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El ratoncito Pérez y el hundimiento de la civilización occidental
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El ratoncito Pérez y el hundimiento de la civilización occidental

Todos creemos firmemente en aquella ficción que hace nuestra vida más fácil

Foto: Casa Museo del Ratoncito Pérez.
Casa Museo del Ratoncito Pérez.
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El otro día hablé con mi hija sobre la Copa del Mundo de Fútbol. Le conté lo de los países, que había muchos países en el mapa y ahora estaban jugando al fútbol unos contra otros. Nombré a Argentina, por nombrar uno que quizá conocía. Ella me dijo que en su clase había un argentino, Federico. Y me contó: “Pues Federico dice que no existe el ratoncito Pérez, que son los padres los que compran los regalos por la mañana y los ponen por la noche”. No sé si caben más motivos para odiar a los argentinos.

“¿Tú compras los regalos por la mañana?”, me preguntó. “No”, dije, porque es verdad que yo no participo de estas ficciones infantiles, lo que no dejó de ser una ayuda en ese momento. Mi hija flipaba con la teoría demencial de su compañero de clase. ¿Cómo podía Federico ignorar la verdad? Estaba ella segurísima de que existía el ratoncito Pérez, y segurísima de que Federico se equivocaba. Desde luego, era totalmente inverosímil que el padre o la madre de cada niño del planeta dejara debajo de la almohada cinco euros o un cochecito cada vez que se le caía un diente, sobre todo comparado con que un ratón con traje fuera recorriendo los dormitorios del mundo entero depositando cinco euros o un cochecito a cambio de un incisivo superior. La brutal revelación de Federico no hacía ni una grieta en la creencia fantástica de mi hija.

Foto: 'Pericles ante la Asamblea de Atenas'. (Cedida)

Lo curioso fue que yo enseguida odié a ese niño, que en rigor solo decía la verdad. Esa verdad, con los años, será asumida por mi hija, pero, de momento, ella habita alegremente en un engaño. No crean que me resultó agradable callar que ese puñetero niño tenía razón, verme partícipe de una falsedad, por muy ilusionante que resulte.

Luego miré las noticias. Miré el mundo, como diría épicamente Manuel Vilas. Miré el mundo y me dije que no era tan raro creer en el ratoncito Pérez, ni decir la verdad y ser inmediatamente estigmatizado.

Corrupción, esclavitud y muerte

El Mundial mismo ha hecho un dibujo de una camiseta de Pelé con drones. Muy chulo. Podrían hacer con drones una calavera en recuerdo de las 6.500 personas que han muerto construyendo los estadios. Da igual que se repita cada día que el Mundial de Qatar es fruto de la corrupción, la esclavitud y la muerte, pues ahí estamos todos viendo si España llega a semifinales y si Messi pone un broche de oro a su carrera, o le adelanta Mbappé. Da igual que esté prohibido lucir un arcoíris en defensa de los derechos de los homosexuales. El Mundial es un sueño deportivo, y esa ilusión no puede destruirse por un puñado (bastante grande) de muertos que a nadie le importan. Aquí creer en el Mundial es creer en el ratoncito Pérez.

Foto: Una estatua réplica del trofeo del Mundial 2022 en Qatar (EFE/Martin Divisek)

Luego Kanye West dijo que le gustaba Hitler. No parece discutible que Hitler sea malo, lo que no tengo tan claro es si Kanye West representa al niño argentino que dice la verdad o al ratoncito Pérez. Si existe la verdad es porque se atiene a la lógica, a los hechos y a cierto peso del sentido común. Si existe la mentira es porque en ella alguien encuentra una vida mejor, una vida con regalos cuando se te caen los dientes. ¿Qué diente se le ha caído a Kanye West para creer en Hitler? ¿Qué rito de paso necesita? El siniestro cuento infantil de Kanye West (“Todos los seres humanos tienen algo bueno que aportar, especialmente Hitler”) es tan inverosímil como el del ratoncito Pérez o el del hombre del saco. Sin embargo, West es inmediatamente silenciado por sus palabras, y con ello solo se consigue darles verosimilitud. Si no le dejan decirlo, pensará no poca gente, es que algo de razón tiene. En realidad, negarle la palabra (cuenta suspendida en Twitter, por ejemplo) a Kanye West no se diferencia mucho de un padre que calla cuando su hija saca el tema de si existe o no el ratoncito Pérez.

Otra cosa que me ha entretenido mucho esta semana ha sido la Bestia del Este. Es el ratoncito Pérez meteorológico. El tiempo, o sea, el parte de si llueve o hace sol, era aburrido, pero tenía alguna fiabilidad. Ahora todas las informaciones meteorológicas se plantean como un spin off del cambio climático. Si cambio climático ha triunfado con la catástrofe, estas pequeñas películas secundarias han decidido seguir su camino. Ya no hace calor o frío, ya no llueve o nieva: siempre vamos a morir. La Bestia del Este era que iba a hacer un frío como nunca antes habías visto, a comienzos de diciembre. Ha hecho el mismo frío de toda la vida, pero ¿no han notado como si hiciera más frío? Era el ratoncito Pérez, versión polar.

Lo que no tengo tan claro es si Kanye West representa al niño argentino que dice la verdad o al ratoncito Pérez

La web de la COPE arrancaba así una pieza: “La última moda de TikTok son los viajeros temporales. Personas que dicen venir del futuro y que han visto acontecimientos (...). La mayoría de los que se interesan por la cuestión de la que habla dudan de la veracidad, pero aun así al menos hay miles de personas que siguen de forma habitual las publicaciones de las nuevas estrellas de la red social china”, Aquí la COPE hace bien en no meterse a juzgar la veracidad de si hay personas que han estado en el futuro y, ya de vuelta, nos cuentan qué han visto. A lo mejor han estado, oye.

Finalmente, la mejor película de la historia del cine es una película que nadie ha visto, de la que nunca habías oído hablar, dirigida por una mujer que te suena vagamente y que pertenece a una filmografía nacional, la belga, que solo se molestó en hacer cine de calidad para rodar, eso sí, la mejor película de la historia. De nuevo, la verosimilitud del ratoncito Pérez.

Foto:

La amplia encuesta que la revista Sight and Sound realiza cada década ha conseguido cerrar el debate sobre las mujeres directoras de cine, eligiendo Jeanne Dielman (1975), de Chantal Akerman, como el techo absoluto de este arte. Recuerdo que en los comienzos de mi cinefilia, en los años noventa, no había estas polémicas, pues todo el mundo sabía que Leni Riefenstahl, la directora de cine del nazismo, era tan genial, innovadora e influyente como Alfred Hitchcock. ¿Por qué no elegimos El triunfo de la voluntad (1935), de Leni Riefenstahl, como mejor película de todos los tiempos?

Es solo cuestión de fe, amigos; y de voluntad.

El otro día hablé con mi hija sobre la Copa del Mundo de Fútbol. Le conté lo de los países, que había muchos países en el mapa y ahora estaban jugando al fútbol unos contra otros. Nombré a Argentina, por nombrar uno que quizá conocía. Ella me dijo que en su clase había un argentino, Federico. Y me contó: “Pues Federico dice que no existe el ratoncito Pérez, que son los padres los que compran los regalos por la mañana y los ponen por la noche”. No sé si caben más motivos para odiar a los argentinos.

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