas advertido de que tendrás que hacer cuentas conmigo". Al menos la fórmula final es conciliadora: "Un saludo afectuoso para tu familia".
Los afrodisiacos se vendían básicamente por debajo del mostrador. En algunas elaboraciones la frontera con la magia debe de haber sido borrosa
Aunque muchos de ellos tenían fama de matasanos, algunos farmacópolos hicieron descubrimientos significativos. Teofrasto menciona a un vendedor de medicamentos que había mezclado cicuta, opio y otros ingredientes herbales en un remedio con el que se podía lograr una eutanasia efectiva, completamente indolora. También la medicina empírica de los curanderos disponía seguramente de recetas eficaces. El historiógrafo Diodoro incluso informa sobre un cambio de sexo que un farmacópolo habría realizado con éxito a una mujer de Epidauro. Antes de eso había sufrido de una enfermedad vaginal.
Sin embargo, desde hacía mucho tiempo, no todos los marsi y los farmacópolos del Imperio romano eran pequeños herbolarios que ofrecieran sus brebajes y sus habilidades en los mercados. Muchos estaban bien organizados y dirigían toda la cadena de suministro de medicamentos, drogas y productos químicos, desde las áreas de cultivo hasta venderlos en las principales ciudades del imperio a clientes que pagaban bien. Otro papiro de Oxirrinco, en Egipto, contiene la declaración de impuestos de un farmacópolo del año 253 d.C. que, a juzgar por las cantidades mencionadas, era un mayorista de productos farmacéuticos. Declaró ante los funcionarios alrededor de 60 kilos de alumbre, 300 kilos de pigmento negro, 175 kilos de ocre y además grandes cantidades de otros ingredientes.
No es de extrañar que los comerciantes cuyos negocios alcanzaban tal volumen también se organizasen. Una inscripción funeraria de época imperial proveniente de Brixia (Brescia) habla de una dama que había donado parte de su fortuna al collegium farmacopolarum local: una especie de gremio en el que se organizaban los comerciantes de fármacos y que también funcionaba como asociación funeraria. Cualquiera que ocupara un sitio en un collegium de este tipo estaba socialmente establecido y ya no necesitaba hacer trucos en los mercados.
*Michael Sommer es profesor de Historia Antigua en la Universidad de Oldenburg. En Akal acaba de publicar 'Roma oscura', una historia sobre el consumo de drogas, pérfidos asesinatos, oscuros cultos, misteriosos asuntos de Estado y brutales peleas entre bandas y extrañas obsesiones en la Antigua Roma.
Los pasotas que se encienden un porro bajo el sol tropical te hacen pensar espontáneamente en los años setenta. Pero ya Ulises, el héroe viajero del mito griego, que fue enviado por los dioses a una odisea de diez años por el Mediterráneo, tuvo que lidiar con pasotas. Un día este llega con sus compañeros a una costa extranjera cuyos habitantes se alimentan solo de flores de loto. Cuando Ulises envía a algunos hombres como exploradores, estos no regresan. Los lotófagos ("comedores de loto") les dieron la bienvenida de manera amistosa y les sirvieron de su comida. Como resultado, olvidaron de golpe su viaje y el objetivo de volver a casa: "antes deseaban permanecer con los lotófagos, comiendo loto, sin acordarse de volver a la patria". Ulises tiene que arrancar a sus compañeros de la compañía de los lotófagos por la fuerza, meterlos en los barcos y atarlos a los bancos de remo. Son los primeros yonquis de la Antigüedad clásica de los que hay constancia.