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Duki: un rapero argentino ha conquistado el mundo, pero si tienes más de 30, no te has enterado
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Duki: un rapero argentino ha conquistado el mundo, pero si tienes más de 30, no te has enterado

El fenómeno cada vez más acusado de la música segmentada probablemente haga que el lector pasada la treintena no conozca al músico argentino más escuchado del mundo, pero hoy se lo contamos todo sobre él

Foto: El cantante argentino Duki, durante el concierto del festival Hocky Music 2022 el pasado verano en Santander. (EFE/Celia Agüero)
El cantante argentino Duki, durante el concierto del festival Hocky Music 2022 el pasado verano en Santander. (EFE/Celia Agüero)

—¡Si yo digo Quinto, ustedes dicen Escalón! ¿Quinto?

—¡Escalón!

—¿Quinto?

—¡Escalón!

—¿Quinto?

—¡Escalón!

Así, acompañada también de gritos y cánticos enlatados que airean su nombre, empieza la BZRP Session de Duki, la última canción del Biza (el de Quevedo, ya sabéis: "Quéeeeeeeeedate"). Una canción que, con el impresionante impacto que está teniendo en todo el mundo, ha pasado relativamente desapercibida en este nuestro país. Pero ¿por qué?, ¿qué narices nos interesa a nosotros una cancioncita más?

Es probable que el lector de huesos negros, el que no está acostumbrado a moverse por discotecas para jovencitos ni reproduce las listas de éxitos de trap en Spotify, no haya escuchado hablar jamás de Duki. Y es perfectamente normal, no nos engañemos. Este artista argentino, que hoy tiene solo 26 años, ha conseguido romper todos los récords de reproducción existentes; sin embargo, aunque ya es un símbolo de mi generación, la Z, ha pasado relativamente desapercibido en el radar de los mayores.

En los últimos años, las tendencias en el mundo de la música, dependientes todas de canales de distribución y promoción online (Spotify, TikTok, etcétera), han creado un fenómeno curioso: la música segmentada por edades. En un planeta hiperconectado, los algoritmos han favorecido que no toda la música llegue a todo el mundo, creándose una especie de criba que permite que a un veinteañero no le llegue una canción de Nacho Vegas, pero que tampoco a uno de 40, por ejemplo, le suene siquiera el nombre de Mora. Esto ha existido siempre, por supuesto (boybands, música adolescente), sin embargo, se ha acentuado de forma notable en una época en la que, supuestamente, todo debería estar más conectado para todos.

El argentino más escuchado del mundo

Aunque el lector no conozca al Duki, ¿qué opina si le digo que se ha convertido en el artista argentino más escuchado del mundo?, ¿y si le cuento que, en febrero de 2022, no solo llenó dos días consecutivos el Wizink Center de Madrid, sino que consiguió colgar el sold out un par de horas después de anunciar los conciertos en sus redes?, ¿y si, además, le digo que ha conseguido todo esto gracias a una extraña reivindicación del nacionalismo argentino?

Para entender a Duki hay que entender primero quién es, de dónde viene y por qué la canción que ha sacado con Bizarrap, la Session #50, es, le pese a quien le pese, la canción más importe de los últimos años en la escena musical en nuestro idioma. Un hecho histórico que lleva años cocinándose a fuego lento en las parrillas de Buenos Aires, y que ahora ha llegado, en pleno Mundial de Qatar, para pegar un golpe sobre la mesa de la escena y meterse en nuestra cabeza sea como sea: o te gusta, pibe, o los goles de la selección argentina te la van a hacer tararear a hostia limpia.

Lo de Duki es un hecho histórico que lleva años cocinándose a fuego lento en las parrillas de Buenos Aires

Mauro Ezequiel Lombardo Quiroga, aka Duki, nació en Almagro, un barrio residencial por el centro de Buenos Aires, en el año 96. De su infancia no hay muchos datos disponibles, más allá de que no le gustaba mucho el colegio, no era el tío más aplicado ni tenía una relación especialmente buena —según sus propias canciones— con su familia. El Duki vivió en la normalidad y el anonimato, pasando desapercibido como un pibe más de la generación millennial argentina, una generación sumida en el hastío, la falta de esperanzas y, por qué no, el aburrimiento; hasta que, un buen día, todo cambió para él gracias al Quinto Escalón.

