Gracita Morales: la actriz ingresada en un psiquiátrico, que murió en el olvido
Con voz aflautada y ojos inocentes y azules, la actriz se encasilló en el papel de señorita del servicio en los años 60, pero su divorcio y varias crisis nerviosas ocasionaron el declive
Este artículo corresponde a una serie de verano en la que se recorren tanto la vida como la muerte, en situaciones trágicas o escabrosas, de algunas figuras relevantes en nuestro país en otro tiempo, olvidadas hoy.
Describió como ninguna otra persona Billy Wilder en El crepúsculo de los dioses esa terrible sensación de haber sido alguien especial y caer en el olvido del tiempo, abandonada por todos. No conocía a Gracita Morales, pero bien podría haberse inspirado en la vida de esta actriz que en una época tuvo más dinero del que podía gastar —en una entrevista con Mercedes Milá admitió que en sus años de gloria, allá por los 60, tenía tanto trabajo que no le daba tiempo a disfrutar de nada— y que pasó sus últimos días en su apartamento en la calle General Pardiñas de Madrid, sola y maldita, abandonada por todos (y, según contaría su sobrina, incluso defraudada por unas monjas, aunque negaría eso de "sola y abandonada").
Pero antes de todo eso, de las pastillas, los intentos de suicidio como buena estrella o incluso el éxito, Gracita Morales fue una niña bien. Nació en Madrid (donde también murió) un 11 de noviembre de 1928, y pasó una infancia sin penuria y quizá feliz. Su madre, Ana Carvajal, era dueña de las minas de carbón de Puertollano y una de las mujeres más ricas de Ciudad Real, mientras que su padre, José Morales, era empresario del Teatro Calderón. Creció junto a sus tres hermanos (Consuelo, Ana María y José) y tuvo que vivir como la riqueza de la familia iría diluyéndose por la afición a las cartas de su progenitor, una pérdida de capital que también sufriría ella de adulta. Quiso ser bailarina, pero finalmente se convirtió en actriz y entró en la compañía de Josita Hernán y Luis Peña.
Aunque podría haber sido por sus bonitos ojos azules o por su menudo tamaño, fue realmente su voz aflautada lo que la hizo inconfundible. Era una actriz con registros, pero quedó encasillada irremediablemente en el papel de señorita del servicio, aunque en los 60 llegaron sus mayores éxitos: Atraco a las tres (1962), La ciudad no es para mí (1966) o Sor Citroën(1967), en el que interpretaba a una monja. Fue el encasillamiento en parte el culpable de que no hubiera papeles para ella en la época del destape, como recordaba en la descorazonadora entrevista con Mercedes Milá, que en 1982 intentaba sin éxito que alguien se acordase de ella de nuevo. "¿Dónde has estado?", pregunta Milá de manera un poco condescendiente, a lo que ella respondía con una sonrisa triste y su voz aniñada: "He estado aquí en España pero no se han acordado de mí en 12 años. Ha debido pasar un ángel malo y me ha borrado de la mente de todos los productores porque no me lo explico".
En realidad, tuvo mucho que ver en ese posterior olvido su carácter supuestamente problemático y depresivo. En 1960 se había casado con el pintor Martín Zerolo (tío del político), y aunque su unión duró diez años fue tremendamente conflictiva e infeliz. Ella siempre mantuvo que él la había abandonado para casarse con otra mujer y marcharse a París. Tampoco pudieron tener hijos y muchos de sus compañeros de trabajo aseguraron que aquel fue el punto de inflexión que marcó su cambio de carácter, cada vez más amargado y depresivo. José Luis Vázquez dijo de ella que llegaba tarde siempre a los rodajes, Alfredo Landaaseguraba en sus memorias que era "caprichosa, déspota e intratable" y Mariano Ozores aseguraba más clemente, que "a veces tenía arrebatos de cólera, pero es que no tuvo suerte en la vida ni en su salud".
Se contaba que en una ocasión llegó a tirarle un cenicero de cristal a una compañera en plena grabación, presa de un ataque de celos
Algunas leyendas sobre su comportamiento en los rodajes comenzaron a trascender, como que, en una ocasión, llegó a tirarle un cenicero de cristal a una compañera en plena grabación, presa de un ataque de celos y rabia. A Gracita, que había llegado a firmar un contrato de cinco millones de pesetas con José María Reyzábal, dejaron de llamarla. En la entrevista con Milá negaba su supuesto carácter conflictivo con voz inocente: "Yo era muy nerviosa. De tomar tantas pastillas para dormir, para levantarme... estaba desequilibrada".
De hecho, su familia decidió ocultar sus crisis nerviosas y problemas de salud, que luego confesaría su sobrina —la también actriz Ana Carvajal—, señalando que llegó a intentar suicidarse en dos ocasiones. A pesar del empeño de Milá en la entrevista para que volviera a trabajar ("Me encantaría rodar con Forqué" indicaba ella en algún momento), en los 80 solo participó en alguna obra de teatro y, más sorprendente, en El Pico 2 de Eloy de la Iglesia, donde volvía a interpretar a su arquetipo de 'chica del servicio', aunque más oscuro lógicamente y sin su vena cómica característica.
Fue de sus últimas interpretaciones, junto con una fugaz aparición en Los ladrones van a la oficina (1993-1996), donde se la veía muy desmejorada e incluso con cierta dificultad para hablar, aunque compartía escena con otros míticos (Fernando Fernán Gómez, Anabel Alonso, Antonio Resines). Era el año 1994, ella fallecería tan solo un año después, por una infección respiratoria. Su sobrina contaría que, pocos años antes, había sido estafada por unas monjas que iban a su casa a cuidarla: "Fui al notario porque la única Morales que vivía y, por tanto, su heredera, y me dijeron que les había dejado a unas monjitas su piso y sus derechos de imagen, que al año pueden ser de 100.000 a 200.000 euros".
Este artículo corresponde a una serie de verano en la que se recorren tanto la vida como la muerte, en situaciones trágicas o escabrosas, de algunas figuras relevantes en nuestro país en otro tiempo, olvidadas hoy.