De cuentos infantiles y enanitos que no pueden ser enanos
En vez de reflejar la vida, se intenta rectificarla. Y este es un proceso con gran desequilibrio entre sentido y beneficio. Siendo el primero ágrafo y el segundo multimillonario
Fragmento de Blancanieves remasterizada en 4K. (EFE/Walt Disney Company)
Si he de rescatar momentos de cancelación de miedo, sosiego y certeza, lo primero que recuerdo son los cuentos de mi infancia. En ellos, la maldad tenía un rostro desencajado, la belleza un porte viril o dulce, y el resultado siempre cedía ante el peso de la felicidad. Era satisfactorio e inocente, saber que tras la tensión del nudo, sentido como una soga asfixiante alrededor del cuello, el desenlace culminaría acunado por altas dosis de esperanza. Sabías que la sencillez de la bondad estaba agazapada, a la espera de ser revelada por el lado bueno de la historia. Y dormías, plácidamente, arropado por esa lúbrica digestión de los males, solo reservada a la infancia.
Luego uno iba pasando las pruebas de ingreso en la edad adulta, hasta su expulsión definitiva. Una muerte enamorada, una vida desatenta, a la que, como Miguel Hernández, era difícil perdonarle la bochornosa cirugía a la credulidad. La burla acneica salía a relucir, la tensión sexual hacía cansinas chiribitas doradas en decepción y canosos allegados dejaban de existir: la bondad, vaya, se resbalaba.
Negabas entonces tanta baba perfumada, tanto cuento de silicona, tanta niña mona y tanto niño corajudo. La simplicidad te había sido brindada, y tú, motu proprio, con la garganta iracunda y el cerebro acelerado, rechazabas el mecanismo de un chupete para ahogarte en dudas sobre porque los bebés lo maman. Abrazabas el escepticismo porque te sentías traicionado. Estafado por la pamplina buenista. Madurabas con un golpe bajo.
Ahora la escuelita de la transición ha cambiado. Los cuentos se vuelcan con la complejidad. Una cría no ha tenido todavía opción de jugar a los médicos con algún rapaz, y ya se le está untando la sesera con doctrina del consentimiento, límites, abusos y el potencial violador masculino. Los niños aún no comprenden que son y ya se les está diciendo lo que no deben ser.
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Los personajes de las historias, o carecen de identidad definida, o bien fluctúan entre muchas, alumbrando incesantes interrogantes que siembran la duda. El caos se apodera así de mentes que todavía creen en los mocos como un manjar, y que tres camellos llevan a las casas del mundo entero regalos que no estén envueltos en pequeñas bolsitas de plástico transparente.
Menudo cacao, amigos, esto de ser un niño hoy.
Soy consciente de que atender a la diferencia, respetar la variedad, impone la complejidad. Pero apedrear a las criaturas con meteoritos teóricos difíciles de entender para muchos adultos, es la estrategia idónea si queremos conseguir que los cachorros, al madurar, lo hagan ceñudos y encabritados, buscando la sencillez que les fue robada en la infancia. Así se acaba salivando con las doctrinas de Amadeo Lladós, las neo-religiones de internet y el reaccionarismo Sieg Heil.
De esta imperiosa necesidad por rizar el rizo. Por buscar problemas inútiles enterrando los importantes. Y llamar la atención engordando el narcisismo de barriguita bien-alimentada; asoman el morro cada día nuevos sin sentidos. El último, que afecta a los cuentos y se carea con el buen juicio, es la decisión de Disney de impedir que sean actores enanos los que interpreten a los 7 enanitos en la nueva versión live action de Blancanieves.
Según parece, Peter Dinklage (Tyron Lannister en Juego de Tronos), armó la escandalera cuando se anunció la peli porque le parecía una continuación de los estereotipos… —buf, renuncio a diseccionar la obviedad—. ¿La solución? Los enanitos han sido generados por CGI.
De nuevo, la tecnología zampándose el talento humano. Es una mamarrachada tan solemne pretender negar que las personas con enanismo tienen limitadas sus interpretaciones, como decir que la decisión de negarles actuar se hace por su bien. Habrase visto… Qué elástico es ese concepto: "por tu bien". Qué ambiguo. Qué grueso y fino a la vez. Cuántas cosas se están haciendo últimamente por el bien de ciertas personas, sin contar con la opinión, ni el bienestar material, de esa misma gente.
