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'Del Revés', pero sin pasarnos con el giro afectivo
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María Gelpí

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'Del Revés', pero sin pasarnos con el giro afectivo

Creo que una educación sobre lo emocional es más necesaria que nunca, precisamente para no caer en palabrería, para no sucumbir a una cultura de autoayuda que beneficie a las corporaciones

Foto: Fotograma de la película 'Del Revés'. (EFE/Disney Pixar)
Fotograma de la película 'Del Revés'. (EFE/Disney Pixar)

Esta semana he ido al cine a ver Del revés 2 (Inside Out 2), como el que hace los deberes de verano. Me paso el día, tanto en casa como en el instituto en el que doy clases, rodeada de adolescentes, con las emociones en efervescencia y colisión, así que toda oportunidad para atender al mundo de los afectos, es una idea estupenda.

Cuando vi la primera Del revés, con mis hijos levantando medio metro del suelo, no podía evitar pensar en sus cabecitas, confusas e inexpertas ante el mundo. Su capacidad de reacción ante los tropiezos propios del deambular por la vida, dependía en gran medida de lo repentizable de sus emociones y era alucinante descubrir cómo Pixar había logrado representar tan bien ese centro de control de sus pequeñas mentes. Pero no solo era una singular ocurrencia sobre la magistral personificación de emociones en la mente de una niña llamada Riley, con un guion virguero, conmovedor y divertido.

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También era una advertencia para todos contra el imperativo de estar siempre feliz, mostrando que todas las emociones son necesarias y que incluso manifestar la tristeza puede ser de gran ayuda para guiarnos en situaciones difíciles. Al poco tiempo, recuerdo que salió el estupendo libro de Edgar Cabanas y Eva Illouz, sobre la Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas, que resultó ser el apéndice perfecto para entender las derivas de la cultura de la autoayuda.

Del revés 2 me pareció una continuación inercial de la primera, sin más sorpresas que la irrupción de nuevas emociones de una adolescente demasiado niña a la que le faltan un par de años de hervor. Aunque mi prefe es Ennui, un tedio a la francesa del que siempre adolecí, la más lograda es una Ansiedad hiperbólica, bienintencionada pero caótica, ante la que es inevitable soltar un "me representa", porque es más parecida al multitasking adulto que a la congoja hormonal adolescente. El mensaje es claro: no dejes que la ansiedad se haga con los mandos so pena de catástrofe.

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Riley tiene problemas con sus mejos (mejores amigas) de siempre, porque quiere ser aceptada por las popus (las chicas populares), que son insólitamente buenas en todo, en absoluto engoladas, engreídas o excluyentes, cosa nada verosímil a poco que una haya vigilado un patio de instituto media hora. Su cuerpo es infantil, no piensa en salir de fiesta ni fumar. No le ha venido la regla ni está enganchada al neoconductismo de las redes sociales o a la ropa de marca. Ni atisbo de despertar sexual (menudo percal) ni síntomas del "síndrome del patito feo", propio del cóctel entre metamorfosis de crecimiento y el burbujeante acné, que sufren y tanto hace sufrir a los adolescentes. Finalmente, se impondrá de nuevo la repelente Alegría, que tampoco es una nueva marca de ansiolíticos en clave de psico-marketing.

Como decía, yo fui a hacer deberes de verano, porque más allá de mi interés particular, sé que me voy a tener que apencar el curso que viene con todo un plan de estudios permeado por la gestión de las emociones, sin ser mi ámbito, que lleva años implantándose en los institutos, ante la imposibilidad, cada vez mayor para los chavales, de separar la vida del centro educativo de su vida personal, una realidad muy problemática en la que casi nadie pone atención y que está en la base de muchas de sus angustias.

