Esa gente que se pasa la vida gastando dinero porque no tiene un duro
Si compramos "tonterías", nos vamos de bares o nos suscribimos a plataformas que no vamos a utilizar, es porque es la forma más barata (y fácil) de obtener un pequeño subidón
Un perro increíblemente majo contempla el 'doom spending' de su amo. (Reuters/Jon Nazca)
Esta semana, cuál fue mi sorpresa al llegar a la redacción y ver en mi escritorio el paquete de una tienda de ropa online cuyo nombre no voy a reproducir y a la que no recordaba haber pedido nada. Ah, sí, caí unos segundos después. Fue aquel miércoles tonto por la noche, cuando mientras me quedaba dormido en el sofá, con mis defensas psicológicas y morales tan al mínimo que cualquiera me podría haber convencido para cometer un terrible asesinato, le di al botón de "comprar" esa chaqueta baratísima.
Me pareció barata, no porque lo fuese, sino porque estaba rebajada. Una chaqueta que cuesta 60 euros, pero te sale por 30, es una ganga mucho mayor que una chaqueta exactamente igual que siempre costó 25 euros. Quién le puede decir que no a esos banners estridentes y esos mensajes de "solo quedan cuatro en stock". No necesitaba una chaqueta, pero la chaqueta cumplió su objetivo, que no era abrigarme, sino hacerme dormir mejor un gris miércoles de otoño en el que todo había salido mal. No necesitaba una chaqueta, necesitaba comprarme una chaqueta.
El día siguiente me enteré de que lo que me había pasado es que había caído en el doom spending, ese gastarse el dinero en tonterías, al parecer, tan propio de millennials y centennials (¡estos no conocen las cosas en las que los jubilados son capaces de gastarse el dinero!). Es la compra compulsiva de toda la vida, pero ahora, en cualquier lugar, en cualquier momento. Sobre todo, en esos instantes en los que nos sentimos tristes, enfadados, de bajona, ansiosos o estresados y recurrimos al subidón de dopamina y endorfinas que produce el mero acto de comprar.
Hay discos que ya no compro cuando salen, porque sé que lo haré algún día tonto cuando esté de bajón y para remediarlo me dé por mirar en tiendas online. Casi todos hemos experimentado el siguiente ciclo. Llegas a casa después de un día agotador, nervioso, cansado y aburrido al mismo tiempo. Eso te empuja a pasar la noche mirando el móvil sin parar, intentando descansar al mismo tiempo que esperas que algún mensaje inesperado o una publicación interesante te saque de tu letargo (no va a ocurrir). De repente, nos encontramos con el anuncio de algo que no queremos, pero en ese momento lo deseamos, lo encargamos, lo olvidamos y, cuando por fin cae en nuestras manos, no sentimos nada.
Quizá en eso consiste en ser rico hoy: en consumir a largo plazo
Hay muchísima gente, tal vez todos nosotros, gastándonos mucho dinero porque no tenemos un duro. Si compramos "tonterías", nos vamos de bares o nos suscribimos a plataformas que no vamos a utilizar es, entre otras razones, porque cada vez resulta más difícil acceder a todos esos bienes (vivienda, educación) que durante mucho tiempo fueron los símbolos del progreso personal. Aprovechamos el poco remanente que nos queda para procurarnos un pequeño placer cada día que alivie nuestra desesperación. La gente consume supuestas "tonterías" porque no puede hacerlo en otras cosas.
Quizá en eso consiste en ser rico hoy: en consumir a largo plazo.La riqueza nos permite invertir en nosotros mismos, desde una nueva propiedad inmobiliaria a la que sacarle rendimiento a un máster en el extranjero, pasando por obras de arte que se revalorizarán nada más comprarlas y que, a la larga, hacen queel rico sea más rico aún. El consumo de los pobres es todo lo contrario. Un consumo hedonista y cortoplacista que se empieza a devaluar nada ser más adquirido, baratijas que cumplen la función de hacer más tolerable el día a día y paliar la ausencia de proyectos a medio y largo plazo.
'Más cuñado que Lars Ulrich comprando arte'. (EFE/Mariscal)
Ojo: tampoco creo que un nivel socioeconómico exageradamente alto te salve de necesitar subidones de dopamina a través del consumo. Son famosos los arrebatos consumistas de celebridades que camuflan de coleccionismo y exclusividad, lo que no deja de cumplir el mismo rol que arrasar con chuminadas en Aliexpress desde el sofá de tu casa. Véase, por ejemplo, al batería de Metallica Lars Ulrich comprando obras de arte en el documental Some Kind of Monster. Lo que sí creo es que ese dinero de la clase trabajadora y media, que hace no tanto iba a cierto tipo de inversiones, ha terminado destinándose al doom spending.
