La pelea entre los aspirantes a ricos: el mal rollo de las desgastadas élites españolas
Las clases altas nacionales comparten una característica con las británicas y las francesas. Están divididas en dos facciones que se pelean entre sí. Las estadounidenses tienen otras particularidades y la misma división
Las historias de Hugh y Henry ilustran bien los cambios que han existido entre las élites británicas. Hugh habla abiertamente del origen de su éxito: se ha criado en un ambiente privilegiado, con niñera, dos criados y jardinero en la mansión, su educación se ha asentado en una clara conciencia de la distinción cultural (“Yo era muy, muy leído”), y las puertas profesionales se han abierto a su paso. Henry, que proviene del mismo entorno, asegura no pertenecer a la élite, desdeña la vida privilegiada en la que creció y señala el mérito como la causa principal de su trayectoria exitosa. Esa diferencia en la descripción, que marca la diferencia entre una clase alta dinámica y meritocrática frente a otra basada en la herencia y los apellidos, forma parte de una transformación notable entre las élites británicas.
Lo cuentan Aaron Reeves, profesor de política social en la Universidad de Oxford y Sam Friedman, profesor de sociología en la London School of Economics, en un texto, Born to Rule: The Making and Remaking of the British Elite (Nacidos para gobernar: la creación y reconstrucción de la élite británica), para el que entrevistaron a 144 personas pertenecientes a la clase más afortunada de la sociedad.
Éric Mension-Rigau, profesor de historia de la Universidad de la Sorbona, describe en Rester noble dans le monde des affaires (Ed. Passés / Composés) una diferenciación muy similar en el seno de la aristocracia francesa. A pesar de contar con apellidos ilustres, muchos de ellos se dedican a la industria, al lujo, la ingeniería financiera, el capital privado, las tecnologías de la información y la comunicación o la consultoría empresarial estratégica. Los jóvenes prefieren la tecnología y ponen en marcha startups. Desdeñan a las personas de su mismo origen que han elegido un camino distinto al de tener éxito en los negocios y "viven frugalmente su provincia y van a saciarse a Leclerc" (una gran cadena de distribución francesa); esos que se han instalado en la decadencia y "no pueden pintar las habitaciones de su casa en 25 años porque no tienen dinero".
La oposición entre estas élites explica bastante bien el momento político de los Estados Unidos
En EEUU, esa diferencia transita por un camino distinto, que Nate Silver relata en su nuevo libro, On the Edge (Penguin Books). En él, dibuja una separación entre dos clases de élites. Denomina a la primera The River, y la forman una serie de personas, a las que califica de pensadores, cuya visión sobre el riesgo no es común: saben cómo manejarse en entornos turbulentos y obtener réditos. Entre ellos figuran miembros de las comunidades de Silicon Valley y Wall Street y los especialistas en criptomonedas. Son como jugadores de póker: calculan posibilidades para convertir una situación insegura en provechosa. Enfrente está lo que llama The Village, que está compuesto por personas que tienden al consenso, a evitar riesgos y a optar por los senderos conocidos. Son académicos de las grandes universidades, como Harvard, profesionales de los medios de comunicación como The New York Times o The Washington Post, y expertos gubernamentales. Conforman una suerte de tecnocracia. Como aspecto secundario, pero relevante, la oposición entre estos dos tipos de élites explica bastante bien el momento político estadounidense.
El caso español
En España, el ámbito tecnológico y financiero carece de la influencia que poseen los magnates estadounidenses, por lo que la separación existente entre nuestras élites circula por la línea de puntos trazada por las élites europeas. Además, son élites subordinadas, y eso se nota en sus diferencias y en sus cuitas internas. No obstante, esa distancia entre quienes ocupan una posición profesional brillante, y que por tanto puede insistir en que el mérito está detrás de su éxito. Y quienes simplemente tienen dinero de familia (sea mucho o poco), está plenamente presente en sus discursos.
Rechazan a las figuras acartonadas que exhiben apellidos y disfrutan de las rentas, pero también sienten cierta fascinación por ellas
Las élites españolas raramente subrayan el privilegio de su origen en público, e incluso adoptan cierto desdén respecto de quienes deben su posición únicamente a la herencia o los contactos familiares. Su mirada, sin embargo, es ambivalente: pueden mostrar rechazo respecto de las figuras acartonadas que exhiben apellidos y disfrutan de las rentas sin añadir nada más, pero también sienten cierta fascinación por ellos, en especial cuando muestran un lado pillo, divertido o canalla. Hay ejemplos fácilmente identificables de estos personajes privilegiados pero traviesos.
En España, el estereotipo de rico cortijero, aficionado a las monterías, la continuación del viejo señorito, no es popular entre las mismas élites. Están mucho más valoradas (y autovaloradas) aquellas que exhiben un puesto en empresas de prestigio, en grandes firmas financieras, de consultoría, jurídicas e incluso de la comunicación que las que solo pueden mostrar sus rentas. El esfuerzo y el talento, y no las conexiones y la herencia, son su principal activo. El origen, como esas viejas aficiones, es algo de lo que se puede hablar en privado, pero que en público es poco adecuado. Por más que su procedencia pueda facilitar la entrada, lo que cuenta de verdad es la trayectoria a partir de entonces. Quien está arriba se lo ha ganado a pulso.
Sin embargo, cabe recordar que tanto Hugh como Henry provienen del mismo lugar: lo que cambia es lo que expresan, su discurso, su visión, pero no su origen ni las facilidades de las que han gozado para ocupar el lugar en el que están.
