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La Filarmónica de la Scala deslumbra en San Sebastián
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La Filarmónica de la Scala deslumbra en San Sebastián

Riccardo Chailly dirige con hondura, magnetismo y sensibilidad un concierto dedicado a Tchaikovsky y Ravel que se repite hoy miércoles en el Festival de Santander

Foto: Riccardo Chailly dirigiendo a la Filarmónica de la Scala en San Sebastián. (Cedida)
Riccardo Chailly dirigiendo a la Filarmónica de la Scala en San Sebastián. (Cedida)

¿Otra vez la Quinta de Tchaikovsky? Las interrogaciones justificaban todas las dudas e inercia rutinaria con que se desenvuelven las giras veraniegas de las grandes y pequeñas orquestas, aunque la presencia de Riccardo Chailly al frente de la Filarmónica de la Scala en San Sebastián (este martes) y Santander (este miércoles) garantizaba un acontecimiento.

Dirige con hondura el maestro milanés. Y no se dedica a la fast food de las tournées estivales ni los conciertos de bolos, sino a la slow food de la cocina elaborada, a la riqueza de los matices, al estupor cromático del sonido, al escrúpulo conceptual, al magnetismo con que predispone la concentración de los músicos y la correspondiente atención del público.

Era, “otra vez”, la Quinta de Tchaikovsky, pero Chailly la convirtió en una experiencia, no ya despojándola del amaneramiento, la sobreactuación y el azúcar, sino otorgándole un dramatismo y una intensidad que se reflejaban en la densidad de los contrabajos y en el color de las maderas.

Tanto deslumbraba la orquesta en su dimensión asamblearia como lo hacía en la cualificación de los solistas, empezando por el fraseo del primer trompa y la sensibilidad con que "inauguró” la sinfonía en la sede de la Quincena Musical Donostiarra. Se abarrotó el Auditorio Kursaal. Y sucederá lo mismo este miércoles en el Palacio de Festivales de Santander. No ya por la profundidad con que Chailly rebosa de fluidez la partitura de Tchaikovsky, sino porque el programa se completa con las suites de Daphnis e Chloé que compuso Maurice Ravel a iniciativa de Diaghilev en 1912.

placeholder La orquesta Filarmónica de la Scala con Riccardo Chailly al frente. (Cedida)
La orquesta Filarmónica de la Scala con Riccardo Chailly al frente. (Cedida)

Puede considerarse a Ravel un músico de "la tierra" porque la madre era de Euskadi y acunaba al niño con canciones vascas, aunque las suites reconstruidas del ballet original subordinan cualquier noción de folclorismo a la exuberancia impresionista, a la complejidad de las texturas, al laberinto rítmico que puso a prueba la clarividencia de Chailly en una lectura de sensibilidad coreográfica, hubiera o no hubiera bailarines en escena.

Daban ganas de quedarse a vivir en la butaca, evocando o convocando el comienzo del libro que escribió Jean Echenoz en homenaje al compositor semivasco: "A veces se arrepiente uno de salir de la bañera", escribe el escritor francés en alusión a la placidez y al líquido amniótico con que nos envuelve un baño de agua caliente de la música de Ravel.

Podía haber escogido el maestro lombardo un repertorio más asequible y festivalero, pero la dedicatoria a Ravel aportaba el reconocimiento de una partitura exquisita y de inquietante vigor vanguardista. La concibió Chailly con su claridad técnica —el gesto preclaro, las dinámicas en sus muñecas— y su capacidad de sugestión, igual que sucedió con la propina de Janacek.

La Filarmónica de la Scala es una agrupación operística que procede del foso del gran coliseo milanés

Es poco habitual que Jenufa aparezca en el epílogo de un concierto, pero la selección de Chailly tanto jugaba al contraste del expresionismo y a la aridez checa, como recordaba que la Filarmónica de la Scala es una agrupación operística que procede del foso del gran coliseo milanés.

Fue Claudio Abbado quien la convirtió en orquesta sinfónica en 1982. Y quien predispuso una inercia virtuosa jalonada con las batutas de Carlo Maria Giulini, Riccardo Muti y el propio Chailly desde 2015.

Por eso tiene sentido reconocer que la Quinta de Tchaikovsky y el contraste superlativo de Ravel identificaron a la Filarmónica de la Scala con los méritos de un orquestón. Opulento cuando la música lo requiere, frágil y delicado cuando no queremos salirnos de la bañera.

¿Otra vez la Quinta de Tchaikovsky? Las interrogaciones justificaban todas las dudas e inercia rutinaria con que se desenvuelven las giras veraniegas de las grandes y pequeñas orquestas, aunque la presencia de Riccardo Chailly al frente de la Filarmónica de la Scala en San Sebastián (este martes) y Santander (este miércoles) garantizaba un acontecimiento.

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