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¿Una plaga nacional? Breve historia de los intelectuales españoles
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¿Una plaga nacional? Breve historia de los intelectuales españoles

E'l nuevo libro de David Jiménez Torres, 'La palabra ambigua. Los intelectuales en España', hace un recorrido rápido e ilustrativo por la relación que la política y la sociedad españolas han tenido con los escritores

Foto: Unamuno, a su salida de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936.
Unamuno, a su salida de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936.

En abril de 1938, Franco explicó por qué había liderado la sublevación que dio pie a la Guerra Civil. “¿Es que un siglo de derrotas y de decadencias no exige, no impone, una revolución? Ciertamente que sí”, se respondía. Durante ese siglo de decadencia, “nuestro prestigio en el mundo sufría el más grande eclipse” a causa de una “revolución antiespañola y extranjerizada”. Había llegado el momento de poner fin a ese declive mediante una revolución que, en contraste, fuera “española genuina” y que se basara en “nuestras gloriosas tradiciones”. Ahora bien, ¿quién tenía la culpa de que España se hubiera sumido en esa decadencia, en esa disolución, en ese descrédito? Franco lo tenía muy claro: en parte era de “nuestros intelectuales” que “especulaban en los salones con su pseudosabiduría enciclopedista”, lejos de las preocupaciones reales y los verdaderos males del país. Los intelectuales eran, en buena medida, responsables de la Guerra Civil.

El discurso de Franco según el cual los intelectuales eran políticamente ineficaces, afrancesados y decadentes no era nuevo. En realidad, se remontaba al último tercio del siglo XIX, cuando empezó a utilizarse la palabra “intelectual” de una manera un tanto peyorativa, y se parecía mucho a lo que habían afirmado Miguel Primo de Rivera, dictador entre 1923 y 1930, y su hijo José Antonio, fundador de Falange Española. Ambos habían identificado a Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala y Gregorio Marañón, entre otros intelectuales de la época, con todos los males del país, que eran consecuencia de su liberalismo, su supuesto comunismo y su indiscutible elitismo. En 1926, El Debate, el periódico católico más importante de la época llamaba a los intelectuales “plaga nacional”, individuos “perturbadores”, “anarquizantes” e “hipócritas”. Pero, ¿acaso los intelectuales españoles han sido más ineptos o irresponsables que los de otros países? ¿Es cierto que siempre han tenido un sesgo de izquierdas y que nunca han entendido los problemas de España?

Foto: La Revolución en Madrid de 1854.

A estas preguntas responde el nuevo libro de David Jiménez Torres, La palabra ambigua. Los intelectuales en España (1889-2019), que publica este jueves Taurus. Jiménez, que es profesor de historia en la Universidad Complutense y columnista de El Mundo, hace, en poco más de doscientas páginas, un recorrido rápido y muy ilustrativo por la relación que la política y la sociedad españolas han tenido con los escritores que han participado en la vida pública. Explica cómo la palabra “intelectual” se ha venido utilizando durante más de un siglo sin que estuviera claro qué significaba: si hacía referencia a los poetas, a los catedráticos o a cualquier individuo con una formación superior. Y también cómo los intelectuales españoles, tradicionalmente, han sido considerados inferiores a los extranjeros y se les ha acusado de traición por cambiar con frecuencia de bando político —como los que primero apoyaron a Primo de Rivera y luego lo criticaron, o los padres fundadores de la Segunda República que acabarían apoyando con reticencias el levantamiento— y tener una relación ambigua con el poder, al que pueden criticar pero que les puede desactivar ofreciéndoles cargos políticos mucho mejor pagados que la tarea de escritor.

placeholder La palabra ambigua, de David Jiménez Torres
La palabra ambigua, de David Jiménez Torres

Jiménez también explica cómo la actividad de los intelectuales se ha considerado siempre de carácter masculino, aunque, al mismo tiempo, se ha atribuido a hombres poco capacitados para la acción, enfermizos o hasta impotentes. Solo en tiempos recientes se aceptó que las mujeres podían ser intelectuales, y aún así, con la convicción de que estas también tenían sus propias rarezas: la escritora Elvira Lindo bromeó en una ocasión que su marido, el también escritor Antonio Muñoz Molina, “creía que las intelectuales de izquierda no nos depilábamos”.