Estaremos depilando los estereotipos. Actualizándonos. Puliendo nuestras diferencias. Pero de lo que no salimos es de ese paternalismo. De esa blanca culpa liberal por la que escarbamos cualquier rastrojo de buenismo para compensar deudas —¿heredadas?, ¿ajenas?, ¿revanchistas?—dejando cadáveres, eso sí muy respetables, por el camino. La quincalla de esta bondad es alucinante.
De esa blanca culpa liberal por la que escarbamos cualquier rastrojo de buenismo para compensar deudas —¿heredadas?, ¿ajenas?—
Hay dos peligros que acechan a quien piensa en lo que le conviene a otra persona. La arrogancia y la ridiculez. ¡Voilà!, colega, sé lo que es mejor para ti, aunque lograrlo satisfaga principalmente mi remordimiento. Shhh… calla. No maldigas, ni porculices, esto es lo mejor. Da igual que tú no lo entiendas. Da igual que tú no lo veas. Yo sé lo que te conviene. Este es el trasiego de ideas que transita las mentes de aquellos que velan por cierto bienestar ajeno. Lo dicho: arrogante y ridículo.
En un programa estadounidense, el actor y luchador Dylan Postl (quien padece de enanismo), afirmó públicamente que lo de la nueva versión de Blancanieves era una faena para los actores enanos. Intérpretes que no van a tener los papeles de un Brad Pitt o un George Clooney y a los que, jódete, ahora se les cancela para sus personajes idóneos. Postl fue elocuente en sus palabras. Pero hubiera lucido menos sorprendente de no ser por el contertulio que se lo discutía en el programa; un pijeras, ojos azul antillano, blanco como el esmegma, que quiso comparar la situación de los actores con enanismo a la suya, en tanto que zutano gay.
Dejando de lado la victimización identitaria del pimpollo, que bien podría agachar las orejas evitando comparativas tan desafortunadas, la invocación del delirio llega cuando el susodicho aclara que a los enanos no habría que llamarlos "enanos", sino "personas con enanismo". A la afirmación, Postl, calmado y eruditamente chill, le pregunta: "entonces, caballero, ¿cómo cree que debería llamarme a sí mismo?". Según el tipo, Postl debería llamarse como él quisiera. Y el actor responde: "¡Enano! ¡Soy un enano!", con determinación radical. La respuesta te deja tiesas las cervicales del rictus. El lefilla, adalid de la diversidad, la integración y el respeto individual, reacciona con un sordo "¡No!", seguido de una carcajada histérica y vehemente, de esas de menudas tonterías dices, hijo. Efectivamente, sé lo que están pensando… Arrogante y ridículo.
Las nuevas versiones que está poniendo en marcha Disney dan fe de una tendencia. En vez de reflejar la vida, se intenta rectificarla. Y este es un proceso con gran desequilibrio entre sentido y beneficio. Siendo el primero ágrafo y el segundo multimillonario. Todo se lía. Se enmaraña. Pero la madeja queda tan gruesa y esponjosa, sabe a tantísimas cosas, que una parte muy importante del mundo se la come bien a gusto. Por el camino, sin embargo, hay gente que se queda sin oportunidades, otros que terminan convertidos en verdugos —no habiendo empuñado jamás un hacha—, y, si hablamos de cuentos, infinidad de niños con una coctelera en la cabeza y pocas certezas a las que aferrarse.
Que, digo yo, rematando con esto de las historietas infantiles. ¿No valdría más inventarse nuevas y dejar las viejas tranquilas? Sobre todo, para evitar mamarrachadas. Como que los críos piensen que los enanos solo existen en la fantasía y la irrealidad (así lo perciben si todos los personajes están hechos por ordenador), o que Blancanieves tenga la tez morena (la actriz Rachel Zegler es de ascendencia latina). ¿Cómo le explicará un padre a su hija el título de la historia si la piel de la protagonista nada tiene de nacarada? En fin…
Sea como fuere, lo dicho, en menudo cacao se está convirtiendo lo de ser niño.
Si he de rescatar momentos de cancelación de miedo, sosiego y certeza, lo primero que recuerdo son los cuentos de mi infancia. En ellos, la maldad tenía un rostro desencajado, la belleza un porte viril o dulce, y el resultado siempre cedía ante el peso de la felicidad. Era satisfactorio e inocente, saber que tras la tensión del nudo, sentido como una soga asfixiante alrededor del cuello, el desenlace culminaría acunado por altas dosis de esperanza. Sabías que la sencillez de la bondad estaba agazapada, a la espera de ser revelada por el lado bueno de la historia. Y dormías, plácidamente, arropado por esa lúbrica digestión de los males, solo reservada a la infancia.