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'Il Trittico': el Liceu descubre a Puccini en el túnel de la vanguardia
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La ópera del fin de semana

'Il Trittico': el Liceu descubre a Puccini en el túnel de la vanguardia

El éxito de la obra del compositor italiano despide el año con tres cantantes descomunales (Davidsen, Maestri, Jaho) y con una lectura teatral (Lotte de Beer) y musical (Sussana Mälki) que reivindican su modernidad

Foto: 'El Trittico'. (EFE/Quique García)
'El Trittico'. (EFE/Quique García)

Hubiera tenido más sentido sacrificar Gianni Schicchi. Es la ópera más redonda e inspirada de la trilogía operística de Il trittico (1918), pero el montaje oscuro, conceptual y hasta siniestro que Lotte de Beer ha concebido con merecido éxito en el Liceu la convierte en un cuerpo extraño.

Tan intensa y claustrofóbica es la puesta en escena de Il Tabarro y Suor Angelica que resulta fuera de lugar la comedia de Gianni Schicchi, ni siquiera como solución liberatoria de una sesión angustiosa. La propia concepción dramatúrgica de Lotte de Beer se resiente de cierta torpeza en el registro cómico. Parece la tercera ópera un espectáculo de colegio mayor. Y no por la incompetencia de los cantantes —soberbio Ambrogio Maestri en cabeza del reparto— sino porque parecen desenvolverse en la escenografía de una obra diferente, como si los hubieran trasplantado. Y como si el túnel que los aloja sobrentendiera el acceso a otra realidad espacio/temporal.

Foto: Representación de 'El barbero de Sevilla'. (Festival de Salzburgo)

El túnel. He aquí el gran hallazgo teatral que permite a Lotte de Beer establecer una atmósfera opresiva. Y una solución inteligente respecto a las distancias históricas que median entre Il Tabarroprincipios del siglo XX en París— y el convento sienés de Suor Angelica (siglo XVII). El tubo relaciona una ópera y la otra. Somete el drama existencial de los protagonistas. Y provoca en el público una sensación de ansiedad y de zozobra, sobre todo cuando el peso de las óperas recae en las voces de Lise Davidsen y Ermonela Jaho.

La primera de ellas es la artífice de Il tabarro. Una soprano noruega y corpulenta de apenas 35 años, cuyo color wagneriano y riqueza de armónicos aportan al personaje de Giorgietta un dramatismo estremecedor.

Triángulo letal

La acompaña Ambrogio Maestri en su faceta dolorosa y oscura. Y se adhiere al interés musical la cualificación el estupendo tenor americano Brandon Jovanovich. Es el triángulo pasional y letal que delimita las fronteras del dramón pucciniano. La tela de araña invisible que Lotte de Beer transforma en un magnífico trabajo de actores y que redunda en la definición psicológica de los caracteres. La historia de la ópera —de todas las óperas— es siempre la misma —el barítono malogra los amoríos de la soprano y el tenor—, pero no siempre se cuenta tan bien como logra hacerlo la directora de escena holandesa. El túnel es la oscuridad que escruta e intimida a los personajes. Un viaje a las tinieblas cuyas inercias y premoniciones arrastran a la fatalidad y predisponen el pathos en que luego comparecen los protagonistas de Suor Angelica. El túnel permanece. Y ubica la desgracia de una monja de buena familia a quienes sus padres repudiaron por haberse quedado embarazada a destiempo. Su deber, su castigo, es la expiación.

Y su dolor lo propaga la impresionante actuación de Ermonela Jaho. Ha dado motivos la soprano albanesa para granjearse la devoción e idolatría del público del Liceu. Aquí ha cantado Otello y La traviata. Y ha interpretado con idénticos primores Los cuentos de Hoffmann y Madama Butterfly.

Ha dado motivos la soprano Ermonela Jaho para granjearse la devoción e idolatría del Liceu

Puccini es un aliado incorregible de Jaho, en su tremendismo y vocalidad. Por eso resultó conmovedora su interpretación de la hermana Angélica. La antidiva ingresa en estado de trance, tanto en el dúo feroz con Daniela Barcellona —imponente la mezzo italiana— como en el delirio del pasaje final, cuando decide envenenarse en respuesta a la noticia de la muerte de su hijo.

Las alucinaciones precipitan una escena lisérgica y psicodélica. Una cruz luminosa y extravagante —casi felliniana— irrumpe como una visión delirante. La luz al final del túnel. La expectativa de la redención. Se nota que De Beer es holandesa, septentrional, porque la dramaturgia de su Angelica se caracteriza y se define en una estética protestante, calvinista. Y en cierto sentido también implacable y hasta fría.

Foto: Una de las animaciones del documental. (Cedida)

Se adhiere así mejor el enfoque musical de Susanna Mälkki. La maestra finlandesa subordina el estupor sentimental a la originalidad vanguardista de la trilogía pucciniana. Nos descubre Mälkki los hallazgos y las inquietudes que el compositor toscano cultivó entre los extremos del impresionismo y del expresionismo. Extrae del foso sonoridades, textura y colores que reivindican la sensibilidad de Puccini al impacto de los nuevos lenguajes.

Y es verdad que la directora báltica apela más a la estética y a la inteligencia que a las pasiones —hay más angustia que llorera en el patio de butacas—, pero su versión de Il Trittico coloca a Puccini en un túnel que relaciona la gran tradición operística del siglo XIX con el porvenir de la vanguardia.

Hubiera tenido más sentido sacrificar Gianni Schicchi. Es la ópera más redonda e inspirada de la trilogía operística de Il trittico (1918), pero el montaje oscuro, conceptual y hasta siniestro que Lotte de Beer ha concebido con merecido éxito en el Liceu la convierte en un cuerpo extraño.

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