"Sé que me voy a tener que apencar el curso que viene con todo un plan de estudios permeado por la gestión de las emociones, sin ser mi ámbito"

Pero hagamos un poco de retrospectiva. Desde la antigüedad, salvo contadas excepciones como en san Agustín, los sentimientos estuvieron mal vistos. Eran algo así como apetitos o pasiones que debían estar atados en un sótano, vigilados por la razón y sermoneados por la voluntad, para evitar desmadres. Solo para los retóricos y los artistas barrocos (retóricos al fin y al cabo), eran estados subjetivos de sus interlocutores, fácilmente alterables y manipulables. Siglos más tarde, Foucault y Deleuze advertirían de la relación entre poder y deseo para la formación y manipulación de nuestro comportamiento social asociado a nuestros gustos o disgustos (extimidad, lo llamaría Lacan).

Pero, volviendo a los clásicos, solo la razón y la voluntad eran facultades superiores, mientras que la sensitiva era considerada inferior. Sin embargo, olvidaban que, cuando Aristóteles decía que el pensamiento parte del asombro, ponía como fundamento de su activación una emoción en toda regla. Lo emocional es por tanto parte esencial de nuestro modo de acercarnos a la realidad, como ya apuntaban los clásicos cuando señalaban que los trascendentales eran Verdad, Bondad y Belleza, aunque ya no los consideremos valores absolutos. Para entendernos, pongamos por caso que nos encontramos con una medusa en la playa. Aunque en la práctica no se dan por separado, podemos apreciar que hacemos tres tipos de juicios, aportando cada uno una dimensión diferente y enriquecedora en conjunto: Uno sobre la verdad, acertando o no sobre si se trata de una medusa venenosa; otro juicio de la voluntad, sobre lo bueno o malo que sería devolverla al mar o matarla, y otro juicio estético que implica reconocer nuestra relación ante aquello en forma de afectos: sobre si nos gusta o disgusta, si nos resulta fascinante o asquerosa.

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Pero si reprimir las emociones o no ayudar a comprenderlas puede producir daños graves e irreparables, ponerlas como único referente de la realidad, como una deriva de lo que se ha llamado el giro afectivo, con autores como Sara Ahmed y Brian Massumi, puede privarnos de una necesaria perspectiva y ponderación. Como docente, me ha tocado ceder horas lectivas a talleres externos sobre gestión emocional, que me han maravillado por lo bien que han explicado a los chicos qué es lo que sienten a partir de sus experiencias libremente expresadas y cómo sus inquietudes pueden ser analizadas y valoradas en común, porque tienen el mismo no-futuro.

Se sorprenden gratamente de que muchos de sus compañeros compartan sus modos de sentir, ante problemas semejantes y temas sobre los que no suelen hablar cuando van de botellón. Pero también me ha tocado asistir a sesiones en las que se transmitía que la autenticidad está en atreverte a expresar cómo te sientes, un literal "inside out" (de adentro hacia afuera) sin escatimar en lloros y quejumbres (acordaos de la moda del sadfishing), como una reducción al "soy lo que me siento", mostrando con orgullo los cortes del antebrazo, si toca, con la única terapia grupal del aplauso de los compañeros, como han visto mis ojos, y sin derivación a una atención individual en condiciones. En ocasiones, tras una supuesta reivindicación de lo corpóreo, se puede caer en un reduccionismo emotivista, como si pensar o valorar no necesitara cuerpo orgánico y sensitivo, lo cual sería el sueño húmedo de un transhumanista, pero todavía ciencia ficción.

Creo que una educación sobre lo emocional es más necesaria que nunca, precisamente para no caer en palabrería, para no sucumbir a una cultura de autoayuda que beneficie a las corporaciones y nos despiste de la necesidad de una atención profesional de la salud mental de los jóvenes; para que los chavales no sientan la búsqueda de la felicidad como una obligación individual de autogestión de sus emociones y se perpetúe la conformidad social, desatendiendo las causas estructurales de la infelicidad, como la desigualdad y la precariedad social. Quizá sería todo más fácil si tuviéramos en la cabeza, como Homer Simpson, un simpático mono tocando los platillos. Pero entonces la vida sería mucho menos gozosa.

Esta semana he ido al cine a ver Del revés 2 (Inside Out 2), como el que hace los deberes de verano. Me paso el día, tanto en casa como en el instituto en el que doy clases, rodeada de adolescentes, con las emociones en efervescencia y colisión, así que toda oportunidad para atender al mundo de los afectos, es una idea estupenda.

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