Antes de hacerse famoso, Duki empezó a sentirse representado por el rap y el hip-hop, ese estilo musical (artístico, más bien; de vida, incluso) accesible para todos por no necesitar unos grandes equipos ni medios técnicos para su realización. En el año 2012, empezó a destacar en los circuitos más undergrounds de freestyle gracias a ganar su primera batalla, la Madero Free (con batalla, me refiero a los gallos, a pibes improvisando insultos con rapeo); sin embargo, un buen día, decidió participar en el Quinto, uno de los movimientos contraculturales más importantes de la historia de la música.

El Quinto Escalón fue un circuito de batallas underground fundado por el rapero YSY Y; un circuito sin medios, ni micrófonos, ni promoción, ni recursos. Solo un grupo de chavales, todos de barrio, que se reunían a rapear en los cinco escalones —no flexearon mucho de nombre— del parque de Rivadavia, en Buenos Aires. Un evento sin demasiada importancia, en un principio, hasta que explotó y se hizo mundial.

Aunque en la ciudad ya era conocido este circuito de freestylers, todo cambió en el año 2016, cuando se organizó un evento benéfico para que Acru, uno de los raperos del Quinto, pudiera recaudar fondos para una operación de su padre. Este evento se viralizó rápidamente, haciendo que llegara a todos los rincones del mundo y rompiera las barreras de las plazas de Argentina. En este evento, por supuesto, participaba el Duki.

El lector más joven, el que nació a finales de los noventa o principios de los dos mil, pensará en el Quinto con lágrimas nostálgicas en los ojos; recordará las noches viendo los vídeos, comentando las batallas de gallos y —de esto hablaremos más tarde— compartiendo los locos clips que montaba Bizarrap. Artistas con cifras millonarias en Spotify, como Paulo Londra, Trueno o Wos, nacieron de estos torneos.

Provocador y visionario

Este mismo año (2016, recuerden), Duki consiguió ganar su primer torneo del Quinto, cuyo premio era grabar una canción de estudio. Él, provocador y visionario desde sus inicios, decidió jugar con el gran debate que se disputaba en el rap en aquel momento: ¿era el trap, ese sonido que mancillaba la pureza del rap, un género hermano del hip-hop? Por supuesto, grabó No vendo trap y dejó su postura bien clarita.

La canción fue un auténtico reventón en todos los sentidos, lo que permitió que un pibe de barrio, sin discográfica y sin estructura promocional alguna, consiguiera, en su primera semana de lanzamiento, más de 15 millones de reproducciones. Una auténtica locura para aquellos años, en serio.

Duki siguió batallando, siguió subiendo escalones del Quinto y siguió ganando competiciones en las que los premios eran tatuajes —el lector tiene que acordarse de esto y de todos los tatus que tiene en la cara; es importante para entender la historia—. Mientras su fama crecía, sacó dos temas más, Hello cotto y She dont give a fo, dos canciones que explotaron a nivel mundial y se convirtieron en himnos de nuestra generación: una generación rota, adolescente todavía, que aspiraba a salir adelante y sentía el amor como una quimera idílica a la par que dolorosa.

Nuestro protagonista siguió su camino, siguió haciendo trap y siguió sacando canciones, como Goteo, que no hacían más que sumar cifras millonarias a su caché. Salas a rebosar, luego estadios, se convirtieron en la tónica habitual de sus actuaciones y giras por todo el mundo; además de colaboraciones internacionales con artistas como nuestro patrio C. Tangana.

Mientras esto pasaba, Bizarrap también hacía despegar su carrera musical. Sus orígenes, que se remontan a los combos locos —ediciones rocambolescas, en tono de humor, de los vídeos del Quinto—, son paralelos a los del Duki. De hecho, podría decirse que sus carreras se retroalimentaron.

En el año 2017, Bizarrap, que quería saltar de sus combos locos a la música, pidió permiso al Duki para hacer un remix de su ya mítica No vendo trap, y este se lo dio. Por supuesto, el nuevo remix se viralizó enseguida, consiguiendo que Biza dejara de verse como un chavalito que subía fragmentos de batallas y empezara a considerarse como un productor musical de verdad. Desde entonces, las carreras de Biza y Duki han estado hermanadas. Cuando el primero se inventó el famoso formato de las Session, uno de los más exitosos en la historia de la música, el público pidió a ambos artistas que Duki fuera uno de los participantes; sin embargo, esto no se dio.