La derecha y los intelectuales

El repaso de Jiménez es impecablemente objetivo, pero tras su academicismo aparecen algunos temas particularmente llamativos, y aún muy relevantes para la España de hoy, que describe con intención. El primero es la manera en que los intelectuales catalanistas siempre han aspirado a distinguirse de lo que han llamado los intelectuales “de Madrid”, cosa que hoy siguen haciendo. Otro es la extraña relación que la derecha española ha mantenido con los intelectuales. Incluso los políticos conservadores democráticos han considerado que el elitismo intelectual era una tara, una manera de enturbiar el debate público y llenarlo con disquisiciones pedantes que no sirven a los ciudadanos comunes. Pero, al mismo tiempo que los despreciaban, la Iglesia y los sucesivos partidos conservadores han querido tener sus propios intelectuales para que defendieran sus causas con el mismo rigor que, sentían, otros defendían el liberalismo o la izquierda. Aunque Jiménez también documenta el rechazo que generaron los intelectuales entre socialistas, anarquistas y comunistas, sobre todo cuando se apartaban de la línea del partido.

El otro punto llamativo es el papel de los intelectuales españoles tras la llegada de la democracia. Estos se habían acostumbrado a ir a la contra, a enfrentarse al poder, a intentar derribar regímenes. De repente, con el PSOE en el Gobierno, empezaron a preguntarse cuál debía ser su nueva función. Como dice Jiménez, “desde la victoria del PSOE muchos intelectuales se habían convertido en valedores acríticos del poder, tanto por afinidad ideológica como por interés profesional”.

Desde la victoria del PSOE muchos intelectuales se habían convertido en valedores acríticos del poder

Hace por lo menos cinco décadas que hemos dado por muertos a los intelectuales. Nos pareció que ya no influían, que no servían para nada, que estaban fuera de lugar en un mundo tecnológico dominado por la economía. Pero como demuestra Jiménez, siguen estando muy presentes, para bien y para mal, en nuestra vida pública: en los periódicos, las teles, las radios, las universidades y los circuitos de charlas y conferencias. Los políticos quieren su apoyo y los innumerables manifiestos que redactan y firman acaban apareciendo en la prensa. Pero, ¿llegan a la gente? ¿Nos sirven realmente de guía?

El libro de Jiménez es un gran retrato colectivo de los intelectuales en la España moderna. No elude sus puntos más conflictivos, pero no pretende hacer una causa general sobre ellos. Lo cual es bueno, porque permite hacerse una idea objetiva de ese papel denostado y sobrevalorado al mismo tiempo. Y que algunos creemos, sin necesidad de simpatizar con la derecha histórica, que muchas veces ha servido más para meter a España en líos que para encontrar soluciones a sus viejos problemas.

En abril de 1938, Franco explicó por qué había liderado la sublevación que dio pie a la Guerra Civil. “¿Es que un siglo de derrotas y de decadencias no exige, no impone, una revolución? Ciertamente que sí”, se respondía. Durante ese siglo de decadencia, “nuestro prestigio en el mundo sufría el más grande eclipse” a causa de una “revolución antiespañola y extranjerizada”. Había llegado el momento de poner fin a ese declive mediante una revolución que, en contraste, fuera “española genuina” y que se basara en “nuestras gloriosas tradiciones”. Ahora bien, ¿quién tenía la culpa de que España se hubiera sumido en esa decadencia, en esa disolución, en ese descrédito? Franco lo tenía muy claro: en parte era de “nuestros intelectuales” que “especulaban en los salones con su pseudosabiduría enciclopedista”, lejos de las preocupaciones reales y los verdaderos males del país. Los intelectuales eran, en buena medida, responsables de la Guerra Civil.

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