Los análisis económicos señalan que los españoles ahorran cada vez más, lo que podría parecer contradictorio. Mi sensación es que, ya que al haber gastos/inversiones cada vez más inalcanzables, y que, por lo tanto, exigen un ahorro más continuo (como la citada vivienda), esto deja espacio a un pequeño consumo hedonista cuya eliminación sería como quitarle el chocolate al loro. ¿Para qué ahorrar un poco más, si tampoco vamos a poder comprarnos un piso? Cuanto menos dinero tienes, más gastas.
Durante los años de la crisis se escuchó hasta la sociedad que si tan mal iba la cosa, cómo es que estaban las terrazas llenas. Este consumo cortoplacista, hedonista y banal le viene de lujo al sector hostelero (creo que esta frase podría aparecer en cualquiera de los artículos que he escrito en los últimos cinco años), al que le beneficia poder ofrecer lo que todos anhelamos: la posibilidad de socializar con amigos o familiaa cambio de una cantidad relativamente baja de dinero. Parece dinero mejor gastado que el del doom spending, que proporciona una pequeña y solitaria satisfacción momentánea a cambio de tener que hacer espacio en el armario a prendas que apenas nos pondremos.
Cuando compras una cazuela, compras una versión de ti mismo que aún no existe
Comprar un objeto es comprar un yo mejor
Este mismo miércoles, bajé al bazar de mi barrio para comprar, emocionado, una cazuela de barro. Qué bien me sentó. Cuando compras una cazuela de barro por tres euros, estás comprando mucho más que una cazuela de barro. Estás comprando la posibilidad de convertirse en una persona que cocine platos riquísimos en esa cazuela de barro: te ves a ti mismo cocinando para tus amigos un domingo de relax, feliz y contento. Compras un futuro que te gustaría que existiese.
Esa cazuela que quizá no llegue a utilizar jamás proporciona una sensación de control sobre mi vida que me resulta difícil de obtener por otros medios. Adquirir productos del hogar se ha convertido en una rutina que proporciona cierta calma mental, porque es una manera sencilla de ordenar un espacio propio a través de la adquisición de pequeñas herramientas que ofrecen nuevas posibilidades de comodidad y experimentación. El hogar nunca está terminado: por muy pocos euros, uno puede adquirir una versión mejorada de sí mismo (una camiseta) o de su entorno (un pasapurés).
El consumo nos vende futuros a cambio de una cantidad de dinero, poco o mucho. Alec Leach explica en The World Is On Fire But We Are Still Buying Shoes que la moda es "una empresa optimista" porque "nos da la posibilidad de vislumbrar nuevos futuros para nosotros mismos, lugares donde nuestros miedos y cargas actuales desaparecen". El consumo, especialmente el de ropa, permite reinventarnos por unos instantes. Como señala un artículo de Vogue, tenemos interiorizado que comprar es la mejor forma de resolver algunos problemas (pero no es así).
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Por eso es muy fácil caer en el moralismo cuando se trata del consumo, sobre todo teniendo en cuenta el impacto que tiene en el medioambiente. Ya saben: los jóvenes no pueden dar la entrada para un piso porque se lo gastan todo en aguacates y Netflix. Hace un par de veranos se puso de moda el llamado "ayuno de dopamina", que consistía en evitar todos los estímulos tecnológicos que pueden conducirnos a esa conducta compulsiva y entre los que se cuenta, claro, estar expuestos a anuncios que nos lleven a comprar. Una visión ascética del uso de la tecnología que cada vez es más común: no hay deseo, no hay dolor. Así que hay que extirpar toda posibilidad de sentir lo primero.
Yo voy a seguir permitiéndome mis pequeños caprichos, aunque intentaré que se parezcan más a una cazuela de tres euros que a una chaqueta de 35, si es que necesito desestresarme a través del consumo, sabiendo que no es lo ideal, pero también que podría ser peor. Al fin y al cabo, es más saludable que el alcohol, el tabaco, las drogas o las smash burguers, otras formas más dañinas de aliviar nuestro estrés.
Lo importante en ese punto intermedio es saber por qué hacemos lo que hacemos y compramos lo que compramos sin caer en lo compulsivo ni la autoculpabilización. Si me compro ese disco que sé que voy a dejar en la estantería según me llegue y quizá no lo escuche en años, sabré que lo hago no porque lo necesito, sino porque voy a dormir un poco mejor sabiendo que está en algún lugar de casa. Banal, pero autoconsciente, autoconsciente, pero banal.
Esta semana, cuál fue mi sorpresa al llegar a la redacción y ver en mi escritorio el paquete de una tienda de ropa online cuyo nombre no voy a reproducir y a la que no recordaba haber pedido nada. Ah, sí, caí unos segundos después. Fue aquel miércoles tonto por la noche, cuando mientras me quedaba dormido en el sofá, con mis defensas psicológicas y morales tan al mínimo que cualquiera me podría haber convencido para cometer un terrible asesinato, le di al botón de "comprar" esa chaqueta baratísima.