El mal rollo
Este aspecto es relevante porque cuando se opta por jugar la baza de la meritocracia, se abre la puerta a gente que no pertenece a clases sociales privilegiadas y que aspira justificadamente a ocupar un lugar en la élite gracias a su talento o a su disposición. Pero como esa posibilidad de cambiar de clase es cada vez más difícil (el ascensor social no funciona), la realidad es que casi siempre el origen marca el recorrido. La constatación frecuente de ese hecho produce un notorio malestar entre las clases medias altas, aquellas que tienen más a mano subir un escalón más, en la medida en que su acceso queda cortado.
Son una clase menor, llena de gente cuyas aspiraciones y realidades no encajan: las primeras están muy por encima de las segundas
Ese rencor de clase media se manifiesta especialmente entre los llamados profesionales liberales, los más dados a creer en el mérito como motor del recorrido profesional. La abogacía, la consultoría, la comunicación, la tecnología y la academia son algunos de los sectores en los que ese malestar se siente más vivamente. En muchas de esas profesiones, además, se ha producido una bifurcación, de modo que existe mano de obra escasamente pagada y una élite que posee capital simbólico y recursos. A su vez, las partes afortunadas de estas profesiones están cada vez más lejos, en cuanto a su poder y a sus recursos, de las élites de verdad.
Esa separación entre lo que Nate Silver identifica como el River y el Village, se repite en España en términos mucho más modestos: financieros y alta dirección de grandes empresas se alejan de una esfera tecnocrática y meritocrática que se percibe cada vez menos móvil.
Los 'quiero y no puedo'
En esa estratificación social, que se parece poco a la de hace unas décadas, el malestar es mucho más frecuente de lo que parece y atraviesa las distintas escalas sociales del ámbito profesional y tecnocrático.
En ese contexto cabe encajar las chanzas respecto de los cayetanos, de los pijos del barrio de Salamanca, de ese sector al que se identifica como rancio, rentista y reaccionario. Son una clase menor, llena de gente cuyas aspiraciones y realidades no encajan: las primeras están muy por encima de las segundas. Esa característica la hace rechazable tanto desde la perspectiva de quienes tienen poder y recursos como desde la élite meritocrática (y especialmente de los aspirantes a ella). En ese plano también se sitúan las bromas respecto de las figuras desgastadas de las élites, sean estas el rey emérito, su nieto Froilán, o las clases que quieren exhibir un capital simbólico que no es acompañado por el capital real.
El desdén y la burla no se manifiestan respecto quienes han alcanzado la meta, sino respecto de quienes se han quedado en el camino
Ese espíritu jocoso y burlón respecto de las élites desgastadas aparece especialmente entre los menos afortunados de las clases tecnocráticas y meritocráticas. Un libro como Quiero y no puedo: Una historia de los pijos de España (Blackie Books), de Raquel Peláez, ha sido celebrado entre ellas, sobre todo por el progresismo urbano y formado, en la medida en que retrata la desesperación por la apariencia que late en esas clases aspiracionales. Quieren demostrar que están por encima del común de la sociedad y utilizan elementos simbólicos y estéticos para diferenciarse, pero finalmente todo queda en un "quiero y no puedo".
Lo llamativo es que el libro se centra en la crítica de la clase media alta española mucho más que en la crítica a los verdaderos ricos. O, por decirlo de otra manera, no realiza una crítica a las élites, sino a los que no han llegado a ella. El desdén y la burla no se manifiestan respecto quienes han alcanzado la meta, sino respecto de quienes se han quedado en el camino y se niegan a reconocerlo. En este sentido, se trata de una crítica que se diferencia poco de la mirada con que la aristocracia contemporánea contempla a la vieja nobleza, o de aquella con que las verdaderas élites observan a las clases meritocráticas. Contiene desdén, sátira, desprecio, pero ninguna impugnación del orden social.
Curiosamente, esto nos dice mucho de la política actual. Y no solo porque revele cómo los aspirantes a convertirse en élite meritocrática se pelean discursiva y emocionalmente con los aspirantes a élites tradicionales, que es la materia con la que está construida la esfera comunicativa, y en especial la de las redes, sino porque la nueva política está tejida con estos mimbres, élites deterioradas que combaten a otras élites deterioradas. Unos imitan los signos de riqueza y rechazan a las clases medias y a las trabajadoras por pobres y vulgares, los otros imitan los signos meritocráticos y desprecian a las clases medias y trabajadoras por vulgares y reaccionarias. El enfrentamiento entre élites urbanas de uno y otro tipo son la raíz de muchas diferencias ideológicas.
Las historias de Hugh y Henry ilustran bien los cambios que han existido entre las élites británicas. Hugh habla abiertamente del origen de su éxito: se ha criado en un ambiente privilegiado, con niñera, dos criados y jardinero en la mansión, su educación se ha asentado en una clara conciencia de la distinción cultural (“Yo era muy, muy leído”), y las puertas profesionales se han abierto a su paso. Henry, que proviene del mismo entorno, asegura no pertenecer a la élite, desdeña la vida privilegiada en la que creció y señala el mérito como la causa principal de su trayectoria exitosa. Esa diferencia en la descripción, que marca la diferencia entre una clase alta dinámica y meritocrática frente a otra basada en la herencia y los apellidos, forma parte de una transformación notable entre las élites británicas.