Llega el momento

Cuanto más crecían las carreras de ambos, más fuerte era el rumor de que sacarían la canción, pero nunca llegaba. En un polémico vídeo en su Instagram, Duki le pidió al Biza que le pagara caché para cantar, pero no obtuvo respuesta. De hecho, para calcular el impacto que podría tener la esperada Session, decidieron sacar varias canciones juntos, entre ellas YaMeFui, en la que también canta Nicki Nicole, y la también legendaria Malbec (algunos rumores apuntan a que este último tema iba a ser la Session, pero que decidieron sacarla como single por no tener el nivel suficiente). Hasta que llego la Copa América y, nuevamente, la historia pegó un volantazo.

En el año 2021, se viralizó un clip de Duki en el que aseguró que, si la selección argentina ganaba la Copa de América de fútbol, grabaría la Session. Efectivamente, los argentinos ganaron el torneo, pero no hubo Session alguna. Nuevamente, Biza y Duki jugaban con la publicidad, con la promo y con todos los ríos de tinta que se escribían al respecto. Desde nuestra perspectiva de españoles, no éramos conscientes del hype que la dichosa canción estaba despertando, sin embargo, en Argentina se empezó a convertir en un asunto nacional. Y ahí reside la clave de todo esto.

Los españoles no éramos conscientes del 'hype', pero en Argentina se empezó a convertir en un asunto nacional

Finalmente, en vísperas de este Mundial de Qatar, Bizarrap anunció en un misterioso tráiler que la BZRP Sessión #50 estaba preparada y lista para salir. A los pocos días, un par antes del debut de la selección argentina en la competición futbolística, se supo que era con Duki, lo que provocó, nuevamente, un auténtico revuelo en la comunidad local.

Desde que empezaran ambos sus carreras internacionales, Duki y Bizarrap han vendido su música como una reivindicación de la escena local de Argentina. En este sentido, el relato es claro: dos pibes de barrio, de la plaza, que empezaron en el Quinto Escalón y ahora llenan estadios tres días consecutivos. Dos pibes argentinos que reivindican la cultura local de un país en el que el nacionalismo se enfoca de una forma muy alejada a la reivindicación patriótica que hacemos en España, donde los pensamientos de este tipo se asocian a unas corrientes ideológicas propias de la derecha, de lo antiguo, de lo identitario.

Tanto Bizarrap como Duki han conseguido ganar el relato nacional del embudo inverso: de lo pequeño, a lo grande; del barrio, al mundo; de Argentina, a las listas de éxitos. Ambos, en todo momento, se han reivindicado como figuras de su país, como argentinos que aman su bandera y hacen lo que hacen para demostrar al mundo todo lo que los pibes de la plaza, de Buenos Aires, del Quinto, son capaces de hacer. Todo para todos (“gano y lo reparto”, canta el Duki en Givenchy). De hecho, la canción es el gran regalo para todos esos pibes y pibas que veían que el Quinto podía explotar.

En la Session, todo esto se lleva a su máximo exponente. La letra del Duki relata un viaje del héroe, un sendero que el porteño ha tenido que seguir y que empezó desde abajo, en la plaza, y acabó con lo que sueña cualquier OG de la música: “Cumplí mi propósito de rapero, le compré a mama la casa que quería [sic]”. Todos sus tatuajes de la cara, que en el magistral videoclip van apareciendo poco a poco (recordemos que estos pibes no tenían ni un pavo y que los premios de los torneos eran tatus), demuestran ese proceso de ir ganando competiciones, de ir creciendo como artista, de ir sonando en cada vez más sitios hasta hacerse internacional.

En la canción, además de jugar con el nacionalismo y hacer una reivindicación de la bandera argentina (“Si quieren conocer a Dios, yo se lo presento”, canta el Duki, en clara referencia a los ídolos futbolísticos de la selección, antes de sacarse en el videoclip una albiceleste), el dúo juega con la nostalgia de los chicos que, como yo, recordamos el Quinto Escalón y nos emocionamos pensando en aquellos años en el parque con los colegas, quizá con los primeros petas de paki, flipando con los rapeos de los pibes, sacudiendo la cabeza al son de las membranas de nuestros JBL portátiles y entendiendo toda la música que había más allá de Los 40 (aunque ellos, todo sea dicho, sean ahora los que suenen en Los 40).

La Session es una canción que muchos esperábamos, un regalo, una reivindicación, más allá del nacionalismo, que juega con la nostalgia de chicos como yo, quienes, en teoría, todavía no tenemos nada por lo que sentir nostalgia de verdad. Además, es una jugada de marketing cojonuda, pues la selección argentina está celebrando todos sus goles con ella.

Qué tipos tan hábiles, el Duki y el Biza.

—¡Si yo digo Quinto, ustedes dicen Escalón! ¿Quinto?

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